Rodney Lebrón Rivera reseña ‘La máscara del santo’ de Daniel Rosa Hunter (Puerto Rico)

A menudo escribiendo tengo la sensación de estar siempre girando alrededor de una cita”.

Daniel Rosa Hunter, La máscara del santo. Puerto Rico, la pequeña, 2024. 147 páginas.

Una literatura arriesgada podría ser aquella que produce en el lector un efecto de inseguridad reflexiva. En ocasiones, dentro de aludida incertidumbre, estas ficciones atrevidas, al proponer futuros mundos posibles, toman como punto de partida lo que podríamos denominar destilaciones de lo real: sustancias cotidianas contenidas en cuadernos, diarios personales, epístolas, fotografías y material audiovisual que viabilizan testimonios inscritos en la realidad, apostando a que lo real es un espacio socavado tanto por la lectura como por la ficción. Porque cuando un autor se apropia de diferentes modalidades de escrituras del yo o diversos dispositivos alter-dirigidos para erigir un sí mismo frente a la figura del lector, toma forma una convención poética, -en ocasiones individual, en otras colectiva-, posibilitando tanto la figuración de la experiencia de aquel sujeto que escribe como la imaginación de aquel otro individuo que se encuentra en el esclarecimiento de un enigma mientras lee.

Por lo tanto, cabría preguntarse: ¿Qué ocurre cuando en una auto-ficción, modalidad textual donde se conjuga la identidad del autor con la del personaje y el narrador, el escritor asume la identificación de una máscara asociada al espectáculo de la lucha libre? ¿Se establece un pacto autobiográfico entre el escritor y el lector cuando la autoría queda enmascarada tanto por la influencia de otras lecturas como por una signatura de carácter popular? ¿Qué pasa al momento que un escritor se vale de las notas impregnadas en un cuaderno y los apuntes cotidianos de un diario personal para atestiguar las transformaciones que confiere la nueva identificación disfrazada? Estas son solo algunas de las muchas interrogantes que surgen a partir de la lectura de La máscara del santo de Daniel Rosa Hunter y que nos invitan a pensar en cómo una literatura intrépida podría ser aquella que genera en el lector una sensación de deriva reflexiva en el vasto océano de lo cotidiano, abordado desde lo literario.

En las páginas de este artefacto editado e impreso por la editorial puertorriqueña la pequeña, Rosa Hunter ofrece una propuesta literaria donde la vida parecería que se conjuga con la escritura, pero en realidad, se liga con la lectura. Un estudioso de la obra de Mario Levrero y lector acérrimo de Enrique Vila-Matas, Mercedes Halfon, Tamara Kamenszain, Alejandro Zambra y Clarice Lispector, realiza un ejercicio de experimentación en el cual su hipótesis, entiéndase la suposición que recaerá en una consecuencia, consiste en escribir un diario de subsistencia con el propósito de leer y existir encerrado en su apartamento sin encender una sola luz. Desde esta intencionalidad en La máscara del santo toma forma un dispositivo enunciativo con múltiples expresividades que evidencia el protocolo experimental que el estudiante puertorriqueño en Madrid y, que acaba de terminar su maestría en literatura, se propone a ejecutar. Un epílogo, notas de un cuaderno tituladas, Discurso de la máscara, y apuntes organizados por las fechas del calendario, cuyos fragmentos se encuentran encadenados en un formato cronométrico donde cada hora contextualiza los cambios ocurridos tanto en el cuerpo como en la subjetividad del escritor, son los espacios enunciativos donde el autor registra el experimento.

Durante el transcurso de los protocolos experimentales, ocurre un suceso en el mundo ficcional de La máscara del santo en el cual se dilatan las posibilidades de experimentación al momento que el estudiante puertorriqueño comienza a apropiarse de la identidad de un luchador. En la soledad de su apartamento, Daniel comienza a usar una máscara, una pieza emblemática que su amigo Antonio le trajo de México, asociado al espectáculo de la lucha libre. Es decir, se trata de un objeto diseñado para una representación disfrazada, que a su vez forma parte de un tipo de teatro popular con sus propias lógicas y reglas de producción la cual Roland Barthes, en el primer capítulo de Mitologías, describió como un entretenimiento exagerado, donde lo crucial no es lo que se cree, sino lo que se percibe visualmente. Por lo tanto, podría decirse que, en La máscara del santo, el rostro disfrazado del autor puede interpretarse como un vehículo de expresión simbólica que invita a repensar algunos de los postulados del llamado «pacto autobiográfico», tal como lo concibe Philippe Lejeune en el ámbito de la teoría literaria.

Siempre he querido ser otro”, postula Daniel en el primer Discurso de la máscara, pero es en el diario con fecha del sábado, 15 de julio donde el escritor, que comparte con Nabokov la idea de concebir la escritura como un simulacro, recurre a espacios donde se destila lo real con el propósito de inscribir su “realidad” al aventurarse por la instauración de una ficción atrevida. En un instante mientras reflexiona sobre una sección de fotografías Polaroid en una de las paredes de su apartamento, Daniel rememora una imagen en particular y postula:

Soy yo con la máscara del santo mirándome fijamente en el espejo del baño, como lo hago ahora”.

A partir de la contemplación de Daniel, quien surge del recuerdo de una imagen y al mismo tiempo se reconoce utilizando la máscara frente al espejo, comienza a desbordarse en La máscara del santo la alianza lectiva entre el autor y el lector.

En el yo disfrazado que se contempla así mismo en el espejo se erige un pacto cargado de imprecisión, una especie de anti-pacto autobiográfico en el sentido de Manuel Alberca, conjugándose la identidad de una máscara con la figura del autor, la del personaje y el narrador. Por lo tanto, en esa introspección frente al espejo, el principio de veracidad asociado al “pacto autobiográfico” comienza a transgredirse de manera aguda, dando paso a la auto-ficción y generando perplejidad y ambigüedad en el lector. Además, podría decirse que, en ese instante en que Daniel se posiciona enmascarado mirándose así mismo, toma forma un homenaje de carácter metaliterario respecto a figuras como Emilio Renzi y Arturo Belano correspondientes a diversas obras de Ricardo Piglia y Roberto Bolaño donde estos personajes representan, excediendo nociones normativas asociadas a la función autor, tanto lo que el escritor querría convertirse como también lo que el autor se ha salvado de ser.

Sin embargo, en la trama de La máscara del santo el experimento dentro de la espacialidad del apartamento no es total. Como toda literatura arriesgada, la propuesta de Rosa Hunter es una muy atrevida al yuxtaponer diversas parcelas ficcionales, entiéndase la memoria de Daniel insertada en diversas temporalidades y latitudes globales, a lo largo de todo su dispositivo textual. En La máscara del santo, además del tratado experimental en el cual Daniel se encuentra participando, reaparecen un conjunto de historias, citas de lectores, prácticas de escritura, re-escrituras y apropiaciones de índole literarias sustentadas en una estructura que parecería que no es enrevesada más, sin embargo, es de una complejidad tremenda. En las páginas de este texto, publicado gracias a la labor editorial de los escritores puertorriqueños Sergio Gutiérrez Negrón y Juanluís Ramos, se erige un laberinto donde el lector explora el reverso del experimento de Daniel a través de la transformación de su experiencia en una obra de arte. No es casualidad que desde una vida que se conjuga incesantemente con la lectura se desarrolla una serie de introspecciones metaliterarias, encrucijadas y enredadas, donde el autor comienza a pensar su inherente escritura como un espacio con múltiples accesos lectivos, pero con una salida intencionadamente compleja.

¿He confundido la inspiración de la lectura con la inspiración de la escritura y por eso ahora sólo hablo de leer en lugar de escribir “La máscara del santo”?

Esto indica Daniel en el tercer Discurso de la máscara escenificando en su creación literaria como una forma de vida, en el sentido de Giorgio Agamben, se encuentra en relación con una práctica poética. Daniel en su apartamento, entendiendo el espacio como el estudio o laboratorio creativo, registra por medio de su escritura el testimonio de su creación, las huellas del laborioso proceso que conduce a la potencia del acto. Es decir, de las manos que escriben en el ordenador, de la mirada que se posa en la superficie de un libro, del impulso que disfraza un rostro con una máscara, del cuerpo que empieza a habitar nuevos pliegues de sensibilidades. La máscara del santo podría ser apreciada como la puesta en escena de un “yo” que se sucede así mismo incesantemente.

La máscara del santo de Daniel Rosa Hunter, como bien se aclara en la contraportada de los ejemplares, es una propuesta literaria que puede ser muchas cosas a la vez. Dentro de esa gama de posibilidades, podría decirse que este libro en particular es un artefacto portador de una poética arriesgada, intrépida, audaz y valiente, pero también profundamente reflexiva. Sin duda, este libro que podría considerarse como una escena de lectura consecuente en larga duración, dará mucho de qué hablar en el ámbito de las letras puertorriqueñas y como sentenció Ricardo Piglia en El último lector:

la lectura no es solo una práctica, sino una forma de vida”.

Rodney Lebrón Rivera (Las Piedras, 1991) realizó estudios graduados en historia en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, y se doctoró en literatura latinoamericana en Princeton. Para El Roommate también reseñó un libro por Joel Cintrón Arbasetti

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