Ismael García reseña el poemario ‘Entierren a sus muertos’ de Alito Reinaldi (Argentina)

La poesía es el cuerpo del fantasma

Alito Reinaldi. Entierren a sus muertos. Ituzaingó: ArbolAnimal, 2025. 57 páginas.

I

Quizás se eleve el mar
puede que adopte la forma del miedo
y se acerque a mí con suma paciencia

que deslice sus dedos ponzoñosos
debajo de mi carne
me lleve en su seno

II

veré entonces la muerte acumulada
cadáveres y algas
serán así mi hogar

deberé acostumbrarme a su apetito
de cuerpos arrojados

tendré que alimentarlo
como si un niño fuese
o una niña que llora por su padre

III

se olvidará el amor en este reino acuático
que ensanchará sus límites
hasta abarcarlo todo
anegados, los campos se cubrirán de huesos
que habrán sido quizás, alguna vez,
huesos tuyos o míos
o de algún otro muerto

porque abundan aquí
los muertos sin un nombre
ni una tumba cavada con esmero

¿Cómo hacer que un yo poético se convierta en una voz lírica compartida? En los poemas de Alito Reinaldi la voz lírica, sin abandonar por completo la enunciación en primera persona, es una voz transindividual que supera la experiencia de un yo (tan cara a la vida moderna y su culto al individuo) para enunciar una experiencia compartida. Lo hace, sin embargo, desde la potencia de la prosopopeya al darle voz, en la primera parte del poemario, a Abel, que desde el umbral del que nadie regresa (o eso nos decía Hamlet) habla en nombre de los muertos. La mención a Abel, el primer asesinado de los relatos bíblicos, no es la única referencia a otros textos en Entierren a sus muertos. Además de los epígrafes y las dedicatorias de los poemas, muchas de las cuales inscriben a la escritura de Alito Reinaldi en una constelación de poetas rosarinos que salen al rescate del espectro de los poetas de la ciudad de la década del 60, encontramos una cita explícita sugestivamente colocada al final y no al comienzo del poemario. La cita de Marx que cierra el libro funciona como clave de lectura, es cierto, pero no oblitera las interpretaciones desde el comienzo. Es como si el conjunto de poemas, reunidos en cuatro partes, deviniera naturalmente en su conclusión lógica: aquella que nos recuerda que los vivos conjuramos a los muertos del pasado para que salgan en nuestro auxilio, tomando sus voces, sus nombres y sus consignas, cuando nos enfrentamos a la difícil tarea de transformar las cosas. Escondida detrás del lenguaje simbolista de los poemas se encuentra una justificación histórica que da sustento al recorrido de la voz lirica. En la cuarta y última parte del poemario, “La muerte acumulada”, esta voz se detendrá en tres momentos de la Historia marcados por la aparición intempestiva de acontecimientos que dieron lugar a la construcción de otros modos, más horizontales, de organización política. Los muertos que recorren el tiempo, entonces, parecen decirnos que vale la pena detenernos en esos acontecimientos. Los poemas de Alito Reinaldi despiertan a esas voces que, como sombras, se apoderan de la palabra para darnos las claves de una transformación posible.

            Existe, por otra parte, un subtexto que ronda desde el título. El muerto no enterrado nos recuerda rápidamente a Polinices, el hermano clandestinamente sepultado por Antígona. No es la primera vez que el poeta hace referencia a la literatura clásica; ya en su primer poemario utiliza este recurso para que escuchemos la voz de Sísifo. Sin embargo, en el caso de la hija de Edipo, un breve recorrido por la literatura del siglo XX nos devela una especie de tradición de reescrituras de la tragedia clásica, entre las que se pueden contar Antígona Vélez, de Marechal, Antígona, de Brecht, o la magistral Antígona furiosa de Griselda Gambaro. Particularmente en Latinoamérica la heroína logra encarnar a quienes luchan por los asesinados injustamente, a los Polinices marginados y desaparecidos. Acaso uno de los ejemplos más interesantes de los últimos años sea la Antígona González de la escritora mexicana Sara Uribe, quien coloca a Antígona buscando a su hermano asesinado por la violencia narco en el norte de México. En todos estos casos, Antígona es el resultado de miles de voces colectivas que buscan enterrar el cuerpo de su hermano, de su hijo, de sus familiares, al mismo tiempo que Polinices se identifica con los oprimidos y los marginados, los muertos y los abandonados por el poder. A pesar del nombre propio, lo que cuentan estas Antígonas es, en definitiva, una experiencia colectiva.

Ahora bien, en la muerte de Abel se cifran los asesinados injustamente a lo largo de la Historia. Sin embargo, ha de destacarse (como nos recuerda el poeta Ángel Oliva en un artículo para la revista ELRAFO) el hecho de que nunca cae en la retórica moral del asesinato. La primera parte del poemario encarna la voz de Abel que desde el desierto infinito de la muerte nos apela para hablarnos, no de su propia muerte, sino de todos los muertos no enterrados. El poemario entero, desde el imperativo del título, Entierren a sus muertos, es un pedido de esa voz que vagabundea nómade por el desierto para que no olvidemos a los que, como él mismo, perviven al menos como voces en el mundo. “Camino entre la arena/ probándome otros cuerpos como fantasmas” (p. 9); así concluye el primer poema, aunque establecer el comienzo y el fin de los poemas es una tarea compleja, apenas separados por el salto de página, lo que refuerza la idea de una voz que recorre el poemario. Se trata, además, de un verso que condensa la potencia de todo el libro, pues nos resume sus procedimientos: una voz lírica que se colectiviza para dejarse hablar por todos los muertos. Nos adelanta, también, un aspecto central de estos poemas: me refiero a la pulsión de esta voz por acechar y habitar los cuerpos de la Historia: en Entierren a sus muertos, el primero de los asesinados no cesa de repetirse como una experiencia compartida. Abel reaparece en las voces de los mutilados, y en la primera parte su voz se escucha resquebrajada, como un balbuceo (“¿Será ésta, acaso, la materia del lenguaje/ que me fue vedado y que ahora busco entre las sombras?”, p. 14) que desde un tiempo inmemorial se levanta para reclamar justicia. Progresivamente, como si debiera recorrer una gran distancia, aprendiendo a hablar de nuevo, la voz poética se sitúa en la Historia.

Sin embargo, como ya adelanté y como nos aclara la poeta Beatriz Vignoli en el epílogo que funciona de comentario al libro, no se trata de cualquier Historia, sino de aquella en la que “relumbró la chispa de un futuro posible” (p. 56). Así, el fantasma lírico recorre las organizaciones que imaginaban otros modos de intercambio tras la crisis económica del 2001 en Argentina, las sublevaciones y el estallido social de 2019 en Chile y la Revolución de Asturias de 1934. Bajo la premisa derrideana, según la cual nada se define en términos puramente positivos, sino que todo acontecimiento guarda un conjunto de ausencias, estos pasados, que se pretenden olvidados, habitan el presente como espectros, acechando al poeta que los recupera de la niebla de la Historia para colocarlos de nuevo frente a nosotros, como un recordatorio de que otros mundos fueron y, por lo tanto, son posibles. “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, reza la cita final del poemario, exigiéndonos que no olvidemos su sacrificio.

            “2001” es uno de esos poemas. Lo que a finales de los años ‘60 se veía mundialmente como el pasaje a un milenio de maravillas tecnológicas, en la realidad histórica fue un pasaje, sí, pero en nada parecido a una Odisea espacial. Internacionalmente dio paso a una política militar “preventiva” contra el terrorismo como un modo de justificar invasiones e intervenciones políticas, pero particularmente en Argentina fue el año de la mayor crisis económica sufrida por gran parte de la población viva (hasta ahora). Para alguien nacido a principios de los ‘90, la crisis económica del 2001 coincidió con los años de la niñez o la preadolescencia, y se vivió como una atmósfera de escasez que contrastaba con la potencia y la creatividad con las que las familias se juntaban para componer otros métodos de intercambio que permitieran sobrevivir el día a día:

Vencida por el vidrio, la visión
constructiva de la palabra Padre
dio lugar al silencio de las cosas:

el trueque que en la esquina permitía
el alimento diurno,
los tomates maduros,
los colchones
y la ropa heredada del hermano,

el oxidado metal del Renault
y el ladrillo que oficiaba de asiento,

la mesada en el derrumbe,
la vergüenza ante el pedido
de la carne que faltaba

y en el final, la espera,
a la que sobrevino
una borrosa certeza
de haber sido arrojado
al río de la angustia (p. 42)

Sin lugar a dudas, en sus poemas Alito Reinaldi persigue una forma. No sólo la elección léxica parece cuidadosamente pensada, sino que, como en la mayor parte del libro, alterna principalmente entre los endecasílabos y los heptasílabos (con algunas interrupciones de cadenciales octosílabos). Ahora bien, lo que me resulta más interesante es que, como mencioné al comienzo, la experiencia que la voz lírica expone en este poema no es una voz individual: no se trata de un yo poético sino de una voz transindividual que comparte con nosotros una experiencia colectiva. Reconozco en esas imágenes los recuerdos que yo mismo tengo de ese diciembre de 2001 junto a “una borrosa certeza/ de haber sido arrojado/ al río de la angustia”, cuando millones de personas salieron a hacer ruido a las calles con cucharones y cacerolas para exigir “que se vayan todos”. Y sin embargo, algo persiste en ese torrente destructivo de la Historia. A lo largo del 2002 proliferaron en todo el país los trueques en las esquinas, en los clubes y en las calles. Otros modos de intercambio permitieron el sustento de miles de familias. De esos trueques nacieron numerosos movimientos sociales dentro de los cuales se encuentra la Cooperativa de producción y consumo “Mercado Solidario”, en la que Alito Reinaldi trabaja y milita hoy día. También participa de la Escuela de Literatura de Rosario “Aldo F. Oliva”, que se desprende de la Interzona Cultural de la Cooperativa, siguiendo la corriente libertaria (corriente libertaria histórica, la de la Asturias del ‘34 que el poeta revive en el poema final del libro) de que la clase trabajadora debe formarse a sí misma.

A lo largo de todo el poemario, la voz lírica que comienza hablando en nombre de Abel, que es lo mismo que decir en nombre de todos los muertos, concluye colocándose en el seno de la Historia, luchando a contracorriente para salir del río de la angustia, de la tempestad que arrasa todo a su paso. Parecerá contradictorio, pero creo que Entierren a sus muertos es un libro absolutamente subjetivo. De algún modo, parece ser su respuesta a la trillada consigna de que lo personal es político. En un presente abrumado por la proliferación de discursos individualistas que hacen de lo político un asunto de mero alcance personal, Alito Reinaldi se entrega a las voces y a las experiencias colectivas que marcaron su propio devenir político. No se trata de hacer de su vida y su experiencia una praxis, sino de buscar las condiciones estructurales de una subjetividad transindividual. Se trata, también, de darle cuerpo a esos fantasmas del pasado que aún acechan nuestro presente. Entierren a sus muertos es el resultado de la cuidadosa tarea de dejarse hablar por ellos, al mismo tiempo que denota el esfuerzo por negarse a dejar ir el fantasma de ese futuro que (todavía) no fue.

Ismael García es Licenciado y Profesor en Letras por la Universidad Nacional de Rosario y se encuentra realizando el Doctorado en Literatura y Estudios Críticos. Forma parte de la cátedra de Literatura Iberoamericana I de la carrera de Letras de la UNR. Es parte también del Grupo de Estudios Caribeños del Instituto de Literatura Hispanoamericana, el Grupo de Estudio Lecturas en Filosofía y Teoría Política (Left-Pol) y la Cátedra Libre Baruch Spinoza. Es miembro de la Asociación de Graduados de Letras de Rosario (AGLeR) e integra la comisión de corrección de Aldebarán Ediciones, editorial de la Escuela de Literatura autogestiva de Rosario “Aldo F. Oliva”. En su tiempo libre hace fanzines bajo el sello Canis maior.

Bibliografía consultada:

Oliva, Ángel. “Una lectura de Entierren a sus muertos”. ELRAFO Revista, año 3, n° 11, 2025

Vignoli, Beatriz. “Una estética que es ética y política. Acerca de Entierren a sus muertos, de Alito Reinaldi”. En Reinaldi, Alito. Entierren a sus muertos. Ituzaingó: ArbolAnimal, 2025.

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