Eilyn Lombard reseña a José Cerna Bazán (Perú)

José Cerna Bazán. Ruda. Edición bilingüe, traducción de Anne Lambright. Puerto Rico: La impresora, 2018.

Viaje y exorcismo

Sí, del retrovisor cuelga un ramito de ruda. Y regreso a escuchar a los viejos de mi barrio. Ruda: planta perenne, su aceite no tiene color, quita los dolores, aleja los piojos, evita la muerte por envenenamiento. Te protege del mal de ojo, se lleva lo malo. Por eso Ruda, el libro, es viaje y exorcismo.

De hecho, en Ruda asistimos a más de dos viajes. Pudiera parecer que es solo uno, en micro o autobús, por toda la ciudad, pero ya en su mismísima concepción de La Impresora, esta idea ha sido trastornada. Así, el libro es no solo el viaje de José Cerna Bazán por las calles de Lima, sino también el de su traductora Anne Lambright, que no solo recorre las calles, comprendiéndolas, sino es capaz de trasladar los saberes y magias de su viaje.

Dos viajes, aparentemente, contiene Ruda. Son muchos más. El libro, bilingüe, no presenta un texto al lado del otro, cual usualmente hacen los editores de proyectos como este. La Impresora ha creado una suerte de juego de espejos y procura reflejos más o menos convergentes, al mismo tiempo que con particular astucia, el viaje o el ritual mágico que limpiará a quienes lo guarden, resulta ser dos caras de una misma moneda, o trozo de papel. Ser una plaquette, en este caso, no puede ser entendido como un recurso administrativo, sino como un objeto de arte. El libro entonces, se presenta como un hermoso envoltorio verde, contenedor de hierbas, de magia, de colores, sudores, miedos, historias, aventuras, esperanzas. Y como el ramo de ruda, protegerá a los lectores en ese otro viaje que es la existencia misma.

Dentro del autobús, la vida. El tránsito visto desde dentro, y también el viaje de cada uno de los pasajeros. Las repeticiones, la estructura del poema muestra que los versos dan saltos en el espacio contenido de la hoja, de la misma manera que saltan los viajeros durante el recorrido, o que salto yo ciertos días de mi vida, ante un susto o una alegría.

Cerna Bazán recupera, reconfigura y comparte el movimiento dentro y fuera del autobús, dentro y fuera del ser humano. El recorrido está marcado por un puente, que surge de la nuca del conductor. La nuca es base (1) de este viaje, y al mismo tiempo, váse (5). Allá adelante se vislumbra, faro y guía de los pasajeros. El autor reflexiona e invita a mirar como una armazón de metal, una caja de hierro o cárcel, especie de coraza en la que marchamos por la vida. También, con cruel sutileza, describe a los pasajeros como reses camino al matadero. Hace especial hincapié en las testas, lomos, ancas. Los personajes van apareciendo poco a poco, se confunden, se superponen de tantos saltos y oscuridad, y sudor, y olores fuertes. A pesar de la descarnada insistencia en lo desagradable de ese viaje, hay una esperanza al final del puente: “al otro lado hay flores” (1). Todos los posibles diálogos que podrían efectuarse durante el viaje se condensan en uno, el del joven estudiante “el que les habla”, que una vez encima del puente y la mujer que escucha, tose, protege su maternidad: “qué más puente que la luz que trota entre tus cejas” (9). Es en este momento en que por obra y gracia de cierta dramaturgia –autoral, editorial– las páginas del libro son más largas, y dobladas por la mitad, cierran un nuevo momento dentro del libro, momento de diálogos, de oscuridad, de confusión, de miedos. Encima del puente, el joven estudiante les habla, les enfrenta con realidades burdas y despiadadas, la muerte, la enfermedad. Y mientras el ramito de ruda “que ata la muerte” se va cargando de toda esa energía, se ladea, parece a punto de caerse del espejo retrovisor. Como la vida, siempre a punto de irse, yéndose. Y brilla oscura en la navaja del estudiante, dispuesto a cortar los sueños con sus verdades dolorosas.

Pero llega la curva, cruzan el puente. La ruda es también ramo de nacimiento. La voz roída y torpe de la mujer se alivia con un golpe de viento. Y con el viento llega la luz, y otra vez páginas cortas, sueltas. Páginas que el viento puede hacer volar. En ese sentido, el libro está pensado como un objeto/amuleto que ofrece sus propias claves para la interpretación.

Los personajes dejan de ser animales, se convierten en árboles. Son tallos al viento, melodías. El dolor es más suave, tiene música, que no es ya la música metálica del principio, sino la música del viento y el sol, que la garúa refresca. El pelo de la gente deja de ser confusión o fuego, y asemeja pétalos de flores. La vida es cruzar un puente, asustados y protegidos. El movimiento es entonces nacer, renacer. Hay una pasión iluminada en estas últimas páginas de Ruda, ya no saltos y golpes, no ese traqueteo pesado y sudoroso. Una dulce agitación se impone como ejercicio de vida; comienza un viaje diferente: el mercado, la escuela, “la humildísima práctica” (25). Cerna Bazán ha construido una suerte de exorcismo en forma de libro, un ritual simple, colgar la rama de ruda, el libro verde, atado con un cordelito, junto a nosotros, para sentir la luz, el viento.

Eilyn Lombard (1978). Madre de Alejandra y Reina Lucía. Actualmente estoy en el programa de doctorado del Departamento de Literatura, Cultura y Lenguaje de la Universidad de Connecticut. He publicado los libros: Todas las diosas fatigadas (poesía), Ediciones La Luz, Holguín, 2011, y Suelen ser frágiles las muchachas sobre el puente, (poesía) Reina del Mar Editores, 2005, así como artículos y reseñas en revistas de Cuba y Estados Unidos. Próximamente aparecerán mis libros de poesía Las tierras rojas, por Ediciones Mecenas, Cuba y Bienvenido a Facebook por la Editorial Letras Cubanas.

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