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Azahara Palomeque reseña a Martha Asunción Alonso (España)

Martha Asunción Alonso. Detener la Primavera. Madrid, Hiperión, 2011.

Quizá en todo poema haya una infancia. Quizá la poesía sea el género más difícil de analizar, porque es el más contagioso. Portada Martha      Asunción Alonso¿Qué historia me cuentas? ¿No es acaso la mía? Y aquí anda un pedazo de crítica desmembrando ese virus con la autoridad que me brinda el espacio libre de esta reseña. Detener la Primavera es el tercer libro de Martha Asunción Alonso (Moreno), poeta española que acaba de ganar el Adonáis con el cuarto, un certamen para el que ni siquiera conservó el original enviado. Antes de la primavera vinieron Cronología Verde de un Otoño (2009), donde ya se respiraba la voz que es, aunque enfundada de citas y referencias culturales al más puro estilo novísimo (ya lo decía Muñoz Molina: “un escritor empieza siendo muy literario”, para autolegitimarse, por el miedo ante los otros a ser joven e inexperto); y Crisálida (2010), libro de transición entre el cultismo que desvenda nuevos reinos y la cotidianeidad más ligada a la poesía de la experiencia que la caracteriza ahora. Pero volvamos a Detener la Primavera.

Si aun creemos en los viajes, y si se le concede a Penélope el privilegio de ser Ulises, Detener la Primavera puede ser considerada la trayectoria a través del tiempo y del espacio (europeo) de la joven poeta española que contempla la historia de sus antepasados, las promesas ancladas al reinado de la Transición española que se deshacen en los pedazos que la voluntad quiera, y la reconstrucción de algo nuevo con los ripios que deja aquel soñar colectivo convertido en la obligación perentoria de ser más que nuestros padres y la posibilidad real – económica, histórica – de no poder ser sino algo menos. La aceleración temporal, las expectativas de un tiempo que no se cumple mientras transcurre y la alienación de verse envuelta en un exilio elegido y negado a partes iguales, provocan el yo lírico del poemario: un sujeto que no puede constituirse sin mirar atrás, cuya nostalgia es el ancla de pertenencia al presente, un sujeto que escucha discos antiguos mientras venera – democráticamente – el amor lésbico:

Déjalo estar así, vinilo joven,

ráfaga de ciudad tras la persiana

deja mi palma estar bajo tu manto:

déjate viva, amor, déjame tuya.

La poeta, en homenaje a una historia de la que es deudora, ficcionaliza la vuelta a Ítaca comenzando por la memoria de sus abuelos, según se abre el libro, con la sección “La Casa entre las Rosas”, significativamente, el título de un cuadro de Monet. Ella, la licenciada en filología francesa, viviendo en Francia en aquel entonces, no puede sino evocar imágenes de esa infancia perdida mediatizada por la pintura extranjera de quien, sin embargo, le devuelve la imagen de sus mayores: la abuela en la cocina exprimiendo la naranja convertida en metáfora del tiempo que pasa; una carta al abuelo muerto en que le actualiza el estado del pueblo: “La alcaldesa es la misma y hay obras en la plaza/porque el pilón estorba”; el estado de ese sujeto también en pleno andamiaje: “Acabé la carrera”; la imposibilidad de regreso del espectro al entonces dorado porque el reloj sigue adelante: “Alguien compró la casa de Lorenzo/ Te cerraron el bar”. A través de una escritura memorialista, el yo lírico invoca una suerte de locus amoenus que se ha desgajado del presente mientras retrata – con todas las implicaciones sabidas de la noción retratar, con todas las muertes que Barthes le adjudicara – un presente de imparable ladrillo que no permite a los idos retornar en su estado primigenio. En un alarde de lo que a simple vista parece ser intertextualidad lorquiana pero que rinde más homenaje a Miguel Hernández, el poema “El color verde” recupera el pasado pre-industrial de los aceituneros altivos para afirmar:

la sorpresa del verde que desgarra el asfalto,

te trepa al corazón y no lo esperas.

O las pardas olivas por los suelos:

oscuridad del verde que hemos ganado a golpes,

de rodillas,

rogando a Dios que llueva.

El legado de los golpes de antaño pasa a convertirse, conforme transcurre el libro, en una manera de contar el alejamiento contemporáneo, en una manera de estar solo, que diría Pessoa. La segunda sección, “Calais”, lidia con los recuerdos infantiles desde la configuración de un sujeto que se torna, como la casa entre las rosas, también extranjero. En la deslocalización espacial de la voz poética, los elementos atemporales adquieren una nueva significación al ser contemplados desde una latitud diferente, así se repite “esto es lo más al norte que has estado” en dos poemas y, tras la confirmación del nuevo lugar, cobran matices las nubes: “Será una tontería, pero no son las mismas/ – ya sé: jamás lo son. Pero aquí menos”. Las formaciones vaporosas se configuran como “un secreto/un tesoro enterrado” que se actualiza incansablemente en una repetición de la historia ad infinitum, desconcierta el peso de las edades que lo son, precisamente, por lo que tienen de enfrentamiento con el infinito. La conciencia temporal de que deviene la contemplación insistente del pasado se materializa en situaciones concretas de desorientación provocada, como las obras en la plaza, por el transcurso inagotable de las dinámicas económicas: en el centro comercial “Siempre hay niños perdidos que te dirán Mamá sin darse cuenta”. Como ellos, la voz poética se pregunta por el origen en el poema “Bautizo”:

Hemos cruzado Europa,

sus raíles mojados donde bajan las aves

a beber,

a sofocar sus ganas de morir.

Para sacar de dentro estas pelucas de momia,

tanta farsa de amor y naftalina.

Hemos cruzado Europa sobre el humo de un puro,

en los signos inmóviles del f-r-í-o.

Para limpiarte el nombre. Darme un nombre.

Ya ves qué niñería. ¿Acaso no te llamas

igual que se llamaban tus ancestros?

Yo me llamo Asunción en honor de la madre de mi abuelo.

También me llamo Sur, Castilla, Arroz, Río Tajo Reseco.

Hemos cruzado Europa para sacar de dentro la sequía,

la sed que nos mataba.

Nuestros muertos de sed, y los felices. Nuestros nombres.

Rescatando la sempiterna mitología nacional entre ser o no ser Europa, buscando en ella el nombre que no puede sino cristalizarse en la machadiana sequía castellana, Martha Asunción Alonso negocia la participación simbólica de su obra en el canon del “problema de España” y transfiere esa misma problemática a las reivindicaciones sociopolíticas de la España contemporánea en su tercera sección, “El búnker”. Éste, la genealogía española considerada como refugio y enclave del yo lírico, encuentra su mejor manifestación en el poema “Puerta del Sol”, en el que el frío europeo se vuelve “de este mundo” y se promueve una participación activa, más prosaica en la forma, del pasado en la noción de futuro: “hemos pasado tanto la guerra y aquel hambre, para dejarle un día a nuestros nietos… El fuego, tal vez las brasas. Pero no las cenizas”. La memoria de los abuelos reivindicada en las transformaciones puntuales de la casa y aledaños adquiere aquí una dimensión política que reconceptualiza el espacio público tornándolo punto de confluencia de todos los tiempos y mapas desgajados de su matriz: “el kilómetro cero”. El viaje de Martha, como la huella del bucle generacional que no vuelve sino al punto de retorno, termina con la sección “Círculos”: en la imposibilidad del amor que se escribe desde la conciencia de ser un pasado al que no se pertenece, Ulises, en los brazos perdidos de quien no está esta noche, teje y desteje el tapiz del tiempo desde la desvinculación de todo lo dicho porque sabe que acabará volviendo: “Negar la primavera”.

Azahara Palomeque Recio(Spain, 1986) es poeta, investigadora y estudiante de doctorado en la Universidad de Princeton. Colabora en el blog de cine Cinecero.

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Esta entrada fue publicada el enero 16, 2013 por en España, Poesía y experimentales.

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