Eilyn Lombard reseña un poemario de Esther Pardo Herrero (Colombia)

Esther Pardo Herrero. Diario de ciclos fértiles. España: Ediciones Paralelo, 2017

He sentido siempre infinita curiosidad por los diarios. Y por eso quizás he dejado los míos en lugares estratégicos, casi escondidos, pero no. Adoro el sobresalto de pensar que pueden estar siendo leídos ahora mismo. Al mismo tiempo, coqueteo con la idea de que están a salvo. Cuando Esther Pardo Herrero me ofreció la posibilidad de leer su Diario de ciclos fértiles lo entendí como un acto de osada generosidad.

Este diario ha sido escrito desde el centro, y ha ido creciendo hasta los bordes de la existencia. Como círculos concéntricos, como espiral eterna, los poemas de Esther aluden en primera instancia, a ese viaje que es el regreso a uno mismo, y que se explica, como encuentro misterioso, en esa línea donde convergen principio y fin de la vida. Leo estos versos y pienso en mis propios ciclos, y recuerdo a Kristeva. Para Esther la concepción parte desde aquel agujero negro donde se enseñorea una melancolía provechosa, y no culmina, sin embargo, con la expulsión de lo concebido. Esther expulsa sus dolores y sus frutos, y al mismo tiempo, nace otra vez. Su desgarramiento, en varias explosiones simultáneas, es resultado, y no proceso. Y vuelve a ser madre. Receptáculo en el que se acumulan y confluyen el ciclo de la vida (la muerte), de la fecundación, del nacimiento: los 28 días del ciclo fértil de la mujer, las 40 semanas del ciclo de espera del alumbramiento y ocupando esos otros, el ciclo de formación del texto.

El texto es el hijo que no nace: óvulo muerto dice. Este es un libro de procesos. Y estos no esperan a llegar a su fin para que su lugar sea ocupado por otros. Es un libro de confluencias. De encuentros, de cruzamientos vertiginosos. Si el texto nace cuando no nace el hijo, para ocupar su lugar, también va creciendo la palabra junto a la mixtura de sangre y semen.

Al mismo tiempo que esas dos obras de la maravilla tienen lugar, en el libro-diario se suceden otros espacios, el cuerpo propio y el ajeno, la casa que va a ser propia y aún no se reconoce como tal, la ciudad también ajena que se va construyendo en dos sentidos: de afuera hacia adentro, desde adentro hacia afuera.

Crece la mujer, crece su vientre, crecen sus cabellos y su corazón, crecen las palabras y el libro. Hacia afuera. Pero la palabra viene también de un lugar remoto y oscuro. En el principio todo era oscuro, y fue el verbo. Leo y recuerdo a mi propia hija diciéndome “yo estaba sola en un lugar oscuro, y vi esta casa y te vi, y quise venir a vivir con ustedes”. Mi propia hija nacida de mi vientre. Nacen los hijos del pasado, de un pasado remoto e irreconocible la mayor parte de las veces. A Esther la acompañan sus ancestros en la germinación, la fecundación, la espera y el alumbramiento. Que broten los ancestros: y me pregunto con ella de dónde viene lo antiguo, si vamos al lugar de origen para descubrir que el fin está en el mismo lugar que el origen estuvo.

En la segunda parte, hay otra vez el ciclo del cuerpo femenino: la sangre, que regresa y destruye la espera. Ella dice “he tocado mis cuerpos”. La poeta es ella misma, y los cuerpos y los versos que contiene, que guarda y hace crecer. Dentro y fuera.

Y hay una tercera: la ovulación, que coincide con la primavera: las estaciones del año están haciendo también su ciclo. ¿De modo paralelo? Los ciclos una vez más se confunden, se mezclan. Y luego la cuarta: la gestación. El universo está guardado detrás del ombligo. La madre también nace el día del parto. El libro nace. Y va modulando sus propios ciclos (partes): días infértiles, días de sangre, ovulación, gestación. Esther no lo dice explícitamente en su composición del libro, pero el último texto es el alumbramiento: “Donde la cabeza se rinde”. Y ahí acaban las luchas, la intelectualización, o incluso poetización de los hechos. Nosotros leemos y nacemos otra vez. Y somos testigos de su/nuestro propio alumbramiento.

El Diario de ciclos fértiles es un acto de honor y coraje. Un campo de batalla. Reconocimiento de grietas, de oscuridades y de tanta luz. Y ha sido bordado con una inquietante belleza.

He dejado el libro de Esther por algún rincón de mi casa. Quiero encontrarlo y sorprenderme creyendo que releo mis propios ciclos, mis palabras. Su voz es voz de todas. Su canto quiere ser también el mío, el tuyo.

No sé cómo se empuja.
Mi cabeza pregunta
y no responde.

Antes que el miedo aparezca

el cuerpo electrizado
me atrapa en su corriente
y los músculos

se contraen
y se relajan
a criterio propio.
Ilona
empuja su cabeza
contra mis huesos desplazados.

No se conforma
y se retuerce empujando.
Baja
el aire se insinúa allá afuera.

Nuestros cuerpos
acompasados
siguiendo el mandato
de la vida
en su estado más salvaje.
Toda mi fuerza
siguiendo
su estremecer indomable.
El estallido vital
de su cuerpo pequeño

me arde
abrasa.
Mi piel distendida
se quema
y una esponja con agua
me salva
del rapto incendiario.
Es tiempo, Ilona.
El mundo
y tu vida
fuera de mí
empiezan ahora.
Un último estremecer conjunto

y el más profundo abrazo
de tu cuerpo naciente
entre mis piernas.
Nos despedimos
para poder encontrarnos cuerpo
a cuerpo.
No hay pausa.
Las oleadas eléctricas
me sumergen.
De nuevo
el líquido que brota
y el estremecer que arremete.

África, mi pequeño continente

parecemos conocer el camino.

Bajar
atravesar la boca quemante salir de mí
hacia la vida.
Nos saludamos
en nuestro íntimo desconocernos.
Mi cuerpo se repliega
y late
de nuevo
con un solo corazón. (Fragmento del último poemario del libro)

Eilyn Lombard (1978). Actualmente estoy en el programa de doctorado del Departamento de Literatura, Cultura y Lenguaje de la Universidad de Connecticut, trabajando en una disertación sobre el imaginario de la ciudad, aún en su precariedad, como reformulación de afectos, en algunas ciudades latinoamericanas. He publicado los libros: Todas las diosas fatigadas (poesía), Ediciones La Luz, Holguín, 2011, y Suelen ser frágiles las muchachas sobre el puente, (poesía) Reina del Mar Editores, 2005, así como artículos y reseñas en revistas de Cuba y Estados Unidos. Próximamente aparecerán mis libros de poesía Las tierras rojas, por Ediciones Mecenas, Cuba y Bienvenido a Facebook por la Editorial Letras Cubanas.

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