Carl Fischer reseña Coyhaiqueer, de Ivonne Coñuecar (Chile)

Ivonne Coñuecar. Coyhaiqueer. Coyhaique: Ediciones Ñire Negro, 2018. 139 pp.

 

Fundado en 1929, cuando el gobierno de Chile quería consolidar su dominio geopolítico entre los fiordos de la Patagonia, el pueblo de Coyhaique no solo vive bajo la sombra del enorme Cerro Cinchao, sino también bajo el alero de un estado que lo custodia desde lejos, como un padre ausente. Esta mezcla entre cercanía y lejanía es algo que Coyhaique tiene en común con los personajes jóvenes—huraños, dejados a su suerte por sus padres, pero unidos por la extraña circunstancia de vivir en la Patagonia—de esta novela de Ivonne Coñuecar.

Coyhaiqueer está compuesta de 12 viñetas, casi todas narradas por Elena, quien parece tener la misma edad de Coñuecar. Es decir, ambas nacieron en 1980, el año en el que la dictadura promulgó una nueva constitución (todavía vigente, por cierto) y así consolidó su poder. La dictadura, y la normatividad autoritaria que impuso, dejan su impronta en la niñez y la adolescencia de Elena. Coyhaique queda en plena Carretera Austral, proyecto infraestructural estrella del régimen, y Pinochet llegaba a menudo para monitorear su construcción:

“Coyhaique se disfrazaba de fiesta cuando…abría los brazos para sostener toda esa tierra suya y recitaba un poema a la soberanía, a la conectividad…cerrando magistralmente con la amenaza argentina […]. Pinochet Extreme Zone Tour 80s” (50).

La dureza de vivir bajo la dictadura se combina con el hastío de habitar un pueblo chico, donde los chismes circulan por “las casas, a los mates, a las miradas. Al ¿es ese? ¿Ese que va ahí?” (110). La conectividad geográfica de Coyhaique siempre se frustra, pues la Carretera Austral no llega al resto de Chile; del mismo modo, los personajes gays y lesbianas de esta novela nunca logran la aceptación y el cariño—las conexiones afectivas—que anhelan.

Los críticos Leo Bersani y Lee Edelman describen lo queer como algo esencialmente “antisocial”: ilegible ante cualquier lógica de intercambio social, y reacio a pertenecer a cualquier identidad o sistema. Esta aproximación teórica a lo queer es debatible, pero en este caso funciona para entender el Coyhaique de Coñuecar. Cuando todo el mundo se conoce entre sí, y cuando todos te están mirando, la única forma de conseguir un poco de cariño y pasarlo bien, en tus propios términos, es a través de la red subterránea de lo queer. Hablando sobre su amigo Jota, Elena narra:

“Si le gustaba algún chico, me preguntaba su nombre, su edad, y si el apellido sonaba conocido, de quién era hijo. [Yo] era la espía y así fuimos conociendo otro Coyhaique. Nuestro Coyhaiqueer” (25).

Pueblo chico, infierno grande. Sobre todo para adolescentes “diferentes,” llevados al extremo sur del país por un padre militar enviado a “hacer patria” en la Patagonia (como es el caso de los hermanos Mateo y Óscar, otros amigos de Elena), o por padres que huían de la represión dictatorial de la capital (como es el caso de Elena misma). A estos personajes les toca, entonces, convivir no solo con sus propios secretos, sino también con los traumas de sus progenitores. Aunque tienen vidas relativamente cómodas, las angustias que viven—relacionadas con el autoritarismo, el trauma, el abuso, la drogadicción, y (más tarde) el sida—los ponen en el lugar raro de querer escaparse de Coyhaique y luego de querer volver una vez que lo dejan. Cada viñeta de la novela concluye citando letras de canciones de las bandas de la juventud de Coñuecar (e incluso la mía, que también nací en el año 80), como Garbage, Erasure, Siouxie and the Banshees, David Bowie, y Tears for Fears. La música funciona como una clave para que los personajes se entiendan entre sí, sin tener que hablar de sus traumas abiertamente: “Ser homosexual en Coyhaique era agotador, había que tener una coartada siempre y buena memoria para mentir, y ni pensar en decir,” dice Elena (94).

La mayor parte de la acción transcurre durante la consolidación de la democracia chilena y el despertar sexual de Elena y sus pares. Viviendo entre la necesidad de evitar conflictos de pueblo chico, esgrimiendo sonrisas falsas “con una encantadora hipocresía” (14), como es el caso de Jota, y el impulso de gritar que “todo eso era una mentira y…desenmascararlo” (75), como dice Elena, ellos aguantan el aislamiento y el encierro como pueden. Jota recuerda a su madre, fallecida años antes, ya no como una madre sino como “una mujer maquillándose como Judy Garland” (13). Este pasado es la causa de su obsesión con la cultura popular, la cual rentabiliza en Coyhaique como DJ, trayendo música desde Santiago. Su padre, que nunca superó la muerte de su esposa, se encierra en su pieza con una botella en la noche y a Jota ni le pregunta “a qué se estaba dedicando” (9). Elena, mientras tanto, lucha con su atracción por las mujeres. Sin poder vivirla abiertamente, se retrae para observar:

“Desarrollé un instinto observador, contenido, voyerista. Me especialicé como espía” (25).

Cuando llega Andy, una chica de su edad, a vivir en la casa del frente, inician una relación (con mensajes en código morse de por medio), complicada por la madre vigilante de Andy y por la tosquedad de Elena: “ya no quería más del drama, estira y encoge (por un beso, qué caro un beso en estas condiciones)” (83). Los hermanos Óscar y Mateo viven el trauma de un padre militar que los desprecia (al primero por “maricón” y al segundo por artista y “delicado”); el abuso que ambos viven los une, pero también los sumerge en la angustia y el silencio.

En este sentido, Coyhaiqueer también narra los tránsitos de los personajes entre Coyhaique y el resto de Chile. El sueño de irse del pueblo se siente por todas partes, pero la promesa de escaparse rara vez se cumple:

cuando nos íbamos algunos rebotaban y regresaban a Coyhaique. No era justo tener dieciocho o diecinueve años y sentirse derrotado, pero era algo para lo que nadie se preparó. La historia del éxito con la que veníamos en la mochila era inútil y falsa. […] Otros volvían y se deprimían, otros se escondían, otros no volvían y se rebelaban haciendo lo que querían sin recibir más dinero de sus padres; otros mentían que pronto se irían, pero se quedaban deambulando por años en Coyhaique; otros se mataban (86).

El hablar de “cuando me vaya” de Coyhaique en la adolescencia se vuelve nostalgia en la adultez, porque ya no se podrá volver. A pesar de lo que los personajes tienen en común, el aislamiento en medio de la vastedad de la Patagonia termina impregnando todas las viñetas—entrelazadas, pero no cronológicas—de la novela. Al comienzo, Coñuecar dedica el libro a la memoria de dos hombres, Iván y Juan Luis; no puedo dejar de pensar que son reales los silencios y abandonos, las injusticias, las carencias, y las pérdidas que ella denuncia. Sacando los trapos al sol (por más débil que éste sea en los inviernos patagónicos), Coñuecar trata de sanar algunas de las heridas del pasado.

Para Elena, la clave es reconciliar su identidad pueblerina—y los secretos y estigmas que conlleva—con las nuevas facetas que su vida adquiere una vez que se va al norte, a Valdivia, a estudiar en la universidad. ¿Cómo pasar de ser “espía,” pasiva y retraída, a participar activamente en la propia vida de uno, y no morir (o dejar de escribir) en el intento? Hacia el final de la novela, Elena tiene que volver a Coyhaique por un tema familiar, y llega a visitarla su “polola” de Valdivia, Mariana. Al mostrarle el pueblo a su novia, asumir las penas del pasado empieza a volverse factible, aunque igual se dan cuenta que “Coyhaique seguía siendo Coyhaique” cuando alguien las echa de un bar después de verlas besarse. Pero más tarde, Elena—citando la canción “Love is a Shield”, del grupo Camouflage—piensa:

Yo no quería evitar nada. Ni la melancolía ni la rabia ni el amor. Podía ver cuánto había cambiado en esos años. Coyhaique solo era un lugar pasajero, un lugar que se quedaría en cualquier mapa. Un lugar en el que siempre se planifica una huida y al atreverme a darle un lugar a Coyhaique sentí que no estaba tan desordenado el mundo como se veía desde lejos, nada destruiría el universo que estaba cuidando, no eran necesarias las obsesiones, ni recursos para entrar y salir de Coyhaique (135).

Con esta novela con tintes de Bildungsroman, ganadora del Premio Municipal de Literatura de Santiago (2019), Coñuecar logra hacer las paces con su pasado en aquel lugar “bélico.” De paso, pone a Coyhaique en el mapa, ya no por sus características geopolíticas, sino por ser el foco de un proyecto literario. Espero leer más de ella en el futuro, ya sea más poesía (ya es autora del poemario Patriagonia, del 2014) o más prosa.

Carl Fischer (Alemania, 1980) es profesor asociado en el Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas de Fordham University. Es autor de Queering the Chilean Way: Cultures of Exceptionalism and Sexual Dissidence (Palgrave MacMillan Press, 2016) y coeditor de Chilean Cinema in the Twenty-First-Century World (Wayne State University Press, 2020).

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