Martina Barinova reseña ‘Aquí no es Miami’ de Fernanda Melchor (México)

Fernanda Melchor. Aquí no es Miami. Random House, 2018. 159 pp.

“Vivir en una ciudad es vivir entre historias: las que se escriben en libros, las que circulan en periódicos y pantallas, las que se transmiten de boca en boca y mutan bajo una lógica similar a la de los virus, esos entes que sin siquiera estar vivos se replican en un afán obstinado por permanecer en el mundo” (9).

Así comienza la nota introductoria de Fernanda Melchor a la edición del 2018 de Aquí no es Miami (primera publicación 2013), un conjunto de doce relatos híbridos escritos entre los años 2002 y 2011. Autora de las novelas Falsa liebre (2013) y la exitosa Temporada de huracanes (2017), en Aquí no es Miami ella nos ofrece un recorrido por su ciudad natal, Veracruz, “sin ninguna fobia a la subjetividad”, sin decoraciones, sin fabulación, preservando sus mitos.

La autora parte de hechos reales, pero a la vez trata de ser lo más fiel posible a las percepciones de los eventos por parte de sus informantes, además de respetar a los fantasmas que habitan sus barrios. Algunos de los cuentos se acercan al estilo de crónica, pero muchos ultrapasan los límites de este género periodístico. Sin embargo, también se resisten a la estampilla de ficción realista. Melchor escribe: “Son relatos que se rehúsan dialogar con la Historia con mayúscula ni buscan cebarse en una anécdota determinada sino en el efecto que esta tuvo en la sensibilidad de los testigos” (11). Su necesidad de explicar, de incitar a los lectores a una reflexión sobre el papel del testigo/informante en la creación del texto, para mí, es una verbalización de su compromiso (al cual la autora permanece fiel a lo largo de la obra) de participar, a través de la escritura, de lo que está pasando en su comunidad, pero sin quitarle a ésta su propia voz en la re-escritura y el re-pensar de su historia y, sobre todo, de su bien-estar aquí y ahora.

Pienso en la reescritura como una práctica de estar-en-común, cuyo significado ante la lógica necropolítica y neoliberal Cristina Rivera Garza explica en Los muertos indóciles. Pienso en el mandamiento de Hélène Cixous de “repensar lo que es tu muerte y mi muerte, ambas inseparables”, el de ponerse en los zapatos de los otros, porque el texto nace desde la experiencia de pertenencia mutua? Melchor hace este trabajo explorando las tretas que ofrece la dimensión oral del lenguaje. El manejo “brutal” – no encuentro mejor palabra –, de la oralidad es uno de los aspectos resaltados por los críticos de Temporada de huracanes, la novela finalista del Book International, celebrada como una de las mejores novelas de los últimos años. En Aquí no es Miami, las voces “de la calle” entran para expandir y a su vez desconcentrar la línea informativa de la narradora-periodista. Esta dinámica de voces mantiene a la lectora despierta y activa; crítica y empática al mismo tiempo. Crítica en el sentido de aceptar la pluralidad de visiones subjetivas de un mismo caso sin obviar la “información objetiva” en el trasfondo; empática por ponerme los zapatos del partícipe en su circunstancia actual, individual, que mañana puede ser la mía.

Simpatizo (¿o no?) con el obrero del puerto, encabronado porque “gracias” a las intenciones del gobierno municipal por rehabilitar el centro histórico, la zona de consumo gore conocida como el Cinturón de vicio donde “los malandros hacen negocio con pura mercancía robada. Como piratas […] se fue pa’bajo […y] un chingo de gente se quedó sin chamba […porque] “los pinches españoles que son dueños del todo se quieren chingar el pueblo…” (30 – 31).

¿Acaso puedo juzgar a un oficial de la policía del distrito que se lava las manos y permite que la justicia la tome en sus manos la comunidad? El linchamiento y matanza del violador Roberto Soler por los habitantes del pueblo mexicano del siglo XXI, Tatahuicapa, resuena a la historia de Fuente Ovejuna. La fama de la inaccesible y “brava” Tatahuicapa se pasa de boca en boca por la región, el castigo del criminal Soler sigue presente en forma de un corrido.

También Evangelina, la Reina del Carnaval de Veracruz, está condenada a volverse en un fantasma más de Veracruz. Hija de un hogar violento, madre asesina, loca, amante de un narco… encarna la herencia de la Malinche. La leyenda de Evangelina es un producto de chismes, testimonios dudosos, reportes en jerga oficial. Pero la narradora interviene para nombrar las causas y cosas con nombres propios. Sobre todo es una víctima más de “la crisis económica, la violencia machista, la desintegración familiar, el fracaso del sistema de la seguridad social y de protección de la infancia en México.” (59).

Otro mito del pueblo inspira el relato más largo, “La casa del Estero”, que parece un borrador para La Temporada de los Huracanes… pero, a fin de cuentas, “Las leyendas sobre la Casa del Diablo son muchas y nada originales…” (85). Como dice la autora, son “historias que pudieron ocurrir en cualquier parte pero que, quién sabe por qué destino inexorable, no pudieron sino nacer en este sitio” (12). Y precisamente en la universalidad de estas leyendas se halla su poder, el asombro ante el terror que atrae a los sujetos delincuentes, a los perversos, pero que también sigue subvirtiendo la autoridad política, al ofrecer miradas alternativas al orden mundial, basadas en conocimientos locales. El rumor – al igual que el silencio – puede funcionar como un arma de los oprimidos.

Al captar las experiencias compartidas por el pueblo y pasadas de boca en boca, Melchor las convierte en relatos que en su brevedad preservan y concentran su fuerza, para entonces soltarla mucho más tarde. Parafraseando la descripción Benjaminesca de una buena “storyteller”, con Aquí no es Miami Fernanda Melchor clama y afirma su lugar indudable como una narradora de renombre.

La oralidad fugaz y colectiva del rumor (¿?) tiene más presencia directa en los primeros cuentos, incluidos en las secciones “Luces” y “Fuego”, mientras que la tercera parte, “Sombras”, refleja el impacto de un ambiente permeado por el crimen organizado en los protagonistas individuales. Las experiencias de encuentros con el narcotráfico o con una pistola apuntada a su cabeza (lo cual, no raras veces, es la misma cosa), una llamada con amenazas, una desaparición silenciosa de un conocido, todos son eventos que persiguen a los habitantes como sombras. Les causan insomnio, pesadillas, les impiden entrar en sus bares favoritos y barrios familiares, les obligan a dejar su trabajo aunque lo necesiten… y sobre todo les hace callar. Porque los habitantes del puerto saben que Veracruz se escribe con Zeta… Así se titula el último texto, un colaje de terror sigiloso que narra cuatro encuentros con la muerte. Conscientes del monstruo que puede aparecer en cualquier esquina, víctimas irónicas del “capitalismo gore”, los testigos/partícipes y narradores son inocentes y culpables a la vez por formar parte de una sociedad culpable. La ciudad que se cuenta aquí no es Miami, sino la Veracruz precaria, violenta, un espectáculo de muerte, donde se respetan primero los narcos, después el diablo, luego las curanderas y los caciques y luego la policía, que ante todo respeta a los narcos.

Así también pasa que me encuentro felicitando al Fito, “un buen elemento” que se une a los Zetas y asciende en “la compañía” y por fin “se puede comprar unos tenis nuevos cada 15 días […] y ahora viaja mucho […] y ya acabó de arreglar su techo aunque ya no puede ver a su familia cuando se le antoja […] pero por lo menos su cabeza se queda a salvo y no sobre una plancha del servicio forense o pudriéndose entre las hierbas de un terreno baldío” (130). Recordemos la nota introductoria de la autora: el lector no hallará fobia ante lo individual.  Recordemos el mundo gore de Sayak Valencia donde los sujetos del afuera frente al mandamiento ético primermundista, “No dañar”, tienen que responder “¿No Dañar?” ¿No recibir más daño, o participar en el daño (ya) no como víctimas sino como ejecutores?

Es cuando termino de leer el cuento “Aquí no es Miami” cuando acepto que “hay veces que hasta el Diablo necesita un rezo…” (40) Con estas palabras cierra Thalia, un joven obrero en el puerto, la anécdota su encuentro con el embarcamiento de unos dominicanos en medio de su viaje hacia los EE.UU., donde pretenden cumplir una misión de venganza. La ironía cruel de la situación hace que en pocas páginas el relato capta la complejidad de las dimensiones de la globalidad del Caribe. Y el título del cuento y del libro lo resume en cuatro palabras. Los dominicanos creen o esperan haber llegado a Miami. “Dinos que estamos en Miami, por favor” (37) suplican los dominicanos. Y la respuesta negativa les desespera cada vez más “¿Qué tanto falta?” […] “¿Y dónde estamos?” […] “¿Y por tierra, cómo llegamos a Miami?” (37) insisten. La autoridad del mapa y de las fronteras, tan poderosas y tan abstractas, se disuelve por completo ante la respuesta del joven nativo veracruzano: “No tengo ni idea, lo más lejos al norte que conozca es Poza Rica” (37) (a 260 km de Veracruz). Lo que es real es el viento del mar que impidió la descarga de contenedores esa noche pero no la descarga de los automóviles de exportación e importación, en la que trabajan los testigos/víctimas, Paco y Thalía, el sabor de la torta de doña Almeja que Paco va a vomitar tan pronto se aleje del muelle, la omnipresencia de la muerte.

Excavando, mezclando y tachando los informes oficiales, lo contado como un testimonio personal y los conocimientos trasmitidos en forma de rumores y leyendas, vividos por la autora misma, trabajando con el hablar y el callar, Melchor da a nacer a un mosaico que presenta una mirada sobre la Veracruz de las últimas tres décadas desde abajo, una mirada situada (usando palabras Amaia Pérez Orozco), y a la vez desapropiada (prestando el concepto de Cristina Rivera Garza). Aquí no es Miami nos recuerda constantemente que tu muerte es mi muerte.

Martina Barinova (Prerov, Republica Checa, 1990) terminó su maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nebraska-Lincoln en mayo 2017 con la tesis titulada “El rock en Nicaragua: un discurso de resistencia contra la neoliberalización o una re-definición de la tradición”. En la actualidad estudia en el programa doctoral del departamento de Literaturas romances en Palacky University en Olomouc, Republica Checa, mientras trabaja como maestra, traductora y mesera.

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