Francisco Félix reseña el poemario ‘Seibutsu’ de Eddie S. Ortiz González (Puerto Rico)

Breve paseo por Seibutsu de Eddie S. Ortiz González  (Primera Parte)

Eddie S. Ortiz González. Seibutsu. Puerto Rico: Riel, 2026

Seibutsu: ser vivo, organismo, biología, “naturaleza muerta” y simultáneamente “cosa viva”.

Puerto Rico. O cualquier otro país de clima tropical. Quizás cualquier otro lugar donde habiten ciertas derrotas. De nuevo a la rutina. Nos deslizamos a nuestras labores esquivando boquetes y semáforos apagados. Esta vida que apenas deja espacio para ser un transeúnte. Condenados a la hojalata. Al modo de vida de cartografías imaginadas por cuerpos que no habitan el calor de estas calles, que no viven la violencia que aplasta hacia el horizonte. Voy por la 102 junto a la bahía de Mayagüez. Mi archipiélago, mi isla: prisión de ventanas abiertas y vista a la costa. Nada me pertenece. Excepto esta voluntad. La nada y el todo. Que entre mis noches de desvelo y mis días de lluvia nazcan las palabras, raíces de nuestro encuentro. Me acompaña Estrategias de combate de Eddie S. Ortiz- González, escritor, librero, padre:

«Cansado estoy del combate.
Mi tiempo es el de los dioses idos.
Hijo te pido perdón
por todo lo que callo.¨

Reconozco la fuerza de toda palabra no dicha en la brevedad de un verso. Es más fácil sucumbir al abismo si el silencio pesa. Persigo la imagen. El abismo, el silencio, la nada. Tierra fértil para sembrar la memoria.

La poesía de Eddie S. Ortiz-González. Arma contra la desesperanza. La muerte es el jardín de esta poética. Regresaba a Estrategias de Combate (ICP, 2017) buscando conversaciones con su nuevo poemario, Seibutsu (Riel, 2026). La palabra “seibutsu” tiene varias traducciones como…  “ser vivo”, “organismo”, “biología”. Sin embargo, me pareció que “naturaleza muerta” y simultáneamente “cosa viva” va de la mano con la propuesta (a mi parecer) de Seibutsu.

En Seibutsu se encuentran otras formas, otros lugares, otras ruinas, otra poesía. El júbilo también significa celebrar la muerte. Quizás son los primeros haikús del poemario. La brevedad. Contemplar el pedazo, el fragmento. ¿Envejecer junto a la ruina? Quizás. El haikú- y toda la poesía en Seibutsu– es una colección de fragmentos que el poeta ha logrado auscultar con una búsqueda meticulosa que aparece en su poética.

Este poemario inserta en su poesía otros idiomas. El texto sirve como pangea poética, capaz de reunir algunos de los elementos más comunes de aquello que es “humano, demasiado humano”. Una reunión de interpretaciones. Una reunión de la poesía y el ojo. La mesa es la palabra. Ya lo había anunciado antes en Estrategias de combate. Esta vez le da nombre: “Misuterareta”; es decir, renuncia, abandono, desamparo. Escribir es desamparar.

Algunos retratos de nuestro presente parecen decirnos: los dioses renunciaron a nuestro desamparo. Es la idea del poeta. Hay días que la comparto. Las palabras “Hiroshima” y “Nagasaki” dividen las primeras partes del poemario. Así se empieza. La memoria desenterrada. Ortiz González nos recibe desde el hogar de los derrotados, los asesinados. Recordé “El país de nieve” de Yasunari Kawabata. Quizás porque recibió un Nóbel y luego se mató. Quizás por la desolación que el poeta puertorrriqueño pinta tan bien en sus palabras. La belleza y la tragedia. Con Seibutsu pensé en “El panteón de las luciérnagas”. Naturaleza muerta. La carroña es tema de felicidad para las auras que van quedándose sin bosques. La experiencia de un hombre, un padre, un amante, un librero, un lector, un poeta, una piedra sobre el papel. El panteón poético de Ortiz González es un tesoro referencial. Un sólido golpe de la imagen poética. Una espada precisa. Una serie de kunais cuidadosamente afilados. Bien se dice que para el escritor es esencial encontrar los enunciados que se dirigen al silencio. Otros, lo llamarían desenredar el malestar de nuestros desvelos.

YUGEN

Del bosque
la ruina

Mi jardín.
La luz percola
por las aperturas
de la sombra. (15)

NOUSAGI

El pasado
es un cazador.

El presente está
en la presa. (17)

La búsqueda no termina. Encontrar tesoros entre ruinas significa una convicción más allá de lo aparente. El presente te obliga a mantener la vista y el diente en el alimento. El pasado: otra forma de fragmentación. Pero la poesía de Ortiz-González busca una armonía. Encuentra su bosque hecho trizas, ausculta lo que sirve y va cuidadosamente, pacientemente, cultivando un nuevo bosque con su manera de mirar el mundo. Sus ojos son el mapa, el plano. Sus manos la madera del bosque. También es posible construir desde la contemplación y la imaginación. Observar lo roto y componer desde la convicción.

«Como decir:
desde este sillón
contemplo
la mañana de este sábado.» (18)

El tiempo también es una pieza que la voz poética recompone con maestría; al estilo de Julio César Pol en El Ala Psiquiátrica (Isla Negra, 2020), los títulos obligan al lector a componer el poema a partir de la búsqueda y de la interpretación. Quizás este poemario es un ejercicio de recomponer por medio de la palabra y el pensamiento. Aquí hay un cuerpo que construye con sus manos y sus palabras. El jardín también puede construirse sobre la ruina.

La poesía de Ortiz-González es tan aguda que atrapa una imagen que no existe:

KAKUSHIGOTO

«Secreta,
una línea
surca desde
la abeja
hasta la flor.» (21)

La inmediatez, la fugacidad y la eternidad ocurren en unos cuantos versos. En la ruina es costumbre decir adiós.

KUSO

Estanque. Bruma.

Rama sin nido.
Adiós, cerezo. » (23)

La partida es final el día que el olvido entra por la puerta.

NODOKANA

«En perfecto orden
un ciruelo
se desnuda.
[…]
UNA estiba de libros

oscila entre la fuerza
que los mantiene
en el estante

ya la que
los desparrama
por el suelo.
Un lomo sobre otro.
En perfecto
balance.» (29)

¿Cuál es el perfecto orden? La tranquilidad de la voz poética también es un lugar. Este libro es una catedral que refugia al presente, que mira la forma y habita lo impuesto. La renuncia de la voz poética es clara.

Una mano que contempla la poesía de un pajarillo posado en la mano; en esta/donación/abdico (27). Un cuerpo que renuncia frente a la belleza. La muerte es una forma natural de renuncia. Pero aquí los cadáveres dejaron lápidas: la poesía. El lamento de sus supervivientes, el lamento de la memoria. Aquí las palabras están guardadas en un cántaro: pájaro, sombra, estanque, ruina, jardín, taza. Este poema es naturaleza viva:

TANTŌ

«Entre las flores de mi jardín
una espada con alas
practica su destreza.» (41)

Las voces, las lenguas, las manos, la memoria. La simultaneidad de todo en el poema, en la poesía. La experiencia de la luz es la misma para un transeúnte perdido en la imaginación de un poeta. Leer Seibutsu. Ser un transeúnte perdido por la imaginación de un poeta. A veces es más fácil abrir los ojos en la oscuridad que bajo la resolana cegadora.

«En mi cintura siento
el vaivén de las olas
después de un día de playa.» (51)

Seibutsu también es meter la nariz en el café, en el olor del amante, en el sorbo del momento. Comer la carne, contemplar lo que no queda. El pájaro de Ortiz-González es el pájaro que busco en Cabo Rojo. O el pájaro que percha en un lugar de Japón, imaginado por el poeta. Quizás sea el pájaro negro de Gallego en su Residente del lupus (Isla Negra, 2006).

«i am a garden of nothing
about to spill
itself.» (73)

Ortiz-González insiste en ese vacío como punto de creación. Este poemario presenta una cosmogonía que merece ser observada con detenimiento y responsabilidad. Así va mi apuesta. Este breve comentario sobre este poemario surge de la impaciencia, la urgencia y quizás cierto miedo a la profundidad, al vacío. Esta reflexión apenas conversa con las primeras dos partes del poemario. Quizás esta lectura pueda ser un comienzo. Mientras tanto. Leo y escribo sobre la ruina. Observo el pájaro negro devorar la carne podrida. Seibutsu. Otra estrategia de combate.

 

Francisco Félix Canales Dalmau (Carolina, Puerto Rico) es escritor, editor y comunicador. Posee un bachillerato en Sociología con énfasis en Estudios Culturales y una maestría en Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. Su obra literaria incluye «Esta isla» (Alayubia, 2019), «Sobre los domingos» (La Impresora, 2020), “Mano negra” (Riel, 2025) y “Tito Rojas ha muerto” (La Pequeña, 2025) . En 2019, participó en el programa «La Práctica» de Beta Local y en el 2021, fue recipiente de la beca Letras Boricuas. Sus textos han sido traducidos al inglés, al francés y publicados en revistas y blogs de Puerto Rico e internacionales. Su cuerpo de trabajo abarca la poesía, la crónica, el ensayo, la fotografía y los textos periodísticos, revistas y libros educativos. Actualmente trabaja con el Programa Sea Grant Puerto Rico. A veces escribe breves reflexiones sobre literatura puertorriqueña. https://franciscofelix.squarespace.com/

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