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Alberto reseña a Rodrigo Rey Rosa (Guatemala)

Rodrigo Rey Rosa. El material humano. Anagrama, 2009.

“El nuevo libro de Rodrigo rey Rosa”, se nos informa en la contraportada, “se presenta como una novela, pero se desarrolla en las arenas movedizas entre lo ficticio y lo histórico.”
Los subrayados, naturalmente míos, son sintomáticos de la deriva esencial de esta obra, que nunca llega a establecer nada que luego pudiera resolver, que ni siquiera llega a enfrentar lo ficticio y lo histórico, que, en fin, se limita a yuxtaponer documentos de distinta índole (esencialmente, archivos político-policiales y entradas de diario, en las cuales aparecen insertas citas de Voltaire, del Borges de Bioy, de Stefan Zweig, fragmentos de artículos de prensa, textos de Internet, incluso cartas personales) sin que en ningún momento se establezca entre todos estos materiales una relación de fuerzas inteligible.
“Con la forma suelta y aparentemente ligera del diario de apuntes y notas”, sigo citando la contraportada, “Rey Rosa elude la novela de personajes, y la narración funciona como un gran fresco histórico o alegoría sobre la represión sanguinaria que ha sufrido Guatemala a lo largo de los últimos siglos.”
¿Me resisto a subrayar más? No, no me resisto. En realidad no sé por dónde empezar ni terminar, pues todo me parece significativo. Para empezar, la forma suelta y aparentemente ligera, donde aparentemente debería llevar un subrayado doble, un subrayado triple, si fuera posible tal precaución tipográfica, pues es uno de tantos términos que han sido pervertidos por alguna retórica oficial (en este caso la retórica de las notas de contraportada, sobre la cual hay pendiente un estudio que podría ser un apartado marginal de una historia del capitalismo literario) hasta el punto de volverse en contra de lo que aparentemente significan. Subrayaría también lo de que Rey Rosa elude la novela; la continuación, de personajes, es una adición superflua. Me pregunto, dejando a un lado el gran fresco, si quien redactó la nota de contraportada se molestó en sopesar la palabra alegoría para juzgar si realmente armoniza con el propósito de un libro en el que todo es demasiado literal y nada, aparentemente, apunta a una comprensión figurada.
Estilísticamente, el redactor de esta nota exhibe una debilidad por la adjetivación. La “represión” guatemalteca “de los últimos siglos” es “sanguinaria”; la “elección del género”, “certera”; la “investigación” del narrador, “dudosa”; el “archivo policial”, “caótico”; el “autor”, “extraordinario”. “Los adjetivos son las arrugas del estilo”, dijo Alejo Carpentier, refiriéndose a que lo que envejece de un estilo son los adjetivos, entre otras cosas porque la mayoría de ellos son pleonásticos, porque es bien sabido que en la realidad las represiones son siempre sanguinarias; las investigaciones, dudosas; los archivos policiales, caóticos; igual que, en la prosa de contraportada, los autores son siempre extraordinarios y sus elecciones, certeras. Se trata pues, de lo que Kerbrat-Orecchioni denomina adjetivación afectiva, la cual manifiesta una valoración subjetiva del autor más que una cualidad sustancial del objeto. En otras palabras, pura propaganda.
La verdad es que El material humano es una novela abortada, el material preparatorio de una novela que, por falta de habilidad o de trabajo, nunca llegó a desarrollarse como tal. Hablar de “elección del género”, en este caso, tiene tan poco sentido como hablar de “alegoría”. Es puro descaro editorial, promoción desvergonzada de humo embotellado. Estrictamente hablando, no es mentira, porque (en términos del positivismo lógico) el mensaje publicitario carece de condiciones definidas de verdad.

El material humano es una serie de capítulos organizados en “libretas” y “cuadernos”, una colección de materiales caóticos y de ensamblaje problemático. Los documentos policíaco-represivos reproducidos en la “novela”, los cuales constituyen el catálogo del institucionalmente llamado “material humano” guatemalteco, contrastan con las anodinas entradas personales del diario (el narrador visita a Miquel Barceló en París, cena con editores, hace llamadas telefónicas). El efecto no es la “ambigüedad” que, según la nota, “constituye lo más logrado de la novela”, sino la vaguedad y la falta de propósito características de la ficha policial y el diario autobiográfico, géneros que, por lo demás, se avienen poco a una lectura alegórica (a menos que sea siguiendo a Foucault o a Freud, pero eso ya es otra historia, u otra novela).

En Un seul témoin, Carlo Ginzburg, al evaluar el papel de los materiales documentales en la narración histórica, cita el epistolario del poco conocido Renato Serra. “Hay gente que imagina de buena fe”, dice Serra, “que un documento puede ser la expresión de la realidad […]. Como si un documento pudiera expresar otra cosa que a sí mismo […]. Un documento es un hecho. La batalla, otro hecho (una infinidad de otros hechos). Los dos no pueden hacer uno solo. […] El hombre que actúa es un hecho. Y el hombre que cuenta es otro hecho […]. Cada testimonio no testimonia más que de sí mismo; de su propio momento, de su propio origen, de su propio fin, y de nada más.”

La vaguedad de lo documental no tiene nada que ver con la ambigüedad lograda mediante el artificio literario. Este, cuando está bien construido (y un ejemplo de ello son los espléndidos cuentos de El cuchillo del mendigo, de un Rey Rosa primerizo y mucho más fresco y vital), tiene la virtud paradójica de alcanzar una verdad más real (más ambigua, más paradójica) que la de “la realidad” anotada en grado cero.

Alberto Bruzos Moro nació en Ponferrada (España). Doctorado en Lingüística, enseña cursos de español en la Universidad de Princeton (New Jersey). http://abruzos.wordpress.com/

9 comentarios el “Alberto reseña a Rodrigo Rey Rosa (Guatemala)

  1. luisothoniel
    febrero 16, 2011

    Me gusta esta reseña porque alberto tiene más mala leche con el que escribió la contraportada que con el autor. Es sí, por lo que dices del libro de Rey (que no he leído), me parece que hay algo interesante en eso de publicar ese “material preparatorio” para una novela que no llega (¿no es eso acaso la gran anti-novel de MAcedonio Museo de la Novela de la Eterna?), tal vez, precisamente, ante la violencia de la historia. como sabemos, “no hay poesía después de auschwitz”.

  2. Alberto Bruzos
    febrero 16, 2011

    Gracias, Othoniel. Yo no digo que el libro sea malo, porque los hay mucho peores, e incluso está bien escrito y a ratos resulta interesante, pero está muy mal “marketeado”, como diría Junior, el amigo de Óscar Wao. Las ideas del “fracaso”, la “impotencia” y la “atrocidad inefable” no forman parte de la propuesta de El material humano, aunque coincido contigo en que habría sido una vuelta de tuerca interesante. Piensa en lo que hizo Bolaño con los documentos de Tijuana en 2666. No es poesía, pero…

  3. Margarita Pintado
    febrero 17, 2011

    hmmm, me dieron ganas de leerlo por morbo más que por otra cosa. me encanta “no digo que sea malo, porque los hay mucho peores…”. este alberto, sino hubiera gente mala, sería terrible😉
    luis, eso de “no hay poesía después de auschwitz”, es cita directa de adorno o reflexión del diario de piglia? leíste esa parte? tá buena.

    • Alberto Bruzos
      febrero 17, 2011

      Margarita, no pierdas el tiempo. Por una inversión todavía menor, en una sola tarde, puedes leer (si no lo has hecho ya) una pequeña maravilla que descubrí recientemente, DISQUIET de Julia Leigh. Lástima que por ser australiana y escribir inglés la tengamos proscrita del Roommate…

  4. Margarita Pintado
    febrero 17, 2011

    * si no*

  5. Diego Azurdia
    febrero 19, 2011

    No para polemizar, sino para ampliar, aqui les va la perspectiva de un guatemalteco, sin miedo a ruborizarme por pensar que a veces en la literatura, o en los intentos de ella, el contexto puede ayudar a mostrar el potencial de una obra (el valor de un diamante por el fósil que deja):

    “Por mi parte, mas allá de la información que esperaba obtener en ese laberinto de millones de legajos policiacos acumulados durante más de un siglo y conservados por azar, después de aquella visita inicial las circunstancias y el ambiente del Archivo de la Isla habían comenzado a parecerme novelesco y acaso novelable. Una especie de microcaos cuya relación podría servir de coda para la singular danza macabra de nuestro último siglo.”

    Pongamonos en contexto: En 2005 tras una violenta explosión en la ciudad capital, se descubre accidentalmente el archivo secreto de la policía nacional. En el complejo de la actual academia de policía se ubicaba antes La Isla, una cárcel secreta de los temidos comandos de la policía nacional y así es que aparecen más de 80 millones de documentos. Horizontalmente constituiría ocho kilómetros de archivos. Verticalmente, cubren las paredes de un recinto a punto de desplomarse por la humedad. Estando en un foro de literatura, que tire la primera piedra aquel para quien el tema no pida a gritos ser novelado.

    Evidentemente, huele a Borges. Y es que el viejo aparece en los lugares y en los momentos y de las maneras menos esperadas en las letras de nuestro continente. Entre líneas con densidad de fantasma: se asoma, asombra y asusta. Se dice que sus categorías literarias son lo suficientemente universales, o simplemente que en su lectura errónea hay vastas tierras para cosechar, de tal manera que se las ingenia para mantenerse vigente, de-formado, re-formado. A mí siempre me ha gustado pensar que el viejo se fue esfumando y al momento mismo de su consagración logro escaparse a ras de lenguaje y al final de tres puntos…

    En El Material Humano se asoma como archivador con el nombre de Benedicto Tun, cuya firma aparece en todos los folios del archivo que incluyen algunas cartas escritas por él. Pero Rodrigo Rey Rosa no se limita a invocarlo literariamente (guiños que como veremos, no vienen al caso). El narrador lo pone en carne y hueso, o al menos tanto como la figura de Borges permite, al citarlo no a través de sus obras sino a través de las memorias de Bioy. El mismo narrador reconoce directamente la fuerza del argentino en su impulso a novelar las circunstancias del archivo, en repetidas ocasiones.

    Si reconocemos aromas borgianos en función a la posibilidad de novelar (hay hileras infinitas de hojas escritas y solo recientemente descubiertas e investigadas de modo arqueológico, colocadas como laberintos y administrados en el pasado por un señor cuyo único rastro es la firma al final de cada documento-Benedicto Tun ha muerto sin recibir pensión), al cambiar libros por archivos también reconocemos a Kafka (ya en el presente narrativo hay jefes del Proyecto de Recuperación del Archivo que solo se localizan por teléfono para determinar la fecha de una cita que se pospone reiteradamente, con el deseo de saber por qué se ha restringido el acceso al Archivo, mientras se espera recibiendo respuestas ambiguas) De ellos se puede hablar mucho, pero el mismo narrador lo discute en muchas partes del libro sin llegar a nada. Es hacia el tercero, implícito a lo largo del libro, en el tridente de influencias clásicas de la literatura latinoamericana a quien me dirijo:

    “Jose Maria Miculax Bux, confeso violador y estrangulador de doce “niños blancos” de entre diez y dieciséis años. Originario de San Andres, Patzicia, cometió sus crímenes en los alrededores de Antigua y la Nueva Ciudad de Guatemala. Fue sobreviviente de la matanza de Patzicia, poco después del levantamiento kakchiquel por problemas de tierras. Fucilado en 1946 a los 21 años de edad.”

    Tan solo una ficha y de nuevo la tentación de novelar, pero esta vez tomando prestado la vos de Faulkner. Podemos vislumbrar su temática, adaptar su particularísima visión trágica, podríamos pensar en Jose María como un Christmas guatemalteco, con pasado racial ambiguo, etc. El problema es que el universo literario que se podría formar alrededor de Antigua, alrededor de una familia Guatemalteca, en el espacio ambiguo de una ruralidad que enfrenta una modernidad externa atascada por tensiones raciales, queda inmensamente corta: A Jose Maria Miculax Bux se le agregan casos tentativamente coherentes “-Reyes Dionisia. Nace en 1931 en el Progreso. Fichada por homicidio en la persona de su hermano menor, Januario Reyes, con escopeta”, conservadores -“Antunes Perez Emilia. Nace en 1920. Oficios domésticos en la ciudad capital. Vive con sus hijos. Fichada en 1955 por ejercer la prostitución”, absurdos “-Novales Dolores. Nace en 1919. Hondureña (Puerto Cortez), Fichada en 1955 porque quiere dejar la prostitución y someterse a la vida honrada”, políticos “-Ochoa Santizo Jorge. Nace en 1943. Carrocero. Fichado en 1960 por sospechoso. Vive con su señora madre puta.” llegando hasta 1970 en adelante, archivos que se mantienen ocultos, correspondientes a la época de desapariciones sistemáticas bajo la táctica de “quitarle el agua a los peces”, una montaña de cadáveres: una columna de perfiles de victimas, 200 mil extraoficialmente (la cifra más alta en las Américas del siglo XX).

    Que pasa entones? Si había tanto potencial, por que ofrecer una obra no terminada, una obra inconexa, o en el peor de los casos, por que hacer de un fracaso un libro? Por que publicar una obra que ni siquiera alcanza a ser el deathmask of its conception? Llámenme ingenuo, pero yo veo aquí un gesto con valor literario, a raíz de una nueva formulación: la obra es el deathmask of an impossible conception.

    Literatura como la posibilidad de una revelación inminente, revelación inminente como historia, la posibilidad literaria suspendida, un laberinto de documentos con sonidos que podrían ser minotauros en brama, o simplemente el olor a chicharrones, y canciones de Arjona. El libro es el conjunto de apuntes de un escritor que vio en el archivo una posibilidad de novelar. Su desorden, su paseo al azar entre los pasillos del archivo, mezclado con la porquería que son los sucesos de una vida típica de un guatemalteco letrado de clase media (como su servidor), contado en libretas en forma de diario, todo indican contingencias desesperantes tanto para el lector como para el protagonista-autor. Pero, más importante aún, también apuntan a una actitud reconocible: la espera y apertura ante una revelación, que nunca llega. Una revelación literaria u histórica? Probablemente aquello que posibilite la conexión entre ambas. (Aunque con obvias diferencias temáticas y de otra índole, en referencia a la forma, se me viene a la mente una Nausea de Sartre sin el pasaje del árbol)

    Entonces, Imposible hablar de tragedia, de leyes trágicas que sacuden contingencias para darle forma suprema a historias humanas. El arsenal literario del escritor latinoamericano queda corto. Se tratara de una imposibilidad formal, tal y como se lo pregunta el narrador:

    “Inesperadamente me pregunto qué clase de Minotauro puede esconderse en un laberinto como este. Tal vez sea un rasgo de pensamiento hereditario creer que todo laberinto tiene su Minotauro. Si este no lo tuviera, yo podría caer en la tentación de inventarlo.”

    A mí me parece que la publicación de la obra misma propone lo contrario. El descubrimiento del Archivo, un suceso histórico de dimensiones continentales, el contexto en el que se descubrió, y sus aparentes posibilidades literarias, no podrían haber pasado desapercibidos por un escritor que sufrió algunas de las consecuencias de la guerra: el resultado un reconocimiento de imposibilidad. Hasta aquí, aparentemente, nada novedoso: un caso de imposibilidad de poesía después de Auschwitz. Lo novedoso esta en el reconocimiento de una posibilidad de poesía que aun no se cristaliza. El material en carne viva que es la guerra encuentra una mediación menos cegadora para el novelista: los archivos de esa guerra- hay papel de por medio. Pareciera que el material humano de Rodrigo Rey Rosa es un caso de criogenia literaria, un descongélame cuando haya cura.

    Más aun, el libro apunta a una posible explicación de dicha imposibilidad. Aquí me aventuro a una tesis, mala costumbre de la que me contamine estudiando en tierras gringas. Entre citas literarias, archivos, entradas de diario, el narrador comenta sucesos de actualidad que aparecen en periódicos y noticieros (verídicos por cierto): el reciente asesinato e incineración de diputados salvadoreños en la ciudad de Guatemala. El encarcelamiento de policías acusados, y la posterior ejecución anónima en su celda, en una cárcel de supuesta alta seguridad, etc. Son eventos que muy bien pudieran formar parte del archivo- las libretas de apuntes, que son el libro, aparecerían al final de la última columna de hojas en La Isla. Las implicaciones son claras: el estadio histórico que comprende el conjunto de documentos encontrados no ha terminado. En términos historiográficos, un punto ciego propio del que interpreta el presente.

    Así leído, el desafío es doble: ponle fin a la era y descubre los mecanismos estéticos para representarla, no necesariamente en ese orden (acaso el segundo provocando el primero?). Un review a un libro como este consistiría en una propuesta. La mía es tentativa, y con ella termino: una novela sobre el siglo XX Guatemalteco girara alrededor de la imagen de perros colgados de postes de luz. Estén pendientes de la publicación.

  6. Alberto Bruzos
    febrero 19, 2011

    Diego, fantástico tu comentario, ante todo por lo respetuoso que es con la reseña que yo escribí, aun estando en desacuerdo con ella. Te advierto que cuando leí el “No para polemizar, sino…” del principio y luego vi la magnitud de tu comentario ya me vi yo colgado de un poste de luz, como esos perros de tu bella (por justa) imagen final. Francamente, no sé si es un recelo de español, porque en mi país los “comentarios” sirven para que quienes son de distinta opinión se despellejen verbamente.
    Me parece que tu comentario no sólo es bueno, sino (en toda justicia) mucho mejor que mi reseña y mucho mejor también (por qué no decirlo) que esa supuesta novela que, para mí, el autor nunca llego a escribir y yo, claro, nunca llegué a reseñar, esa novela “potencial”, por usar tus propios términos, con la que bien podemos seguir soñando con los ojos abiertos.

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Esta entrada fue publicada el febrero 16, 2011 por en Ficción, Guatemala.

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