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Carl reseña a Paula Moya (Estados Unidos)

Paula Moya. Learning from Experience: Minority Identities, Multicultural Struggles. California: University of California Press, 2002.

Algo que le falta, a mi juicio, al Departamento de Español y Portugués de Princeton—donde (full disclosure) yo estudio—es que no hay ningún profesor ahí especializado en la literatura latina y chicana de Estados Unidos. En otros departamentos de Español donde he estudiado en este país, esta parte de nuestro campo ha sido mucho más ampliamente representada, y creo que los especialistas en la literatura latinoamericana en Princeton nos podríamos beneficiar muchísimo de esa inclusión.

Comienzo esta reseña hablando de mi experiencia en el campo y mis aspiraciones para él, porque Paula Moya, autora del volumen Learning from Experience: Minority Identities, Multicultural Struggles (University of California Press, 2002), también comienza tratando su experiencia personal en el campo. Cuenta sobre una entrevista de trabajo que le tocó en un departamento de Inglés en Estados Unidos (supongo que no habrá sido en Stanford, donde actualmente es Profesora Asociada), en que un decano le preguntó si se sentiría “cómoda” (esa palabra tan peligrosamente cargada en inglés) enseñando en ese departamento, o si acaso no estaría más “cómoda” en un departamento de Español o incluso uno de Estudios Étnicos, ya que ella misma es chicana y la literatura que trabaja es escrita a veces en español. La experiencia de Moya, de cómo su identidad tuvo (o pudo tener) consecuencias para su futuro laboral y su lugar dentro de su campo de estudio, la lleva a hacer algunas preguntas bastante incómodas, con implicaciones para todos los que nos ubicamos dentro del campo de los estudios culturales y literarios.

A saber: Cuando los teóricos como Judith Butler, influenciados por el pos-estructuralismo francés, abogan por la desnaturalización de identidades “esenciales” basadas en categorías sociales de género y raza, ¿acaso no están pidiendo lo mismo que algunas “minorías neoconservadoras” (Moya tiene un capítulo sobre la retórica discursiva de éstas) que claman por la abolición de ciertas políticas públicas (como affirmative action) y campos de estudio (como Chicano Studies)? Los campos académicos como Chicano Studies (o cualquier forma de Cultural Studies, en realidad) ¿ayudan a los estudiantes a lograr un conocimiento más abarcador y universal de la(s) humanidad(es), o son más bien divisivos, demasiado enfocados, y por lo tanto inútiles para la empresa académica? Los estudios que se llevan a cabo a base de la experiencia individual de alguien de una cierta identidad (étnica, sexual, racial), ¿serán capaces de desbaratar las concepciones “posmodernistas” (término que emplea Moya) que condenan dichos estudios como esencialistas, o incluso teóricamente ingenuos? ¿Hay alguna forma de resolver la tensión entre la necesidad de identidades “prácticas y situacionales,” por un lado, y la tradición pos-estructuralista del “juego plural de las diferencias que se vale de lo ambiguo para fisurar internamente las oposiciones binarias,” por el otro (como escribió Nelly Richard en 2008)?

Moya sostiene que sí, se puede resolver esta última tensión, a través de una teoría de identidad que ella llama realista y pos-positivista. Esto involucra, primero, un “compromiso” con la idea de que las identidades de las personas sí se refieren al mundo exterior (aunque quizás no perfectamente), y que por lo tanto no son solamente discursivas o arbitrarias. Lo “real,” por lo tanto, sí determina (y limita) nuestras experiencias. Segundo, esta teoría involucra la posibilidad de armar una idea objetiva de una identidad, basada en la experiencia. Claro que esta objetividad no estaría libre de sesgos ideológicos (de ser así, tendría que llamarse positivista), sino que sería un ideal, y siempre sujeta a revisión, según otras experiencias vividas que la contradigan o que la amplíen. Y, lo más importante: esta concepción de la identidad no sería incompatible con la teoría, agrega Moya; de hecho, teorizar a base de la experiencia es deseable. Ella incluso argumenta que esta teoría de identidad realista y pos-positivista es “necesaria” para los académicos de estudios étnicos que quieran trabajar en forma “sofisticada y matizada.” Lejos de limitar nuestra perspectiva al concentrarnos en las experiencias de, digamos, una chicana lesbiana, Moya sostiene que conocer la realidad de una identidad particular nos cuenta muchísimo sobre la nuestra, por más alejada que sea del lesbianismo chicano, y más encima, nos cuenta más sobre las de todos.

Por ejemplo: la lectura de Moya de Under the Feet of Jesus de Helena María Viramontes es que la novela invita a los lectores a tener una “relación de identificación empática” con sus personajes, y exponerlos a “la ceguera moral y epistémica de aquellos estadounidenses que vean a los trabajadores temporeros del campo como forasteros en su sociedad.” Así, podrán “trascender sus propias perspectivas” y lograr “una comprensión menos parcial y más objetiva de nuestro mundo compartido.” Moya reivindica la importancia política de las identidades situacionales y prácticas para teorizar sobre las experiencias ajenas y, en este caso, ayudar a ponerle fin al racismo y etnocentrismo de ciertos sectores de la sociedad estadounidense.

Ahora, si bien la representación literaria de identidades prácticas para la formación de alianzas políticas es un ejercicio clave de nuestra profesión (Borderlands/La Frontera, por ejemplo, es valiosísimo en este sentido), a veces sí hay que negar los esencialismos identitarios, porque pueden resultar normalizadores (algunos chicanos se preguntarán, por ejemplo, quién es Gloria Anzaldúa para decirles a todos ellos cómo son y cómo deben ser). La tensión que se crea al tomar estos dos lados del argumento en cuenta ha traído buenísimos resultados en los estudios de género, por ejemplo, en tanto indaga en las intersecciones de género con temas de raza y clase social. Además, “resolver” esta tensión, necesariamente implicaría algún tipo de “resolución” de la tensión entre la teoría y la experiencia mismas, lo cual suena dudoso y hasta populista (tómese esta última calificación en buena o en mala).

Sin embargo, en este volumen Moya se centra en lo que yo creo que es una de las tensiones centrales de los estudios culturales hoy en día. Si bien esta tensión nunca se resuelve (como acota Nelly Richard), sí resulta altamente productivo recibir nuevos puntos de vista sobre ella. Si invocamos nuestras experiencias particulares (como hice yo, al principio de estas líneas, y como hizo Moya también) es porque a partir de ellas se arma una retórica de ejemplaridad (es decir, una teoría) que otros toman, refinan, discuten y apoyan. Basta con el ejemplo de Foundational Fictions, que propone (una propuesta bastante realista, por lo demás) que a partir de las experiencias afectivas (pos positivistas, por cierto) de personajes individuales, se armaron naciones enteras.

Carl Fischer (Alemania, 1980) es estudiante de quinto año en el Departamento de Español y Portugués de Princeton University, donde está terminando una tesis sobre masculinidades en la literatura chilena contemporánea.

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Esta entrada fue publicada el septiembre 18, 2011 por en Ensayo y Crítica, Estados Unidos.

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