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Diego reseña a Ronald Flores (Guatemala)

Ronald Flores. Signos de Fuego. Guatemala: Editorial Cultura, 2007

Texto y contexto. Así como hay lugares en donde es imposible escribir sin adentrarse al bosque nevado para olvidar la patria, (como en Estados Unidos), hay lugares donde es imposible hacerlo sin sacudírsela (como en muchos de Latinoamérica). En Guatemala durante mucho tiempo hacía falta afilarse la lengua con afilador de piedra para escribir, como se afilan los machetes. Escribir fue hablar y hablar fue romper con un silencio impuesto a punta de pistola. Texto y contexto se confundieron al calor de una historia infernal. En Signos de Fuego, Ronald Flores lo dictamina afirmando que la guatemalteca de las últimas cuatro décadas del siglo veinte fue “una literatura gestada en condiciones adversas, motivada por la feroz resistencia de un pequeño grupo de individuos que no desistieron de proponer la libertad expresiva… como alternativa ante uno de los regímenes más represivos del hemisferio.” (8)

Signos de Fuego es descrito por su autor como una panorámica  de la literatura del país durante ese tiempo. La palabra panorámica  connota espacialidad y lo hace en este caso para describir un marco histórico. Hay quienes creen que la historia avanza únicamente a ritmo de revolución, por lo que tiene sentido utilizar categorías espaciales para épocas estancadas en revoluciones fallidas. Más aún, la palabra evoca cartografía, un movimiento vertical en donde el detalle va sucumbiendo al descubrimiento de patrones cada vez más amplios.  Lo que revela el movimiento en Guatemala es un movimiento desde el texto hasta el contexto, que desde la particularidad de la obra va mapeando la actividad literaria hacia una falla política que lo alinea.

Desde el texto nos llega una invocación que en su tiempo sirvió para mitificar el pasado reciente, pero que muy bien pudo servir de profecía para lo que vendría: “!Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de oídos persistía el rumor de las campanas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre!” Una invocación que anunciando una misa negra al principio del Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, tal vez el pasaje más célebre de nuestra literatura, marcaba el tono de la historia guatemalteca que durante la década en que se le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura al autor empezaba adquirir tonos trágicos. Y es precisamente con la década de los sesenta que Ronald Flores empieza su panorámica, reconociendo la importancia de ese suceso literario en el país, titulando el capítulo dedicado a los sesentas “Los caminos del Nobel y sus derivaciones”.

El discurso de aceptación de Asturias, como lo nota el ensayista,  se tituló “La novela latinoamericana: testimonio de una época”. Ya desde entonces se llevaba la carga histórica en la actividad literaria y ya desde entonces el escritor figuraba como testigo. Con él, atestiguando, Augusto Monterroso y Luis Cardoza y Aragón lideraban la actividad literaria. En los setenta, Miguel Angel Asturias muere y queda permanentemente exilado en París (cuando vayan, olvídense de la Torre Eiffel, busquen el monolito Maya que marca su tumba), mientras que Monterroso pone en alto momentáneamente su actividad de escritor. La carga es heredada por la nueva generación que en la década de los setenta la llevaba de tal forma que “la esperanza y la rebeldía juvenil se convirtieron en el espíritu juvenil de la época.” (19)  Ya sea comprometidos, alternando las armas con la pluma, como fue el caso de Severo Martínez Peláez y Mario Payeras entre otros, o resguardando apasionadamente una “intimidad erótica” como el caso de Ana María Rodas, escribir se hacía con la valentía de la resistencia.  Pero con Los Compañeros de Marco Antonio Flores se empezaba a vislumbrar las debilidades del lado de la esperanza al denunciar “la corrupción y el despotismo interno de las organizaciones guerrilleras.” (32) Por ello a la década de los ochenta el ensayista apoda “el fin de los mitos y los sueños”. Es así que “si bien la esperanza fue el signo de la década anterior, durante los ochenta el sentimiento colectivo era de frustración y desengaño” por lo que “en la década en mención destacan quienes escriben desde la tristeza del destierro y quienes escriben desde un adolorido exilio interno.” (34) La literatura registró la evolución del espíritu de las décadas que pasó de un optimismo revolucionario a un desengaño amargo. Del lado de la historia quedaron aproximadamente doscientos mil muertos, algunos de ellos escritores.

Ronald Flores demuestra entonces que politizarse como escritor en Guatemala fue inevitable aún desde una neutralidad resguardada en intimidad. A partir de los ochenta, las novelas adquirieron un carácter testimonial mucho más explícito. Y es que frente al horror no se puede más que transcribir y repetir obsesivamente. Tal vez a partir de la apertura democrática a mediados de los noventa, el peso histórico del escritor parecería haber disminuido. Pero la panorámica que Ronald nos va mostrando revela un abismo que apenas hemos empezado a entender y que todavía dictamina el carácter fragmentado de nuestra identidad.

Todavía hoy no nos podemos escapar del abismo. Siendo guatemaltecos, al escribir no hemos podido huir de la patria. Todavía ser literato significa hablar, cuando lo único que anhelamos es callar al escribir, interpretar la geografía y no la historia, en sus propios términos que son sagrados. Queremos que la panorámica que nos revela Ronald ya no sea una panorámica histórica. Por ello debemos escribir con la ambición monumental de restaurar esa perspectiva para convertirla en una perspectiva geográfica, en donde podamos ser testigos del volcán y del lago, y no de bandera que ha sido violencia sistematizada. ¡Cuánta rabia DIOS MIO! La historia se desvanece en el punto de fuga en donde contexto y texto se funden. Con la identificación de ese anhelo legítimo concluye Ronald Flores al reconocer a Humberto Ak`abal como “la sencillez de lo rotundo”. Aterrizando desde el contexto, concluyo yo con uno de sus poemas, que es un llanto:

LA FLOR AMARILLA DE LOS SEPULCROS.

Aúllan coyotes y rompen la noche:
pelean con el viento.
“Es mala seña…”

Antes los tecolotes
cantaban de vez en cuando,
ahora cantan a cada rato.
“Es mal agüero…”

Un viento de muerte baja de la cumbre,
helado, muerde como chucho con
rabia…
y las flores se agachan, tienen miedo
y antes del mediodía se marchitan.

Si pudiéramos regresar a aquellos
tiempos
cuando la tierra cantaba con los
hombres.

Hoy los vástagos son cortados de tajo,
los gritos de los chiquitos
a nadie conmueven, a nadie importan:
el cielo abre su boca y traga
el grito que ahoga la muerte.

¿Por qué somos perseguidos los indios?
¿Qué te hemos hecho, Guatemala?
¿Por qué ese odio, esa sed de sangre…?

Diego Azurdia (Guatemala, 1985) reparte su tiempo entre la escritura y una maestría en filosofía en su natal Guatamela, en preparación para su eventual regreso a la academia norteamericana. Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Stanford. Lector de Faulkner, de Dostoevsky, de Rulfo, de Pynchon y de Asturias, ha tomado un reciente interés por la poesía y el pensamiento oriental.

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Esta entrada fue publicada el octubre 4, 2011 por en Ensayo y Crítica, Guatemala.

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