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Mara reseña a Javier Norambuena (Chile)

Javier Norambuena. Humedales. Limón Partido, 2009.

En Humedales, segundo libro de poesía de Javier Norambuena (Chile, 1981), el sentido se forja como el ecosistema de un terreno saturado y caprichoso que repite elementos adyacentes y los separa/relaciona por comas que son como aire forjando su lógica interna:

sesenta antenas cubren las nubes, los pájaros llegan uno a uno, autobús, el cielo de grúas, son antenas, abren el camino al hotel.

 El título de este poemario no remite a una colección de imágenes, ni a un tendencia léxica, sino a la forma que atraviesa el lenguaje en estas prosas poéticas. Lo poético como lugar inundado es una superficie habitada por excesos y carencias de la materia (humedal es) como “la rodilla roja es materia”, como la “ciudadela es terminal sin árboles” o el parto “es grito vedado”, en la que es tangente la tensión entre ecosistemas. Por un lado se encuentra el ecosistema del efecto visual de las prosas poéticas: minúsculas, entrecomilladas y sostenidas sobre versos como pequeñas bases que sostienen lo inundado. Por otro lado está el tránsito, que es también música, instancia de lo sensible, algo que siempre está ahí pero que no siempre percibimos, como las grúas en las ciudades que quieren rascacielos y turismo:

 hay un nombre hotel américa, hay un nombre para el cielo, lugar para los labios adormecidos del tránsito, transfiguré mi cuerpo en espalda ligera, todo se irá una madrugada.

El hotel américa con minúsculas habla de un modo de ser del lenguaje, como señala Guadalupe Santa Cruz: “En esta palabra: américa, nombre convertido en palabra, o reapropiado en tanto tal, o palabra antes del nombre, en su latencia múltiple, hotel antes que nada, hospedaje, pero hospedaje singular y acotado, lugar de paso, hito de una travesía que lo convierte en eso mismo, mero hito, en este lugar limitado, o en el cerco de este lugar, aparece América, una hipótesis poética”[i]. Estos poemas invitan a pensar en la ansiedad que suponen las arquitecturas urbanas (el hotel américa, la ciudadela, las grúas), siendo tomadas por texturas geográficas impredecibles (“lugar para labios adormecidos de tránsito”). Porque hay poéticas que son estancias para la palabra, un proceso que se abre al lector como a un viajero solitario:

 un presentimiento del río, en el cielo están las grúas, es la espera,

sueño indeterminado con los ojos yuxtapuestos, humedales, háblame

como la punzación, el prefijo de una jugarreta infantil, ojos indeter-

                                    minados en paredes, es de noche.

La forma está interceptada por la memoria, por el despropósito del confesionalismo, pensamiento en acción como río contrapuesto a las ideas que se apantanan. En Útil de cuerpo (Mantra ediciones, 2007; Honda Nómada, 2010), primer libro de Javier, se desea un espacio cuidado, jardín, pero se habita el bosque, espacio natural/ecosistema, como en el poema “Juvencio”: “qué jardín puede escribirse con la voz/ escucho voces de las serpientes y los bosques de huesos/pedacitos de huesos que se van y vienen como un nombre en la boca/no musitar en vano aunque sea un bosque un bosquejo un bochorno”. Estas líneas plantean también otras preguntas como ¿qué gesto ordenado puede emerger de una bosque de huesos? ¿qué ética del lenguaje piensa esta poesía? ¿qué pasa cuando se hace un jardín de voces de serpientes y bosques de huesos? Humedales resuelve que hay un “bosque donde se hospeda la carne (…) una forma que se repliega fútilmente”, en todo caso, una gramática que ha transfigurado lo utilitario en ciénaga, un despliegue cuidado, porque la naturaleza es en sí misma fútil y ordenada, estancia de la voz, artificio para el pensamiento. Así, cada poema nos hospeda en la pieza de un hotel pero la sintomatología del huésped remite al humedal en ocasiones putrefacto, un cuerpo que también hospeda las pústulas o la náusea de su foraneidad:

 ciudadela es terminal sin árboles, enrojecen tulipanes los aviones, pajarillos por la tarde, ruido del zorrillo en minutos, es oscuro, ciudadela es terminal de apariciones, hay la boca enmohecida, se avecina, morfológica luz intermitente, ciudadela de los árboles sombríos, una lengua, pústula creciente se hospeda, otras hojas, tiempos que al revés cambiaron todo, el aire comprimido huele falso, avenidas, autopistas capitales, multiplícanse, ciudadela de una pieza.

La mirada en contrapicado atrapa la materia y la transpone como los aviones que “enrojecen tulipanes”, las “mariposas que vuelan hacia abajo”, los pájaros “que llegan uno a uno”, las antenas que “cubren las nubes”. Las cosas son en tanto se enumeran, se multiplican, se desproporcionan. Lo nombrado se distancia según se enuncia como tecnologías que se interponen entre la voz y el futuro:

autobús que hace decir todo nombre será lejos, los pájaros del levante

transitan por debajo del norte, los pájaros beben una línea interrum-

            pida, del autobús que hace decir que todo nombre será lejos. 

La infancia es un “caballo armando una dureza”; la edad adulta, un “autobús que hace decir todo nombre será lejos”. La cronología está montada sobre un pensamiento cuádruple. Sin embargo, se trata de un fenómeno disfrazado, una prótesis (caballo, autobús). El lenguaje síquico transita en lo cuádruple, como la edad primera, solución al enigma de la esfinge que resuelve Edipo. Este enigma, como señala con acierto Heriberto Yépez en El imperio de la neomemoria, debe ser interpretado en un contexto más amplio, “el enigma de la esfinge se refiere a la forma en que el hombre entiende la estructura del espacio-tiempo”[ii]. Entonces hay una mirada que observa en contrapicado y una palabra poética que presiente en la infancia su enclave síquico. Es por esto que lo materno se presenta como aquello que nombra y desmonta la gramática del humedal, “morfología de la luz invertebrada del vientre”. El desgarre de lo liminal es la tensión direccional del deseo:

hay los partos con beso mustio mirando al cielo, es la nueva calavera, nadie ha venido a buscar las risas vibrantes que alojan la metrópolis, humedal sin días, hay un circo con gritos vedados de los partos, han venido a la habitación de los labios sin familia, en esa mancha de café los ojos preguntan por la huérfana, humedales de los pliegues.

Esta hemorragia de sentido (“la sangre del río y se avecina”), parto continuo, vulnerabilidad de lo cuádruple, codifica también la tensión erótica, la “ciudadela adulterada del galope solitario”, “el cuchillo de la madre como emblema de la boca”.

¿Cómo se sale de este susurro hipnótico y húmedo, incomodidad atroz de lo cuádruple? Para salir del humedal, hay que lutarlo, derrumbar lo que tiene de casa, silenciar al cuchillo emblema de la boca, hacerlo “tanatorio de la lengua”, erguirse y bajarse del autobús. Todo esto y más pasa en los Humedales de Javier Norambuena, un libro que al leerlo te dice que la poesía puede ser la contraconquista de un paisaje síquico antes vedado, sublimidad musical con todo y las pústulas que brotan en el cuerpo por los azores del camino. Habrá que leer su próximo libro Los patios de la nación, recién publicado en Lima, Perú, por la editorial Cuadernos del sur, para ver cómo hizo Norambuena un patio con el humedal.

 Mara Pastor (Puerto Rico, 1980) Poeta, traductora, editora y yogui. Estudió la licenciatura en Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico y la maestría en la Universidad de Notre Dame, Indiana. Desde el 2007, estudia un doctorado en Literatura y Lenguas Romances en la Universidad de Michigan. Su tesis se centra en las prácticas poéticas en Puerto Rico durante el periodo de la Guerra Fría. Como estudiante de posgrado ha sido dictaminadora y miembro de la mesa editorial de la revista Tiresias: Culture, Politics and Critical Theory. Es autora de los poemarios Alabalacera (Terranova, 2006), El origen de los párpados (Edición de autor, México-Puerto Rico, 2008), Candada por error (edición de autor, México; Atarraya Cartonera, Puerto Rico, 2009) y Poemas para fomentar el turismo (San Juan-México, La secta de los perros). Es miembro del consejo editorial del Proyecto Literal (Ciudad de México). Actualmente reside en Ciudad de México. Edita desde el 2005 el blog: www.ohdiosarantza.blogspot.com


[i] Guadalupe Santa Cruz, “La vuelta por américa en una sola palabra/ (Humedales de Javier Norambuena)”. Proyecto Patrimonio – 2009: http://letras.s5.com/jn030209.html

[ii] Heriberto Yépez, El imperio de la neomemoria. Oaxaca: Almadía, 2007: 56.

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Esta entrada fue publicada el noviembre 6, 2011 por en Chile, Poesía y experimentales.

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