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Carl Fischer reseña a Lina Meruane (Chile)

Lina Meruane. Sangre en el ojo. Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2012

Portada-sangre-en-el-ojo-Eterna-CadenciaParto con una pregunta que parece sencilla pero que no lo es: ¿cómo logramos que lo que vemos se comunique a otro? El mecanismo de traducir la experiencia subjetiva en relato universal (o al menos en relato legible, para al menos unos cuantos más) es la escritura misma. Con la novela Sangre en el ojo de Lina Meruane, sin embargo, este mecanismo se pone en marcha a nivel no sólo literario sino también físico y afectivo. Al comienzo, la protagonista de la novela—Lucina, una escritora y estudiante de posgrado en literatura en NYU—queda temporalmente ciega al reventársele una vena ocular. Además, los rencores que guarda también se revientan a lo largo de la novela, los cuales la ciegan de otra forma. ¿Hasta qué punto la ceguera—la literal o la figurativa—impide nuestra capacidad de observar y describir? ¿Hasta qué punto se puede traducir la experiencia propia, tan íntima y subjetiva, en algo legible para otros, si sólo puedes formular esa experiencia a través de lo que (te) sientes?

Escribiendo sobre la relación entre el cuerpo y el discurso, Foucault destacó la importancia del médico como un nexo de significación, un punto de foco desde el cual los significantes que emergen de los cuerpos se atan a significados clínicos (y también, a ratos, literarios). El doctor escucha lenguaje sobre las dolencias de su paciente (“confesiones,” en palabras de Foucault), y de ahí las diagnostica, descifrándolas y volviéndolas “objetivamente” inteligibles. El oculista de Lucina es uno de los médicos que aparecen en la novela, y éste convierte las “confesiones” a veces alucinantes y casi siempre iluminadas de su paciente en un discurso. Al diagnosticarla, al otorgarle una significación a estas dolencias—en este caso, a la ceguera—ya la puede encaminar hacia algún tipo de recuperación.

La otra pregunta en la novela es si los rencores cegadores del pasado familiar también podrán pasar por este proceso de “confesión” que los convierta en lenguaje. De ahí, ¿será posible que Lucina se sobreponga a sus dolencias afectivas? Curiosamente, en este proceso también resulta clave un médico. Sin nada que hacer por todo el mes que tiene que esperar antes de operarse, Lucina viaja a Chile, su país natal, para estar junto a su familia. El rencor que guarda hacia su madre, una doctora que siempre la trató más como paciente que como hija (debido a una diabetes que ha padecido Lucina desde joven). El sentido de abandono y desamparo que Lucina siempre tuvo en casa se revive al tener que ser guiada y ayudada en todo por sus familiares, y además al tener que usar  solamente su memoria para navegar su casa, su ciudad, y sus lazos familiares. El lugar común del “país de la memoria,” tan sobre-usado en los estudios culturales de los que Meruane es conocedora, adquiere un nuevo giro aquí cuando la memoria no sólo interactúa con lo que hay en el presente, sino que es casi lo único que te guía.

Cuando durante esta temporada en Chile viene de visita la nueva pareja de Lucina, un español conociendo el país por primera vez, se cuadran los recuerdos del pasado con las esperanzas del futuro. Tanto Lucina como Ignacio se sienten ansiosos acerca de cómo seguirán juntos: ¿cómo proyectarse como pareja, si ese proyecto se ve interrumpido tan pronto por problemas de salud? Navegando por la ciudad, Lucina se las hace de guía para Ignacio basándose solamente en sus conocimientos recordados de las calles. De repente los papeles se truecan: ahora es Ignacio—quien en Nueva York tenía que guiarla por todas partes—el que se maneja por una ciudad desconocida. Lucina lo guía por lo táctil, el recuerdo, y el sentimiento. Moverse así es lento y accidentado, pero es moverse igual. El sentir(se) se vuelve narración. Ignacio, quien puede haber empezado a tener dudas sobre un futuro con ella, se da cuenta que su novia no es tan vulnerable como parece—y Lucina, en el acto, lo descubre también. Los recuerdos resultan lo suficientemente poderosos para crear nuevas proyecciones hacia lo que viene: revivirán los rencores pasados, pero también con capaces de convertirse en nuevos lazos. El desamparo que se sentía con su familia se reemplaza con algo de seguridad en una relación más simétrica con Ignacio.

En Sangre en el ojo, lo palpado se suplementa con los recuerdos, y se comunica lo no visto con una claridad absoluta. Resulta que hay formas de convertir en significados los signos que el cuerpo emite, sin tener que recurrir ni a los ojos ni a los médicos. Lucina, quien tiene “el pasado amontonado en los ojos” (70) junto con un derrame de sangre, logra narrar pese a todas las limitaciones. Meruane, por su parte, muestra cómo las dolencias, la ceguera, la vulnerabilidad, y la rabia pueden significar y comunicarse bastante más allá de los límites subjetivos e individuales de un cuerpo.

Carl Fischer (Alemania, 1980) es profesor asistente en el Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas de Fordham University. Ha publicado artículos sobre Pedro Lemebel y Patricio Guzmán, entre otros, y está preparando un manuscrito sobre la retórica de la excepcionalidad sexual y económica en el cine y la literatura de Chile.

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Esta entrada fue publicada el octubre 1, 2013 por en Chile, Ficción.

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