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Carl Fischer reseña a Johan Mijail (Chile/República Dominicana)

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Johan Mijail. Pordioseros del Caribe. Santiago de Chile: Editorial Desbordes, 2014. 97 páginas.

En jerga chilena, “desubicarse” significa hacer algo inapropiado. Eso puede ocurrir simplemente con relación al contexto en el que uno se encuentra, pero si es más grave, desubicarse significa desentonarse con la clase social a la que uno pertenece: implica, de cierto modo, traicionar a los tuyos. Pedirte que te tomes “una pastilla de Ubícatex” (lo cual me lo han dicho por extranjero un par de veces, full disclosure) es advertirte que lo que estás haciendo no va con el lugar (social, político, de género…) que te corresponde, y que vuelvas a la fila de tus pares, cuanto antes. Elegir no ubicarte, por lo tanto, se vuelve un gesto de desacato: es un franco desafío a las reglas imperantes. Y ese desacato – palabra cargada de significado en los tiempos de Pinochet, tanto entre los milicos como entre los artistas que se opusieron a la dictadura – puede ser estético: de hecho, para sacar de quicio al público y denunciar el autoritarismo político que impedía la libre expresión de los ciudadanos, varias performances importantes en el Chile reciente se han llevado a cabo lejos de los museos, las “ubicaciones” más comunes del arte. De esta manera, pudieron recalcar que los mecanismos dictatoriales de represión política eran los mismos que mantenían el arte dentro de las instituciones burguesas como el Museo de Bellas Artes. Es así que Diamela Eltit lavó la calle frente a un prostíbulo (en su performance Zona de Dolor, en 1980), y las Yeguas del Apocalipsis, Pedro Lemebel y Francisco Casas hicieron una cabalgata desnuda por las calles de Santiago: desubicándose y desubicando el arte, respondieron a la violencia que había a su alrededor.

En Chile, a Johan Mijail – cuya escritura, como la de Eltit y Lemebel, tiene su raíz, tanto literal como figurativa, en la performance – se le nota muchísimo lo desubicado. Eso, debido a sus palabras y su acento dominicanos, y al color negro de su piel, que no está “a tono” con la blancura que el pueblo chileno se ha auto-asignado (justificando así su supuesta superioridad racial ante los bolivianos y los peruanos, a quienes les arrebató tierras, costa y recursos naturales). Además, para Mijail el “se le nota” – que se suele emplear también para dar cuenta de los ademanes y movimientos que apuntan a la diferencia sexual – es una clave de su obra, que se desubica en tanto raza, nación, sexualidad, y clase social. Transitando por esta “interseccionalidad” (para tomar prestado un término de la teoría de género anglófona), su primer libro, Pordioseros del Caribe (2014), está totalmente fuera de lugar. Está publicado en Santiago pero ambientado en Santo Domingo, un destino que pocos chilenos conocen (y eso con suerte de paso brevísimo, camino a Punta Cana). Está escrito en jerga dominicana (con glosario adjunto al final) pero también se afilia al movimiento chileno de disidencia sexual, que tiene su propia jerga (jerigonza, más bien) enrarecida. Su mezcla de prosa y poesía está escrita en papel pero está hecha para performarse y leerse en voz alta. Su erudición y el cosmopolitismo irónico del título dejan trizados los estereotipos negativos que rondan la ola reciente de inmigrantes dominicanos en Chile, en busca de su pedacito del “milagro” capitalista de Sudamérica, como supuestamente desesperados y carentes.

Presente ya en sus condiciones de producción, la desubicación, el desacato (político, estético, sexual) que ésta implica están en el mismo texto de Pordioseros del Caribe. Al proclamar que la suya es “Poesía por potes/ Poesía en los colmadones/ Poesía en el Mamaya/ Poesía en la Duarte con París” (25), Mijail puede desorientar a sus lectores chilenos. ¿Quién, en Chile, sabrá lo que es un colmadón? ¿Cuál de sus lectores en Santiago se habrá ido a parar a esa esquina específica de Santo Domingo? Sin embargo, muy pronto Mijail va esbozando a un hablante, acaso a un alter ego, que sí les resultará conocido a los lectores de Lemebel, Perlongher, y Arenas: la loca callejera, acaso desamparada pero siempre digna, a quien no le queda otra que enfrentarse con lo que venga en la plaza pública. De esta manera, sus andanzas se vuelven performances de agilidad y soltura, y es tal vez por eso que Mijail evoca, entre otros referentes artísticos, a Jenny Livingston, que documentó muchas performances así en Paris is Burning:

Santo Domingo se está quemando. Está cogiendo fuego por las cuatro esquinas, mientras me estoy cogiendo con otro macho. Pero no se preocupen, yo estoy resolviendo el problema. He comenzado a salir con poetas, chiriperos, guachimanes, modelos, ingenieros, artistas plásticos, levantadores de pesas, abogados, rubios, funcionarios, toleteros, se lo mamo a los parqueaderos de carros y ellos también me lo han mamado a mí, ahí mismo, en la acera y termino en el último banco de la iglesia: llorando. Orando. Hablando con Dios desde esta boca ataviada con un pintalabios dorado encendido de los que usaban Las Chicas del Can. (53)

La fauna del Santo Domingo de Mijail tendrá nombres y referencias geográficas diferentes del Santiago, Buenos Aires y La Habana de los autores mencionados (respectivamente) arriba, pero la forma (locamente disidente) que tiene el hablante de moverse entre esa fauna es archiconocida.

Inscribiéndose en una tradición transnacional de performance y poéticas de la identidad que también cita a Frank Báez y a Rita Indiana Hernández – otros artistas que se mueven entre soportes y contextos geográficos múltiples – Mijail fuerza la mirada de sus lectores chilenos más allá de sus referentes locales, y más allá de la idea de un arte, o un cuerpo, dócilmente “ubicadito” en un solo ámbito lingüístico, racial, genérico o sexual. Al hacer una especie de riff sobre los documentos de viaje que buscan ordenar el transitar, tantas veces anárquico, de cuerpos como el suyo, Mijail se enfrenta de una vez con la vigilancia que el culto a lo ubicado implica:

Sigo siendo caribe, sigo siendo el mismo muchacho de la foto de mi cédula. El mismo muchacho de la foto de mi pasaporte (hay una diferencia: en la primera parezco un militar y en la segunda un artista). ¿Por qué este deseo de salir corriendo? Tengo listo el pasaporte para irme, tengo lista y planchada la ropa que me pondré los próximos días. ¿Crees que es una máscara? ¿Crees en la poesía? (43-4)

Defiende la mutabilidad de su persona y la movilidad de su cuerpo, las cuales son posibilitadas por su estética de desacato, incluso frente a dispositivos que rastrean y circunscriben, como los pasaportes.

La portada del libro, de hecho, tiene un código QR, a partir del cual se pueden descargar archivos en Soundcloud para escuchar este texto tan poético leído por su autor en voz alta – destacando la presencia del texto más allá de lo literario, a lo oral y a lo performativo. El código (QueeR, aclara el libro) también alude a las técnicas de vigilancia de los migrantes y viajeros, y en particular a una instancia nefasta en la que miembros de una banda de traficantes sexuales tatuaron códigos de barra en los cuerpos de las mujeres rumanas a quienes obligaban a ejercer el trabajo sexual en España, para rastrearlas mejor. Al reapropiar este código para referirse a lo queer, Mijail vincula el desacato lingüístico, nacional y genérico del libro con la desubicación que siempre “se le nota” al sujeto queer, quien evade por definición toda militancia identitaria. Cabe mencionar que la introducción al libro – que cuenta, entre otras cosas, la historia del tráfico sexual de las rumanas – la escribió Jorge Díaz, un biólogo afiliado con CUDS, el Colectivo Universitario de Disidencia Sexual, un grupo de activistas que ha hecho intervenciones importantes en el sentido de pensar la sexualidad en Chile. De esta manera, Mijail infunde un deje activista en su texto y en su hablante loca. Lo queer, por lo tanto, es el motor central de la desubicación aquí, y si bien Mijail se niega a tomarse su “pastilla de Ubícatex”, sí tiende vínculos entre dos islas – la de su nacimiento y la del Chile donde se afinca – dándole a la “loca geografía” de este último una nueva significación. Chile seguirá siendo insular, debido al aislamiento físico inherente a su geografía, pero al menos Mijail está expandiendo lo que significa ser “loca” ahí, y más allá.

Carl Fischer (Alemania, 1980) es profesor asistente en el Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas de Fordham University. Su libro Queering the Chilean Way: Cultures of Exceptionalism and Sexual Dissidence sale este año con Palgrave MacMillan Press.

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Esta entrada fue publicada el abril 1, 2016 por en Chile, Poesía y experimentales, República Dominicana.

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