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Antonio Cardentey Levin reseña a Claudia Hernández (El Salvador)

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Claudia Hernández. Causas naturales. Guatemala: Punto de Lectura, 2013. 112 páginas. (El Salvador)

Siempre me ha llamado la atención la existencia de varias escritoras latinoamericanas que a lo largo del siglo XX indagaron persistentemente en los márgenes de la realidad, pero que permanecieron por mucho tiempo a la sombra de quienes imponen sus prerrogativas genéricas, estéticas o ideológicas. Nombres como Silvina Ocampo, Amparo Dávila, María Elena Llana y Rosalba Campra descuellan desde hace décadas por una narrativa más allá del sociologismo históricamente predominante en la literatura de nuestros países y que, de alguna manera, sentó una contraparte en relación con la obra de corte fantástico producida por sus archiconocidos homólogos masculinos. Una continuadora de esta tendencia podría ser Claudia Hernández (San Salvador, 1975), cuyo último libro de cuentos no sólo ratifica la pervivencia de una imagen nada convencional de la realidad desde el lente femenino, aunque no necesariamente feminista, sino también la proposición de una cuentística cada vez más cerca de asestar un golpe renovador en el continente.

En efecto, no es muy común encontrar una colección de relatos verdaderamente unitaria en cuanto a tema, estilo y pensamiento, tal como sucede en Causas naturales, donde se reúnen quince relatos cuya condensación textual no está reñida con la densidad anecdótica. Es difícil desplegar en un mismo discurso tantas variantes, elusivas y alusivas, de una dinámica social que parece naturalizarse. La escritora salvadoreña se apropia de un modelo antimimético que, además de presentar una historia ingeniosa, expresa con oblicuidad cómo la violencia, el crimen y la opresión de la posguerra se esencializan al penetrar las estructuras profundas de la conciencia. Entonces hay que indagar en esas zonas escurridizas, limítrofes para sacudirlas en contra de empobrecimientos más desnaturalizantes que las carencias materiales y la sobrevida.

El manejo de los espacios es clave por la disposición misma de los relatos a lo largo del libro, por la reiteración de ciertos territorios arquetípicos, así como por el movimiento de los personajes en el curso de sus programas narrativos. No es fortuito que en las primeras historias la casa sea la figura espacial básica, mientras que en las siguientes haya un desplazamiento a la ciudad o al pueblo en relación metonímica con sus subespacios característicos (la propia casa, el mercado, la plaza, las calles, el restaurante, el transporte público) y, en las últimas, se retorne a la preeminencia del hogar como punto de aglutinación y síntesis. Se trata de un viaje que se inicia desde la intimidad, cuyo sentido de resguardo poco a poco se torna hostil y se interrumpe a causa de fuerzas externas; entonces los personajes son expulsados a los espacios públicos a explorar la pérdida mediante disímiles acechanzas, reajustes y simbiosis y, al final, está el regreso y la recuperación ensoñadora del tiempo perdido o, más bien, escamoteado y hurtado por dichas fuerzas opresoras.

Si este recorrido resulta posible es porque Claudia Hernández crea un metapersonaje que adopta diversos rostros y voces, pero que forma parte de una misma experiencia vital. El narrador siempre refiere en primera persona los hechos, los suyos propios – como niño o adulto, en femenino o masculino –, los de otro personaje o en nombre de un grupo (herman@s, pareja, habitantes de un pueblo), manteniendo un contexto que no se menciona pero se vislumbra. Entonces la uniformidad espacial, discursiva y experiencial garantiza un tono homogéneo sin perjuicio de la profundidad temática y argumentativa, pues la autora apela a varias estéticas no realistas, las refunde y las energiza con nuevas dosis de inventiva al expandir sus resonancias de significados al ámbito de las secuelas de la guerra civil en El Salvador (1980-1992) y la implementación de las políticas neoliberales. Pero ese referente histórico apenas se insinúa, sabemos que está ahí y lo adivinamos sólo como efecto de la actitud o del destino de los personajes, toda vez que la combinación de los elementos fantásticos, absurdos e insólitos diluyen cualquier frontalidad crítica y, al mismo tiempo, anuncian otra categoría no realista, por encima de la suma mecánica o indiscriminada de dichos elementos. Habría que esperar las próximas entregas de Claudia para definir mejor esa tipología que paulatinamente ella viene tejiendo.

Entre los tópicos que se replantean en este libro se halla el desdoblamiento de la personalidad, con variantes originales y más complejas. En “Los niños eternos”, el tema del doble no es tratado por división del sujeto, como era habitual en la literatura romántica, ni por unión, ni siquiera por reencarnación, sino por replicación análoga de la experiencia de la muerte como forma de conservar y quebrar a la vez un nexo de identidad física y existencial. En “Larga distancia” hay una relación especular a través de los muñecos de mimbre, los cuales suplantan a los individuos y sus respectivas ausencias durante el proceso de tránsito en el régimen sentimental. En “Enmascarados”, la duplicación se produce por intercambio o trueque de elementos entre campos semánticos diferentes. Los objetos con propiedades extraordinarias son, respectivamente, la foto, el muñeco y la máscara, cuyos efectos pueden ser devastadores o edificantes, o alternarse de acuerdo con la dialéctica ser-parecer, realidad-apariencia, incluso coexistir sin enfrentamiento alguno.

Así, por ejemplo, “En pleno comedor” se centra en un árbol que irrumpe destrozando y termina erigiendo una nueva e inesperada posibilidad de vida. “El pañuelito” alerta sobre los peligros de la obsesión al conducir del encantamiento a la ruina, típico de las estrategias de mercado. Si en “A través de la noche” un arroyo sucio se convierte en río para solucionar el problema del agua, en “Canícula” el fuego del sacrificio trae la anhelada lluvia, y en “Bed and breakfast” el frío se corporiza para invertir la postura ética. El amigo imaginario de “Viejos amigos” altera la decisión inicial y propone la permanencia en lugar de la huida. Esas inversiones de valores o conducta se repiten en “La casa de los lirios”, donde las flores parecían causar la enfermedad o la muerte cuando en realidad facilitaban la cura o la vida, y en “Por toda la ciudad”, donde se pretende evitar el éxodo masivo y luego se lo acepta como una opción plausible.

De una forma u otra, siempre existe la oportunidad de un nuevo comienzo, de reconstruir el mundo a partir de los propios restos de la destrucción. Como “En pleno comedor”, por ejemplo, donde el árbol que rompe las losas obliga a derribar una pared para luego dar paso a un jardín, mientras “Habitaciones” replantea el tópico de la “casa tomada” y, aunque termina como en “La caída de la casa Usher” de E. A. Poe, la protagonista es capaz de encontrar otra forma, en este caso gatuna, porque el humor le permite a la autora relativizar la gravedad de las situaciones. La simbiosis humano-animal no sólo subraya la bestialización del medio, sino también una alternativa de reajuste y acomodo. El personaje de “Despedida” sufre la transformación en una fiera (Kafka), que metaforiza las formas transgresivas de las normas sociales y políticas, con la esperanza de reinsertarse en la ciudad en tanto signo de civilización y aceptabilidad. La cetrería como instrumento de control se pone de relieve en el relato “En casa”, en el cual la convivencia con los animales es otra vez antitética, en la medida en que la protección sólo se concreta a través de métodos salvajes.

La autora muestra la disfuncionalidad de las fuerzas del orden cancelando toda seriedad a la delincuencia, a la represión, al silencio y a la sobrevida. En “Salteadores” el robo es una simple actividad lúdica e irónica, la cual se vacía de negatividad y revela la (dis)tensión poder-ciudadanía, autoridad-crimen. “Por toda la ciudad” propone la emigración, el vaciamiento de los espacios civilizatorios como forma de alcanzar el sentido, aunque ello suponga asimismo el desmembramiento de la familia. “En casa” refleja además el binomio represión-resistencia sobre la base de la tirantez entre la casa y la ciudad; se manifiesta cómo lo público irrumpe violentamente en lo privado y lo socava sin miramientos.

De ahí entonces la astucia para adaptarse a las insondables circunstancias y a la esterilidad de las instituciones; Claudia Hernández apuesta por el poder de la voluntad y de la imaginación para enfrentarse a la barbarie. Así pues, en “Viejos amigos”, el último cuento, se restauran los valores ensoñadores y acogedores de la casa (Bachelard), el espacio pierde su agresividad prevaleciente, pero no hay un retorno efectivo a la infancia sino que, en gesto de hondo optimismo, se reanuda un momento interrumpido por las trágicas peripecias de la historia.

Antonio Cardentey Levin (Moscú, URSS, 1980). Candidato a Doctor en Lenguas y Literaturas Romances (Español). Se graduó de Letras por la Universidad de La Habana y de Máster en Filología Hispánica por el Instituto de la Lengua Española del CSIC. Trabajó como investigador en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba.

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Esta entrada fue publicada el agosto 6, 2016 por en El Salvador, Ficción, Retiros.

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