Sebastián Uribe reseña la novela “Wakolda” de Lucía Puenzo (Argentina)

Lucía Puenzo. Wakolda. Una historia de seducción. Duomo. 2013. 222 pp.

Josef Mengele. Un nombre capaz de estremecer, inquietar y generar pesadillas. Basta unos pocos minutos buscando su nombre en la web para horrorizarse con los experimentos en los campos de exterminio que llevó a cabo uno de los mayores criminales nazi del siglo XX. Lo que sería materia para una biografía histórica más, se transforma gracias a la narrativa de Lucía Puenzo (Buenos Aires, 1976) en una exploración llena de intriga, deseo y tensión, acercándonos a un terreno escabroso, más cercano que lo que las décadas de distancia con los hechos reales, pueden hacernos pensar.

Puenzo nos transporta a los días de Mengele en Argentina (un lejano rincón del mundo para los europeos), teñidos de una rutina idéntica, tediosa y gris, mientras alberga la secreta esperanza que algo extraordinario sucederá. Es 1959, y los días del apogeo nazi han quedado atrás. El otrora jerarca alemán vive huyendo, alejado del poder que alguna vez ostentó, aunque codeándose de vez en cuando, con algunos políticos locales a los que incluso aconseja. Hasta que conoce a Lilith. Y su obsesión enfermiza se revitaliza. No por nada ha mantenido cuadernos llenos de notas sobre sus estudios con experimentos humanos y algunos portaobjetos con muestras de sangre. Lilith es la que marca un quiebre. Una niña aria de doce años, ojos azules, portadora de un nombre que invoca la oscuridad, la trasgresión y el deseo, y un extraño problema de crecimiento, siendo esta última característica lo que fascina al médico alemán ávido por manipularla genéticamente tanto a ella, como a su madre descendiente germana quien, como descubrirá luego, está embarazada de gemelas.

La familia decide partir a Bariloche para administrar una hostería que heredan. Mengele los acompaña, lidiando por tener un perfil bajo, y cuya excitación por ese “espécimen monstruoso” se acelera en paralelo cada instante que pasa. Mengele ve cómo su proceso de camuflaje peligra durante el viaje: al conocer a los indígenas (una raza bastarda, desde su óptica), al tomar en cuenta la ignorancia de la gente local, soportar un territorio hostil y desconocido, y el gran esfuerzo para controlar sus bajos instintos cuando la niña se pone provocadora y seductora. Pero algo canaliza su odio y frustración, además de la presencia de Lilith: las muñecas que fabrica el padre. La posibilidad de formar cuerpos perfectos. Manipular la materia a su antojo. Culminar de manera simbólica el proyecto nazi. Poder sobre los cuerpos, artificiales y humanos. Construir una imagen, un ideal a partir del Mal. El poder de un símbolo en apariencia tan inocente, como propaganda peligrosa y efectiva. La cúspide de la perversión.

El destino del personaje de Mengele, será la muerte apacible en una playa brasileña, muchísimos años después, sin nunca haber pagado por sus crímenes. Pero a Puenzo lo que le interesa es hurgar en los restos de crueldad que dejó como legado. Y el contraste de estas prácticas con la personalidad carismática que dejaba transmitir. El maquillaje que lo hacía granjearse la confianza de quien lo conociese.

Las peores catástrofes siempre empiezan así –pensó-. Sin que uno las vea venir” (pág. 29)

y eso es lo que más incómoda en el lector: reconocer que nadie está libre de ser seducido por la empatía de este tipo de seres, capaces de provocar un tipo de sufrimiento extremo de manera posterior sin poder advertirlo. Daño físico y sobre todo, mental. En Wakolda, no hay lugar para una luz o hálito de esperanza. Es el relato de una perversión sistemática que no acabó con la caída de los nazis. Alteración genética, esterilizaciones masivas, cánones de belleza con los que se educa y que terminan causando perturbaciones psicológicas. Las prácticas de control sobre el cuerpo se siguen manifestando día a día, con amplias complicidades que se intentan pasar por alto, como se ejemplifica en esta novela a través la defensa hermética de la comunidad alemana de Bariloche al mantener silencio sobre la presencia de Mengele en su localidad. Un grado de culpabilidad que los termina alcanzando a todos, con una impunidad que horroriza. Comportamientos que aún se mantienen vigentes y se replican. Las formas cambian y mutan, capaces incluso de alcanzar una mayor sutileza, pero el horror no. El horror sigue ahí.

Sebastián Uribe Díaz (Lima, 1992). Ha publicado reseñas en el suplemento El Dominical del diario El Comercio (Perú), en portales web como  Punto y Coma ,Solo tempestad, El hablador y en su blog personal Un perro romántico. Es Bachiller en Economía de Universidad de Piura y de Administración de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Estuvo en el LXI curso de Economía Avanzada del Banco Central de Reserva del Perú. En la actualidad, es analista económico de políticas públicas y prepara su primera novela.

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