Gustavo Quintero reseña la segunda novela de Carlos Fonseca (Costa Rica/Puerto Rico)

 Formas de volver a casa

Carlos Fonseca. Museo animal. Barcelona: Anagrama, 2017

1.

En la portada de la primera novela de Carlos Fonseca, Coronel Lágrimas (Anagrama, 2015), aparece una foto de Barry Iverson titulada “The Horse Room”. En ella se observa una sala de museo desde un ángulo particular. Se imponen dos detalles de la

imagen: por un lado, como sugiere su nombre, la sala está colmada de pinturas, fotografías y miniaturas de caballos; por el otro, el posicionamiento estratégico de la cámara permite ver, en una línea hacia el horizonte, los marcos de las puertas en cuatro salas contiguas. El efecto es simple, seriado y perturbador. La foto sugiere la idea de las reiteraciones, motivos enmarcados los unos en los otros como pequeñas muñecas rusas. A partir de esta imagen podemos suponer que no es casualidad que la segunda novela de Fonseca se titule Museo animal (Anagrama, 2017). En este caso, la ilustración en la portada lleva como título “Giochiall’interno”, de la artista Ekaterina Panikanova, y muestra una serie de libros abiertos con dimensiones, textos y localizaciones variables sobre los que la artista dibuja. En tinta se representa una señora mayor que parece estar hablando con un joven cuya cabeza tiene forma de pato de hule. El efecto es distinto al de la primera portada; apunta más bien hacia una cierta fragmentariedad y, en el gesto surrealista del pato de hule que substituye la cara del joven, apela a las máscaras que serán centrales en esta historia. Aquí tenemos pues, en clave pictórica, algunas señales de ruta en la aventura que plasma nuestro autor.

2

Nacido en Costa Rica y criado en Puerto Rico, Fonseca estudia literatura latinoamericana en Estados Unidos y vive desde hace varios años en Inglaterra. Si es evidente que algo ha comprendido el escritor, desde el momento de su primer desplazamiento, es que al mismo tiempo se puede ser y no ser de un lugar, que la pertenencia es una experiencia íntima, subjetiva, y fluctuante, como la identidad. Las cinco partes y los personajes que pueblan su Museo animal parecerían querer refractar de algún modo esta experiencia internacional. Con una voluntad globalizadora, en la mejor vena de Bolaño, la novela muestra una investigación que extiende a través de una multitud polifónica de personajes y de historias. El eje central, sin duda, gira alrededor de las ficciones de identidad que cada uno construye. Cada personaje aquí tiene dos versiones de sí mismo: como si el mundo fuera una gran galería de espejos, cada uno utiliza la máscara como válvula de escape para encontrar su llamado en la vida. Pero, en última instancia, el llamado que debería ayudar a hallar la paz que tanto procuran, los enfrenta cara a cara con la inutilidad de la experiencia.

3.

“Durante años permanecí fiel a una extraña obsesión” (13), dicta el incipit que de golpe ilustra el modus operandi de los personajes en esta novela. Fonseca también: el autor colecciona pequeños mundos y ficciones fragmentarias y las arma hábilmente como una suerte de rompecabezas universal. Rescatemos una anécdota, entre muchas que aparecen en este libro, que parece un reflejo del motor fiel e invisible que mantiene en perpetuo movimiento esta máquina de ficciones: hay un antiguo pueblo minero que durante el transcurso de 40 años se ha ido vaciando lentamente. No por causa de la violenta modernización del siglo XX, sino porque sus habitantes se han enterado que en las minas hay un imparable fuego subterráneo que va destruyendo todo a su alrededor. Caleidoscópico por naturaleza, Fonseca no limita esta imagen poética, sino que la exponencia al mostrarnos tres versiones de la historia: primero, por medio del narrador principal, que se entera de ella por recortes de periódicos; segundo, por Yoav Toledano, un fotógrafo israelí que llega al pueblo e inexplicablemente decide pasar el resto de su vida fotografiando las minas aun cuando casi todos han partido; y por el apóstol, un joven nativo del pueblo, que perdido en la jungla se desdobla y nos regala esta hermosísima imagen de sí mismo y de su lugar de origen:

Un pueblo como un cigarro, que se esfuma lentamente, hasta que un día sus habitantes se despiertan y lo que queda son cenizas. Un pueblo minero que había sido próspero en el siglo XIX y que al cabo de un siglo se despierta en su propio sepelio y se reconoce en cada uno de los gestos de los dolientes. Y en ese pueblo, entre los dolientes hay un niño y ese niño se niega a pensar que todo es una mera coincidencia. Rehúsa pensar que el fuego es una mera casualidad. Un niño que un día, a los dieciséis años, se tatúa una llama en el pecho y jura, por el pueblo que ya no es, que no saldrá de allí hasta descubrir la razón secreta por la cual no podrá morir en el lugar que lo vio nacer. (349)

4.

“Siempre que aparece algo es porque desaparece otra cosa, fondo y figura, repetía Tancredo […]” (91). Otra imagen —animal— de esta historia une al narrador principal, un museólogo caribeño, con Giovanna Luxembourg, una reconocida modista norteamericana. En la infancia, ambos, desde lugares diferentes en el mundo, tienen encuentros formativos con un animal que “jugaba a disfrazarse en las ramas” (106). En el caso del museólogo, el encuentro ocurre en Costa Rica, durante una visita al zoológico, acompañado por su padre. Ahí, se ve cara a cara con un “animal-paisaje” (92), la gran “Mula del Diablo”, que por momentos parece invisible ante los ojos de niños y adultos que tanto luchan por encontrarla. Enigma vivo, materialización fluctuante de la nada, lo invisible y lo que aparece, es decir, un símbolo absoluto del camuflaje, la mantis religiosa representa un modelo a imitar en la filosofía de composición de Museo animal. Personajes que se funden con el paisaje, con otros personajes y con sí mismos, que entran y salen del foco narrativo, son la fauna humana que nos presenta el autor. En medio de la selva, afiebrada, Giovanna también tiene un encuentro con una praying mantis en un episodio reminiscente al viaje al corazón de las tinieblas. Este evento la marcará por el resto de su vida e inspirará su mayor obra: una exposición en torno al tema del camuflaje, encarnado en gran parte por el personaje del Subcomandante Marcos, su “poética del anonimato” y “las artes de la desaparición” (406).

5.

“Narrar, volvía a reflexionar en casos como esos, no era más que encontrar un camino de vuelta a casa. Yo, sin embargo, no había vuelto a casa en veinte años” (406). En la quinta y última parte de Museo animal, “Después del fin (2014)”, el museólogo finalmente vuelve a su patria gracias a una maniobra póstuma de Giovanna. Como un Odiseo moderno, aunque consciente de las trampas de la nostalgia, emprende el camino de vuelta. A su llegada, una primera impresión, postal tan cara y conocida a los que se han ido:

Esa tarde creí estar a salvo del recuerdo y del pasado, atrincherado como estaba dentro de mi aritmética mental, hasta que el taxi tomó una derecha y el mar apareció finalmente, con una precisión y una puntualidad que no olvidaré nunca. Sólo entonces, frente a aquel mar tantas veces visto y tantas veces olvidado, sentí el golpe de un batallón de memorias confusas acumuladas detrás de una extraña alegría. Reviví, en un instante, las horas que habían transcurrido desde mi llegada y la patria regresó a mí con la misma fuerza alegre con la que a veces, de manera inesperada, reconocemos una melodía ya olvidada. No pude evitar sonreír, apertura que el taxista tomó para entablar conversación.

—Lindo el mar, ¿no? Oiga, ¿de dónde es usted?, ¿venezolano?

Una simple línea bastó para expulsarme de la recién retomada patria. (411)

Desencanto, en parte, aunque no sólo eso; también están presentes los juegos de seducción. El museólogo vuelve a Puerto Rico para visitar la exposición final de la modista, que ayudó a crear directa e indirectamente. En la galería de arte se topa con un recorrido alucinante sobre el camuflaje, que termina en una solitaria sala frente a una foto enigmática. De la fotografía resalta, en particular, unos ojos que lo miran. En el momento de su iluminación profana, el museólogo encuentra en estos ojos el mensaje cifrado y diferido que le ha dejado Giovanna. Ojos que no sólo miran, sino que lo interpelan y le hacen descubrir esa otra versión de sí mismo. Algo así es esta fascinante novela: un artefacto en el que el autor y nosotros nos miramos, para que nos muestre un otro universo posible poblado de versiones de nosotros mismos.

Gustavo Quintero Vera (Puerto Rico, 1985) estudió en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras y en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente es candidato a doctorado en el Departamento de Lenguas y Letras Hispánicas de la Universidad de Pittsburgh. En el 2017 fue galardonado con el Premio Concha Meléndez de Crítica Literaria; su primer libro, Desplazamientos territoriales en la obra de Saer y Onetti, saldrá publicado a principios del 2018 en la editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Anteriormente ha publicado reseñas para la revista Cruce.

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