Andrew Holzman reseña Los muertos indóciles: necroescrituras y desapropiación, de Cristina Rivera Garza (México)

Cristina Rivera Garza. Los muertos indóciles: necroescrituras y desapropiación. México, D.F.: Tusquets Editores, 2013. 300 páginas.

Los feminicidios espeluznantes y estremecedores de Ingrid Escamilla y la niña Fátima desataron una ola de indignación colectiva tanto en México como en la esfera internacional. Estos asesinatos nos devuelven a la pregunta que plantea Cristina Rivera Garza al principio de su texto: “¿Qué tipo de retos enfrenta el ejercicio de la escritura en un medio donde la precariedad del trabajo y la muerte horrísona constituyen la materia de todos los días?” (19) A manera de actualizar este texto publicado en 2013 y situado en las postrimerías de lo que muchos mexicanos denominan “la guerra calderonista”, propongo apropiarme de las ideas de Rivera Garza para elucubrar dos propuestas con la finalidad de deliberar: ¿qué significa escribir en comunidad cuando las fotografías de las víctimas se divulgan en los periódicos de la forma más despiadada?

  1. La apuesta a la infinidad nunca eclipsa los límites materiales de la escritura.

Por una parte, la escritura es una apuesta a la infinidad que pretende rebasar los límites impuestos por el lenguaje encadenado al imperativo de producir valor capitalista y dirimir una subjetividad dócil y estática. A luz de lo anterior, Rivera Garza postula que “el lenguaje se ha convertido, efectivamente, en la mayor fuente de acumulación capitalista” (43). Según esta línea de argumentación, la escritura en el sistema capitalista se homologa al deseo del lector de “vivir en el asombro” o la constante necesidad de estimulación del sistema sensorial (26). Podemos constatar la inquietud de explorar lo infinito y jugar con el lenguaje frente a la finitud y la vulnerabilidad de los seres humanos en la tesis de doctorado de Oswaldo Zavala titulada “Literature to Infinity: A Borgesian Genealogy of Contemporary Mexican Narrative” cuando examina la experimentación de Rivera Garza en La cresta de Ilión (2002) con recursos borgeanos tales como el plagio de textos de Amparo Dávila, el tema del doble y la ambientación en un espacio indeterminado, por nombrar solo tres entre varios. A través de su conceptualización de la escritura que fragmenta irremediablemente la noción de “autor-autoridad-propiedad”, la teoría de Rivera Garza se desvía de la del autor como “genio creador” individual, que pasa entonces a ser sampleador o “citacionista” (48). Al hacer esto, se le resta autoridad al autor para empoderar al lector. Estos puntos se concatenan porque desembocan en la formación de una comunidad en la que dialogan el autor y el lector en una relación de dependencia mutua, socavando de esta manera la superioridad de uno sobre el otro y trascendiendo la relación comercial.

Por otra parte, la escritura se ancla en su propia materialidad y nunca puede desprenderse completamente de ella, a pesar de cualquier proyecto para potenciar la transgresión. Los feminicidios recientes en México siembran el ímpetu de enmendar las aseveraciones de Rivera Garza, no por una tergiversación en su razonamiento, sino para sincronizar su teoría con el panorama de violencia que ha sojuzgado la atención internacional. En La tiranía del sentido común (2016), la teórica Irmgard Emmelhainz matiza conceptos tales como “distribución de lo sensible” y “privatización de los comunes”, además de elucidar las formas en las que el neoliberalismo fabrica el “sentido común”, que deja troncado cualquier análisis complejo a favor de la creación de avatares e interpretaciones simplistas en el contexto del México actual. Dentro del mismo término “distribución de lo sensible”, subyace la lógica de la escasez y límites con respecto a lo que puede ser visto, especialmente en la esfera literaria, cuya vastedad se asemeja a la biblioteca interminable de Borges. Es decir, es imposible devorar todos los textos sobre un tema. Retomando la interpelación de precisamente qué significa vivir en comunidad y quiénes pertenecen a ella, Rivera Garza aboga por “desapropiar” o “desposeerse del dominio sobre lo propio” o de “la relación desigual que hace posible la posesión” (270). Indudablemente, esto significa renunciar a la escritura como propiedad privada. Entonces, de cara a tantos feminicidios, a los escritores masculinos y a los hombres en general, nos compete ceder el monopolio y el protagonismo que tenemos en el espacio de la escritura y su difusión para dar visibilidad a las voces de las escritoras. No tenemos que mirar más allá del hecho de que la mayoría de los textos fundamentales sobre los feminicidios fueron escritos por hombres. La situación actual amerita la declaración de un estado de emergencia (tal vez permanente) en la escritura en la que se suspendan las reglas de confección y distribución de literatura promulgadas por el patriarcado. Esta idea encaja con los conceptos de “desvivirse” y “curar” propuestos por Rivera Garza, pues ambos repercuten en el acto de “mostrar incesante y vivo interés, solicitud o amor por algo o por alguien” (58). “Desvivirnos”, a mi modo de ver, denota que como hombres debemos tomar conciencia de la relación desigual en la diseminación de los textos de hombres y mujeres y hacer todo por neutralizarla. Esto, en efecto, puede gestarse al frenar la producción desmesurada de textos escritos por hombres y regodearnos en la transferencia de poder derivado del silencio. En un artículo reciente publicado en El universal titulado “Entendamos, NO hay hombres feministas”, Martín Vivanco Lira cita a Julián Herbert cuando asevera que “No hay hombres feministas sino machistas en rehabilitación”. Esto respalda su argumento de que al leer y escuchar, mas no producir, los hombres nos percatamos de que el Estado, siendo patriarcal, manipula todas las reglas a su favor. De manera elocuente, Rivera Garza concreta los puntos anteriores al acentuar que el yo tiene que ceder paso y abrirse al tú: “Y este ceder al tú, ceder a mi opacidad y al desconocimiento de mí constituye, sin duda, un cuestionamiento de las jerarquías autorales del relato, que no es sino otra manera de cuestionar las relaciones de poder que lo hacen posible” (65). Hasta el día de hoy, los hombres todavía no hemos abdicado nuestro afán de protagonismo autoral.

Ahora bien, Rivera Garza postula que Twitter emerge como una posible solución a esta paradoja o pugna entre las posibilidades de infinidad y la materialidad del lenguaje, pues lo alaba como “un laboratorio de escrituras contemporáneas” porque se presta a innumerables juegos de lenguaje (49). Sin embargo, en la época en la que fue escrito su texto no pudo haber anticipado la captura de datos y vigilancia de formas de resistencia por empresas de big data. Tampoco pudo haber previsto los bots y trolls que amagan invalidar la premisa de “volver a leer, por fin, algo fresco” al contaminar algunas publicaciones de los movimientos de resistencia con ideas diametralmente opuestas para desviar la atención del movimiento y entrar en una discusión fútil e interminable (190). Gracias a su capacidad de constantemente “producir presente”, Twitter precipita la acción inmediata y cuestiona los mismos preceptos de la literatura comercial, mas no elide las distinciones de género y raza, ya que la facilidad de publicación revivifica y facilita el acceso a ideas machistas y racistas. Habrá que posar la mirada en otras formas de escritura que cumplan la función de un “taller literario” que no propaguen estas ideas ni nos distraigan con interacciones con bots.

  1. La escritura es simultáneamente acto lúdico y cuestión de vida y muerte.

Observamos una instancia de parquedad en el texto cuando la autora no consigue parcelar ni desambiguar los linderos entre la escritura como acto lúdico y la escritura como cuestión de vida y muerte, aunque alude a ambos desde el principio de su texto, dejando mucho por ponderar. Los escritores tienen que equilibrarse entre estos dos polos. A tenor de lo anterior, sentencia que la escritura sobre la muerte “para muchos es una metáfora a la vez iluminadora y terrorífica, se ha convertido para otros, sin embargo, en realidad cotidiana” (18). Más adelante en el texto, sentencia que la elección de la lengua de enunciación para Elizabeth Lowry, quien favoreció el inglés a su nativo afrikáans, “es una decisión de vida y muerte” (143). En una época en la que firmar la obra del autor puede provocar represalias si es demasiado crítico del narcoestado mexicano, o en la que hablar español en los Estados Unidos puede terminar en ser vituperado o hasta agredido, Rivera Garza subraya que la escritura y el lenguaje no pueden poner demasiado énfasis en su función lúdica como en el caso de Borges. Para ejemplificar esto, Rivera Garza pondera que leer y releer es una forma de reactivar el duelo, pues comulgar con la escritura y reparar en su impacto e incapacidad para volver a fusionar cuerpo y texto es “acudir18277189 a su cita con la muerte y compartir, después el duelo” (35, 121). No obstante, la escritura todavía conserva su función lúdica y política, ya que Rivera Garza exalta el papel que desempeña el teclado en traicionar las reglas del lenguaje. Para terminar de elaborar estas ideas, Rivera Garza amonesta a los escritores que no deben inmiscuirse solamente en lo lúdico en sus obras, dado que el lenguaje es una danza con la muerte. Escribir en comunidad, entonces, requiere siempre negociar nuestro lugar en esta danza y cómo nuestra escritura puede “confirmar el estado de las cosas” o “subvertir el estado de las cosas” (112).

Andrew Holzman (Estados Unidos) es estudiante doctoral en la Universidad de Nebraska, Lincoln. Su tesis, Carne viva: la otra narconovela mexicana trata de la narcoliteratura no-comercial en el México del siglo XXI.

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