Eilyn Lombard reseña ‘Lecturas atentas. Una visita desde la ficción y la crítica a veinte narradoras cubanas contemporáneas’, editado por Mabel Cuesta y Elzbieta Sklodowska (Cuba)

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Mabel Cuesta y Elzbieta Sklodowska (eds.). Lecturas atentas. Una visita desde la ficción y la crítica a veinte narradoras cubanas contemporáneas. Leiden: Almenara, 2019. 384 pgs.

Más allá de una lectura, una conversación se intuye en las páginas de este libro. El subtítulo de Lecturas atentas implica ese acto social necesario para toda conversación: “una visita desde la ficción y la crítica a veinte narradoras cubanas contemporáneas”. Y eso es casi lo único que van a decir Mabel Cuesta y Elzbieta Sklodowska, curadoras de esta importante muestra. La visita, como propuesta de acercamiento a una zona de conocimiento, guarda varias capas de significados. Ello incluye tanto el encuentro superficial, como la comunión profunda. Visitar a estas narradoras y visitar la crítica que 19 mujeres y un hombre han hecho sobre ellas, se dibuja como anunciación de intercambio, discusiones, disentimientos y confluencias.

La primera visita debe encontrar, inmediatamente, la obra de Juan Manuel Pozo que ilustra la cubierta. Allí, tres mujeres, miran hacia delante y se miran, abrazadas. En ese abrazo, que no es apretado, sino mas bien un brazo pasado en la cintura, otra mano descansando en el hombro, se establecen conexiones que ilustran el alma del libro. Las mujeres de la portada configuran un tejido de posibles historias, que coexisten en el gesto de tocarse. Hacerse compañía, soportar el pasado y mirar hacia el futuro en un presente de solidaridad, resulta la antesala del libro.

El siguiente detalle que salta a la vista es que las autoras de la antología han hecho su entrega y se han retirado. El libro no viene acompañado de palabras preliminares, de presentación o prólogo, ni tampoco se va diciendo adiós con un epílogo. Aquí solo están las voces de las veinte narradoras, y las veinte voces críticas que comienzan el diálogo. Cuesta y Sklodowska no han querido firmar manifiesto alguno de su posición frente a este corpus, para dejar hablar a la crítica, y despertar la atención sobre las lecturas. Sin embargo, sabemos que la elección de las narradoras, de la crítica, y el silencio, son también un poderoso discurso. Cuesta ha dicho que pensaron el libro mientras conversaban para espantar la muerte. De esa manera, elegir determinadas voces para visitar una y otra vez, y ofrecerlas como regalo a otros, supone un acto valiente y humilde. El silencio, entonces, la no necesidad de justificar o explicar las razones en prólogo o notas preliminares, permite que los lectores tracen sus propias razones para mirar el dolor y creer. En ese gesto de las editoras, subyace un grupo de movimientos y conversaciones profundas, de miedos y pérdidas, pero sobre todo, de fe en la posibilidad de los lectores de crear sus propias palabras preliminares, conexiones y epílogos.

El libro está animado por lo que Susana Haug (en su estudio incluido en la antología sobre “El trajecito rosa”, de Nara Mansur) llama “encarnaciones solidarias”. Las autoras-editoras de la antología han sabido encontrar la manera de crear lazos visibles y otros invisibles entre todas las posibles lecturas. El conjunto de mujeres escritoras expuesto en el libro, cubanas de cualquier parte, desafían los bordes que las políticas establecen, y se articulan como un raro y hermoso tejido. No hay un afuera ni un adentro de Cuba, ni de las historias que se pueden visitar en el libro. Está Cuba, por supuesto, como ese adentroafuera que Josefina Ludmer utiliza como herramienta de análisis en su libro Aquí América Latina (Eterna Cadencia, 2010). Cuba, en estas voces de narradoras contemporáneas, es también las voces de sus madres y sus abuelas, para sus hijas o las hijas de sus amigas. Es un espacio donde el pasado y el futuro, las geografías y los sistemas, constituyen, en efecto, “una fábrica de imágenes y enunciados territoriales, provisorios y ambivalentes” (Ludmer 137).

Lo provisorio de estas historias consiste en su locación en temporalidades diversas de la propia vida: niñas que recorren ciudades y ruinas, que descubren belleza, todavía, en el miedo y el dolor. Además, niñas que crecen de golpe, en ciudades ajenas, solas, niños que mueren y siguen vivos, mirando y amando. La niñez deja de ser, en muchas de estas historias, esa patria perdida, para ser matria recobrada. Cuando Acevedo, Canetti, Novack, Varona, Vilar, Yáñez, cuentan historias de la infancia, no regresan a ninguna parte, sino que instituyen una niñez cierta en el momento presente. Es posible que ese estar sea transitorio, pero lo es todo. Ellas son, entonces, presente.

Lo ambivalente de estas historias consiste en los espacios: escuelas donde se desaprende la felicidad o donde se aprende la resiliencia, hoteles donde amar y odiar, hospitales donde se sigue soñando con los muertos como si aún vivieran, casas donde se ama, se reciben golpes, se teme, casas que se destruyen, desde las cuales se mira y sueña, casas que están en cualquier ciudad. Y las ciudades, que son una y la misma. La ciudad de Novack, Obejas, Portela, Rodríguez, Varona, Vega, Vilar, Yáñez, constituyen espacios superpuestos, en el todo del libro, de esa ciudad imaginada, constructo de movimientos y pasiones.

Las narradoras aquí reunidas pertenecen a distintas generaciones. Sin embargo, las editoras también han decidido no poner sus fechas de nacimiento. Con ello parecen querer decir que escribir Cuba, donde quieran que estén, es también pasar por encima del tiempo. Es también, como muestra cada una de las historias aquí reunidas, ser consciente de lo femenino como ejercicio de descubrir. Esto implica, siempre, afirmarse: de la infancia, de la maternidad, el miedo y el amor, como eslabones rotos (Casamayor, Pérez Konina, Suárez, Vega Serova), de las vidas miserables, atrapadas (Férnandez Pintado, Vilar), de la migración como posibilidad, como realidad, y el regreso a lo que ha dejado de ser (Fernández Pintado, Rodríguez, Herranz). Las mujeres reunidas en esta antología, sus personajes complejos, deshechas/deshaciéndose/rehechas, apuestan, a pesar, por permanecer en un espacio plural y un presente continuo.

El libro, en definitiva, es una fábrica de amores diversos. Tejido desde diferentes lugares, establece el espacio y el tiempo como constructos de lo plural, donde enunciar el lugar o el tiempo pasa a ser secundario en un sentido otro. Importan, en este libro, las posibilidades y los lazos de amor. Las encarnaciones solidarias destacan también entre las voces críticas: hay un diálogo sostenido de unas y otras: Cuesta cita a Casamayor, y viceversa, Suquet a Loss, Viera a Rivera. El reconocimiento y aprendizaje de los saberes de las otras se inserta en un discurso de la sororidad. Cuesta ha declarado también que ella y Sklodowska cuidaban a una amiga enferma. El deseo de sanar o hacer más leve el dolor, la libertad de aceptar la muerte y el sufrimiento, el acompañamiento que refleja la portada, se extiende hacia la lectura del libro. Las editoras, que no dicen más sobre el libro que lo que dicen en sus críticas (Cuesta sobre Fernández Pintado, Sklodowska sobre Vega), han conseguido construir un material en continuo fermento. La llamada a hacer “lecturas atentas”, a la visita profunda, es también a ser parte de la fábrica donde las imágenes de lo plural se constituyen en reservorio de provisionalidades y ambivalencias. Con ello, ayudan a intentar cada proceso como posibilidad, como confluencia de adentros y afueras.

En esta antología hay tantas ruinas como en cualquier ciudad de la literatura cubana. Y hay violencia, odios, miedo. Lo que hace diferente esta antología, cuyo mayor propósito, según las editoras, era organizar el material de lecturas para sus clases, es que crea una comunidad de voces donde ellas (las autoras, las críticas y un crítico) no escriben cartas de amor. Cuesta y Sklodowska, al reunir para acompañar, enseñar, aprender, fabrican el amor como posibilidad, como resistencia.

Eilyn Lombard (1978) es estudiante doctoral en el programa del Departamento de Literatura, Cultura y Lenguaje de la Universidad de Connecticut. Madre de Alejandra y Reina Lucía y autora de los poemarios Suelen ser frágiles las muchachas sobre el puente (Reina del Mar Editores, 2005), Todas las diosas fatigadas (Ediciones La Luz, 2011), y Las tierras rojas (Ediciones Mecenas, 2019).

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