Ingrid Robyn reseña Guillén Landrián o el desconcierto fílmico, editado por Julio Ramos y Dylon Robbins (Cuba/Puerto Rico/EEUU)

Julio Ramos y Dylon Robbins (eds.). Guillén Landrián o el desconcierto fílmico. Leiden: Almenara, 2019. 303 pgs.

Raros son los libros académicos que aguzan la curiosidad de uno como el volumen colectivo Guillén Landrián o el desconcierto fílmico, editado por Julio Ramos y Dylon Robbins. El libro nos presenta una mezcla de entrevistas, ensayos y textos de corte estrictamente académico, y de cierta manera mimetiza el carácter experimental de los documentales del cineasta cubano, haciendo un juego de voces e imágenes alrededor de la figura de Guillén Landrián que recuerda al tipo de juego entre banda sonora y fotografía que se observa en sus películas. Producto de años de investigación, se trata de uno de pocos libros que se han dedicado exclusivamente a la figura de Guillén Landrián, eximio documentalista cubano que sería condenado al ostracismo en la isla hacia finales de la década del 60 e inicios de los 70. Ya en 1965, el cineasta fue encarcelado en la Isla de Pinos, donde permanecerá por un año. Tras el estreno e inmediata censura de su película Coffea Arábiga en 1968, Guillén Landrián pasaría a ser visto como disidente político, hasta que es expulsado del ICAIC en 1971. Aunque lo volvieron a admitir eventualmente, el cineasta no recobrará ni su posición, ni su libertad creativa. En efecto, muchas de las películas que produjo en aquellas décadas no se dieron a conocer sino en el 2000, en la Primera Muestra de Jóvenes Realizadores, presidida por Juan Antonio García Borrero. Esta muestra fue seguida de una segunda, en la que sus películas volvieron a marcar presencia. A partir de ese entonces, no sólo se empieza a recobrar la figura y la obra de Guillén Landrián, sino a repensar el mismo género del documental en la Cuba revolucionaria. Nos dicen los editores:

Ambas ediciones de la Muestra ubicaron el cine de Guillén Landrián en el corazón de una revisión mayor de la historia y de los archivos custodiados del cine cubano, propiciando un cambio radical en las prácticas, poéticas y modos de producción de un “nuevo” cine documental en la década de 2000. […] Tal revisión histórica es uno de los correlatos de la perplejidad y el desconcierto que producen los documentales cuando vuelven a ser vistos “por primera vez”, ahora en el marco de un debate sobre la relación entre arte, Estado y censura, que renovaba las discusiones estético-políticas sobre la experimentación formal, algo que varios cineastas y críticos de la nueva generación identificaban con los trabajos de las neovanguardias y los legados de las vanguardias históricas. (10)

Las causas del encarcelamiento y eventual silenciamiento de Guillén Landrián son muchas, pero el carácter iconoclasta de sus documentales – que desafiaban tanto los parámetros establecidos para ese género dentro del régimen revolucionario, como el discurso oficial de la Revolución – seguramente cumplió un papel central en el sentido de relegarlos a él y a su obra a los márgenes del escenario cultural cubano. Además, su personalidad excéntrica, por decirlo de algún modo – según se lo recuerda en las entrevistas que se han realizado para este volumen – ha contribuido para que se estableciera una suerte de hilo entre el carácter experimental de sus películas, y una supuesta locura que, más bien, tal vez debiera entenderse como una actitud contracultural. Sea cual sea el caso, el hecho es que las generaciones que no tuvieron acceso directo e inmediato a su obra no lo tendrían hasta los años 2000, y lo que antes se consideraba una suerte de excrecencia en la producción cinematográfica cubana, pasa a ocupar un papel fundamental tanto en el sentido de fomentar una renovación estética muy necesaria en el género documental, como en el sentido de repensar las relaciones entre arte, Estado y censura en Cuba, según nos dicen los muchos colaboradores de este libro.

El libro se divide en cuatro secciones temáticas. La primera, “El archivo a contrapelo”, trata de la figura y trayectoria de Guillén Landrián, así como el impacto y relevancia de su trabajo; tanto en su contexto, como en los días de hoy. Aquí se destacan las contribuciones de Juan Antonio García Borrero, quien nos habla sobre el carácter “hereje” de Guillén Landrián, sobre su cine como expresión de una duda, de una angustia con relación al proceso revolucionario que en definitiva lo relegaría al ostracismo; de Dean Luis Reyes, que recuerda el impacto provocado por las películas de Guillén Landrián en los años 2000 y discute su influencia en el documental cubano reciente; de Rafael Rojas, que analiza la imprenta vanguardista de las películas del cineasta, presentándose como crítica al racionalismo tecnocrático implicado en el socialismo real y el desarrollismo pos-soviético en Cuba; y la entrevista que le hace Julio Ramos al cineasta e investigador Manuel Zayas, responsable por la realización del primer documental sobre la trayectoria de Guillén Landrián, Café con leche (2003).

La segunda parte, “El desfase racial”, trata de la cuestión de la raza en la obra de Guillén Landrían. Aunque la cuestión racial no esté en el primer plan de sus documentales, la cuestión de la raza sí ha sido una temática fundamental en el sentido de deconstruir el discurso oficial de la Revolución, y la casi ausencia de cineastas negros en el ICAIC. En este sentido, la figura y estética de Guillén Landrián se convierten en una importante excepción dentro de la producción cultural cubana. Más aun, el interrogar la cuestión de la negritud, ya sea como temática dentro de sus películas, ya sea como un imperativo en la vida y la carrera de Guillén Landrián – sobrino del gran poeta nacional Nicolás Guillén –, es fundamental para entender el gesto por detrás de sus películas.

Como nos recuerda Mirta Yánez, entrevistada en el documental Café con leche, Guillén Landrián fue percibido en la década del sesenta no sólo como “desbordado”, sino también como marcado por una serie de otros excesos: era “demasiado creativo”, “demasiado popular” [en clara contradicción con el carácter vanguardista de su obra] y “demasiado negro”. (15)

El primer texto de esa sección lo firma Julio Ramos, y trata de la relación entre poesía y cine dentro de la estética experimental que caracteriza la obra de Guillén Landrián, considerando también su trayectoria personal – su parentesco con Nicolás Guillén, su supuesta locura – y la relación que establecen sus películas con el legado de la poesía afro-cubana, por un lado, y la contracultura de los años 60, por otro. Odette Casamayor-Cisneros contribuye con un brillante texto sobre el mirar negro en las películas de Guillén Landrián, en la que invariablemente encontramos tomas de sujetos negros mirando hacia la cámara, interpelando el espectador. Anne Garland Mahler analiza la cuestión de la raza y la desigualdad en la película Caffea Arábiga (1968), película que le fuera encargada por el mismo ICAIC, y que se supone tratara del proceso de producción de café en el llamado Cordón de La Habana. Según argumenta la autora, el documental en realidad pone al descubierto la contradicción entre la realidad racial en Cuba, y el discurso tricontinentalista del régimen revolucionario, que apoyaba la lucha contra la discriminación racial en África y Estados Unidos. Igual que la anterior, esta parte se encierra con una entrevista de Julio Ramos, esta vez al cineasta Jorge Luis Sánchez, que se enfoca en la imagen de Guillén Landrián y el lugar de sus películas en la historia del documental cubano.

La tercera parte, “La intervención experimental”, trata más específicamente de la estética de Guillén Landrián, cuyo carácter experimental la distancia de la tradición documental en la Cuba revolucionaria. Aquí encontramos las contribuciones de Raydel Araoz sobre la trilogía que Guillén Landrián le dedica a los barqueros de Baracoa – punto culminante del concepto de comunidad en la obra del cineasta, según la autora –, enfocándose en la manera en que el montaje de las películas, y en particular, el juego entre banda sonora y fotografía determina la narrativa que se construye en esas y otras películas del cineasta cubano; de Ruth Goldberg, quien nos habla de lo que denomina “políticas de la duda” en la obra del cineasta, ofreciéndonos un agudo análisis de la película Reportage (1966), y la manera en que, a pesar de su estética experimental – que contrasta con los parámetros tradicionalmente impuestos al documental –, la película interpela una realidad, o una “verdad” que pone en tela de juicio el discurso triunfalista de la Revolución Cubana; de Olga García Yero, quien trata de la mirada muy particular que nos ofrece Guillén Landrián con relación a la realidad cubana, analizando el barroquismo de las imágenes que se utilizan en sus documentales, por un lado, y lo que denomina la “estética del fragmento” como principal característica de sus bandas sonoras; y la entrevista de Julio Ramos a Livio Delgado, conocido fotógrafo que trabajó en diversas ocasiones como camarógrafo para Guillén Landrián. Esta sección de la obra tiene como principal mérito enseñarnos, concretamente, de qué manera las críticas que Guillén Landrián ofrece del oficialismo cubano operan en sus películas – cuya dificultad y complejidad le imprimen un carácter de obra abierta, en las palabras de García Yero.

La cuarta y última parte, “Mediatizaciones”, trata de los aspectos técnicos y tecnológicos de la obra de Guillén Landrián. Dylon Robbins dedica su texto a las dimensiones sociales y raciales del ruido, y su resemantización en Desde La Habana ¡1969! Recordar (1969), en donde su empleo se vincula a un cuestionamiento del discurso oficial del régimen revolucionario. Ernesto Livon-Grosman nos habla de la estética revolucionaria de las películas de Guillén Landrián, y en particular Coffea Arábiga, argumentando que es sobre todo la incomodidad generada por el experimentalismo técnico de sus películas – influenciadas por el sutiacionismo francés – lo que determinó su censura, y no tanto su contenido. El texto de Juan Carlos Rodríguez analiza la imagen que se construye alrededor de La Habana de los años 60 en En un barrio viejo (1963) y Coffea Arábiga, contrastando la “ciudad-rutina” que aparece en la primera película con la “ciudad como proceso productivo hipermediatizado” que aparece en la segunda, enfocándose en el composé de imágenes de la ciudad que se observa en esas dos películas. Finalmente, Jessica Gordon-Burroughs cierra el libro con un ensayo sobre el silenciamiento de Guillén Landrián en los medios, en el contexto del uso que hace el cineasta de contenidos sujetos a derechos de autor. Esta parte del libro penetra en los aspectos más técnicos de las composiciones de Guillén Landrián, y ofrece una tremenda contribución a la comprensión del carácter más experimental de su obra.

Resulta difícil sobreestimar el valor de un trabajo tan comprensivo sobre la obra y trayectoria de un cineasta que, además de haberse relegado al olvido por décadas, confronta al espectador con una estética tan difícil como la de los documentales de Guillén Landrián, que desafían hasta el límite las expectativas del género. Les dejo con una cita del prólogo firmado por Julio Ramos y Dylon Robbins, que de cierta manera resume el espíritu del libro:

[D]ialogar con la estética y temática del director proscrito constituye una “exhumación” de otra historia del cine cubano, porque la prevaleciente, en palabras de [Dean Luis] Reyes, “había sido mal contada”. (14)

Es éste, en resumen, el proyecto que orienta la realización de este volumen colectivo. Un proyecto que, por cierto, da continuidad a la poética del mismo Julio Ramos, cuya producción académica y fílmica – por no hablar de su ficción – tiene el mérito de desenterrar y desentramar lo marginal, lo olvidado, lo proscrito, lo limítrofe.

Ingrid Robyn es profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Nebraska-Lincoln. Tradujo una colección de poemas de Lorenzo García Vega al portugués titulada Palavras que repito, publicada por la editora brasileña Lumme Editor en el 2017. Actualmente, trabaja en la escritura de su libro académico, Rostros del reverso: José Lezama Lima en la encrucijada vanguardista, todavía sin fecha por publicarse. Para El Roommate ha reseñado libros de Ángel LozadaPablo de CubaAlberto GarrandésReinaldo Arenas Luís MadureiraLorenzo García VegaTiago Savio, Oscar G. Dávila del Valle  y Rita Indiana Hernández.

2 comentarios en “Ingrid Robyn reseña Guillén Landrián o el desconcierto fílmico, editado por Julio Ramos y Dylon Robbins (Cuba/Puerto Rico/EEUU)

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