Guillermo Irizarry reseña ‘Sobre mi cadáver’ (Dossier Marta Aponte Alsina)

Marta Aponte Alsina. Sobre mi cadáver. Puerto Rico: Secta de los perros, 2012

Esta novella de antinostalgia, de la catástrofe y la reconstrucción, sitúa el correlato criollo en una casa envenenada. Aponte Alsina deconstruye la morriña del tuvimos y éramos, la cosifica en el tropo de la casa vetusta y demacrada, como símbolo de la arquitectura del pasado nacional. La voz narrativa registra “mejunjes malignos de la historia antigua”, como la cicuta de Sócrates, quien fuera ejecutado “por corromper menores” (46). Mas la casa del texto era caduca desde sus orígenes, algo que interpreto en clave económica: la promesa de riquezas produjo tesoros prospectivos que permitieron diseñar la cas y erigirla con préstamos (con el valor futuro como colateral), pero las fluctuaciones mercantiles crearon endeudamiento, lo cual no permitió efectuar el diseño a cabalidad ni mantener el fausto prometido. La casa está, por tanto, endeudada ab initio, y el sujeto, también. La falta original sitúa su deuda epistémica. Casas despintadas, herrumbrosas y que no se pudieron terminar bien, mantener o remodelar, mucho menos reconstruir. Ésta es la alegoría del país endeudado, intervenido, “asistido” para poder lucrarse con estafas millonarias, usando de coartada la intervención humanitaria y las promesas de reconstrucción—nueva ciudad en las nubes.

Después de septiembre 2017, me resulta difícil leer un texto puertorriqueño fuera del marco de referencia de la catástrofe y el endeudamiento. El monstruo eólico mariano es un acontecimiento espurio porque la catástrofe era el marco que esperaba la tormenta. La ratio bellum que engendra la catástrofe nos acompaña; es lógica de guerra global por mor del capitalismo buitre, el orden imperial reinante y acentuado por PROMESA (cámbiese el nombre del esquema remedial en el caso de otras latitudes). El pretexto narrativo es la muerte de Josefina “Finita” Tremols, nonagenaria que habitaba cerca de una carretera vieja, en una casa añeja y vinculada a una mitología idealizada y expirada desde su principio. Los personajes centrales pertenecen a una familia extendida matriarcal, disfuncional, sin herederos directos, los cuales alardean de alcurnia sin embargo de carecer de los artilugios materiales del prestigio. La voz narrativa es la de William “Willy” James Tremols, psiquiatra, estudioso de la historia de la medicina, posible heredero de su tía querendona y, por lo mismo, sospechoso del crimen según Geraldine y Gwen, las primas codiciosas. Complementan el repertorio, Gabriel, un detective privado (paciente del psiquiatra; alusión al ángel mensajero y vengador) e Hilda, la sirvienta anciana (criollización y refundición de un tropo literario), quien es como si fuera una hija o sobrina, miembro de esta casa con vestigios feudales.

Los personajes emplean recursos modernos para averiguar si la muerte fue por causas naturales y, si no fuere el caso, quién liquidó a la difunta. La caja de herramientas incluye detective privado, psiquiatra, ciencias forenses, suplementados por libros, fotografías, psicoanálisis freudiano; verbigracia, la voz narrativa anota, “El cerebro es un schauplatz, un escenario teatral, dixit Freud” (41). Sin embargo, estos artefactos apuntan a orígenes añosos o reprimidos: la pintura, el archivo histórico, las cartas, la memoria oral, la botánica medicinal. Sabia jardinera, la autora elabora con precisión herbolarios y la historia del uso de ciertas plantas venenosas o medicinales, y referencia libros de gran interés para historia de la ciencia en Puerto Rico. Más que apareamiento o yuxtaposición, sugiero que la diégesis constela el pasado en el presente, algo que Rivera Cusicanqui vería como restitución del pasado pertinente en la resistencia presente, en épocas de crisis (piénsese, en nuestro caso, en la concatenación catastrófica contemporánea). De este modo, el sobrino psiquiatra escenifica sus experiencias personales en la antigua casa familiar y descubre secretos recónditos y nefandos. Asimismo, Gabriel (el detective privado/paciente psiquiátrico/ángel vengador) descubre el testamento de la finada escondido en un libro raro, oculto a su vez en una biblioteca misteriosa enjaulada, la cual pertenecía al tío Alberto “Bertie”, hermano de Finita. Alberto era visto en la familia como un varón cosmopolita, refinado y raro; hacia el final de la obra se desnudan sus engaños y deleites intemperantes.

Un buen whodonit empieza con un cadáver y termina con una resolución sorprendente. Aponte Alsina respeta este criterio mas trenza las revelaciones del texto, como en otros de su autoría, con diversos saberes que desafían los saberes dominantes. La falsificación aparece como un tropo central (todo es falsificación, vg, la casa, la modernidad puertorriqueña, los refinamientos catalanes de la familia, la mitología de la gran familia, el capital). El tío Bertie traficaba con pinturas falsificadas, algunas remedaban a maestros catalanes que nunca llegaron en su tiempo a ser pinceles cotizados en el mercado del arte, opacados por Picasso. La fortuna de la familia está ligada a una supuesta colección de cuadros que podrían tener gran valor—volvemos a los falaces teníamos y éramos. Las primas codiciosas alegan que estos cuadros han sido escondidos o escamoteados, y exigen reparaciones de cuadros que, luego descubrimos, no tienen gran valor real—aunque un Caravaggio falso sí logró venderse a precio decente en un momento en el que el mercado valoraba las falsificaciones. Por otra parte, el texto registra bebedizos confeccionados con plantas domesticadas, los cuales tienen usos medicinales y, en concentraciones mayores, resultan potentes venenos. El veneno es la cura. En sincronía, emergen las historias familiares profanas e impúdicas que esconden placeres y quimeras. La relación entre memoria y veneno es decisiva, y la casa misma se denota como envenenada por sus diseño sospechoso y cuartos apartados (como la biblioteca de Bertie, la cual él llamaba su lair , la madriguera en la cometía sus fechorías). De este modo el crimen signa la casa, la cual a su vez entrelaza memoria, catástrofe, medicina, veneno; ya ven por donde va la cosa.

Pero antes de llegar a lo escandaloso, el germen del engaño sitúa la mitologización de las clases dirigentes nacionales (orígenes catalanes, en este caso) y de sus casas. La arquitectura misma comunica en la época contemporánea que la casa familiar había sido grandiosa en su época. Mas la voz narrativa revela que en realidad la casa se funda con deudas y futuros empeñados, promesas de riquezas que nunca llegaron, por lo que el diseño fue mucho más precioso y magno que su realización y que una deuda onerosa quedó inscrita en la estructura misma, como símbolo maestro de una suerte de aristocracia venida a menos, con los haberes y saberes fraudulentos, con privilegios de clase y de artificiosos orígenes europeos cuasi nobiliarios. La falsificación en Sobre mi cadáver apunta a una deuda heredada por décadas la cual contiene un archivo, un legado financiero, ruinas arquitectónicas, saberes facticios, escándalos y pecados.

Aunque no se proclama esta intertextualidad en la narración, conviene recordar los ensayos conocidos de José Luis González sobre la embaucadora mitología criolla (jibarista) del siglo diecinueve y aquello que anunciaba Carlos Pabón de que “el pasado ya no es lo que era”. Aponte Alsina tiene algo incisivo peculiar que sitúa ensañadamente las víctimas precisas de su desmitologización. La preciosa y pura herencia catalana [al que le caiga el sayo…] y las supuestas riquezas y bondades de ciertos clanes de la zona de Guayama [nota personal, releer(me) Sugar, Slavery, and Freedom de Luis Figueroa].

Vuelvo a los escándalos (nota bene: en sentido bíblico equivale a pecado). Resulta que aquel celebrado tío Bertie siempre tuvo por costumbre acumular libros raros entre los que contaba una sustancial colección de pornografía, incluyendo obras de gran desembarazo gráfico so pretexto de ilustración médica [Porque si no, ¿cómo? ¿Nos entendemos?]. Se rumoraba mismamente que era violador y pedófilo, pero siempre estuvo escudado por sus privilegios de clase y por los tapujos de sus propios familiares y beneficiarios de los yermos negocios familiares. De estas infamias (que antaño las nombrarían correrías, con un dejo de folclore y chiste entre machos libidinosos) emerge la genealogía, similar a los hijos de la malinche, y que en este caso sitúa la herencia de la familia en manos de una anciana infértil que se descubre ser hija de aquel sátiro. Algo tautológico, como quien cantaba “I’m my own granpa” (Latham y Jaffe, 1947), pero no quiero arruinarles toda la lectura que ya bastante daño he hecho. Pero lo de violadora y pedófilo, al verle al tío y a esta familia, de orgullosos orígenes catalanes, las hilachas del endeudamiento, el lucro con tráfico de falsificaciones y el estupro y quién sabe qué más (quedan otras perlas que descubrir), es evidente que Aponte Alsina simboliza los pecados mayores de las clases dirigentes del archipiélago borinqueño—cosa que seguimos descubriendo con arrestos recientes y otros escándalos que se descubren y que no se penalizan porque son sancionados.

Varios temas adicionales me parecen de interés. Uno tiene que ver con la relación de esta novella con PR 3 Aguirre, porque me parece esencial ver que la ruta que se toma para llegar a esta casa de campo se desprende de la carretera historiada en aquella brillante crónica. De este modo, también éste es un texto que explora lo arquitectónico (ver, Ladha “Hegel’s Werkmeister”, en October vol. 139, 2012, 15-38.) de una nación en proceso de modernización, las negociaciones entre naturaleza y tecnología, las relaciones sociales de producción que propenden a la violencia sistémica y subjetiva, y a la violencia de la elisión de microhistorias, embrollado (sic) todo en un proyecto estético-político-arquitectónico.

Habría que señalar, con más calma y espacio, tres ideas de importancia para esta obra y que se registran en otros textos de Aponte Alsina. Uno, que la obra se elabora en relación con archivos públicos y privados, y que de estos se elabora un relato. El archivo privado, igual que en PR 3 Aguirre, elabora narrativas privadas y permite esconder el desfalco y la corrupción mismas que podrían desmitilogizar los correlatos confeccionados por las elites. Segundo, que Sobre mi cadáver se narra en relación funcional y discursiva con pinturas, fotografías, la cultural material y el diseño. La obra contiene fotografías e ilustraciones de varias obras pictóricas, las cuales obligan a establecer una interpretación entre imágenes (¿qué relación hay entre estas?) al tiempo que decidimos la relación entre el recit y las imágenes incluidas. Otras obras se mencionan pero no se ilustran sino que se describen, lo cual nos dirige a la lógica de la écfrasis, un tipo de intermediación que importa para subrayar la centralidad del diseño (arquitectónico, urbano, de la infraestructura de producción) en la materialización de un proyecto económico-político. Esto permite ver que la fantasía de una clase dirigente se naturaliza en lo visual, por lo que hay que subvertir la interpretación misma de lo visual y desmitologizar. Esto permite armar otra relación entre lo discursivo y lo visual, y entre lo que se toma como meras escenografía, carretera, paisaje e infraestructura y las relaciones sociales de producción naturalizadas. Tercero, y relacionado a lo segundo, esta novella produce un interlocutor privilegiado. El tú de esta obra es un niño desnudo pintado en el Nen Pompeiá (1879) del pintor catalán Arcadi Mas i Fondevila, lo cual le otorga la misma intermedialidad de la écfrasis a toda la obra, lo cual con mayor insistencia propone la reconstrucción de la lógica intersubjetiva que rige la razón de la catástrofe y la ratio belli imperante.

Guillermo Irizarry (BA Drama, UPR–Río Piedras; PhD Estudios Hispánicos, U de Texas—Austin). Profesor Asociado en la U de Connecticut—Storrs, ha ocupado puestos académicos en UMass—Amherst, Brown, Yale, Bucknell. Autor de José Luis González: el intelectual nómada (Premio de investigación y crítica del Instituto de Literatura Puertorriqueña, 2007) y de ensayos publicados en varias revistas incluyendo Centro, Revista IberoamericanaLa TorreChasquiLatin American Theatre ReviewLatino Studies Journal y Revista Canadiense de Estudios Hispánicos. En UConn dirigió el Instituto de Estudios Puertorriqueños y Latinos; hoy en día dirige Estudios Hispánicos en UConn.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s