Natalia M. Rivera Morales reseña ‘Sexto Sueño’ (Dossier Marta Aponte Alsina)

Marta Aponte Alsina. Sexto sueño. Universidad de Texas / Puerto Rico: Veintisiete letras, 2007.

Sexto sueño (2007), la cuarta novela de Marta Aponte Alsina, se asume como una necropsia historiográfica de fuentes indigeribles. Su protagonista Violeta Cruz, la autoproclamada “cortadora de hombres”, compositora de boleros y cronista incisiva de cuerpos disecados, es el personaje errante que, dotado de brío poético, licúa el sólido deformable que es la patria al reescribir su decurso histórico desde la mirada del otro, pero “sin pretensiones de dominio” (Somos islas 29). Ahora bien, la revisión insólita que realiza la historiógrafa-anatomista, Cruz, mediante sus tediosos procedimientos necrópsicos no conduce a una elaboración “verídica” de sucesos históricos. Más bien, sus intervenciones quirúrgicas develan un arsenal submarino de ánimas diaspóricas que diluyen no sólo la rigidez “esquizoide del Estado”, sino también los contornos fijos del ser humano (Somos islas 27). El repertorio vibrante que confecciona la disectora cuasi necrófila está colmado de supuestos “adefesios” impuros; es decir, de materias compuestas cuyas fisiologías inciertas agitan los procesos expulsivos del archivo anafiláctico: el infame Nathan Leopold, un judío prodigio, presunto homosexual y asesino de aspecto anfibio (según la descripción de la cirujana); una viuda estéril y ávida defensora de antigüedades inútiles; Carmen, la bella “leprosa de embuste” que enamora al susodicho anfibio; Sammy Davis Jr., un músico afroamericano con un ojo de vidrio y una momia secuestrada. Dichos personajes le proporcionan vida inorgánica a una historia traumatizada; le surten, pues, a los memoriosos atávicos una intervención terapéutica que “cura la locura [que decreta] la locura y la inferioridad del otro (28)”.

Aunque pareciera que la muerte imposibilita la enunciación testimonial, Violeta Cruz en su función de cirujana de cuerpos documentables, logra derivar una crónica verosímil de la carne exánime del infame Nathan Leopold: un ornitólogo amateur, ávido lector de Nietzsche y quien a sus diecinueve años fue cómplice del asesinato sangriento de Bobby Franks, un niño de catorce años (que, dicho sea de paso, fue primo de Richard Loeb, el co-partícipe del crimen). El joven delincuente, al ser aprehendido, figuró el asesinato como una especie de ejercicio intelectual, en fin, un experimento educativo que requería de un espécimen humano. Leopold, con su modestia característica, le manifestó lo siguiente a un reportero:

“A thirst for knowledge is highly commendable, no matter what extreme pain or injury it may inflict upon others”.[1]

Tras su encarcelamiento de 33 años, Leopold se trasladó a Puerto Rico donde obtuvo un puesto como técnico hospitalario y contrajo matrimonio con Trudi Feldman de García, viuda norteamericana de un médico local. Su ánimo caritativo lo condujo a donar su cuerpo al Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico (lugar donde comienzan los estudios anatómicos de Cruz).

Llama la atención la fijación de la anatomista en las rarezas somáticas del difunto, que la lleva a recalcar las anomalías físicas de sus prójimos no-filiales. Del espacio en el quirófano emana la apreciación autocrítica del propio Leopold sobre su cuerpo desproporcionado, evocador de un batracio mal hecho:

Evitaba mirarse al espejo; se sentía incapaz de clasificar su propia rareza. Demasiado miope para águila, incalculablemente defectuoso para lechuza, exageradamente feo para merecer la vida, tan voraz que no figuraba en su destino rechazarla. Cuando se enfrentaba al temido espejo, venciendo la repulsión que le causaban sus piernas insuficientes, el pecho en forma de barril, la frente ancha, el pene corto y voluminoso, los ojos brotados, sentía vergüenza de sus rasgos (42).

 Hasta el padre corrobora el aspecto espantoso de aquella producción de su carne “[que parecía] una rana con [sus] ojos” (44). El hecho de que Leopold fuera un judío “feminoide” sujeto a evaluaciones frenológicas (pues según sus interrogantes exhibía tendencias homofílicas) es un detalle que no debe eludir el lector. La patente aversión que suscitan sus rasgos atípicos podría señalar una internalización de la presunta inferioridad moral del semita, identificable por sus facciones fenotípicas estereotipadas (Leopold, por ejemplo, ostentaba una nariz prominente). Cabe destacar que su participación en el asesinato de un joven en guisa de experimento empírico coincide con el surgimiento de campañas globales eugenésicas. De hecho, Leopold señala la alta incidencia de esterilizaciones de mujeres racializadas en Puerto Rico que él mismo facilita en su oficio de asistente quirúrgico. A despecho de su condición perpetua de furtivo minoritario, su postura en cuanto a la ética de los experimentos eugenésicos se mantiene ambigua; hasta los supone permisibles en algunos casos:

 Mientras los cirujanos del hospital amarraban las trompas de Falopio de las jibaritas anestesiadas, sentiría el peso del vacío. En lugar de nostalgia, la ausencia de recuerdos. El arrepentimiento de lo que pudo haber sido y no fue. [Leopold] disimulaba el orgullo herido de un millonario obligado a esterilizar a hembras que le ofendían con sus olores vaginales” (61-62).

[…]

No lo tome a mal, pero usted [Sammy Davis Jr.] no hubiera escapado a la campaña de la esterilización masiva si su madre [Elvira Sánchez] se hubiera quedado en Puerto Rico, ni la semilla de su padre hubiera pasado la barrera de los diafragmas anticonceptivos inventados por el loco de Clarence Gamble, qué hombre obsesionado con mej

orar la raza. Yo personalmente no condeno todos los experimentos con sujetos humanos, aunque no pasen los criterios de transparencia de los judíos de Nuremberg. He participado en varios, algo me he distinguido como investigador (168).

       Leopold desarrolla una afinidad notable con el hijo de la bailarina Elvira Sánchez, Sammy Davis Jr., quien además de ser afro-americano de ascendencia antillana y judío converso, tenía un rasgo inducido por un accidente automovilístico: le faltaba un ojo. Davis intuye que su apariencia peculiar, agudizada por la deficiencia ocular, es el corolario ineludible de su talento descomunal:

“Se acarició el vientre, los testículos, la punta suave del glande, el rugoso orificio anal, su segundo ojo. Dios se había ensañado con él al darle un cuerpo enclenque y una madre desalmada, al disponer que, para acentuar una especie de perverso minimalismo, perdiera otro ojo en un accidente. Tal vez la moraleja del Altísimo proponía que los grandes talentos no necesitan cuerpos completos. Sammy expresaba la apología de la fealdad como arma seductora. Una periodista, Oriana Fallaci, había comparado su sonrisa con una herida abierta” (88).

Leopold tanto como Davis exponen una compuesta literal y metafórica de entidades no humanas (el ojo de vidrio de Davis y el semblante anfibio de Leopold). Las constituciones ambiguas de estos seres disgénicos los hacen productos de asociaciones íntimas y horizontales con objetos ontológicamente diferenciados que cobran vida inorgánica en la esfera quirúrgica. De ahí emana el rol crítico de la anatomista: sus extirpaciones develan que la materia inanimada engendra conocimiento. El contacto con la fuente yacente anima la narrativa humanizante.

Natalia M. Rivera Morales es candidata de doctorado en Literaturas y Lenguas Hispánicas en la Universidad de Pittsburgh. Investiga las representaciones de la discapacidad somática y cognoscitiva en la cultura clínica, jurídica y literaria puertorriqueña.

[1] Baatz, Simon. “Leopold and Loeb’s Criminal Minds.” Smithsonian Magazine, Aug. 2008, https://www.smithsonianmag.com/history/leopold-and-loebs-criminal-minds-996498/. Accessed 20 Dec 2019.

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