Isabel Guzzardo Tamargo reseña ‘Somos islas’ (Dossier Marta Aponte Alsina)

Marta Aponte Alsina. Somos islas: ensayos de camino. Puerto Rico: Editorial Educación Emergente, 2015.

Mientras varios escritorxs puertorriqueñxs imaginan utopías y distopías en tiempos de crisis y desastre (que existen siempre, pero quizás más ahora), Aponte-Alsina teoriza sobre heterotopías en la obra de Alejandro Tapia y Rivera. El último ensayo de Somos islas: ensayos de camino trata sobre la obra de este escritor, La antigua sirena, considerada la primera novela publicada por un autor puertorriqueño. Sin embargo, este texto sólo comienza en Puerto Rico. Gran parte de la trama ocurre en Venecia—espacio que Aponte-Alsina analiza como una heteropía, un concepto que toma de Foucault y que consiste en lugares otros que “aseguran la estabilidad de los sitios familiares. En ellos sucede lo innombrable; se archiva lo negado” (90). Mientras que Foucault sugiere que las colonias pueden ser heterotopías compensatorias, Marta explica cómo Tapia le da un virazón al concepto al crear una historia donde el intelectual colonial se inserta en el centro metropolitano para invadirlo, mezclarse con él, transformarlo y obligarlo a reconocerlo. Por lo tanto, Aponte-Alsina concibe en la heterotopía de Venecia una táctica que Tapia utiliza para hablar sobre Puerto Rico, su estado colonial, y su posición en el mundo:

“Se escribe como si el autor de una colonia remanente, sujeta a un régimen despótico que despreciaba a ‘los hijos del país,’ tuviera derecho a situarse en un tópico de la literatura europea y a vislumbrar los cimientos de un orden más libre; como si otro mundo de virtudes cívicas pudiera concebirse narrando la caída ejemplarizante de una tiranía exótica” (101).

La geografía de La antigua sirena, por lo tanto, obliga al lector a reorientarse, a reimaginar la relación colonizador/colonizado, moderno/premoderno, civilizado/bárbaro en donde se aniquila el binario cuando se coloca a Puerto Rico junto a territorios de “otro Sur”—España, Nápoles y Venecia (104).

De esta manera, mediante la heterotopía de La antigua sirena, se ofrecen las posibilidades utópicas que abre la literatura. Esta propuesta literaria y artística distingue a Aponte Alsina de las utopías/distopías imaginadas por sus colegas. En otro ensayo de Somos islas, Aponte-Alsina sugiere que “quizás la dimensión profunda del discurso artístico como catarsis liberaría la imaginación necesaria para transformar el cansado discurso circular de la impotencia política” (56). Este libro de ensayos nos invita a reorientarnos y a reimaginar las propuestas de la literatura puertorriqueña, para así ver los lazos estrechos, pero en los bordes, de la isla con otras tierras—lazos que rearticulan y cuestionan a la nación puertorriqueña. En otras palabras, en esta colección de ensayos, mediante análisis astutos, entendemos cómo ciertas obras literarias crean rutas y geografías alternas, que no siempre nos dirigen hacia la articulación de un “carácter nacional.” En la colonia, crear utopías depende de repensar la nación.

Más allá de sus análisis literarios, Aponte Alsina también revela caminos alternos mediante sus propias investigaciones. Su estilo se distingue por la manera en que identifica y explota detalles y conexiones históricas y culturales poco discutidas. En el ensayo “Somos islas” nos explica detalladamente cómo la historia de Fort Collins, Colorado y la historia de Puerto Rico se repiten y confunden: en ambos lugares se establecieron los mismos trusts azucareros y en ambos se desplazó y asesinó a poblaciones de indígenas. Por otro lado, el ensayo “Caminos de la sorpresa: cartografías del caribe” empieza describiendo los songlines de los nómadas australianos (estos clanes crean caminos mediante la memoria y la cadencia musical) y termina dibujándonos la versión australiana del planeta, que coloca “en el centro la isla continente, al Sudán en el lugar donde acostumbramos ver a París, y a Tierra del Fuego hacia el norte, como el pico de un ave voladora que apresara en sus garras a Alaska” (44). De esta manera, Aponte Alsina nos recuerda que hace falta un nuevo acercamiento geográfico, uno contra-hegemónico, para poder reconocer nuestras historias, las historias que emergen en los bordes, y sus lazos globales. El texto propone un estilo archipiélago donde “caminar es una quehacer estético” (43). Igualmente, los ensayos de la colección funcionan cómo islas/textos que no sólo articulan en su contenido una conciencia del archipiélago global, sino que también están estrechamente relacionadas entre sí; cada ensayo no es insular, no es un “cuerpo aislado” (50). Por lo tanto, su propuesta formal refleja su propuesta ideológica, en donde las rutas conectivas son cuentos:

“Todas las rutas, aun las más recónditas, por más primitiva que parezca su ingeniería, son afluentes de rutas mayores, a la vez que grandes arterias de redes más pequeñas, extendidas por territorios que la política no entiende. A través de todas ellas fluyen los cuentos, sin limitaciones de época y contexto” (34).

Sin romantizar la Historia imperial de colonización y globalización, Aponte Alsina reconoce la apropiación de tierras ajenas cómo una estrategia del colonizado. Esta apropiación ocurre mediante cuentos, o mediante “ensayos de camino” (como se titula la colección). El contrapunteo de cuentos se convierte en un arma para combatir la “percepción de excepcionalidad y soledad” (52), que podrían ser síntomas de la (falsa) insularidad.

Aunque los ensayos achican las escalas del mapa al relacionar la isla de Puerto Rico con lugares como Estados Unidos, Australia y el Sur global, cabe señalar que varios ensayos localizan a Puerto Rico firmemente en el archipiélago caribeño. Aponte Alsina se distingue por la manera que cita y entrelaza magistralmente las propuestas de otros intelectuales caribeños como Édouard Glissant, Patrick Chamoisseau, CLR James, Jean Rhys, Derek Walcott, Wilson Harris, Antonio Benítez-Rojo, Jamaica Kincaid y Kamau Brathwaite. De esta manera, articula una cultura puertorriqueña “creole,” en el sentido que se teoriza más comúnmente en el Caribe anglófono y francófono. Este término, parecido a la transculturación de Fernando Ortiz, reconoce la particularidad de la interacción de culturas que ocurre en el Caribe. Otra característica que Aponte-Alsina adopta de estas tradiciones caribeñas es la importancia de la identidad y estrategia cimarrona. En Somos Islas, hay historias, tradiciones, y afectos cimarrones, es decir, que sobreviven en “el fingimiento, el secreto, la astucia” (56):

La persistencia de nuestros afectos, que tal vez salten generaciones, a la manera de ciertos rasgos genéticos, quizás se acerque a formas casi silvestres de organización social que hicieron cultura en épocas anteriores a los siglos XVIII y XIX. Esas formas cimarronas, clandestinas, venturosamente invisibles, no se recogen a profundidad en los archivos institucionales. (mi énfasis, 28)

Como lectores, somos invitados a perseguir estos “afectos colectivos” que se encuentran fuera de los archivos y que evaden la supervisión y la vigilancia de Estado. De esta manera, la idea de la afectividad celebra una cultura puertorriqueña que no es determinada por lo nacional. Los cuentos cimarrones y la no-soberanía cimarrona aseguran la existencia de afectos—quizás esta afectividad puertorriqueña es lo más cercano a una utopía alcanzable. Son difíciles de hallar, pero Aponte-Alsina nos apunta hacia algunas rutas.

Isabel Guzzardo TamargoI nació y se crió en Puerto Rico. Completó su Maestría en el Departamento de Inglés en la Universidad de Puerto Rico. Actualmente, es candidata doctoral en el Programa de Literaturas en Inglés de la Universidad de Rutgers. Su disertación explora las estrategias eróticas y cimarronas utilizadas en el archipiélago Caribeño para imaginar nuevas soberanías. Su publicación más reciente se titula “Resignifying Shame and Abjection: A Queer Cultural Sovereignty in Manuel Manuel Ramos Otero’s Short Stories” (2018) publicada en Confluencia: Revista Hispánica de Cultura y Literatura.

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