Áurea María Sotomayor reseña ‘PR3 Aguirre’ (Dossier Marta Aponte Alsina)

Marta Aponte Alsina. PR 3 Aguirre. Puerto Rico: Sopa de Letras, 2018

[Esta reseña fue originalmente publicada en 80grados]

Anguila en agua de plena
pon en juego tus ardites
que te cogen y te roban.
—Luis Palés Matos

 

Es muy posible que la secuela de genealogías y retratos formales incluídos en la primera parte de Aguirre, de Marta Aponte Alsina, sea un ardid. Ardid, como en ardor. Si la escritura de Aponte se mueve como una anguila en torno al poblado de Aguirre es porque la estimula el ardor de relatar el robo. Real y efectivamente, el libro PR 3 Aguirre es un ardid porque no se divide en dos partes, donde en la primera figuren las genealogías de las cuatro familias bostonianas que se proyectaron como barones del azúcar en las haciendas puertorriqueñas a partir del “mapa de oportunidades” comerciales que operó la invasión del 1898 y en la segunda se repertorie la vida de los puertorriqueños sin archivo. Más bien, el libro da paso a una fantasía ya recurrente en su narrativa reciente (Sexto sueñoLa muerte feliz de WCW) que registra cruces e hibridaciones que no son las consabidas, sino las engendradas por el enfrentamiento entre Estados Unidos y Puerto Rico a fines del siglo XIX, a partir de la invasión. En el texto, dichos entrecruzamientos figuran segmentados en una primera y segunda parte (Boston, Las islas), pero se aúnan y transforman, como lo hacen el agua salada y el agua dulce que discurre entre los manglares de Pozuelo. Así también, se destaca en la obra el reclamo de un territorio entre los antiguos y nuevos propietarios de un lugar y las traiciones de las letras tras las segregaciones que de ese territorio se registra en las escrituras.

La genealogía, tanto como los documentos a medias falaces llamados “contratos de compraventa” o escrituras, admiten una visión deformada del origen, en cuanto no todos los nacimientos se registran legalmente, e incluyen fantasías de todo tipo en el momento de hacerse visible la línea de descendencia y ascendencia, de forma similar a como antes se dirimía discriminatoriamente entre hijos legales e ilegales por nacer éstos fuera o dentro del matrimonio. Con la propiedad, así como con las genealogías, sucede lo mismo. En su origen, la propiedad es un acto de apropiación relativo al robo, como tan bien lo explica Nietzsche en La genealogía de la moral. La escritura legal de venta o enajenación da fe de las transformaciones de la propiedad y de los enclaves de un terreno, ya sea por razón de la sustitución de sus propietarios, de las transformaciones que ocurren en los límites fisicos del territorio o la propiedad que allí enclava, de las variaciones del terreno original mismo por razón de la creciente consolidación de este al ganarle espacio al mar. Los orígenes de la propiedad son insondables y misteriosos, así como sus travesías y transformaciones. También entonces las genealogías.

Genealogías y escrituras aluden a la sangre y al capital, a los genes y su poder. Se asimilan o parecen anudados por el asertijo vinculado a las disputas que generan ambos órdenes, cuya fuente u origen lo constituye la autoridad respectivamente, de sangre o de derecho. Esos “órdenes” son los que aparecen aquí, los del olvido de una historia que atañe principalmente a las rebeliones de los obreros de la caña, infinitos, repetidos, amortiguados a la fuerza. ¿Podrían oponerse el poder y la resistencia? ¿Es la primera sección del texto la condición para entender la segunda como si se tratara de una secuencia tipo causa y efecto? ¿O se trata más bien de historias entrelazadas cuyo “tracto sucesivo” (un término cónsono al derecho registral alusivo a la linealidad clara del derecho ostentado por los sucesivos propietarios sobre una finca o predio) ha sido tan intervenido y múltiple como los viajes que realizó la archivista fantasiosa (Aponte) para armarlo? La visión de la historia que se desprende de aquí nada tiene que ver con una historia lineal. Todo lo contrario, se deleita en lo anti-cronológico. El camino recorrido en el paseo en auto con que comienza el texto, que tiene origen en la niñez americanizada y concluye en la avenida Albizu al finalizar el texto, tiene desvíos y atrechos. Acarrea dicha ruta, como diría Walter Benjamin, con el “torbellino de los orígenes”. Aponte, igualmente, le niega monumentalidad a los bostonianos como a los portorricenses y, de paso, lo hace invistiendo de importancia el sitio que ambos grupos habitan en el presente de su narración elucubrada.

Esta es la historia de un lugar donde confluyen dos intereses en pugna. Sobre un territorio nombrado “Aguirre” se delinea un mapa borroso, donde ni las genealogías y sus ficciones, ni las escrituras y sus inscripciones son del todo legibles, evidentes o justos. De ahí el delirio y la confusión, la fascinación y los reclamos que produce su lectura, un delirio que atañe a lo insaciable de las preguntas que anidan en la suma de cada una de sus partes buscando justicia para sus habitantes. Este es un texto a ser inscrito en la suma barroca, por la hibridez de sus partes y por el abarrotamiento de las preguntas que plantea. (Eleguá es el entrecruzamiento de caminos. Es también la deidad que desmiente el célebre verso de Robert Frost, “The road not taken”.) No hay un solo camino a seguir, sino muchos, parecería dictaminar la estructura de Aguirre a medida que se bifurcan sus historias y el territorio por donde pasan. Eleguá es la multiplicidad, la ruta y la continuidad, la diversidad in situ. Por eso, decir Aguirre es moverse a Boston y a la masacre de esclavos en la impune embarcación del Zong, es tomar un tren y llegar a Filadelfia en mi travesía, es elucubrar un Henry James en Aguirre y una Nilita Vientós que lo embeleca, es pasar al sur de España buscando el CD que se me perdió de Paco de Lucía, Almoraima, subiendo hasta Barcelona para cumplir con las obligaciones profesorales atravesando una llanura, es sumirse en la ficción del contrato e imaginar las partes que no comparecen sino sustituidas, y las segregaciones de facto y los pasadías de un verano tropical. Es, sobre todo, la lucha de los trabajadores y el conjuro de una madre. Aguirre no es un sitio, no es un lugar siquiera, sino una encrucijada.

Al terminar la lectura del volumen, lo que queda en la memoria es precisamente la desmemoria de la historia, el objetivo de silenciarla, los desplazamientos de sus énfasis a lo largo del recorrido histórico. La carretera de la modernidad serviría quizá para trazar su zigzagueo en el tiempo, pero también sus intentos de sobrecubrir a manera de palimpsesto la trayectoria de lo que un camino traza: huellas, principalmente, que aquí asumen la forma de un archivo escrito, hablado, imaginado. Pienso en las “quebradas” de la escritora chilena Guadalupe Santa Cruz, en el sonido de una flauta (en un cuento de Lalo llamado la Carretera #3), en las promesas de modernización de la Carretera Central en Miguel Meléndesz Muñoz, pero más aún en aquella reverberación de la voz de Julia de Burgos: “yo misma fui mi ruta”. Algunas de estas huellas atraviesan este texto, y cada una posee su propia elocuencia. Claro está, el título completo del texto se inscribe en una metáfora predilecta de los treinta en la historia de los Estados Unidos. Durante la época de Roosevelt, parte de los proyectos de este en la ruralía, en el sentido histórico que procuraba motivar un ingente nacionalismo diferente al expansionista, tuvo que ver con el descubrimiento de los sitios propios. De ahí un libro tan importante como el de Muriel Rukeyser, Carretera 1, y otro como el de William Carlos Williams sobre la historia americana (On the American Grain), donde se plantea otra forma de revisitar el inglés. En Patterson le debemos a WCW el recorrido del sitio. On the Road, de Kerouac tiene algo de esta exploración y varios tomos de poesía o narrativa que tienen su origen en la exploración de las vías de la modernidad, las carreteras, porque conducen a unos sitios, ya sea a la explotación de unos mineros que dan cuenta de su enfermedad por razón de los excesos del capital, como en el libro de Rukeyser, o la entrañable poesía de lo cotidiano en el proyecto objetivista de Williams.

Si hay algún pasaje que sostiene al libro es la travesía del carguero Zong, porque aquel gesto del capital donde son asesinados como objetos los esclavos al ser arrojados al mar ante un aviso de tormenta y cuya memoria plasma Turner en una pieza magnífica donde el muslo de una mujer negra es atravesado por la luz, pintura que dicen está maldita según una de las herederas del azúcar, une las dos partes de PR3, específicamente cuando la segunda se inicia dejando saber que en la playa de Pozuelos y Jobos se pueden encontrar aún todos los secretos del mar. Los huesos de los cuerpos cuentan como monedas, pienso, desde la lectura de otro libro. Eran preciados por eso, valor de cambio, antes o después. La otra vía que no es por mar, sino por tierra, se bifurca así como las genealogías, pero se unen en la carretera misma PR 3, porque hacia allí, emblema del botín que sería Puerto Rico, conducía el ansia de los capitalistas. Entonces, lo que se lee en Aguirre es la codicia. En los treinta, como relataba antes, uno de los proyectos de la administración Roosevelt fue leer el paisaje y trazar la historia de esas carreteras. Marta traza la nuestra, una de las nuestras, la terciaria. Por las vías del mar entonces, las de Zong /Pozuelo regresamos al sacrificio de los esclavos del Africa hermosamente poetizado por Marlene Nourbese Philip en su Zong, en su canción. Así también otra poeta, Muriel Rukeyser, toma una carretera que servía como vía para transportar acero para una mina donde fueron sacrificados los esclavos de America, negros y blancos indistintamente, para abastecer el naciente capital del acero, y escribió otro conmovedor libro relacionado con esa masacre: US 1, The Book of the DeadPR3 Aguirre es el relato de una travesía necrológica donde el lugar es la coyuntura donde se funden las piezas. Henry James y Nilita Vientós son tan solo adornos de la ruta, intentos de un diálogo que nunca se daría más que al nivel deseante. Entre esas dos vías del mar y el lienzo (Turner más Nourbese Philip) y la tierra (Muriel Rukeyser), la escritura de Palés matizando la ruta del capital. El texto maestro de Aponte lleva como emblema precisamente una escritura de compra y venta donde los contratantes a veces no explican su voluntad, no están presentes o transfieren propiedades segregadas. “Siempre es posible sufrir más. Siempre es posible sufrir menos”, dice uno de los hablantes del texto de Marta Aponte. Entonces no existía la idea de hacer fincas de peces, pero se transportaban gentes como peces cuando estos eran encerrados en galeones para que cosecharan las cañas de los litorales. Esa transformación la describe la autora de la siguiente manera: “Cientos de cabezas había que cargar para sacar una ganancia que transformara la pestilencia en vajillas, la mierda en pinturas, los piojos en hilos de oro, la gangrena en brocados, la sífilis en perros de raza, caballos de raza, mujeres de raza, libros encuadernados en pieles de unicornio, licores pacientemente destilados, perfumes para condesas sangrientas …” (177). La transformación es casi alquímica: los cuerpos adquieren categoría de cosas. Sobre ese gesto cae la maldición de una madre y Marcelo Ebón, el administrador de los bienes de los barones del azúcar, un middle man, es asesinado.

Un contrato es una búsqueda de un acuerdo donde el proceso principal es simular que las partes contractuales se encuentran en paridad de condiciones. Se arriba al pacto después de sucesivos ajustes y renuncias; al concluir, lo que se sella legalmente es la desigualdad. Lo mismo en Aguirre, donde la autora lamenta la falta de archivos para nutrir la parte de los puertorriqueños (la parte de los crímenes). Si alguna diferencia profunda existe entre ambos segmentos es que en la segunda (Las islas) figuran más paisajes que retratos, y los retratos que se insertan son de colectivos de trabajadores o de escenas cotidianas. Los retratos individuales, frontales y posados desaparecen para dar paso al siglo veinte en una colonia de ultramar.  Entonces, el mapeo exhaustivo de la zona llevado a cabo mediante archivos históricos relativos a la esclavitud y a la construcción arquitectónica tiene su espectro en la pintura de Turner. Así reverbera la maldición. No hay tierra sin mar.

En última instancia, la escritura está dominada por la ficción de la escritura, y al archivo no es la historia quien lo orienta, sino los afectos que solo ansían algunos archivos. Así, la escritura es siempre obra de la voluntad, de esa voluntad esclavizada a la pasión que simula ser racional y fría, pero es todo lo contrario. La travesía por la escritura se modela, como todo contrato, determinando las dos partes involucradas en el pacto, vendedor y comprador, sobre un objeto cierto que es la tierra, a saber, la especulación que movía el ansia de territorio de los Estados Unidos en esta época, que era más bien necesidad de capitalizar. Así los compradores figuran en la primera parte y los venidos a vendedores en la segunda. Lo que se vende, más allá de la tierra, son los cuerpos, precarizados por el destino manifiesto, venidos a menos vía sus tierras; allí los peones se transfieren como bienes sujetos a la tierra, como antes los esclavos. El obrerismo irrumpe para estropear el contrato, y es a partir de la primera huelga del 1905 y después la del 1930 que se estatuye la relación entre los reclamos obreros de una parte y la clase medianera representada por el middle man maldito por una madre. La maldición que recae sobre él atañe también al cuadro maldito elaborado por Turner en torno al desastre del Zong. Allí los esclavos encuentran su destino y lo que se dirime en las cortes es si son o no son carga según el Código de Seguros. El Derecho estipula que si lo son, los dueños pueden disponer de la carga en caso de tempestad a fin de salvar la nave, es decir, los intereses de los dueños al asegurar la carga. Así pueden cobrar la pérdida. El derecho contractual le da la mano al derecho financiero y en medio queda el derecho laboral.

El mismo día en que en Boston se publica la Declaración de la Liga Imperialista objetando “la implantación de la soberanía de EU” en las Filipinas y otros territorios, incluidos Puerto Rico, el político, letrado y abogado puertorriqueño Rosendo Matienzo Cintrón redactó lo que Marta Aponte califica “la novela de las escrituras”, donde se enajena Aguirre. La fecha común es el 10 de febrero de 1899. Cito de la pág. 131: “En la huella documental de la transacción impresionan los nombres de los ausentes, las mujeres y los niños que delegaban en sus maridos o en sus hermanos para firmarles el papel de la ruptura”.  Lothrop, Luce y Co., Dumaresq y De Ford son algunos de los apellidos que se intercambian en las sucesivas enajenaciones y segregaciones del terreno convertido en “company town”. Destaca que si bien Aguirre o el territorio es el centro neurálgico de esta “divagación”, como quisiera llamarle al escrito de Aponte, ese centro está agujereado por sucesivas travesías y encontronazos. Una es la travesía del capital cifrado en el objeto del deseo que constituye la aventura imperial junto a sus familias emblemáticas y su asentamiento efímero cerca de la Bahía de Pozuelo, y la otra es la historia del lugar marcado por las vidas de sus habitantes en pugna con el nuevo destino asignado a su lugar. La lucha de los obreros de la caña opera como trayecto genealógico en diálogo opositor con el capital investido del individualismo de las familias bostonianas. El diálogo entre las vidas privadas de los empresarios y el colectivo público de la clase obrera en ciernes apenas consignada en los libros de historia marca el mayor contraste. Ambos forman parte del tramado histórico y de las vidas individuales y bien archivadas que conversan con el empeño anónimo, por colectivo, de la sobrevivencia de los habitantes del país. Ambas historias, nuevamente, se entretejen. Antes de llegar en tren a Johanstown en Pennsylvania, termino Aguirre, de Marta Aponte Alsina, el 28 de mayo de 2018. A lo largo de todo eso corre la sangre de los esclavos y de los obreros. La del middle man marca la sangre de la maldición. Es aquella de la que habló Fanon en Los desterrados de la tierra. La mal dicción. Si la primera parte del texto habla de la codicia imperial sobre la tierra, la segunda deslinda la proporción aportada por sus habitantes. Obén maldecido por una madre y el libro que lo cuenta. Por eso PR3 Aguirre es un conjuro, una madeja de conjuros.

Áurea María Sotomayor Escritora y profesora universitaria en la Universidad de Pittsburgh. Entre sus libros de poesía figuran Sitios de la memoria (1983), La gula de la tinta (1994), Rizoma (1998), Diseño del ala (2005), Cuerpo nuestro (2013) y Artes poéticas (2014). Recientemente se publicó en España (Amargord) Operación funámbula: Antología personal (1973-2018) donde se reúne su poesía. Es también autora de los libros de crítica,  Hilo de Aracne (1995),  Femina Faber. Letras. Música, ley (2004), Entre objetos perdidos: Un siglo de poesía puertorriqueña  (2017) y de Apalabrarse en la desposesión. Literatura, arte y multitud en el Caribe insular (Premio Casa de las Américas 2020).

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