Mónica Bernabé reseña Una tropicalidad atípica de Giselle Román Medina (Puerto Rico / Argentina) 

Giselle Román Medina. Una tropicalidad atípica: Molina, Perlongher y Cucurto. Argentina: La Cebra, 2021. 228 páginas

Giselle ha vivido por un tiempo en Argentina, estudió literatura en la Universidad de Buenos Aires,  frecuentó  algunos “salones de las letras rioplatenses, que como dijo Perlongher, desconfían por principio de toda tropicalidad”. En fin, podríamos decir que en esos años pudo adquirir una experiencia etnográfica de la cultura rioplatense que la llevó a pensar, no sin cierta sorpresa, en el fenómeno de lo tropical en la literatura argentina.

Y esa experiencia luego se convirtió en una tesis de doctorado y hoy en un libro colmado de sugerencias. En mi caso, la lectura de Una tropicalidad atípica me permitió imaginar un arco que se extiende entre dos términos, trópico y tropicalidad,  que contrapuntean y que por momentos, se presentan como las puntas de un abanico que se abre irradiando una serie de preguntas analíticas.  La serie progresa por asociación léxica:

Trópico – trópica – tropical – tropicalismo – tropicalizado – tropicología – tropo -tropología – tropicalización – tropicalia – tropicalidad

Esta proliferación barroca de significantes anexos señala la privilegiada relación entre geografía y poética, entre paisaje y literatura, entre territorio e imaginación crítica.  Giselle despliega una mirada doble y ambivalente para trabajar un objeto que atiende simultáneamente, por un lado, a una serie de binarismos atravesados por  la relación colonial  (caliente o templado, crudo o cocido, Europa o América) y, por el otro, a las zonas de clivaje en donde comienzan las labores deconstructivas de estereotipos y prejuicios raciales.

Una tropicalidad atípica suma otro capítulo a la enorme  tarea de desmontaje de los esencialismos que para el caso de las literaturas latinoamericanas exigen una imprescindible revisión de las formulaciones articuladas entre los años sesenta y setenta, un momento decisivo en la configuración de nuestro objeto de estudio. Me refiero a esa trama que se inicia con el exilio  de Darcy Ribeiro y sus estadías en Montevideo, es decir, su traslado al espacio rioplatense. Es muy acertada la referencia que hace Giselle a su famosa tipología de las zonas culturales, fuente indiscutible del diseño de la geografía literaria del continente cuando articulamos objetos de estudios a los que denominamos literaturas andinas, literaturas del Caribe, literaturas rioplatenses. Giselle despliega una interesante ficción crítica que, al mismo tiempo que toma en cuenta estas formulaciones como punto de partida, las desborda al relatar los traslados de tropos e imaginarios de una zona a otra con la finalidad de desordenar geografías y poéticas mediante una serie de encuentros intra-latinoamericanos.

Giselle eligió armar la trama leyendo a tres poetas (Molina, Perlongher y Cucurto) que, de manera personalísima, añaden sus pliegues y matices a lo que ella llama poética de la tropicalidad y, de este modo, complican la imaginación tropical hegemónica.

Resulta productiva la idea de traslado y de movilización de tropos y estereotipos desde los trópicos, tanto desde los tristes trópicos como desde los bailanteros,  hacia esta zona austral del continente, comúnmente imaginada desde la languidez del lamento y el paradigma borgeano de la sobriedad. En esta distribución de los tonos y de la sintaxis literaria, entonces, subyace la idea de las regiones, ese “segundo mapa latinoamericano, como decía Angel Rama, más verdadero que el oficial”.

Poéticas de la tropicalidad estudia una serie de traslados desde Brasil y el Caribe, pueblos nuevos , en términos de Ribeiro,  con pasado esclavista y economía de plantación,  hacia la zona de pueblos transplantados como los rioplatenses que, según la tipología del sociólogo brasileño, comienzan su historia con la ‘diseminación’, este es el término que usa el autor, de las etnias indígenas, temprana abolición de la esclavitud y masivo y rápido ingreso de inmigrantes europeos para promover un proceso de blanqueamiento. Ribeiro decía a principio de los setenta:

Naturalmente, no es por coincidencia que estos Pueblos Trasplantados se encontraron todos en zonas templadas. Condicionado milenariamente a los rigores del invierno y al ritmo marcado de las estaciones, el inmigrante europeo se encuentra más cómodo en climas correspondientes, huyendo cuanto le sea posible de las áreas tropicales.” (RIBEIRO, 1977: p.415).

Es fácil ver cómo estos estudios académicos de los sesenta ayudaron a consolidar el imaginario fundante de los rioplatenses, que aún hoy no cesan de figurarse como europeos exiliados o europeístas a secas.

La poética de la tropicalidad, por el contrario,  apunta a trastornar este archivo, podríamos decir que es una operación de anarchivismo que moviliza los imaginarios coloniales del exotismo primitivista y reactiva –como dice Giselle- materialidades, vibraciones, metáforas, fantasías para complicar a las cristalizadas identidades y abrir líneas de fuga que permitan  políticas de identificación alternativas más allá de las prefijadas por el poder clasificador de las disciplinas y de los estados nacionales.

Plegándome a la atractiva metáfora de la “sonada dislocación” de la argentinidad que propone Giselle, la lectura de su libro me permitió imaginar un triángulo transplatino (curioso traslado que realiza Perlongher de un componente de la farmacopea  a la literatura), decía un triángulo que se dibuja entre La Martinica, Cuba y República Dominicana, que en calculadas dosis terapéuticas,  inyecta el virus de la tropicalidad a la literatura argentina.

Uno de los vértices del triángulo lo constituye el ensayo sobre Aimé Césaire que Enrique Molina publica en la Revista Letra y línea de Buenos Aires en 1953 y que se inicia con el bellísimo relato de su primera efímera visión de la Martinica “velada por las últimas luces de la tarde” desde un barco  que apenas roza sensualmente la isla. El ensayo de Molina  reescribe con extraordinaria maestría el Cuaderno de un retorno al país natal. Muchos años después, Ángel Rama, de quien sospechaban que había leído todos los libros,  vio la íntima relación de las poéticas de Césaire y Molina,  imaginó a los dos poetas merodeando los “puertos ardidos del Caribe, la naturaleza viviente y descompuesta, perfumada y concreta de las islas Antillas que se les ofrecieron como las materias propicias que reclamaban”. Sigo en esta línea el trabajo de Giselle, imaginando en ese ensayo de Molina un probable comienzo para la poética de tropicalidad rioplatense. Es un momento olvidado que necesitaba ser reactivado para pensar en la genealogía de las poéticas que desde mediados de siglo XX vienen atentando, para decirlo con palabras de Molina, contra “las antologías de versos recitables” y contra el “viejo decorado convencional” para dar paso “al hombre vestido de negro (…) que persigue un destello de lo absoluto” con una poesía capaz de provocar en la atmósfera de lo establecido esa violenta reacción – que como la imaginó  Césaire–  “bella como el gesto de sorpresa de una dama inglesa al encontrar en su sopera un cráneo de hotentote”.

Pienso que otro de los vértices del triángulo lo planta Perlongher reescribiendo a Sarduy y Lezama en aquel famoso ensayo  publicado en San Pablo en 1991, Caribe Transplatino, donde experimenta con otras geografías traspasando también las fronteras disciplinares y fabulando nuevos comienzos fuera de las linealidades de la historiografía. Una tropicalidad, como bien anota Giselle  “vaporosa” que expone cuerpos deseantes, sexualidades disidentes y lenguas marginales y experimenta identidades inciertas, forzadas al exilio tanto por las políticas de la izquierda como de la derecha.  De este modo, la  “lepra creadora lezamesca” penetraba en el Río de la Plata  torciendo los estilos oficiales del buen decir latinoamericano.

Y, por último, el tercer vértice del triángulo transplatino de la tropicalidad lo planta Curcurto, y su figuración de escritor que como dice Giselle no presume de dominicano sino de ser “una copia de dominicano”, esta vez ya no con un ensayo, sino desde su tarea de editor que podemos imaginar,  a través de una posible elipse barroca, como el retorno al río de la plata de aquel ilustre dominicano que a mediados del siglo XX recaló en el puerto de Buenos Aires para seguir cumpliendo con la tarea americana de fraguar una literatura continental. ¿Será posible –me pregunto desde la ficción crítica- conectar a la tradición editorial que inicia  Pedro Henríquez Ureña con la fenomenal intervención de Eloísa Cartonera y la pasión tropical de su editor a comienzos del siglo XXI? Como bien observó Cecilia Palmeiro,  la tarea editorial de Cucurto reordena el canon argentino a la luz de sus relaciones, antes invisibles, con la literatura latinoamericana y, agrego,  la tropicalidad en particular.  Estoy pensando en la edición de El ángel izquierdo de la poesía, la antología memorable de Haroldo de Campos que Eloísa publica en 2006.

Así se cumplió y se sigue cumpliendo con la secreta, lenta pero incesante mudanza del trópico a las tierras templadas del sur,  exponiéndolo a la multiplicación rizomática de las diferencias.  Una tropicalidad atípica cumple, de un modo admirable, con la  obligada tarea de imaginar lo imposible.

Mónica Bernabé es Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, investigadora del Instituto de Estudios Críticos en Humanidades (IECH – UNR – Conicet) y Profesora Titular de Literatura Iberoamericana II de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. Publicó Por otro lado. Ensayos en el límite de la literatura (México, 2017); Juan Croniqueur, el otro de José Carlos Mariátegui (Lima, 2017); Vidas de artista. Bohemia y dandismo en Mariátegui, Valdelomar y Eguren (Beatriz Viterbo Editora / Instituto de Estudios Peruanos, 2006) y El abrigo de aire. Ensayos sobre literatura cubana (en colaboración con Antonio José Ponte y Marcela Zanin, Beatriz Viterbo Editora, 2001).  Ha coordinado el volumen En el borde del mundo. Vanguardias de archivo en América Latina (Rosario, 2017). Prologó Idea crónica. Literatura de no ficción iberoamericana, coordinado por María Sonia Cristoff. Dirige dos grupos de investigación interdisciplinaria: – Archivo y región. Estudios transdisciplinarios del impulso archivístico en la literatura y el arte del litoral . – Archivos de las vanguardias en el marco de la modernidad desigual de América Latina: narrativas documentales, teatro, cancioneros populares y artes visuales. Fue Coordinadora Académica de la Maestría en Estudios Culturales en el Centro de Estudios Interdisciplinarios (CEI – UNR) (2010-2019). En 2011 obtuvo la Beca Guggenheim. En 2016 fue Mención Honorífica en Ensayo en el VIII Certamen Internacional de Literatura “Sor Juana Inés de la Cruz”.

 

 

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