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Margarita Pintado reseña a Eduardo Lalo (Puerto Rico)

Eduardo Lalo. Simone, Buenos Aires: Corregidor, 2012, 208 páginas. (Premio Rómulo Gallegos 2013)

Un hombre jubilado visita el aeropuerto al menos una noche a la semana. El hombre, que hace tiempo no viaja, contempla las llegadas y las salidas de los otros, como si reconociera en ellos, en su ir y venir, su propia vocación de tránsito, y su modesta incapacidad de pertenecer a un lugar.  Luego de recorrer los pasillos del aeropuerto, el hombre saluda a los empleados (algunos ya se han habituado a su presencia), entra a las tiendas, compra un libro, desayuna (muchas veces el hombre amanece en el aeropuerto), y se sienta a esperar, como un pasajero más, a que llegue la hora de partir.

No hay necesidad de entender o justificar las razones que llevan a este hombre a un lugar que es, para nosotros, un umbral, un “Donde” seco y vacío, un paréntesis deshabitado, o habitado apenas, por sujetos sin rostro que se desplazan hacia un destino incierto. En este relato del viajero “de paso”, que aparece en las primeras páginas de Simone, novela del escritor y artista plástico puertorriqueño Eduardo Lalo, ya están inscritos el lugar y la identidad del escritor.  El hombre que se pierde entre los demás viajeros es, como el escritor, un explorador del límite, un inusual espectador del drama humano, un ser que, hasta cierto punto, cifra el sentido de su vida en una actividad dudosa e incomprensible, y por lo tanto, desafiante y desestabilizadora.

A juzgar por éste y otros textos de su autoría, Lalo tiene una idea muy específica del escritor como un ser en constante conflicto con las cosas que le rodean.  El mundo es un lugar hostil en donde el escritor (escritor/intelectual) es siempre un extranjero (un extraño) condenado a la incomprensión y a la indiferencia: “Escribir”, dice el narrador de Simone, “sin salidas, desde cualquier sitio, en esta ciudad opaca por ejemplo, sabiendo que esta actividad resulta incomprensible para mis vecinos y que de cualquier manera, estas páginas no llegarán a ellos” (19).  El escritor es un ser marginal, no porque sea escritor, sino porque es alguien que ha visto los límites del pensamiento, del discurso y de la escritura, y ha despreciado abiertamente la ilusión de un más allá de esos límites.

La vida de este hombre, resignado a vivir dentro de una “nada que pasa,” toma un giro inesperado con la llegada de Li Chao, una mujer china que se oculta bajo el nombre de la filósofa francesa Simone Weil para firmar los mensajes que le va dejando al primero.  Li va en busca de ese escritor que ha puesto en palabras su dolor, su cansancio, su hastío, su humillación.  Es la lectora soñada, la elegida, esa que no sólo lee y entiende, sino que refina, madura y amplía, formas y contenidos.

La alusión a “Simone” es importante, ya que se trata, en palabras de Li, de “la filósofa humillada,” la que estudiaba de rodillas, la que comprendió que “uno no deja de ser un humillado” (95) aunque se tenga plena conciencia de ello.  El tema de la humillación, opacado por el de la invisibilidad, aparece con fuerza en las páginas de Simone.  Existe, de hecho, cierto placer, o cierta liberación en el acto de humillarse. Leemos, por ejemplo, que el narrador va hasta un centro comercial atestado de gente y se sienta en el “food court” con sus libros y libretas en la mesa, acentuando así su soledad: el escritor y profesor universitario, se prende de esa imagen suya, mudo y hechizado, sentado con sus materiales de trabajo en un lugar que le resulta detestable.  El escritor va a un lugar en donde se siente expulsado.  Va para imaginar cómo se ríen de él, va para rememorar viejas humillaciones en el patio de la escuela, va para que lo humillen otra vez, se pone de rodillas y consume (porque él es también un consumidor) una experiencia tan trivial como desgarradora.  En el caso de Li la humillación es más concreta, más palpable, más lacerante.  No sólo es una china más perdida en el anonimato de su clase, trabajando horas interminables en un restaurante por un sueldo que apenas le da para comer, Li también ha sido víctima de una violación (por parte de su primo, Bai) y de un aborto impuesto.  Todo esto la coloca en un lugar especialmente vulnerable.  No obstante, es su fuerza y su determinación, así como lo inusual de su deseo, lo que sobrecoge al narrador quien hallará en el cuerpo impenetrable de Li, un oasis.

Li se abre, esquivamente, dolorosamente, a la posibilidad de un amor que para ella es contra natura, no tanto por su lesbianismo como por su incapacidad de darse a los demás, de dejarse poseer incluso por el amado, a quien inevitablemente identifica como un ente invasor.  El problema de Li, comprendemos a la larga, es creer que tiene el control.  Pedirle al narrador que no la penetre es una prueba, no tanto de amor, como de control.  Sus dibujos también tratan el tema del control. Mientras que el narrador insiste en poner la vida en un libro (86), Li cree deshacerse de la suya mediante el trazo diestro  y repetitivo de su mano, que va destruyendo el contenido de una vida que ha sido vivida a través de la voluntad de otros (entre otras cosas, Li está en eterna deuda con la familia china que pagó su viaje de niña).  Detrás de la firmeza de su pulso, la perfección de su técnica, y la belleza con la que pliega y despliega finas líneas de tinta que van multiplicándose hasta crear un nuevo paisaje, reina el miedo y la incertidumbre de quien se sabe prisionera.

Hasta cierto punto, Lalo ha escrito una novela en donde cada uno de los personajes centrales fungen como su alter ego, siendo Li el personaje más profundo y complejo, si pensamos en el drama de su vida y en las respuestas creadoras que subsanan su mal.  Mientras que el personaje de Máximo Noreña (escritor puertorriqueño que comparte el mismo resentimiento que el protagonista) revela las posiciones intelectuales de un autor que se siente atrapado por los confines insulares, visibles en los debates académicos, en las opiniones de quienes dirigen la cultura, en el comportamiento de los estudiantes, etc., el personaje de Li revela al escritor que escribe para tachar, para nublar el sentido de lo que ya conocemos, para volver al pasado, pero sólo mediante la ruptura, esperando que del trauma salga alguna nueva criatura que hable por nosotros.

En el gran debate intelectual, dejado para el final de la novela, se trata el tema del “ámbito común,” frase que Lalo pone en boca de un escritor español que llega a la isla a promover su última novela.  La figura del escritor afamado, europeo, condescendiente,  representado por una prestigiosa editorial, y preocupado, no tanto por su obra, sino por la imagen que de su obra y de sí tienen los americanos (caribeños y latinoamericanos), sirve de contraste al narrador de Simone, cuya única posesión parece ser su legado de humillaciones.  Por eso, ante la insistencia del escritor español que debate a favor del “ámbito común” (refiriéndose, sobretodo, a la unidad entre América y España gracias a la lengua) para poder apropiarse de una experiencia que no conoce, y para justificar esa apropiación, los lectores sólo podemos pensar en la total falta de ámbito común que es el argumento principal de la novela.  De hecho, los momentos de mayor complicidad y de mayor correspondencia entre los personajes ocurren en situaciones intraducibles, y por lo mismo, imposibles. Como si la falta de contexto común fuera, irónicamente, lo único necesario para llegar a conocer al otro.

Uno de esos momentos se da cuando el narrador se enfrasca en una conversación con un pariente de Li que no habla español. Vemos en esta escena cómo la falta de una lengua común amplía las posibilidades de un lenguaje otro, que se construye, más bien, como un acto de amor. Cito aquí uno de los momentos, para mí, más conmovedores del texto:

“Wen se extendía con su pequeña voz ronca y sus manos a veces formaban una escuela, un libro, un poblado… Cuando sus manos imitaron el vaivén de las olas y unos cuerpos abrazándose, supe que hacía la historia de su viaje a Puerto Rico… En respuesta me hallé hablando, explicando quienes habían sido mis padres, cuándo y de qué manera habían muerto, y con una emoción que iba agarrotándome la garganta, dije que no había tenido la oportunidad de comunicarles, perdones y agradecimientos, recuerdos y añoranzas que su muerte hacía inútiles. Cuando al fin callé, la mano con el reloj enorme se puso sobre las mías. Levanté la cabeza para ver a un hombre que murmuraba un consuelo, que estuve, acaso por primera vez en la vida, dispuesto a recibir” (160-61).

Porque el único consuelo que puede recibir un humillado tiene que venir de otro humillado. Y es que, puede ser, que lo único que compartimos con el resto del mundo, sea, justamente, una predisposición a la humillación y a la invisibilidad, (¡he ahí nuestro ámbito común!) que sólo es posible enfrentar si le vemos el rostro y le llamamos por su nombre, aún cuando sepamos que para la invisibilidad y la humillación tampoco existen garantías: “He habitado los márgenes sin ser libre” (201), es lo último que le oímos decir a Simone, alias Li. Alias Lalo.

Margarita Pintado (Puerto Rico, 1981). Poeta, ensayista, crítica. Ha publicado sus trabajos en distintas revistas impresas y digitales. Su primer libro de poesía de próxima publicación saldrá con la editorial puertorriqueña La Secta de los perros. Enseña literatura y cultura hispanoamericana en la Universidad de Ouachita, en Arkansas. Obtuvo su maestría en la Universidad de Emory (Atlanta). Se pepara para defender su disertación doctoral, Lorenzo García Vega: Poeta sin paisaje, en la misma institución. Para El Roommate editó y prologó el Dossier Lorenzo García Vega además de colaborar con reseñas de los autores Luis NegrónAntonio José PonteChiara Merino y Rafael Acevedo.

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Esta entrada fue publicada el septiembre 4, 2013 por en Ficción, Puerto Rico.

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