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Margarita reseña a Antonio José Ponte (Cuba)

Antonio José Ponte. Villa Marista en plata. Arte Política, nuevas tecnologías. Madrid: Colibrí, 2010.

¿Puede la revolución cubana resistir el embiste de la revolución mediática? ¿Pueden los “oficiantes del miedo” continuar con sus trabajos de vigilancia, y de persecución ante la posibilidad de ser fotografiados, o grabados por cualquiera de sus vigilados? ¿Puede una cámara impedir el golpe, frenar el abuso, erradicar una injusticia? ¿Puede la ciudadanía, con su artillería tecnológica, desestabilizar el orden sagrado que con tanto celo ha guardado el gobierno cubano? El escritor y crítico Antonio José Ponte asume el rol de “escucha secreto” para abordar estas y otras interrogantes en su nuevo libro, Villa Marista en plata. Arte, Política, nuevas tecnologías.

Para armar este libro, enfocado en la siempre compleja relación entre el estado y los artistas, Ponte ha tenido que bajar la voz, enmudecer a ratos, y dejar que sea el rumor mismo el que vaya narrando estas páginas. El autor intenta limitarse a referir en el texto los pedazos de información que le llegan a través de “mensajes electrónicos que otros se cruzaron, de imágenes captadas in situ por teléfonos móviles ajenos, de grabaciones de audio, y hasta de un expediente de seguimiento policial. Entradas de blogs, frases de Twitter, videos en YouTube, archivos digitalizados…” (11). Partiendo de la premisa de que el medio es el mensaje, el escritor “escucha” construye un libro que habla solo, un libro sordo, y parlanchín, en donde cada párrafo aparece sostenido por el flaco hilo de la inmediatez, y de las reacciones en cadena generadas al filo de algún debate entre vigilantes y vigilados. Villa Marista en plata se llena de voces extra oficiales dispuestas a convertir el secreto en información, el rumor en noticia, la intervención del estado en denuncia. La articulación de ese reguero de voces como el centro estructurador, hacen de éste un texto experimental, y un modelo a seguir para aquellos que emprendan la difícil tarea de documentar el presente con los precarios materiales que ese presente ofrece.

En palabras del autor, el libro se ocupa de “la visibilización de la violencia ejercida por el régimen cubano” durante los últimos años (9). La primera parte gira en torno al trabajo de artistas que han hecho de los órganos estatales de represión el tema fundamental de sus obras. Ponte transcribe el guión del cortometraje Monte Rouge (2009), de Eduardo del Llano, en donde se narra el momento en el que dos agentes de la policía secreta llegan a la casa de un hombre para instalar allí unos micrófonos. Lo raro del caso no es la instalación de micrófonos en una residencia privada, sino el hecho de que los agentes no escondan su propósito. Con más descaro que honestidad, estos representantes del estado sientan las bases de una nueva relación entre el poder y la ciudadanía: “En adelante, ellos se harían más visibles, trabajarían en conjunto con sus vigilados. Los nuevos tiempos traían algo más que innovaciones tecnológicas liberadoras… Se hacía necesario un convenio de nuevo tipo entre vigilados y vigilantes, un clientelismo policial de nuevo cuño” (32).

A pesar de no contar con el apoyo del instituto oficial de cine, y de no haber sido admitida en distintos festivales de cine cubanos, Monte Rouge se convirtió en un fenómeno mediático. El cortometraje se exhibió en la televisión de Miami, y “avivó el escándalo ante la omnipotencia del régimen policial, ante la intromisión del Estado en las vidas privadas” (27). Llanos se vio obligado a explicarse, y a retractarse, poniéndose siempre del lado del gobierno cubano antes que de las fuerzas miamenses. Sus posicionamientos políticos daban fe de cómo los nuevos medios de circulación no sólo afectaban la recepción del público, sino la relación que el artista establecía con su obra una vez ésta se le salía de las manos.

A la historia de los micrófonos se une la historia de la exhibición de la obra del artista plástico, Carlos Garaicoa, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Las maquetas del artista representaban, en sus propias palabras, “el espacio privativo de los Estados, estos lugares oscuros, centros de inteligencia, centros de tortura…” (30). Entre las piezas se encontraban: la sede de Stasi, la Base Naval de Guantánamo, el Pentágono, y Villa Marista, prisión habanera de Seguridad del Estado. La exhibición de una obra con tantas connotaciones políticas en el Museo Nacional era otra prueba de cómo las relaciones entre arte, y política en el contexto cubano habían entrado en una nueva fase. Garaicoa era unos de los artistas plásticos cubanos de mayor renombre a nivel internacional, con una obra que había recorrido las galerías de distintos países. La presentación de su obra en la Habana era un modo eficaz, aunque humillante, de fingir apertura política: “Ministro y otras personalidades del gobierno debieron mantener la calma al pasar junto al expositor con las piezas de plata. Debieron detenerse delante de ellas con tal de mostrar su inmunidad…” (42).

La segunda parte del libro, centrada en la “discusión de escritores y artistas a propósito de la censura y la represión estatal” (9) comienza con la retirada de Fidel Castro del ojo público, y la aparición de tres fantasmas en la televisión nacional: Jorge “Papito” Serguera, descrito por Ponte como, “el principal responsable de la censura en la televisión y en la radio nacionales hasta 1973”, Luis Pavón, uno de los responsables del Caso Padilla, y Armando Quesada, “encargado de implantar purgas y censuras en el campo teatral” (53). El súbito retorno de estas figuras –tan representativas de la violencia estatal– en la televisión cubana desató una reacción en cadena, sobretodo por parte de los artistas, quienes aún recordaban cómo sus carreras fueron fulminadas de un día para otro: “Muchos de los que miraban aterrados o incrédulos las pantallas de sus televisores habían logrado salir del castigo y retomar, mal que bien, sus vidas profesionales … Tenían incorporado, sin podérselo borrar, el reflejo de encogerse ante cada movimiento brusco de los alrededores, una reacción propia de los perros que han sido apaleados. Y ahí estaban, en un programa de televisión tras otro, los responsables. Ahí estaban quienes no habían sido castigados nunca, quienes no recibieron sanción, y regresaban indemnes, dispuestos a alardear de cuánto hicieran, empecinados en sus equivocaciones” (54).

Pero esta vez, la televisión, medio de comunicación controlado por el estado, tendría que vérselas con otros medios, más propicios a la subversión: “Los mensajes electrónicos conformaron un torbellino que giró y giró. Los listados de direcciones crecían exponencialmente… El flujo de opiniones exigió una aclaración oficial… Dejó de atravesar los canales usuales, fundó una nueva manera” (56). La amenaza que lanzaba el gobierno al traer de vuelta aquellos personajes, justo en el momento en el que Fidel Castro dejaba la platea pública, quedaba truncada, ahogada en un mar de preguntas y opiniones que conformaban un frente común en contra de la violencia, y de la manipulación ejercida por el gobierno para controlar, mediante el miedo, al pueblo cubano.
En la tercera parte del libro Ponte da cuenta de la existencia de la UCI (Universidad de las Ciencias Informáticas), lugar en el que decenas de miles de estudiantes cubanos se entrenan en el arte de la persuasión, y de la defensa de los ideales revolucionarios (180). Los estudiantes de la UCI participan en foros virtuales extranjeros, interrumpen conversaciones en donde el nombre de Cuba se convierte en la razón del debate, y asumen el rol de “guardacostas” cibernéticos, ofreciendo únicamente la versión oficial del estado. A estos jóvenes, “sofistas en controversias extranjeras” (196), y expertos en el bloqueo de la información, se oponen los jóvenes blogueros, como Yoani Sánchez, autora del blog Generación Y.

Echando mano de un disfraz que consistía de una peluca rubia, un vestido ajustado, y algunas capas de maquillaje, Yoani logró colarse en el Centro Cultural Fresa y Chocolate el día en que se ofrecía una charla dedicada al influjo del Internet en la cultura. La presencia de aquella “gallita”, como la llamaría más tarde una de las moderadoras de la actividad, desestabilizaba el entorno, caldeaba los ánimos de quienes no admitían preguntas que cuestionaran las restricciones impuestas por el gobierno sobre el uso del Internet: “¿Por qué en la Cuba virtual se siguen repitiendo la censura, la coacción, la estigmatización de las personas porque piensan diferente?” (201), preguntaba Yoani, considerada por los personajes que dirigían la mesa redonda como la verdadera represora, pues para los que siempre han sido dueños de la opinión pública, y de la verdad, “La censura estaba representada por blogueros y periodistas en complicidad con las fuerzas internacionales que le ponían cerco a una pequeña isla, a una sociedad que deseaba construir un futuro mejor para toda su gente” (202). A la nación le nacía un nuevo enemigo: los Yoanis Sánchez se multiplicaban (en el texto aparecen también los blogueros Claudia Cadelo y Luis Felipe Rojas Rosabal), y tomaban la palabra, no sólo en sus espacios virtuales, sino en los foros públicos, y en la calle. Armados con teléfonos móviles, salían dispuestos a disparar en el rostro de cualquiera que se atreviera a coartar sus derechos civiles.

Ponte concluye con optimismo al apuntar que, “los oficiantes del miedo tienen miedo a ser descubiertos” (231). Esto se traduce en una garantía, en una recompensa, y en una promesa para el pueblo cubano que vive en la isla, y que ha comenzado a apropiarse de su nuevo rol político y social. La historia de la isla ya no puede ser escrita a puertas cerradas por unos pocos, pues lo que ocurre a puertas cerradas pasa a convertirse en la comidilla de todos los cubanos, dentro o fuera de la isla. Voz y texto viajan, y (re)producen una madeja de decires, que autoriza y desautoriza, legitima, y deslegitima, no sólo a “opositores, blogueros independientes, o artistas incómodos, sino a los portadores de la versión oficial” (235). La diseminación de la información, así como las reacciones que ésta genera, contribuye al vaciamiento del discurso oficial que ahora no sólo tiene que competir con fuerzas políticas concretas, sino también con una gran masa que se desplaza por caminos indetectables.

Villa Marista en plata. Arte Política, nuevas tecnologías es mucho más que un registro de los eventos que han cambiado el diálogo entre el arte y la política durante los últimos años: es la prueba del desgarramiento de un sistema, una puesta en escena de cómo las ficciones históricas se enfrentan ahora a las ficciones, a los filtros, y a los censores creados desde la ciudadanía.
Sin duda, una lectura vital para todos los estudiosos de la historia política, social, y artística de Cuba.

Margarita Pintado Burgos (Puerto Rico, 1981). Estudiante doctoral de la universidad de Emory (Atlanta). Actualmente escribe su disertación, Derroteros y derrotas: Lorenzo García Vega y la victoria pírrica del escritor menor. Dirige, junto a Lorenzo García Vega, el blog http://pingpongzuihitsu.blogspot.com, y tiene un blog de poesía, http://desvalijados.blogspot.com/.

11 comentarios el “Margarita reseña a Antonio José Ponte (Cuba)

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Esta entrada fue publicada el octubre 9, 2011 por en Cuba, Ensayo y Crítica.

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