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Jeff Lawrence reseña a Lorenzo García Vega, Los años de orígenes

Lorenzo García Vega. Los años de Orígenes (1978). Buenos Aires; Bajo la luna, 2007

Debo decir al principio que no sólo soy un recién venido a Lorenzo García Vega, sino también al grupo de OrígenesPor razones personales y quizás por leyes estructurales de la academia norteamericana, los escritores de Orígenes—y sobre todo Lezama

Fig. 1

Lima—han quedado como un hueco en mi formación latinoamericanista.  Mi primera introducción a la literatura cubana se debió al escritor y entonces profesor mío Antonio Benítez-Rojo, cuya filiación literaria él mismo trazó—al menos en nuestras clases—al barroco de Alejo Carpentier y lo que él llamaba la nueva novela histórica latinoamericana, y no a Lezama y sus seguidores.  Después leí a Arenas, al Piñera bonaerense de La carné de René, a Sarduy y a Cabrera Infante, pero aparte de una lectura distraída y mal retenida (distraída y mal retenida por lo difícil)—de algunos capítulos de La expresión americana, nunca bebí directamente de la fuente.  Entre las muchas desventajas que implica este desconocimiento para acercarme al libro de Lorenzo, un texto que medita e impugna y vuelve a meditar sobre los impulsos del grupo de Orígenes y la figura de Lezama, la única ventaja que logro concebir es ésta.  Leer a Lorenzo antes de leer a Lezama Lima en el 2012 puede parecer un acto frívolo, pero en un futuro próximo sospecho que ese procedimiento sea más común.  Pues Los años de Orígenes no es sólo un libro alucinante sino también un libro que ilumina un periodo histórico y un mundo literario—un libro, a mi parecer, que está destinado a un devenir clásico.  Así que aquí me pondré en el lugar de ese hipotético lector futuro que se aproxima al mundo de Orígenes por los ojos del exilado y marginalizado Lorenzo García Vega, en lugar de comenzar con el barroco intricadísimo de Lezama Lima.

Desde las primeras páginas, Los años de Orígenes se nos presenta como un libro híbrido, heteróclito, herético.  Escrito en 1978, una década después de que Lorenzo se exilió de Cuba, dejando atrás a su hija de 4 años, el libro tiene un tono acérbico e irreverente que no deja intacta a ninguna mentira piadosa sobre la cultura cubana.  A nivel formal, el libro se compone de fragmentos sobre Cuba escritos desde Nueva York, desde Miami (Playa Albina), desde los recuerdos de Madrid.  La visión del conjunto se atiene al consejo que Lorenzo le ha escuchado a su amigo Carlos M.: la novela cubana del exilio debería ser como un collage.  La pulsión vanguardista se ve en un constante tejer de formas y de formulas: un ensayo sobre el poeta modernista Julián del Casal se mezcla con citas de Freud que se mezclan con imágenes de la niñez en Camaguay que se mezclan con largos párrafos exegéticos sobre el Paradiso de Lezama Lima.  Pero pronto nos damos cuenta de que hay una teoría detrás de esta locura, una teoría que yo no dudaría en llamar sociológica: la gran tradición cubana del siglo XX no se debe a una capacidad creadora sino al intento de trascender una condición mezquina y periférica que la literatura busca pero no logra evadir. Con una furia que crece a lo largo de los capítulos, Lorenzo procura desmitificar la cosmovisión de Lezama y los origenistas sustituyendo por sus metáforas más poderosas las condiciones reales que las generó.  ¿Por qué a Casal, el precursor origenista, se le ocurrió escribir en una colonia tropical azucarera sobre la nieve que baja del firmamento?  ¿Por qué Lezama sólo se atrevió a publicar las escenas sexuales de Paradiso después de la muerte de la madre?  Lorenzo quiere reemplazar la imagen de los años de Orígenes como una “fiesta innombrable” con la imagen del mundo lezamiano como un ambiente constreñido, católico, y castrador.

Lo más impresionante del libro, sin embargo, no es exactamente su forma experimental ni su tesis arrasadora, sino la manera en que Lorenzo logra hilvanar sus argumentos con un estilo que va desde la invectiva a la apología a la parodia al cri-de-cour, siempre

Fig. 2 Dibjuo de José Lezama Lima, 1955

con un repertorio poético que hipnotiza al lector.  Si una de las búsquedas del texto es la de un lenguaje alternativo al barroco—el capítulo “Método jesuítico” simula genialmente a los escritores miedosos que no tienen más defensa que la logorrhea perifrástica—el uso anafórico de cópulas básicas (“y”, “pero”, “es que”, “por lo que”) llega a tener casi la fuerza del silogismo:

“Por lo que, después, llegó el boom y reconoció a Lezama; por lo que después se dijo que Orígenes había sido una de las mejores revistas del idioma; por lo que, después, los muchachos castristas…reconocieron a Eliseo Diego como a un gran poeta; por lo que, después, los muchachos que habían sido traídos de niños a la playa albina, al exilio, empezaron a soñar que había habido una fiesta innombrable…” 

Una desmitificación de la historia cultural cubana de 1930-1970 en cinco cláusulas.  Por lo que…¿cómo no?  El lenguaje claro y repetido tiene en sí la dinamita para hace estallar la poética barroca.

La mención de la consagración de Lezama por los escritores del boom—varias veces Lorenzo llama a Lezama “la momia del boom”—me lleva a una observación general sobre los años en que sale por primera vez el libro de García Vega.  A nivel latinoamericano, Los años de Orígenes pertenece a un período de hastío por muchos escritores con respecto al fenómeno del boom.  Los años de Orígenes comparte con El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), la extraordinaria novela final de José María Arguedas, una estrategia que Lorenzo designa el argumento ad hominem.  Para los escritores que se sentían tapados por los gigantes del boom, escribir con una diferencia estética no parecía tener tanta resonancia como una mentada de madre textual, con nombre y apellido.  Así Arguedas despotrica contra Cortázar y Carpentier en las páginas de su novela, así Lorenzo nombra y blasfemia a Lezama, a Sarduy, a Cabrera Infante en Los años de Orígenes.  Aunque por momentos esta táctica parece basarse más que nada en el rencor—el capítulo “De dónde vienen los Severos”, que equipara el neobarroco de Sarduy con un “travestismo ideológico” de Fidel, se lee hoy como el más reductivo y fechado del libro—habría que señalar que el ataque ad hominem, el referirse a escritores reales para explicar un ambiente cultural, es hoy en día una de las herramientas más útiles de la literatura latinoamericana (veáse, por ejemplo, el Octavio Paz de Los detectives salvajes).  Útil, sobre todo, porque ayuda a deshilvanar el contexto que yace detrás de cualquier texto, grupo, o ambiente literario.  Lorenzo lo entiende bien: “¿Es que no se siente la necesidad de decir sobre el contexto humano desde donde surge [la] obra [de Lezama]?  ¿Es que no se sospecha la trampa en que se cae cuando se considera a Paradiso como un texto independiente?”  Destruir la noción del texto autónomo por situarlo de una “circunstancia” histórica, personal y social es una de las metas más sostenidas de Los años de Orígenes.  Hacer, en otras palabras, cultural studies, antes de que muchos de los latinoamericanistas académicos pensaran en hacer cultural studies.

Llegamos, por último, al lugar de enunciación de Los años de Orígenes.  Literalmente, pero engañosamente, Estados Unidos.  Porque si el exilio de Lorenzo se asemeja de algún modo a la diáspora cubana radicada en este país—residencia en Miami, después de un periplo por España y Nueva York—la precariedad de vida de Lorenzo es un constante desafío a todas las bandas cubanas: los origenistas que se quedaron sin otra opción que amurallarse o mutarse, los jóvenes castristas que emergieron a crear la “nueva moral”, y los exilados que buscaron nuevos infortunios en el capitalismo norteamericano.  Lorenzo, a diferencia de todos, procura oficios temporarios: trabaja como portero de Gucci, luego trabaja como bag boy en un supermercado.  La ironía tremenda del escritor que dejó al Cuba comunista para ganar menos dinero en Estados Unidos sirve para anunciar que hay otra posibilidad.  De esa otra posibilidad escribió y vivió Lorenzo.  Y de ese otro lugar produjo un libro que me ha conmovido como ningún otro libro en los últimos dos o tres años.  Todavía me toca leer Paradiso para desmentir todo lo desmentido.  Pero por ahora me quedo con el sabor de Los años de Orígenes, un clásico futuro de la literatura cubana.

Jeff Lawrence (Utah-California-México-Amherst-Montevideo-Princeton, 1983) se resiste a escribir su propia biografía. Es uno de esos gringos raros, con un acento en español tan perfecto como ilocalizable, consumidore incontrolable de literatura, amante del Río de la Plata, y roommate consecutivo de dos puertorriqueños. En mañanas de resaca lo he visto leer a Pynchon, a Borges, a Piglia, a Faulkner, a Henry James, y siempre, siempre, a Bolaño. Escribe una tesis sobre el concepto de experiencia en narradores de las dos américas (entre ellos Walsh, Bolaño, Kerouac y Bukowski)  en el departamento de Literatura Comparada de la Universidad de Princeton. En El Roommate ha reseñado a Pola Oloixarac  y a Junot Díaz.

4 comentarios el “Jeff Lawrence reseña a Lorenzo García Vega, Los años de orígenes

  1. J. Prats Sariol
    agosto 22, 2012

    Esperemos que Jeff lea Paradiso-Oppiano Licario… Por lo pronto resulta una simpática sorpresa que considere Loa años de Orñigenes como “destinado a un devenir clásico”.

  2. Margarita
    agosto 22, 2012

    Jeff, brillante tu texto. Y bueno, más que “simpática sorpresa”, tu pronóstico me parece muy lúcido. De hecho, Los años de Orígenes es ya un libro de culto, clásico a su manera.

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Esta entrada fue publicada el agosto 22, 2012 por en Dossier Lorenzo García Vega.

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