Martina Barinova reseña las obras de teatro de Chiqui Vicioso (República Dominicana)

El Teatro según Chiqui Vicioso. Antología. Ediciones Ferilibro, Santo Domingo. 2016.

“Una anciana se levanta lentamente de la maleta en la sala de su casa.” (87)

Esta es la primera escena de la obra teatral Nuyor Islas de la poeta, dramaturga y ensayista Dominicana Chiqui Vicioso. ¿Acaso podría ser un pedacito de ella misma saliendo de esta maleta?

Chiqui Vicioso (Luisa Angélica Sheherezada Vicioso, 1948, Santo Domingo) presenta en la antología El Teatro según Chiqui Vicioso sus obras de teatro escritas entre los años 1996 y el 2002 junto con dos ensayos suyos y seis reseñas críticas de otras teóricas. Vicioso ha compuesto este libro con la generosidad y la dedicación de una estudiosa comparable al trabajo de sus predecesoras, otras dramaturgas, escritoras e intelectuales caribeñas. Si digo que es una autora-editora generosa me refiero a la accesibilidad de esta antología gracias a la cual también una “visitante” en el campo de teatro, mucho menos del teatro de las Antillas, o del teatro de la diáspora, puede comprender las obras, su contexto y, sobre todo, relacionarse con las protagonistas. Casi podría recomendar esta antología como libro de texto para estudiantes de literatura y teatro, esto dicho con respeto y admiración, porque es una virtud hablar o escribir sobre temas complejos o muy específicos de forma que un laico pueda experimentarlas plenamente. Al toparme con esta antología en una biblioteca de Berlín, sentí que descubrí un mundo nuevo, y al mismo tiempo, que las protagonistas de las obras me estaban esperando allí para hablarme. Para contarme un poco sobre la realidad de la mujer dominicana de  clase media, de una emigrante caribeña en Nueva York o en París, y para compartir pedazos de la vida de unas mujeres fuertes de la historia de su país, desde un punto de vista muy femenino, muy íntimo.

Inmediatamente aprecié la introducción donde Chiqui Vicioso hace un recorrido de la historia del teatro “dominicano” a partir del año 1492, enfocándose en el papel de las mujeres en la producción teatral, concluyendo con unas páginas dedicadas al trabajo de sus contemporáneas tanto en la isla como en diáspora. Este preámbulo le permite brindar aplauso colegial a las otras teatristas de su país y propagar un poco este subgénero de teatro tan marginal, y tan bello. Informada así del contexto esencial, una ya puede entrar a la lectura de las ocho obras de Chiqui Vicioso: Trago Amargo/Wish-Ky Sour, Perrerías, Nuyor Islas, Salomé U: Cartas a una ausencia, Magdalena, Obra, La Carretera y Andrea Evangelina Rodríguez. Cada una es precedida por una breve introducción de los antecedentes o motivaciones para crear esta pieza y una descripción del carácter técnico; el número de actores y el reparto de papeles, y los requisitos de la escenografía (uso específico de objetos, luces y sonido). En todas las obras impresiona el minimalismo. Y cuando digo impresiona, no es solo para aplaudir la ingeniosidad de la autora, sino también para describir el efecto emocional que tiene en el público este tipo de concepción teatral.

Insisto que el uso de un mínimo de recursos contribuye a sumergir al espectador dentro de la obra. A veces actúa solo un actor o actriz, típicamente dos, lo máximo cuatro o cinco, las obras tienen lugar en un espacio doméstico, tradicionalmente femenino, (una habitación o sala, unsalón de costura), duran alrededor de unos 60 minutos o menos. Pues, no hay que escribir una epopeya para trasmitir el mensaje. Si ésta fuera una crítica teatral, podríamos analizar los procedimientos del teatro posmoderno o experimental que emplea cada una de las obras. Aquí me contento con mencionar algunas: la autorreferencialidad en Nuyor Islas o en Salomé U: Cartas a una ausencia; el desdoblamiento del personaje en Trago Amargo/ Wish-Ky Sour, en Salomé U: Cartas a una ausencia. Ya que en casi todas estas obras el habla del personaje consiste de un diálogo interno o del monólogo dirigido a alguien quien no está presente en la escena, las obras exigen participación del público (aunque indirecta) a un nivel muy intenso. En Magdalena, incluso, los actores se entremezclan e interactúan con el público directamente. En casi todas las obras, la autora aprovecha los monólogos/diálogos de sus personajes para emplear el juego intertextual e introducir textos de Virgilio Piñera, Salomé Ureña, Juan Bosch, Aimé Césaire o de los cantantes, Silvio Rodríguez o Edith Piaf.

Claro está que estas piezas teatrales se dirigen hacia un público consciente, educado y hasta cierto punto familiarizado con el contexto del que nacen los personajes. Por otro lado, Vicioso construye – en forma de introducciones y dentro de los papeles mismos – un puente para que puedan entrar en sus obras públicos variados y los temas que trata no se queden dentro del mismo círculo cerrado sino que salgan a la luz. Una vez satisfecha, hasta saturada, después de leer los ocho guiones, me quedo con un universo de historias y voces que se quedan conmigo casi tangible, pero no sé cómo ubicarlas en la biblioteca virtual de mi mente. Tal vez para no dejar las impresiones de la lectora “colgadas en el aire,” tal vez para apreciar el trabajo (laborioso, honesto y tan poco valorado) de las críticas y estudiosas, está la tercera parte del libro compuesta por ocho ensayos. Seis de ellos son reseñas escritas por teóricas del mundo de letras hispanas (Nancy Morejón, Beatriz Risk, Yolanda Ricardo Garcell, Vivian Martínez Tabares) seguidas por biografías de éstas mismas. De nuevo tengo que enfatizar aquí la consciente organización sinóptica de la publicación que abarca tanto el contexto histórico como las vistas contemporáneas sobre el teatro.

Pero basta ya del comentario de la estructura de la publicación, lo que más nos interesa son las obras. Las ocho se enfocan en mujeres, concretas o representativas de cierto ámbito, el enfoque es en el mundo interior de las protagonistas en conflicto con su entorno social. Lo importante es que las historias singulares tanto como las compartidas reflejan cómo ellas experimentan íntima- y emocionalmente su situación dentro de una sociedad que les impone ciertos papeles y expectativas, y cuánto cuesta salir de estos escenarios. Podría decir un maleducado, ignorante, como el hombre que exclama molestamente en la audiencia interrumpiendo la obra Magdalena (Sabremos que es el actor camuflado dentro del público.):

“Yo vine para ver una obra sobre la Magdalena de la Biblia. Y, ¿qué es esta vaina? Ahora resulta que esta obra es sobre sirvientas que se meten a prostitutas… Debí imaginármelo. Si Chiqui fue la que la escribió, tenía que ser feminista. Yo ya estoy harto de clichés…”

[Otra actriz sentada en el público, le responde]:

 “¿Qué tiene que ver ser feminista con que abusen sexualmente las trabajadoras domésticas?

(él refuta…) “Eso e´ “pan comío””

(Y ella vuelve a riposta) “Tan “comío” es que sigue pasando en el pleno 2006!”(Magdalena, 144-145)

No, yo no veo ningún cliché en las obras de teatro de Chiqui Vicioso. Sí, trabaja temas de la opresión de mujer persistentes en su región, pero por lo mismo que siguen existiendo y siendo tolerada por una parte de la sociedad, hay que insistir. Vicioso explora maneras de presentar estos temas de forma (esceno-)gráfica y profunda, apoyándose en conocimientos adquiridos durante años de incasable trabajo en el campo de derechos de mujer e investigación sobre personajes históricos femeninos como Julia de Burgos o Salomé Ureña. En sus obras aparecen protagonistas-víctimas que personifican el orden social que permite el discurso machista, abuso sexual y laboral, y se conforman. Se conforman con las pocas opciones que les quedan para salir de la miseria – o, pasar de una miseria a la otra. Estas mujeres-víctimas no tienen que ser solamente mujeres de clases bajas (como las Magdalenas abusadas en Magdalena y La Carretera), sino también señoras de buenas familias marginadas por su edad o estatus de inmigrante (como en Trago Amargo o Nuyor Islas, respectivamente). Por otro lado aparecen personajes increíblemente fuertes, como Angela Evangelina Rodríguez. O voces emancipadas del mismo personaje subalterno (por ejemplo, la desdoblada Helena II en Trago Amargo) que se oponen al discurso opresivo. Chiqui Vicioso presenta temas femeninos de los que “no se suele hablar,” como es la vejez, la soledad o el alcoholismo entre las mujeres.

Trago Amargo/Wish-Ky Sour y Nuyor Islas tienen en común el motivo de la soledad de una mujer mayor, de clase media, pero son dos soledades distintas. Helena I, la protagonista (desdoblada) de Trago Amargo es una mujer de tercera edad que lleva una vida según las normas y expectativas: está obsesionada por su apariencia y consciente de que vive una vida vacía, comparte a su esposo con la amante (“adultez debería ser algo más que la capacidad de adulterar,” 44), y se consuela en tragos lujosos con nombres provocativos como “Sex on the beach” y telenovelas. Su voz interna, personificada por la inteligente, emancipada y cínica Helena II, es el alter ego que no quiere perder su personalidad para conformarse. El juego de palabras en el título expresa la vanidad de esta vida que consiste en “esperar la muerte con dignidad” (55) . La incapacidad de salir de la trampa de su mente deseosa (wish) pero amargada (sour) resulta en que su Helena II abandone a su Helena I y la deja esperar en una soledad total mientras que “la tercera edad comience a éter-minarla” (52).

La soledad de Doña Ramona en Nuyor Islas es la soledad que experimentan las personas que vuelven a retirarse a la isla después de años en diáspora – para pasar sus últimos años rodeados de familia. Pero se encuentran a-isla-dos de otra manera, pues sus lazos han sido interrumpidos. Doña Ramona, en su conversación-monólogo dirigido hacia un cobrador de electricidad, refleja un proceso de adaptación, conflictos generacionales y cambios de perspectiva que experimentó durante su vida en Nueva York, donde también tuvo y perdió a su única hija.

Dos obras – odas a personajes femeninos históricos – trabajan las historias personales de dos pioneras dominicanas, una en el campo de letras y educación, Salomé Ureña de Henríquez, y la otra en el campo de medicina, Andrea Evangelina Rodríguez. Las dos tuvieron que luchar por sus ideales, carreras y enfrentar contratiempos. En particular la obra Andrea Evangelina Rodríguez es una impresionante, casi patética, personificación de la resistencia increíble de una mujer negra en el mundo de hombres. De cierta manera también estas dos obras son historias de una gran e insoportable soledad.

Perrerías es quizás la más experimental de todas. En forma de una interrogación o reportaje, se desenvuelve el caso de una mujer caribeña perdida en París. A través de los testimonios de distintos personajes con nombres representativos (el “tigüero,” la madre, la loca, el desorden, la mística) se presentan diferentes versiones de la misma mujer. La complejidad de la obra y su genio se halla no solo en la narraturgia donde cada parlamento conlleva tres niveles de narración, pero además en el juego con efectos visuales. No quiero revelar más aquí, pues no le haría justicia a la obra y sería un spolier mal hecho. De las ocho, Perrerías es la obra que más quisiera ver en vivo. Lo que sí puedo revelar y lo que la une con el resto de los textos, es que la personalidad excepcional de la protagonista está cuestionada desde diferentes burbujas sociales.

Otra obra que necesitaría ver para alcanzar una imagen completa de lo narrado sería Magdalena, un intento de musical. Trata el doloroso tema del abuso sexual de mujeres trabajadoras. Los mismos personajes luego entran en la sala de la sicóloga, la protagonista y voz narrativa principal de la obra La Carretera. De las bocas de estas mismas mujeres violadas, maltratadas y en peligro, escuchamos justificaciones y excusas de sus abusadores, y del mismo ambiente social que lo permite. Al final es la sicóloga quien, en su encabronamiento justo, parece reaccionar de forma exagerada. Pero no, solo es que su voz es tan pequeña contra el discurso dominante.

¿No sería más fácil acabar con el tema con un simple:

¡Pero esas son mujeres del Tercer Mundo!

¿Eh, Desdémona?

¡Son mujeres del tercer Mundo!

Dirán los blancos europeos, rubios y de ojos azules.

¡Son hombres del tercer Mundo!

Exclamarán viendo a Otelo, príncipe de Venecia, asesinando a su blanca y rubia Desdémona.

¡Tenía que ser un negro!

Exclamarán con Shakespeare, los hombres blancos rubios y de ojos azules que en la guerra de Bosnia violaron a más de dos mil mujeres, bancas, rubias y de ojos azules…” (La Carretera, 169)

La respuesta es no: porque una vez que escuchamos, nos fijamos que “nos pasa a todxs,” como diría Amaia Pérez Orozco y como sugieren estas últimas líneas/versos, de la boca de la sicóloga en La Carretera.

Acabo de leer ocho obras teatrales sobre mujeres caribeñas en distintas épocas y lugares en el mapa mundial. Me conecté con cada una de ellas. No sé cómo son los bares a los que salen a tomar sus tragos amargos las mujeres cincuentonas adineradas, abandonadas por sus esposos. No sé cómo es trabajar en una fábrica en un país extranjero o en un salón de costura, ni mucho menos en un prostíbulo. Pero sé que hay voces dentro de cada mujer que nos traicionan, y también hay voces que nos empujan y nos dan fuerza donde uno pensaría que no es posible levantarse. Son voces rebeldes, y son voces que muchas veces callamos porque no sabemos cómo salir de allí/aquí aunque sabemos que algo está esencialmente mal en el momento o lugar presente. Si la sociedad, la vergüenza o el miedo no permite que se escuchen, necesitamos actores y actrices que hagan el trabajo por ellas (nosotras) para que, desde un lugar “distanciado, los que escuchamos tratamos de cambiar el orden de las cosas.

Puede que el distanciamiento sea la cualidad que buscamos en el teatro en nuestros tiempos de cultura masiva (¿cultura?) de consumo, hiperestimulación, informaciones rápidas y mensajes “pre-de-codificados”. Este distanciamiento que se crea entre el espectador y el/la/lo puesto en la escena a través del cual logramos acercarnos aún más a las realidades tan lejanas a la nuestra. Hasta que nos fijamos que no son lejanas para nada. Porque lo íntimo, lo que es tan difícil de nombrar con las palabras, pero se puede sentir cuando miramos un cuerpo moverse, escuchamos música y voces distintas, es lo que nos conecta a todxs. Creo que Chiqui Vicioso demuestra una excepcional voluntad de difundir las que no deben ser des-escuchadas entre todes las que queremos escuchar – sin esperar más gratificación que el mismo hecho de compartirlas. Todas sus obras de poesía, prosa, ensayo, y teatro están accesibles en su página web https://chiquivicioso.com/ .

Martina Barinova (Prerov, Republica Checa, 1990) terminó su maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nebraska-Lincoln en mayo 2017 con la tesis titulada El rock en Nicaragua: un discurso de resistencia contra la neoliberalización o una re-definición de la tradición. En la actualidad estudia en el programa doctoral del departamento de Literaturas romances en Palacky University en Olomouc, República Checa, mientras trabaja como maestra. Para El Roommate ha reseñado a las autoras Josefina Baez , Samantha SchweblinFernanda Melchor , Guillermo Rebollo GilSayak Valencia ,

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