Xavier Valcárcel. Los nidos. San Juan: Riel, 2025. 175 páginas.
Hace un tiempo conocí al poeta y artista visual Xavier Valcárcel (Puerto Rico, 1985). Leí El deber del pan, que me pareció un libro elocuente y preciso sobre los afectos y la soledad. Esa lectura fue el inicio de mi interés en su trabajo. Le seguía la pista por las redes en sus visitas a Cayey, que eran frecuentes, y se relacionaban con el proyecto de escritura de una novela. Hoy presentamos Los nidos (Riel, 2025) novela de archivo, novela homo erótica, novela queer, novela de una generación de autores, la cuidada novela de un artista visual que además ha sido curador e investigador y que, luego lo supe, fue desde muy joven, viajero, mochilero, con varios destinos, entre ellos México.
Hablar sobre este libro tan formal e intenso es posible desde varios acercamientos. Entre las entradas posibles, me dejo llevar por el título: Los nidos.

El tiempo de la historia en primer plano es breve: tres artistas viajan de Yucatán a Ponce para traer unos pigmentos y recoger un cuadro destinado a un cliente en la Ciudad de México. La angustiosa huida de uno solo de ellos marca el final abierto de la novela.
El tiempo de la historia es la primera década del siglo pasado, y el contexto preciso, las experiencias migratorias en los primeros años de la ocupación estadounidense: el país empobrecido por las políticas de buitre del nuevo régimen. En aquel tiempo, se estableció todo un negocio de esclavitud asalariada por empresas que coordinaban las migraciones a Hawaii, así como la menos conocida red de migraciones a México. El proceso fue documentado por Teresita Torres Rivera en su libro “Vamos a México”: la ruta de los emigrantes puertorriqueños a Yucatàn y Tabasco, a partir no sólo de redes genealógicas, sino de la lectura de documentos y de la prensa puertorriqueña de aquellos años, tan fogosa, comprometida y bien escrita, que nos devuelve al país cotidiano sumido en la pobreza y el descuido del régimen estadounidense.
El protagonista de la novela, un joven negro llamado Hilario, emprende el viaje a México para escapar de la persecución de las fuerzas oscurantistas que gobiernan su pueblo natal, este Cayey de las brumas, sede desde tiempos de España de cuarteles militares. Ya en México logra escapar de la esclavitud mal asalariada para encontrarse en la luminosa ciudad portuaria de Progreso, y relacionarse con un maestro pintor. Allí hace su aprendizaje, conoce a dos artistas mexicanos, Alber y Vicente, y acepta la encomienda de regresar a esta isla de la simpatía, como la llamó el poeta Juan Ramòn Jiménez, con sus dos amigos, dos jóvenes formados en el mismo taller, donde, además de bellos oficios, manifiestan con alegría su sexualidad en un ambiente libre de rencores y violencia.
Cuando aceptan la encomienda de traer una caja de pigmentos a Puerto Rico, a la residencia y taller del pintor, escenógrafo y músico ponceño Juan Narciso Ríos Rodríguez, patriarca de una numerosa familia de artistas, emprenden su viaje con la misma alegría, sin anticipar los peligros que acechan en un ambiente de intolerancia. No hablaré de la trama del viaje, sino de los lugares que el autor capta y expresa con la inteligencia de quien ante un documento inerte o descartado, fotos, libros, crónicas, anécdotas y recuerdos familiares, nombres de lugares, les da esa vida en una escritura precisa, detallista: los documentos hablan y respiran y se convierten en voces, en esta novela. Como sugería la historiadora y novelista mexicana Cristina Rivera Garza: el documento cobra voz.

Seguiré la pista del título para comentar y destacar algunos lugares del libro, y la forma del libro mismo. La palabra nido, es muy rica en sentidos, a partir de una metáfora elemental: el instinto lugareño de los pájaros, así como de otras criaturas. Los nidos se fabrican con materiales encontrados, asombrosamente diversos. La escritura se hace eco de la paciente precisión de esas criaturas que encuentran en sus alrededores, como los humanos recolectores, los materiales para construirse sus espacios. Podría decirse que la precisión formal del artista parte de una amplia actividad recolectora. La novela es un nido, que atrae, como los de algunas aves, sumando objetos llamativos, además de las hojas cortadas y las ramitas que sostienen la estructura. Varios escenarios atrapan y deslumbran: la ciudad de San Juan, la estación del tren en Aguadilla, el taller y residencia de la familia ponceña, un bohío en la hacienda Lucía y una casita en el mismo predio, ese lugar del valle de Cayey que todavía defendemos para que se conserve como la imprescindible reserva agrícola de la isla grande, asediada por la especulación.
En el capítulo de la recepción en Ponce para celebrar a los artistas que traen los colores de México a la isla, hablan fantasmas encarnados en papel, como Miguel Pou y otros. Es quizás el punto de anclaje de la estructura de la novela. La escena donde Alber describe el contenido de la caja de pigmentos es uno de los lujos del libro. La descripción de los pigmentos hechos a mano, con ingredientes de la tierra y del aire, entre ellos insectos que figuran ya en el arte pre hispánico, como la cochinilla, tiene el aire de palabra mágica o sagrada, pero en cuanto mercancía ya durante los siglos XVI y XVII la grana alcanzó el segundo lugar como producto de exportación, después de la plata. México exportaba sus colores como China la seda, y al exportar sus colores ocultaba sus secretos. El rastro que dejan las mercancías es la ruta de los intercambios culturales de siglos, cuando esa ruta, a pesar de los peligros de piratas y asaltantes de caminos, no estaba cerrada y clausurada, como ahora, y probablemente un comerciante caribeño, gracias a sus contactos, algo sabía sobre la realidad material de las Filipinas o Afganistán.
Citaré unas palabras de la ceremonia de la presentación de las luces mexicanas en el taller del ponceño en la voz de Alber:
“Primero las cuatro docenas de pastillas de azul añil, hechas con jiquilite. Es un proceso largo. Más de cincuenta hombres trabajando en eso… Las semillas se siembran en cerros justo antes de las lluvias de mayo” (capítulo 10).
…. Esto para producir un azul muy acogedor de cambios.
No menos lento y preciso es el proceso de extraer rojos del insecto cochinilla, y negros y púrpuras de entre otros ingredientes vegetales y animales, palo de campeche, cempasúchil, o flor de los muertos.

La presentación de los pigmentos en el taller del artista ponceño tiene un tono ceremonioso, al narrar el cultivo o recolección de materias primas, y la lenta elaboración transformadora, que emplea obreras y obreros en cada fase. No obstante, la pieza que más ilusiona al pintor ponceño es un trozo de lapislázuli, comprado a un árabe en el mercado de Progreso y que viajara hasta ese extremo del Caribe desde las minas de Afganistán. Se trata, pues, de un nido armado con el trabajo de obreros y el conocimiento de las rutas planetarias.
En un plano de pareja importancia al despliegue de los pigmentos, se nos presenta la escena del altar de la devota dueña de la casa, el espacio donde la mujer tiene sus altares, como lo tuvieron nuestras abuelas y tías:
”las tres velas de cebo con guardabrisas, prendidas entre tallas de vírgenes y santos, una copa con agua, un gran rosario, una estatuilla y una pintura del Ánima sobre tabla. Viendo aquello, fue inevitable que Hilario pensara en su abuela Dolores, en el altar humeante junto a la entrada de su casita allá en Cayey. “ (117)
Esas vibraciones atraen al puertorriqueño Hilario con la intensidad de una fuerza espiritual heterodoxa, hecha de fragmentos de panteones de orígenes diversos, que quizás, fue, o sigue siendo un arma de resistencia.
Otro nido, remite a la casa de la abuela en Cayey, con su fogón de piedra, tan generoso en la pobreza. Es en esa casa muy triste donde habita la loca, no en el desván, como en las novelas clásicas inglesas, sino en la tierra misma, debajo de la casa. Ahí se recoge la mujer enloquecida desde la muerte del padre de Hilario. La pobreza de nuestros orígenes y la sobrevivencia abrigan la casa nido y en ella la fortaleza de la abuela,
“su olor a leña y a tierra y piedra mojada, el hueco entre sus pechos donde cerrar sus ojos y no ver ni escuchar nada, … la casita en medio del valle Aquellos eran los nidos a los que pertenecía.” (. 118).
El oscurantismo social, la vigilancia policial que tan bien describió Fernando Picó en su libro sobre Cayey, provoca la ruptura entre el protagonista y el país de su nacimiento, precipitando un final tenebroso, que me cuido de compartir, no porque la novela sea como una de esas que perderá lectores si se conoce el final, sino porque se trata de un final abierto, que podría referirse a la conciencia ética del perseguido ante la violencia de la intolerancia.
Queda en el trasfondo de la novela la figura de un primo de Hilario que llegaría a ser pintor de renombre local: Ramón Frade León, cuyo sesquicentenario celebramos este año. El taller de Frade fue un lugar de la memoria, un nido para su obra pictórica y fotográfica. En cierto sentido, Frade fue el artista que todo pueblo necesita, por haberse dedicado al registro de la tierra que le dio la vida. Su figura no debe perderse, pues escogió dejar una huella de lo que de otra forma se hubiera perdido en la desmemoria del colonialismo.
Para concluir, esta novela es hermosa por su cuidada forma y el registro de relatos reprimidos por la intolerancia. Es una novela histórica documentada con rigor, pero el rigor no excluye, sino que resalta la belleza de un lenguaje asombrosamente preciso y detallado. En sus tonos, como los de los nidos de aves y los pigmentos de la tierra y sus criaturas, usa los materiales que el autor ha ido descubriendo y cuidando y conservando con el rigor y amor que también asociamos con Frade. Que se escriba así en el caos de un país que se derrumba entre confusiones y políticas públicas destructivas parece un milagro. Para mí es un brote de vida en el caos, una novela conocedora de la tradición caribeña y latinoamericana y a la vez una novela nueva, por destacar los afectos homo eróticos, una novela “queer”, por sus trazos alucinantes y la fuerza de quien escribe no para complacer a un público lector conforme a las batallas culturales del momento, sino para alumbrar y renovar e incluso asegurar, transformándola, la vitalidad de una literatura centenaria.
Marta Aponte Alsina (Puerto Rico, 1945) es autora de las novelas Angélica furiosa (1994), El cuarto rey mago (1996), Vampiresas (2004), Sexto sueño (2007), El fantasma de las cosas (2010), Sobre mi cadáver (2012), Mr. Green (2013), La muerte feliz de William Carlos Williams (2015, 2017), Los botánicos alemanes (2022) y Borinquen field (2024). En 2018 publicó PR 3 Aguirre, un libro que alterna entre lo documental y lo imaginativo. También es autora dos libros de relatos: La casa de la loca (1999, 2001), Fúgate (2005) y Desenlace: Cuentos de fantasmas (2021), y de muchísimos ensayos, algunos de ellos reunidos en Somos islas: ensayos de camino (2015) y en otros medios en Puerto Rico, América Latina, Estados Unidos y Europa.

