Carlos reseña a Sergio Waisman (Argentina-New York)

Sergio Waisman. Irse. Rosario, Argentina: Editorial Bajo Luna, 2010. 234pp

La cartografía de la vida moderna no se reduce a la linealidad ininterrumpida de las genealogías. Más bien, el recuerdo se ve forzado a caminar un trayecto fragmentario, múltiple y rizomático – un camino minado – que se dirige siempre hacia un origen que sin embargo se niega a mostrar la cara: es tal vez ésta una de las múltiples intuiciones de Irse, la primera novela de ese escritor nómada que es Sergio Waisman. Llegar a la infancia para encontrar ya no un origen sino la inexactitud del recuerdo imaginado. Ya conocíamos a Waisman mediante sus traducciones y su crítica – traducciones de grandes miembros del canon latinoamericano tales como Ricardo Piglia, Leopoldo Lugones, Mariano Azuela. Ya conocíamos al Waisman crítico, autor de un libro sobre Borges y la traducción. Pero no conocíamos al Sergio Waisman que en ésta su primera novela se propone desestabilizar los fundamentos del relato autobiográfico desde su propias bases: implotar el género desde adentro. ¿O sí? Como los grandes novelista que ha traducido, Waisman tiene también su costado obsesivo, sus temas y su proyecto: la novela mantiene un incesante diálogo con su profesión de traductor, con su proyecto de proponer a la traducción como problema teórico y como práctica literaria. Ya desde un principio, el problema se nos presenta como algo infranqueable: la novela, publicada en español por la editorial argentina Bajo Luna, es de por sí una traducción de su novela en inglés titulada Leaving. Es este meramente el primero de los múltiples desplazamientos que se encargarán de asegurarse de que la novela se aleje constantemente del peligroso territorio de la mera memoria. Más aún, para complicar el caso, es ésta una traducción que el propio autor lleva a cabo él mismo, poniendo en escena una de las grandes problemáticas de la novela. Ya nos lo advertía el autor en esa especie de prólogo titulado “Palabras Iniciales en Castellano”:

La traducción es así: se lee un texto pero se oye otro, los textos son el mismo pero en idiomas diferentes; no pueden ser el mismo pero lo son.

Contra el esencialismo predominante que reina en los géneros del relato de vida con los que juega Waisman – la autobiografía y la memoria – contra el nacionalismo imperante que encuentra la esencia de una vida en una genealogía, en una lengua, en un territorio, en un proyecto nacional, el autor se las juega todas y propone una constante puesta en escena de las crisis de éstas categorías. Así, una novela que se presenta como un monólogo que intenta relatar la cartografía errante de una vida de despedidas y regresos, se ve interrumpida una y otra vez por una voz que desde el otro lado de una mesa imaginaria lo interpela, forzándolo a repensar su discurso, a volver sobre lo relatado tal y como el traductor vuelvo sobre lo traducido. Aquí, la cartografía vital que traza el narrador se ve multiplicada por una cartografía lingüística. Ambos mapas – en su dislocación, en su desplazamiento – trazan un espacio sin origen:

Al trabajar en la traducción de Leaving al castellano, sentía que estaba intentando volver a un origen. Pero quizá como todo intento de volver, este ha resultado sumamente curioso: porque ahora es inevitablemente otro ahora y otro lugar y vos y yo somos otros…

Así, el principal fantasma que acecha a la novela lo hace bajo la forma de la siguiente pregunta: ¿Cómo escribir una vida desprovistos de un origen claro, de una lengua clara, de una territorio claro? El logro de Waisman recae en imaginar una forma que logra lo prometido sin en ningún momento entregarse a las trampas de las políticas de la identidad: no se trata aquí de un mero texto escrito en dos lenguas, de un texto heterogéneo que negocia identidades encontradas. No. Irse encara sus obstáculos con mayor valentía: tal y como el propio traductor niega la preeminencia del original sobre la traducción, la novela se empeña en reiterar que lo importante es pensar una vida más allá de las lógicas de la identidad. Texto nostálgico, la elaborada prosa de Waisman escapa el patetismo desmedido, el melodrama de la memoria, convirtiendo su novela en una máquina en donde los relatos y la memoria se multiplican y se desplazan, sin proponer un centro estable. En lo que sería el supuesto centro de la novela, su núcleo teórico, el propio Waisman logra dejar atrás este origen con una nueva línea de fuga: “Aquí, en el medio de la historia, no hay una máquina. Decir el medio es decir el centro, aunque ni uno ni el otro exista. Vos y yo sí, pero sin medio, sin centro […] Y si no hay una máquina como la mencionada, estás vos.”  Hacia ese vos espectral, que interrumpe y pregunta, que siempre lo persigue en está cartografía alocada, se dirige esta novela que desemboca en una polifonía de voces y recuerdos sin centro alguno. Paranoia del recuerdo. Para todo el que participe en la academia – para el sujeto profesional moderno – esta cartografía es conocida: es la cartografía y los desplazamientos marcados por los flujos del mercado.

 

Carlos Fonseca Suárez (San José, Costa Rica, 1987) es candidato doctoral en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Princeton. Obtuvo su bachillerato en Literatura Comparada de la Universidad de Stanford, en donde se dedicó a escribir sobre poéticas de movimiento, ritmo y gracia. Actualmente cursa su segundo año en el programa y se dedica mayormente a definir sus intereses tanto académicos como literarios con miras a localizar su futuro tema de disertación.

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8 Comments

  1. Me encanta. Voy a leer el libro. Ya empiezan a surgir preocupaciones compartidas. Asi funcionan los libros, asi funciona el “roommatehood.”

    1. Con tanta cartografía de por medio, yo creo que sí, Jeff, fue buena idea la tuya de comprar muchos mapas y de hablar constantemente de mapas y literatura.

  2. Nítido. Estaría chevere que la proxima ‘traducción’ (como proceso al cual se somete un texto) tuviera la forma de un ‘cut-up’… cada uno en su casa, claro está. 😉

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