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Ingrid Robyn reseña a Lorenzo García Vega, Suite para la espera

Lorenzo García Vega. Suite para la espera. La Habana: Orígenes, 1948.

Empiezo con una confesión: nunca he entendido a Lorenzo García Vega. Si he insistido en leerlo fue menos por mi trabajo que por

Fig. 1, Carlos M Luis, “Vozque Pulp”

esa extrañeza travestida de cercanía que encuentro en su escritura. Así que lo que presento aquí no se pretende análisis literario y ni siquiera una reseña propiamente dicha. Si acaso, es un testimonio de lectura. Se ha dicho que “entender o no entender carecen de vigencia en la valoración artística”. Que así sea. Y que me perdonen los especialistas.

He llegado a García Vega a través de José Lezama Lima, o más bien, a través de Orígenes, el famoso cuento de las disidencias dentro del grupo de poetas reunidos alrededor de la revista. Bueno, casi eso. Espirales del cuje (1952) fue la primera obra suya que leí, novela-poema hermosa por cierto, pero honestamente, no la disfruté. Limitación mía, tal vez, pero veía en esa obra algo de la solemnidad y esa búsqueda desesperada por “lo cubano en la poesía” que el mismo García Vega criticaría un año después en las páginas de Orígenes. Estaban allí, por supuesto, el García Vega poeta-testimoniero, el García Vega poeta de su circunstancia, el García Vega artesano de la palabra, de las constelaciones de objetos, ruidos y amarillos que tanto aprecio en su escritura. Y sin embargo, mientras más leía su trabajo posterior, más desconfiaba de esa obra (García Vega más de una vez dijo que evitaba volver a Espirales del cuje). Por esa época (me gusta pensar que hace mucho) escribía yo una tesis doctoral sobre Lezama y las vanguardias. Es decir, una tesis sobre el reverso de Lezama. “Rostros del reverso” la he titulado, y en lo que escribo este texto me lastimo por jamás haberle dicho que así había titulado mi tesis. García Vega aparece aquí y allá, más por su valor anecdótico que literario, si les digo la verdad, pero a él dedico las primeras páginas de mi trabajo. Fue por la tesis, antes que por mis preferencias literarias, que me puse a leer Suite para la espera (1948), primer poemario de García Vega.

Fig. 2: Única edición de Suite para la espera, 1948

Si no me equivoco, Lezama fue el primer reseñista de esa obra. En su reseña, el escritor elogia el “alejamiento de la fluencia surrealista” y la “búsqueda de planos cubistas” de composición que observa en los poemas de García Vega; “Apollinaire, no Breton”, escribe Lezama. Lo interesante de su reseña es que lo que se presenta como un elogio es, en realidad, un auto-elogio. La anécdota detrás de la publicación de Suite para la espera es ya bastante conocida; la contó y recontó el mismo García Vega. Para aquel entonces, el joven García Vega no había sino empezado a penetrar el mundo de la literatura. Y no me refiero sólo a la escritura, sino también a la lectura, debidamente orientada por Lezama, como es sabido (“Muchacho, lee a Proust”…). No recuerdo ahora si la idea de publicar el poemario vino de García Vega, o de Lezama. En todo caso, “el maestro” no sólo se encargó de la selección y edición de los poemas, sino que hizo con ellos todo un trabajo de recorte y collage, reubicando poemas, moviendo versos de un poema a otro, añadiéndoles cosas de su cosecha (“Variaciones”, el poema de apertura de la obra, es todo un poema compuesto a partir de versos y frases recogidos por Lezama entre los “papeles” de García Vega, se dice). Del bricollage lezamiano, tal vez, el alejamiento de la “fluencia surrealista” y los tales “planos cubistas” de composición que atribuye a Suite para la espera. Lezama, no García Vega.

García Vega fue, entre los poetas reunidos alrededor de Orígenes, el que más se acercó a las vanguardias, surrealismo en particular. O más bien, el que más abiertamente se acercó a las vanguardias. Porque para García Vega (y en eso estoy de acuerdo con él), la labor de Orígenes consistió en gran medida en traducir la vanguardia europea a un lenguaje propio, “transcrear”, diría Haroldo de Campos. Es esta, creo, la pretensión de Suite para la espera, en la que el influjo proustiano que se verificaría Espirales del cuje (“Cerbanatas”, “Baladas que terminan en entierro de paisano”, “Nocturno para Matanzas”) se combina con la musicalidad de Verlaine, la presencia ineludible de Lautréamont (en realidad su primer lectura), el “Appolinaire al agua” de Lezama (“Playa recortada”), los arlequines de Picasso y, cómo no, César Vallejo, curiosamente el poeta que primero me viene a la cabeza cuando me encuentro con ciertos poemas de Suite para la espera (y dejo este asunto para otro momento). Un poemario que, felizmente, no arranca sólo de lecturas sino también de la circunstancia inmediata – aun cuando se trata de rememorar/poetizar el pasado –, y se regodea en disolver la distancia entre el poeta y su paisaje, paisaje visual, siempre, pero también táctil e imaginado. “Mi mirada inmadura quiere besar las cosas. Tengo el miedo terrible de perder el devenir, perseguido en la colina y el río.” (“Variaciones”); “Mi memoria estrujaba serpientillas y el revoloteo de las cosas” (“Cerbatanas”); “Sé de mis candores, de mis apetitos rítmicos. De mis sonrisas lacerando la entraña de las cosas.” (“Baladas que terminan en entierro de paisano”). Un poemario para leerse con “mirada tatuada de luto” (“Conjuros del lector”), diría, tal vez, García Vega.

De los treinta y ocho (¡!) poemas que componen Suite para la espera, hay los que más explícitamente flirtean con las vanguardias – aun cuando se trata de criticarlas (“Cabalgatas”, “Lima”, “Naderías en el estanque despierto”); los que podríamos decir más lezamianos, algo solemnes (“Nocturno”, “Romance”); los que parecen anticipar el tipo de prosa poética que encontramos en Espirales del cuje. Como también hay los inclasificables, los ininteligibles, los que fluyen, los difíciles, los que se te quedan en la cabeza, los muchos otros (repito, son treinta y ocho). Pero ya ven adónde voy con la brevísima selección de versos arriba. Suite para la espera es, según el propio García Vega, un “arreglo” de Lezama, un conjunto de poemas seleccionados y debidamente editados por “el maestro” para satisfacer sus mismos gustos literarios – o eso se supone –, al punto de que no faltan críticos en “contrapesar” la obvia (in)fluencia vanguardista de este poemario con la “evidente influencia del maestro”, sin la cual al parecer Suite para la espera no pasaría de un mero juego adolescente inspirado por el surrealismo (¿y dónde queda aquí lo “inmaduro”?). Fue Lezama, amante de la pintura (aunque no al punto de declararse pintor frustrado, como García Vega), el que recubrió los poemas que componen Suite para la espera con los tintes cubistas que tanto elogia. Fue Lezama, se dice, el que le regaló a García Vega esa mirada aguda de la que sin embargo tanto hablaban los vanguardistas, surrealistas y cubistas por igual. Por ironía, dijo una vez García Vega, el “arreglo” de Lezama terminó haciendo que sus poemas se vieran más surrealistas que antes. Y resulta que veo más de García Vega en esta obra que de Lezama, como veo más del surrealismo en Lezama de lo que quieren ver los llamados “origenistas clásicos” como Cintio Vitier y Fina García Marruz. Sí, algo de aquel tono solemne a que me refería al hablar de Espirales del cuje también aparece aquí y allí, creo haber dicho, y la misma predilección de García Vega por el género memorialístico, que atravesará toda su obra, tal vez no se pueda entender sin pensar la influencia del origenismo sobre el escritor. ¿Pero qué impresión habrá dejado Suite para la espera sobre los poemas que componen La fijeza (1949), por ejemplo, uno de los más vanguardistas entre los poemarios de Lezama, merecedor del famoso “no entiendo” de Jorge Mañach? Yo, por mi parte, no tengo respuesta. Pero aquí llego a mi punto, tal vez el único punto de interés de todo ese texto: quizá tendríamos que dejar un poco de lado el viejo tema de la influencia de los maestros sobre sus discípulos y pensar un poco la influencia de los discípulos sobre sus maestros. Cuántos libros, me pregunto, habrá leído Lezama por sugerencia – influencia – de García Vega; cuántas conversaciones con García Vega habrán cambiado la lectura que tenía Lezama de algún poeta; cuántos versos/fragmentos de García Vega no habrán inspirado a Lezama; dónde está la necesaria dialogía de toda relación humana cuando se habla de García Vega como el enfant terrible, el discípulo-disidente, el anti-origenista, como si las cosas no tuvieran su reverso… El ejemplar de Acane 17 que se preserva en la biblioteca de Lezama le fue regalado por Carlos M. Luis. No contiene notas, es verdad, pero les puedo asegurar que Lezama leyó la obra de Breton con profundidad. Un punto, y un reto: que sigamos buscando el reverso de las cosas.

Ingrid Robyn (São Paulo, 1981) tiene un doctorado en literatura por la Universidad de Texas, Austin, con una tesis titulada Rostros del reverso: José Lezama Lima en la encrucijada vanguardista. Escribe una novelita paródico-policiaca que jamás llegará a publicarse, y apenas mantiene el blog http://destrozos.wordpress.com/. Actualmente es visiting professor en Trinity College en Hartford, Connecticut. Ha reseñado para El Roommate a los siguientes autores: Ángel Lozada, Pablo de Cuba, Alberto Garrandés y Reinaldo Arenas

3 comentarios el “Ingrid Robyn reseña a Lorenzo García Vega, Suite para la espera

  1. luisothoniel
    agosto 22, 2012

    Pienso en ese modo de influencia del discípulo sobre el maestro y pienso en la influencia de Borges sobre Macedonio, la concreta, que también pasa por las vanguardias, Macedonio se vuelca a la ficción y a la vanguardia más radical después de ver las ficciones borgianas. aunque claro, su vocación de vanguardia era su intento de diferenciarse del gran discípulo que ahora renegaba de ellas. Excelente reseña, Ingrid!

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Esta entrada fue publicada el agosto 20, 2012 por en Dossier Lorenzo García Vega.

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