Ingrid Robyn reseña La mucama de Omicunlé, de Rita Indiana Hernández (República Dominicana)

Rita Indiana Hernández. La mucama de Omicunlé. Cáceres: Editorial Periférica, 2015. 181 páginas.

La mucama de Omicunlé (2015), última novela de la escritora dominicana Rita Indiana Hernández, es una oda a la creatividad. Y es, también, una novela de una fluidez arrebatadora. Más experimental que Nombres y animales (2013), esta novela nos presenta un mundo y una serie de temas que se van haciendo cada vez más frecuentes en la literatura caribeña (habría que considerar por qué): futuros distópicos, desastres ambientales y humanos, coyunturas políticas irremediables, cuestiones de género. Las drogas y el arte. Todo bien articulado en una narrativa que dialoga con la ciencia ficción, lo real maravilloso, el negrismo, y a la misma vez, una estética/técnica cargados de una visualidad asombrosas. La mucama de Omicunlé es una novela en que lo pop y lo culto, lo ligero y lo difícil se combinan para ofrecernos una experiencia de lectura alucinante, y sin embargo, insólitamente real.

Lo primero que salta a la vista en La mucama de Omicunlé es la forma: el trabajo de Rita Indiana en cuanto al lenguaje y a la estructura de esta novela es encomiable. La novela nos presenta dos líneas narrativas interconectadas de manera al principio insospechada, y que pronto se desdoblan en cuatro. Cada una de esas líneas narrativas se desarrolla en un momento histórico distinto, ninguno de los cuales corresponde al nuestro. Más allá de la fluidez de su lenguaje, impresiona la manera en que la autora logra hilar esas distintas líneas narrativas, pasando de transiciones lentas entre una y otra al principio, a transiciones cada vez más rápidas entre las distintas líneas narrativas, momentos históricos y personajes. Hay mucho de suspense en la novela, muchas preguntas cuyas respuestas Rita Indiana no nos ofrece sino hacia el final, y a veces, de manera apenas insinuada. Cuando llegamos al final, sin embargo, lo que tenemos en frente es una novela rigurosamente hilada, que logra conectar una multiplicidad de temas aparentemente dispares con una creatividad y maestría dignos de un escritor con muchas décadas de carrera en cima. Si fuera a señalar una virtud de esta novela, es el haber logrado la perfección que Jorge Luis Borges atribuía a La invención de Morel, sin con ello incurrir en el “artificialismo” que denunciaba, si bien indirectamente, en su famoso prólogo. Al contrario, en La mucama de Omicunlé, el cristal y la sierpe – para usar una metáfora que le gustaba a José Lezama Lima –, lo terrible y lo bello, el humor y la ternura, se mezclan, entregándonos un universo de experiencias humanas y sobrehumanas que dialogan directamente con nuestra realidad.

La primera línea narrativa que se nos presenta en esta novela toma lugar en un futuro no tan distante – 2027 –, aunque la manera en que se describe ese futuro nos hace pensar en las películas futuristas de los ochenta. Esta sección de la trama se desarrolla en un mundo distópico dominado por la tecnología. Y sin embargo, los temas y problemas que caracterizan ese futuro demasiado distante en su apariencia, nos son bastante familiares:

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El timbre del apartamento de Esther Escudero ha sido programado para sonar como una ola. Acilde, su mucama, afanada con las primeras labores del día, escucha cómo alguien allá abajo, en el portón del edificio, hunde el botón hasta el fondo y hace que el sonido se repita, restándole veracidad al efecto playero que produce cuando se retira el dedo tras oprimirlo una sola vez. Juntando meñique y pulgar, Acilde activa en su ojo la cámara de seguridad que da a la calle y ve a uno de los muchos haitianos que cruzan la frontera para huir de la cuarentena declarada en la otra mitad de la isla.  

Al reconocer el virus en el negro, el dispositivo de seguridad de la torre lanza un chorro de gas letal e informa a su vez al resto de los vecinos, que evitarán la entrada al edificio hasta que los recolectores automáticos, que patrullan calles y avenidas, recojan el cuerpo y lo desintegren. (11)

Contrario a lo que pudieran sugerir estas líneas – así como su última novela –, La mucama de Omicunlé no es una novela sobre Haití. De hecho, Cuba, y de manera indirecta, Venezuela son mucho más centrales en esta novela que cualquier otra región del Caribe. El protagonista de la primera parte de la novela, o más bien de la novela y punto, es Acilde, la mucama. Acilde es unx muchachx de clase baja que fue criadx por sus abuelos hasta fugarse de casa, tras haber sido violadx por un vecino por orden de los mismos abuelos:

Los viejos aborrecían sus aires masculinos. El abuelo César buscó una cura para la enfermedad de la nieta, y le trajo a un vecinito para que la arreglara mientras él y la abuela la inmovilizaban y una tía le tapaba la boca. (19)

A partir de ese entonces, Acilde se ganaría la vida chupándole la verga a bugarrones en el Parque Mirador, aprovechándose de su cuerpo escuálido para hacerse pasar por un muchacho. El Parque Mirador, vale aclarar, era una suerte de nuevo malecón, con sus chinchorros y prostitutas, una vez que el maremoto de 2024 había destruido por completo el verdadero malecón. Pronto nos enterramos que la destrucción provocada por el maremoto en tierra es solamente un aspecto de un desastre de proporciones monumentales, en que la naturaleza no ha hecho sino agravar los problemas causados por la acción humana. La vida de Acilde cambia drásticamente el día en que se topa con un cliente llamado Éric, doctor cubano que le ofrece un trabajo de mucama en la casa de Esther Escudero, amiga suya y suerte de santera de profesión, la más famosa de la isla. El sueño de Acilde era hacerse chef de cocina y ganar lo suficiente como para poder comprar una nueva droga – Rainbow – que le permite a uno pasar por una reasignación de sexo sin cirugía. No me voy a extender en la cuestión de género en esta novela. Sólo digo que, por su mismo carácter de ficción científica – aunque no sea solamente una ficción científica –, La mucama de Omicunlé cuestiona los límites entre lo biológico y lo cultural, entre naturaleza y sociedad, entre saberes tradicionales, ciencia y tecnología, alertándonos no solamente sobre los dilemas y problemas que rondan la cuestión de genero, sino también sobre las virtudes y peligros del desarrollo tecnológico y la manipulación cada vez más violenta de nuestros recursos. Y destinos.

La segunda línea narrativa de la novela se desarrolla en un pasado cercano – el 2001 –, y empieza narrando la vida de un artista frustrado, Argenis. Argenis trabaja en una compañía que vende servicios síquicos por teléfono bajo el nombre de Psychic Goya, y vive todavía en casa de su madre. Pronto la novela nos presenta también una pareja de clase alta, Giorgio Menicucci y Linda Goldman, él suizo-italiano, ella descendiente de alemanes que habían llegado a la isla fugándose del nazismo. La pareja vive en Playa Bo, convertida en una suerte de reserva ecológica en donde Linda se esmera en tratar de preservar los arrecifes de corales y especies de peces que habitan el área. La vida de Argenis cambia el día en que recibe una propuesta irrecusable de su vecino, Giorgio. Giorgio le invita a Argenis a que participe de una suerte de residencia para artistas que planea establecer en Playa Bo, y que daría lugar a la galería “Menicucci / Arte Actual”. El principal objetivo de la residencia/galería – en la que participan otros artistas, por supuesto –, sería recaudar fondos para el proyecto de preservación ambiental de Linda a través de la venta de las obras de los artistas, lo cual le permitiría construir un laboratorio al lado de su residencia en Playa Bo. Eso dicho, el arte parece tener un valor en sí mismo en esta novela: análogamente a nuestros frustrados esfuerzos de preservación ambiental, pero sin necesidad de ningún tipo de tecnología avanzada, el arte nos permite preservarnos en el tiempo, conectar pasado y futuro.

Estas dos líneas narrativas eventualmente se desdoblan para abarcar otros dos momentos históricos, ambos presentados desde la misma Playa Bo donde se ubica la reserva ecológica de Giorgio y Linda: 1991, durante el gobierno de Joaquín Balaguer, y algún momento del siglo XVII, cuando la piratería era la única actividad de esta región (¿no sería ese el caso de muchas partes del Caribe todavía?), hasta que el área fue despoblada para proteger sus puertos de la actividad de los piratas (el imperio y las fronteras antes que la gente). Mientras que la historia de Acilde en el 2027 recuerda la ficción científica al estilo de Phillip Dick – con una importante excepción que comentaremos en un minuto –, la de Giorgio, Linda y Argenis recuerda muy de cerca La invención de Morel, de Bioy Casares. A pesar de que lo que se desea preservar, en La mucama de Omicunlé, parece ser el medio ambiente – y también, indirectamente, el arte – la estructura y estilo de esta novela le deben mucho a la obra de Bioy Casares, con la que comparte también dos temáticas centrales: la eternidad y el amor.

Pero La mucama de Omicunlé no se queda en la ciencia ficción, sino que le da una vuelta de tuerca fundamental (verdadero golpe maestro de Rita Indiana): la religión. Mientras que en la ficción científica lo que prima es la tecnología y la ciencia, el imaginarse un mundo donde lo humano apenas tiene cabida, en La mucama de Omicunlé la tecnología humana pronto pasa a un segundo plano, y el “vudú dominicano” ocupa la escena. Esther Escudero, Éric, incluso el mismo presidente Said Bona, cliente asiduo de la famosa santera, todos son creyentes y practicantes de una religión que rivaliza con la tecnología en cuanto al rol que ocupan en ese mundo. Es la religión, y los portentos maravillosos – lo natural maravilloso, diría Lezama Lima, lo real maravilloso americano, diría Alejo Carpentier – lo que realmente mueve la novela, conectando ese no tan lejano futuro con los igualmente no tan lejanos años de 2001 y 1991. La religión, los saberes tradicionales, sugiere Rita Indiana, es una tecnología tan fundamental para la vida humana como la que nos regala la ciencia. Y es, también, más antigua. Y más duradera.

Es éste aspecto de la novela lo que conecta La mucama de Omicunlé con el negrismo. Pero Rita Indiana logra evadir ciertos clichés negristas al presentarnos una religión que, si bien toma prestados elementos de la santería y el vudú, es ante todo una religión ficticia. Y, claro, al poner a dialogar “vudú dominicano” con un mundo que no se proyecta hacia un pasado inmemorial sino que abarca un futuro bastante vinculado a nuestro presente: en esta novela la religión no es un saber del pasado, un artefacto de museo que hay que preservar a través de la escritura. Rita Indiana evita el impulso antropológico característico de muchos textos negristas, a la vez que rinde homenaje a un importante aspecto de las culturas caribeñas en una obra donde lo que prima es la invención. En eso, la autora se acerca mucho más a la Lydia Cabrera de Cuentos negros – casi más surrealista que negrista, a pesar de reconocida e importante antropóloga –, que al Carpentier de ¡Ecué-Yamba-Ó! y El reino de este mundo. En La mucama de Omincunlé, ciencia y religión, tecnología y creencia se enlazan. Más aun: es la naturaleza misma la que se presenta como el gran portento de ese universo ficticio. Una naturaleza que, sin embargo, se ve constantemente acosada por desastres naturales y humanos. Y que, eventualmente, puede reducirse al contenido de una triste pecera.

Otro aspecto fundamental de esta novela es su dimensión metalinguística. No por casualidad Rita Indiana empareja una reserva ambiental y una galería de arte: se trata de una novela en que el arte y la función del arte ocupan un papel tan central como la ecología. La novela sugiere un insospechado paralelo entre el embate ciencia vs. religión y las diferentes tecnologías del arte: ¿es que un performance de Marina Abramovic vale más que un Francisco de Goya? ¿El videoarte habrá reemplazado definitivamente el arte del grabado? La novela, por supuesto, no contesta a estas preguntas, pero sugiere un evidente paralelismo entre nuestros esfuerzos por preservar la naturaleza a través de la ciencia y la tecnología contemporáneas, y el arte – en sus distintas formas – como forma de eternizarnos. El peligro, en ambos casos, no es tanto el uso de la tecnología, como la museologización: de la misma manera que el arte se eterniza en los museos y colecciones – o en el peor de los casos, perece –, los esfuerzos de preservación reducidos a pequeñas reservas ambientales de propiedad de unos cuantos burgueses casi convierte los animales en piezas de coleccionista para el disfrute de unos cuantos privilegiados. Es más, se pregunta la autora: ¿si el arte es una forma de eternizarnos, si pintar y escribir son una forma de comunicarnos con una posteridad hipotética – que a lo mejor no vendrá a causa de un desastre cualquiera –, estaríamos preservando la naturaleza como un bien en si mismo, o por tener un recuerdo de un mundo que eventualmente anhelaremos?

[E]lla se quedó complacida con la pintura. “Es excelente”, dijo, y añadió, guiñándole un ojo: “Si ocurre una hecatombe que acabe con la tecnología, la electricidad y los documentos digitales, tu obra sobreviviría. ¿Dónde quedaría la de esos videoartistas y performanceros? (87-8)

En todo caso, el verdadero peligro que acosa el futuro no está ni en la tecnología, ni en la museologización, ya sea del arte o de la naturaleza: es nuestro pobre individualismo el que, en la novela, dicta el destino de la humanidad.

La ironía alrededor de la reserva ambiental creada por Giorgio y Linda en Playa Bo está relacionada con todavía otro tema fundamental de la novela, y que el lector ciertamente habrá anticipado: el capitalismo del desastre, la vida burguesa. Por evitar los spoilers, me restrinjo a lanzar todavía otro par de preguntas. ¿Qué tan egoísta es asumir el sexo y el género que te corresponden, cuando además resultas ser un hombre heterosexual? ¿Qué tan egoísta una historia de amor? ¿Qué tan egoísta realizar un sueño, dos sueños, tres sueños? ¿Qué tan egoísta el buen vivir? ¿Adónde va tu compromiso ético con el futuro, cuando has logrado lo que te hubiera sido negado en otra vida, en otro mundo? Rita Indiana plantea estas preguntas en un contexto mucho más grande que el ser humano, en donde la naturaleza se presenta como una parte fundamental de nuestras vidas, en donde la religión ocupa un papel central; creamos en eso, o no. Y ya no hablaré de desastres – que se lean la novela –, pero lo que anuncia La mucama de Omicunlé es un futuro sombrío para las generaciones que venimos. O, tal vez, inevitable. A no ser, claro, que creamos en los poderes de las anémonas, esos extraños seres capaces de reproducción sexuada y asexuada… O no.

Ingrid Robyn es profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Nebraska-Lincoln. Tradujo una colección de poemas de Lorenzo García Vega al portugués titulada Palavras que repito, publicada por la editora brasileña Lumme Editor en el 2017. Actualmente, trabaja en la escritura de su libro académico, Rostros del reverso: José Lezama Lima en la encrucijada vanguardista, todavía sin fecha por publicarse. Para El Roommate ha reseñado libros de Ángel LozadaPablo de CubaAlberto GarrandésReinaldo Arenas Luís MadureiraLorenzo García Vega, Tiago Savio y Oscar G. Dávila del Valle.

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