Luis Othoniel reseña ‘Tercer Mundo’ de Pedro Cabiya (Puerto Rico/República Dominicana)

Pedro Cabiya. Tercer mundo. Santo Domingo, San Juan, New York: Zemí Books, 2019. 460 páginas

Sólo el dominó es interesante.

En su última novela, Tercer Mundo, Pedro Cabiya demuestra los kilates de una escuela sin techos ni paredes que no le pide perdón ni permiso a la academia o al mercado literario: poética de frontera que te remata con balas borgeanas, y si revives, te entra con las patadas y puños de un Ismael Rivera resucitado (esto es un escena de la novela). Y sin embargo, ¿a quién estamos engañando?, si nuestro flow caribeño siempre ha sido hiper-intelectual, una escritura que siempre sobrecompensa con erudición esta maldición colonial “del agua por todas partes”. Eso que los argentinos o españoles llaman “el tono de color” en nuestra literatura siempre ha sido una fachada. Pregúntenle a Lezama o a Marta Aponte Alsina si la sofisticación de la más alta estética occidental no nos pertenece tanto como las vibraciones de los ritmos plutónicos que nos alucinan, y que toman cual orishas poseídos la imaginación tanto de la cultura pop como la de boutique. Eso que llamamos el barroco caribeño no es una tendencia estética nada más, sino que es una manera de habitar la jodienda que es este mundo, una manera de vivir que excluye a los otros, a los que no saben, a los que no entienden, a los que no cachan porque son de afuera. Y Pedro Cabiya, aunque es medio impostor, sabe que el que sabe, sabe. Y tanto Cabiya como nosotres, sabemos que nuestras islas son el ombligo de la modernidad en todos sus sentidos (económicos, culturales, estéticos, filosóficos…, esto también se dice en la novela).

Tercer Mundo es una novela fantástica con uno que otro elemento de ciencia ficción que continúa varias sagas de los libros de Cabiya desde los cómics sobre El Ánima Sola hasta su celebrada novela, Trance, y que narra un universo dividido en tres mundos. El Primer Mundo, habitado por demonios con cuernos, bípedos y cuadrúpedos, cree en el Superdesignio de un Ente Primario. El Segundo mundo, por su parte, habitado por seres elementales, es regido por una suerte de ciencia santera maravillosamente narrada en muchos momentos clave de la novela. Ambos mundos parecen alimentarse de una de economía de pecados y deseos que extraen del Tercer Mundo, que es el mundo de los impermanentes, de los meros mortales como nosotres (no como Pedro Cabiya que se las juega de inmortal, esto también está en la novela). En el ombligo del Tercer Mundo está la República Borikwá, la mesa de juego en donde los infiltrados elementales batallan por el control de la extracción. Sin embargo, cuidado, lector alegórico, con tomarte muy en serio las obvias semejanzas de ese universo con el nuestro, en el que también el tercer mundo es el campo de batalla por el control de los recursos del planeta. Los tres mundos de Cabiya no son una alegoría del nuestro, tan solo son otro universo en la infinitud de multiversos que nosotres también habitamos. La trama, si bien está llena de vueltas de tuerca, giros narrativos, enredos chismosos, todo interrumpido por la radio y la televisión y con decenas de personajes (increíblemente, ninguno de los personajes es plano, a pesar de ser tantos), tampoco importa. ¿Qué es lo que importa entonces en esta novela fantástica si no importa la trama ni la alegoría? El lenguaje. La protagonista de esta novela extravagante, de esta estética estrafalaria en esteroides metafísicos, es el flujo de un lenguaje violento e incontenible, una educación en lingüística caribeña que tiene como secuaz la irreverencia, igualmente dirigida contra la literatura pop de mercado como contra la literatura fina de boutique. Santería, pentecostalismo, narcotráfico, tecatería, un insoportable profesor posmoderno, salsa (mucha salsa y poco o nada de reggaetón), numerología y burocracia cósmica, se conjugan en una novela de espionaje llena de escenas de acción.

Y todo comienza y termina con un juego de dominó entre cuatro experimentados jugadores en la ciudad de Santurce, en que los tres mundos participan. Dos demonios disfrazados de humanos juegan en equipo contra dos viejos de Santurce y como están perdiendo contra los santurcinos, pues los demonios comienzan a comunicarse telepáticamente para ganarle a los humanos. Pero no es tan fácil hacerle trampa en el dominó a dos dones boricuas con guayabera, que se dan cuenta, viran la mesa en el piso y comienzan a insultar y humillar a los demonios tramposos. Los demonios, mordidos, se deshacen de sus disfraces y se devoran a los dones con guayabera revelándole al mundo moderno la existencia de demonios reales entre nosotros, en una escena de destrucción masiva en la placita de Santurce, a donde llegan naves espaciales, ánima sola, aliens y hasta Yolanda Vélez Arcelay a batallar.

Pero decíamos más arriba que el barroco caribeño es una manera de habitar el mundo, la brega, la jodienda. Efectivamente, los personajes de esta novela no se sorprenden tanto con la llegada de demonios, naves espaciales, aliens y hasta un gusano gigante que cual godzilla destruye la mitad de Puerto Rico, porque saben que la jodienda es un lenguaje universal, y se las buscan de la misma manera que hacían antes de las revelaciones fantásticas. Así, la novela va presentando personaje tras personaje (humanos, demonios y elementales por igual) que escuchan del caos en la placita de Santurce y hasta allá se dirigen por diferentes razones: dos gánsters a robar las armas de la nave espacial, un predicador pentecostal a proclamar el fin del mundo, un alien extraviado que necesita una pieza de la nave para volver a casa, un tecato adorable que ve la oportunidad de hacerse un dinerito velando los carros de los noveleros, agentes de la burocracia de los otros mundos para limpiar la escena, un profesor posmoderno que quiere protestar la violencia contra los monstruos infrahumanos, y así por el estilo. Son muchos personajes y todos se dirigen hacia el peligro en vez de correr de él, y allí noveleando van montando un sendo jangueo y una que otra batalla épica, en un verdadero despliegue de numerosas líneas narrativas y personajes como pocos novelistas vivos pueden mantener.

No entiendo por qué varios escritores y críticos dicen que esta novela se inventa un género literario, o que rompe con una tradición. El gran logro de esta novela tan divertida, blasfema e irreverente, no es su originalidad, sino el homenaje que le hace a una tradición narrativa que la antecede. Es decir, irónicamente, esta novela que parece tan rompedora es una novela muy reverente frente a una tradición de la novela caribeña. Vemos cómo el Tercer Mundo homenajea el grotesco de Virgilio Piñera en La carne de René, la polifonía radial de Luis Rafael Sánchez en La guaracha del macho Camacho, el dominó santero y cósmico de Manuel Ramos Otero en La novelabingo, la libertad estrafalaria y alucinante de las novelas de Reynaldo Arenas, también el diálogo con algunos de sus contemporáneos, como con la poética y metafísica malhablada y políticamente incorrecta de Juan Carlos Quiñones o el punk santero cínico de Rita Indiana Hernández en su La mucama de Ominculé. Y ya que estamos con las referencias nerd, mucho de esta novela toma prestado del “Tlön, Uqbr, Orbis Tertuis” de Borges (el único no caribeño en esta lista), un autor argentino que curiosamente tiene una posvida más rica en sus lectores y herederos puertorriqueños que en los de su país. En fin, que Pedro Cabiya, este supuesto enfant terrible, blasfemo, rompedor, irreverente, no es otra cosa que un nerd que siente un profundo amor por su literatura. Más que una novela rompedora, esto es una novela amanuense, una novela cuidadora y custodia de un modo de narrar en estos archipiélagos, una invitación a continuar algo, más que un intento a cortar. Tercer Mundo es una novela fantástica y divertidísima que esperamos que alucine la imaginación literaria en nuestra lengua, ya que poco sabe el resto de Latinoamérica, España y Estados Unidos de los kilates de nuestra escuela literaria. Pero los que venimos de esa tradición antillana (los de adentro), sabemos que es realmente un juego de dominó, un lenguaje en común en donde hay cuatro cabrones cada uno conspirando para traicionar al compañero de equipo con un jalón de mano que lo deje manco, y ganarle a los otros dos con una capicúa.

Y los dejo así, como siempre, con una cita larga de una escena graciosa, en la que unos policías ven acercarse al insoportable profesor posmoderno que lleva consigo una pancarta ridícula que lee “¡Los monstruos infrahumanos también son mis hermanos!”

”  -Me cago en mi madre –dice entre dientes el oficial Mayo estrujándose los ojos. Sus compañeros lo miran con sorpresa.

    -¿Qué te dio, Mayo? –conmina Rodríguez – ¿Y esa boca?

   -Me cago en mi putísima madre y en mi abuela –refuerza Mayo miranod al firmamento, buscando entre las nubes la paciencia que de pronto necesita. Y ahora sí los demás guardias se interesan en este curioso cambio de actitud, porque Mayo malhablado no es, sino al contrario: santurrón y boquilimpio, juicioso y crítico de los que tienen por boca una letrina.

    -¿Y en tu padre no te cagas? –pregunta Meléndez, que se pica menos por feminista que por madre y abuela.

    -Me cago en mi padre puto y en mi abuelo y en todos mis ancestros, puñeta.

    Aplausos.

    El sargento Ramírez se siente obligado a intervenir.

    -¿Qué pasa, Mayo? –le dice en un susurro – ¿Te están fallando los nervios? ¡Bah! Peores cosas hemos visto. ¿O se te olvida el mierdero que se armó en Villa Fontana el mes pasado? Dime si quieres cogerte el resto de la tarde…

    -No es eso, sargento –explica Mayo -. Es que… Mire quién viene por ahí.

    Ramírez mira por dónde viene el oficial señala.

   -¡Me cago en mi maldita madre!- exclama ecuánime el sargento llevándose la mano a la pistola que lleva abrochada en el cinto -. ¡Lo que nos faltaba!

    Los demás oficiales se unen a Ramírez y a Mayo, intrigados por la razón que ha podido sacar tan velozmente de sus cabales a dos uniformados que son ejemplo y espejo de la institución.

    -¡Puuuuñeta, me cago en dios! –masculla Fonseca, que es católico, apostólico y romano.

    -Me cago en Dios y en la Virgen Puta –expone con sobriedad Meléndez.

    -No puede ser – se limita a decir Auilino-Rovira, el policía más grosero de la uniformada.

    Y es que se acercan al lugar de los hechos, pancartas en mano y vociferando consignas, el profesor Álvaro Gómez Sierra y Güilly.

    -Quiero un traslado –pide Rodríguez. Ramírez lo manda a callar mostrándole la palma de la mano.

    -Rodríquez…

    -No, sargento. Mi expediente está limpio. No una sola denuncia. No quiero cagarla a tres días de mi evaluación. Y la voy a cagar, sargento, la voy a cagar, porque a este peje lo voy a cocer a tiros si empieza con las suyas.” (127-8)

P.S. Puede que mi única crítica a esta novela sea que Pedro Cabiya podrá saber de dominó, pero no sabe un carajo de básket.

Luis Othoniel Rosa (Puerto Rico, 1985) es autor de las novelas Otra vez me alejo (Argentina: Entropía, 2012; Puerto Rico: Isla Negra, 2013) y Caja de fractales (Argentina: Entropía, 2017; Puerto Rico: La Secta de los Perros, 2018), y del libro académico Comienzos para una estética anarquista: Borges con Macedonio (Chile: Cuarto Propio, 2016). Estudió en la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras y tiene un doctorado por la Universidad de Princeton. Actualmente enseña en la Universidad de Nebraska en Lincoln. Para El Roommate ha reseñado libros de Michelle ClaytonRaúl AnteloLorenzo García VegaMargarita PintadoRafael Acevedo,  Mar Gómez,  Isabel Cadenas Cañón,  Romina Paula,  Mara Pastor, Julio Meza Díaz,  Sergio ChejfecBalam RodrigoJuan Carlos Quiñones (Bruno Soreno)Sebastián Martínez Daniell, Colectivo Simbiosis Cultural y Colectivo Situaciones,  Margarita Pintado (¡otra vez!), Ricardo Piglia  , Francisco ÁngelesJulio PrietoJulio Ramos, Federico Galende, Julio Prieto  (¡otra vez!), Áurea María SotomayorNoel Black,  Marta Aponte Alsina , Naomi Klein, Mara Pastor (otra vez) y Nicole Cecilia Delgado.

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