Luis Othoniel reseña el último libro de Marta Aponte Alsina (Puerto Rico)

Marta Aponte Alsina. PR 3 Aguirre. Puerto Rico: Sopa de Letras, 2018

 

Hay libros que son capaces de condensar deseos y resistencias para alguna comunidad en un momento histórico preciso. Son libros imprescindibles que le permiten al lector tener una distancia reflexiva ante la angustia de un presente jodido. No tienen que ser libros que hablen directamente sobre ese presente. Las más de las veces, son libros que toman distancia y perspectiva para que esa angustia no nos ciegue, para que podamos ver tanto la recurrencia en el pasado histórico de las condiciones materiales que nos oprimen, como las posibles salidas a un futuro en donde la libertad y la querencia tengan un lugar. El último libro de Marta Aponte Alsina, nuestra novelista puertorriqueña favorita (difícil pensar en alguna obra novelística en  la historia de Puerto Rico que rivalice con las siete novelas de Marta), PR 3 Aguirre, es una suerte de “non-fiction novel” con mucho trabajo de investigación, y es uno de estos libros; pacientemente desentierra historias de un pasado que nos interpela a la vez que modela para nosotros una creatividad tan innovadora en la escritura que el lector no puede evitar contagiarse y seguir la tarea de contar historias, de vivir del cuento en un espacio y tiempo donde sólo las cuentas importan. Este libro nos parece uno de los libros más importantes de la literatura puertorriqueña en el nuevo siglo y el mejor libro que hemos leído en un par de años, de manera que nos disculpamos de que nuestra “reseña” haya salido tan larga.

PR 3 Aguirre  nos recuerda la micro-historia de Carlo Ginzburg, los libros fascinantes y desleídos de Fernando Picó sobre pueblos aparentemente irrelevantes en la modernidad, recuerda también, pero por momentos, al modernism de Henry James y Virginia Wolf en su manera de contar. También notamos algo del ojo crítico de Julio Ramos, en la manera en que el investigador puertorriqueño hace para que sus objetos de estudio cuenten lo que esconden. Por momentos también notamos, en el género literario tan particular en el que está escrito, algo de los experimentos de Truman Capote (In cold blood) y de Rodoflo Walsh (Operación masacre), ambas non-fiction novels, pero si en las versiones del gringo y del argentino un crimen preciso organiza la trama, en PR 3 Aguirre  el crimen es la historia misma y la trama se organiza en la construcción de una escena del crimen (la central Aguirre) en donde el crimen lleva más de un siglo ocurriendo. En ese sentido, Aguirre también nos recuerda el puerto de Chimbote narrado por José María Arguedas en El zorro de arriba y el zorro de abajo, novela que es una explosión de relatos e historias que se van perdiendo y olvidando en medio de la furia capitalista que arrasa con los modos de vida andinos y va a morir a una costa obrera globalizada. Por momentos, también vemos ecos estilísticos y plagios creativos de Borges, de Angelamaría Dávila, de Palés Matos, y de muchos más que se me escaparon.

“De cada presencia cuelga un enjambre de ausencias” (246)

PR 3 Aguirre trata sobre el gran caos que es el capitalismo global y las maneras en las que los territorios más invisibles encuentran resistencias inesperadas. El protagonista de esta non-fiction novel es un lugar físico a lo largo de 120 años. El espacio que protagoniza este libro son los poblados y ruinas de una de las centrales azucareras más modernas del mundo durante el cambio del siglo 19 al 20, y que se alargan por la carretera número tres de Puerto Rico (PR 3) pasando por los pueblos de Guayama y Salinas en la costa sur de la isla, conocida como la Central Aguirre. Es un espacio que recorre un pedazo importante de la historia del capitalismo global, y sin embargo, el mundo no lo sabe, porque el capitalismo global cambia el mundo completo, pero no lo conoce.

“Lo que se desconoce por tachado pertenece a un tiempo que no ha sido todavía. No forma parte del tiempo perdido, sino de la potencialidad que el conocimiento de lo censurado delata”.

Este libro, entonces, se dedica a recobrar, a visibilizar, todo un enjambre de historias alrededor de Aguirre que nos empujan a reflexionar sobre los efectos desastrosos del capitalismo a la vez que sobre el presente de la isla de Puerto Rico, presente en el que unos bancos en Wall Street que nada saben sobre los habitantes de la colonia, hacen billones de dólares especulando con sus vidas y robándose lo que queda de las instituciones sociales al punto que dejarán a los habitantes de una isla cada vez más vacía a la intemperie cuando el pasado 20 de septiembre llegara el huracán María y nos mate a más de 4,645 puertorriqueños. No es coincidencia que la autora termine de escribir este libro en las montañas de Cayey, sin electricidad por meses tras el paso del huracán. Aguirre es un lugar real. Allí viven familias entre sus ruinas que no dejan de contar historias. Habitantes, casi fantasmas, de un mundo que es indiferente a sus vidas. Pero Aguirre, como todas las ruinas, también funciona como una alegoría en el libro. Una alegoría sobre algo que el lector deberá decidir por sí mismo, porque al visibilizar Aguirre, Marta Aponte parece querer decirnos algo sobre el futuro y no tanto sobre el pasado. Y es que este libro que es el producto de una larga investigación, a veces es una reflexión histórica, a veces de filosofía política, a veces es una reflexión sobre modos de arte que valoran la vida y a veces sobre modos de arte que son bastante indiferentes a la vida.

PR 3 Aguirre está dividido en dos largas partes. La primera cuenta la historia de los príncipes mercaderes de Boston que compran Aguirre en 1899 y que invierten grandes sumas de dinero en la explotación cañera y se hacen fortunas considerables que duran hasta el día de hoy. La autora va a Boston, a Cambridge, a Harvard siguiendo las pistas del dinero para desenterrar las vidas detrás de esas fortunas y se encuentra allí la contradicción fundamental del capitalismo financiero del último siglo: el capitalismo es capaz de cambiar todas las relaciones sociales y hasta transformar el planeta mismo a la vez que mantiene las supersticiones imperiales de la propiedad privada intactas.

“Boston […] una de esas ciudades raras que intentan cambiar el mundo a la vez que se proponen que nada cambie en ellas” (19).

En esta parte, bastante banal y decadente, las historias de esas grandes fortunas americanas nos muestra el contradictorio aspecto provinciano de la alta burguesía blanca. La autora transcribe correspondencia entre estos magnates bostonianos que explotan a Puerto Rico a través de la caña, y lo que descubrimos en esa correspondencia es la desfachatez y la claridad con la que hablan de su proyecto imperailista. Sorprende la manera tan “honesta” en el lenguaje de estos llamados inversionistas como esta carta del 1898 entre dos de ellos que dice

“¡Como eres imperialista, no te sorprenderá mi deseo de estar en la primera fila de la expansión colonizadora! En pocas palabras, tengo muchas ganas de llegar a Puerto Rico”

y luego en la misma carta los gringos se escriben entre ellos sobre cómo su forma de colonizar será fundar bancos crediticios en Puerto Rico. O en otra carta, el inversionista Henley Luce le cuenta al senador Cabot Lodge sus planes de inversión en la isla, planes bastante ilegales que son el comienzo del robo financiero clásico de las corporaciones americanas en Puerto Rico.

“Podemos reunir un capital de 200 mil dólares y lo que realmente nos interesa es entrar (a Puerto Rico) como instrumentos del Gobierno de Estados Unidos. O sea, lograr, si es posible, que el secretario del Tesoro nos designe como depositarios del Gobierno de estados Unidos. Esa acción nos daría un prestigio incalculabre […] ¿Podrías darnos una carta de presentación a mí y a Henry DeFord, dirigida a Mr. Gage? (Gage era el secretario del tesoro del presidente McKinley)”

¿No es acaso este esquema corrupto el mismo que gobierna hoy en PR a través de la junta de control fiscal? Es decir, una serie de inversionistas y banqueros cuyo objetivo es hacer dinero son designados como agentes del gobierno, sus fortunas legitimadas por el estado y sus acciones puramente capitalistas para rédito propio son subvencionadas e implementadas por ese mismo estado. La autora es consciente de las similitudes. 120 años del mismo esquema descarado del colonialismo financiero en el que los empresarios son los mismos que los agentes gubernamentales:

“Colonialismo absolutista, depreciación de la tierra, deuda pública, descarado conflicto de intereses entre empresarios capitalistas que fungen como dictadores de política pública” 144.

La segunda parte de PR 3 Aguirre es el inverso de la primera. La autora entonces se pasea por Aguirre, por Guayama, por Jobos, por El Coquí, por un tramo de 9 kilómetros de la PR 3 buscando cuenteros, entrevistando a los residentes obstinados de estas ruinas del capitalismo que buscan modos de afirmar la vida y la memoria como puedan: artesanos que trabajan con pelo (crónica sobre el Museo del Pelo acá), talleres de bicicleta, cuentos sobre los brujos de Guayama, casas con techos a cuatro aguas (búngalus) inmaculadamente decoradas y cuidadas, pintores de un arte feliz, escuelas de bomba, brujos, todos cohabitando esos espacios de la central Aguirre en el presente pero también cohabitando con sus nuevas iteraciones: Monstanto, AES, las farmacéuticas Baxter y Pfizer, la antigua refinería Phillips, etc. En esta parte también repasamos las resistencias obreras y las huelgas de la caña, y las tretas con las que los débiles defienden históricamente sus espacios. Si en las primeras 170 páginas se narra el desdén del capital hacia la vida, en las últimas 200 páginas se narran los trabajos de los cuidados que permiten que la vida se afirme a pesar de la destrucción del capital; por un lado el terrible desdén que tienen las grandes fortunas por la vida de sus peones globales y por el otro el fuerte sentido de pertenencia que hace que la vida continúe a pesar del embate destructivo del capital.

“No sé si puede hablarse de una memoria inscrita en el cuerpo, donde resuene el sentido de pertenencia que ha prescipitado luchas sublimes, así como guerras abominables, pero mientas los cuerpos sean prisioneros de la palabra y en su horizonte cerrado por la muerte se aspire a un reino de libertad; mientas la memoria evoque acciones protectoras y resistencias, importa saber de dónde partimos; interesan las condiciones de ese afecto entre social e íntimo que algunos llaman querencia” (286)

Los dos capítulos son inversos pero también son espejos en sus estructuras, y la autora se toma el cuidado de hacer que la estructura de la primera mitad rime con la segunda, cada núcleo narrativo de la primera mitad encontrando un núcleo gemelo en la segunda. Por ejemplo, la primera parte termina conjurando la figura de Henry James, intentando imitar (hay muchos plagios creativos en el libro) su estilo e imaginando sus impresiones de Puerto Rico. La segunda parte, por momentos, parece hacer lo mismo con la figura de Palés Matos. Lo mismo sucede con dos reflexiones gemelas sobre el arte, primero según ven el arte los príncipes mercaderes de Boston y luego cómo entienden el arte los habitantes de los barrios circundantes de Aguirre comunicados por la PR 3, como veremos ahora.

En uno de los momentos más poderosos del libro, la autora repara en la historia de un cuadro de un pintor inglés que rondará las mansiones bostonianas de las familias propietarias de Aguirre. El cuadro se titula “Slavers throwing overboard the dead and the dying – Typhoon coming” y el pintor se llama Joseph Mallord William Turner. El cuadro será adquirido por la familia Sturgis Hooper Lothrop, de los primeros inversionistas y dueños gringos de Aguirre. Las impresiones que este cuadro deja sobre sus espectadores blancos son tan violentas como el cuadro mismo; aprecian la belleza sublime de la luz frente a la violencia del mar, y sin embargo, no pueden ver que se trata de una gran escena del crimen. Es decir, la belleza del cuadro, ante sus ojos tan ciegos por sus fortunas, no los deja ver lo que está ya en su título, los cuerpos muertos y enfermos que son desechables para el mercado; las vidas que hay que tirar por la borda para que los negocios no sean interrumpidos. Pueden ver el virtuosismo estético pero son ciegos ante el acoso contra la vida frente a sus narices. Luego, la autora nos cuenta cómo esta familia bostoniana le vende el cuadro al Boston Museum of Fine Arts por 65 mil dólares y cómo ese dinero será invertido en la explotación azucarera en Puerto Rico (69). La conexión tan obvia como acrítica entre la alta cultura y la doctrina de muerte del capital se ve perfectamente ilustrada en la historia de ese cuadro que no sólo es un culto (irónico) al buen gusto sino que subvenciona con el capital cultural que acumula (65 mil dólares) la explotación de las mismas tierras esclavistas que el cuadro denuncia.

En el segundo capítulo, ahora dedicado a los habitantes puertorriqueños de Aguirre, hay una larga reflexión también sobre el lugar del arte en estos nuevos personajes. El arte acá, sin embargo, no tiene el glamour del cuadro de Turner pero sí la conexión orgánica con la comunidad, con los cuerpos que rodean y manufacturan el arte, que aquél falla en encontrar: quincalleras ambulantes, rotulistas, artesanos del pelo, amas de casas excepcionales, escuelas de bomba, talleres de bicicletas, todo un mundo artístico en el que la vida misma es el aspecto fundamental del arte. Es en este momento, en una conversación con el pintor Sambolín que la autora nos propone una “estética de la alegría” como herramienta de lucha revolucionaria en estos tiempos de capitalismo desastrozo.

 

“…la felicidad es un producto más necesario cuanto más pobre es una comunidad. […] Quizás esa estética de la felicidad es hoy la más contestaria. Cuando la violencia domina con normalidad la vida cotidiana, el arte de la violencia se diluye; no puede superar la vida misma. La propuesta radical en esas circunstancias podría ser una arte de la alegría. El baile de la bomba fue prohibido por las ordenanzas municipales del siglo 19…” (335)

Este libro, que en más de una ocasión le pide explícitamente a las lectores que lo continúen, será una brújula para las escritoras y artistas jóvenes en Puerto Rico que insisten en que la estética tiene que servirle a la vida, tiene que hacer vida, sin abandonar todos los poderes de su complejidad, porque la otra opción es la decadencia capitalista y la melancolía (sorprendentemente, este libro sobre el pasado, no tiene ni una pizca de melancolía).

Y como siempre, los dejamos con una cita larga del libro que nos gustó mucho, no sin antes permitirnos una de esas afirmaciones valorativas que no son nada frecuentes en nuestras reseñas. Si una lectora de literatura me pidiera que le recomendara el libro que mejor condensa la literatura puertorriqueña en este nuevo siglo tan jodido para la isla, yo le pondría en las manos inmediatamente PR 3 Aguirre. Sólo luego le daría Residente del Lupus (2006) de Gallego, Todos los nombres el nombre (2012) de Bruno Soreno, a.k.a. Juan Carlos Quiñones, y Poemas para fomentar el turismo (2009) de Mara Pastor. Hay muchas maldiciones y tramas de asesinato en esta novela. En la escena que sigue, la madre de un trabajador asesinado en una manifestación por Marcelo Obén, el administrador de Aguirre, le hecha una maldición a Obén quien luego será asesinado también y la maldición y la venganza se cumplen.

“Hay maldiciones que se repiten, se olvidan, se recuerdan, se repiten y de tanto repetirse van a dar a un libro y esperan hasta que alguien lea esta página.

 

La herencia de una palabra incomprensible, despreciada, temida.

 

Que te maten como a un puerco y los perros laman tu sangre” (203)

Luis Othoniel Rosa (Puerto Rico, 1985) es autor de las novelas Otra vez me alejo (Argentina: Entropía, 2012; Puerto Rico: Isla Negra, 2013) y Caja de fractales (Argentina: Entropía, 2017; Puerto Rico: La Secta de los Perros, 2018), y del libro académico Comienzos para una estética anarquista: Borges con Macedonio (Chile: Cuarto Propio, 2016). Estudió en la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras y tiene un doctorado por la Universidad de Princeton. Actualmente enseña en la Universidad de Nebraska en Lincoln. Para El Roommate ha reseñado libros de Michelle ClaytonRaúl AnteloLorenzo García VegaMargarita PintadoRafael Acevedo,  Mar Gómez,  Isabel Cadenas Cañón,  Romina Paula,  Mara Pastor, Julio Meza Díaz,  Sergio ChejfecBalam RodrigoJuan Carlos Quiñones (Bruno Soreno)Sebastián Martínez Daniell, Colectivo Simbiosis Cultural y Colectivo Situaciones,  Margarita Pintado (¡otra vez!), Ricardo Piglia  , Francisco ÁngelesJulio PrietoJulio Ramos, Federico Galende, Julio Prieto  (¡otra vez!), Áurea María SotomayorNoel Black.

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