Luis Othoniel Rosa reseña ‘La gran abundancia’ de Luis Moreno Caballud (España/New York)

Para esto también sirve la literatura

Luis Moreno Caballud. La gran abundancia. España: La Oveja Roja, 2022. 242 páginas

[En Puerto Rico o Estados unidos se puede comprar acá]

“La literatura como una cosa del pasado. También la revolución como una cosa del pasado. La revolución asociada a las guerras, a los disturbios, al horror de la Historia. Todos los conflictos como algo del pasado y ahora un presente de armonía y autorrealización. Un nuevo orden mundial. Un mundo de democracias representativas, de progreso, de riqueza, bienestar, igualdad de oportunidades y Asistencia Personal. Un mundo que ha ido corrigiendo todo lo que no tiene sentido. Un mundo feliz” (123)

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Leer La gran abundancia nos da herramientas concretas para un mundo en donde la vida se ha convertido en una abstracción. La serpiente del poder es una hidra que se alimenta de todo tipo de relatos, incluso (tal vez, sobre todo) de los relatos que buscan cortarle la cabeza.  La libertad, la felicidad, la abundancia, estos son los relatos con que nos controlan la vida. La literatura, aquella que creíamos nuestra aliada, se revela como cómplice de lo que nos oprime. Como cuando despertamos de una pesadilla y el alivio de la realidad no logra aquietarnos. Como cuando no podemos librarnos de esa sospecha de que tal vez nuestra vida de resistencia ya ha sido canibalizada por el enemigo. Como cuando encontramos pruebas irrefutables que confirman nuestros impulsos paranoicos. Así terminamos de leer La gran abundancia; listos para comenzar otra vez, para cambiar de estrategia, porque ya no podemos distinguir entre la libertad y la cárcel. La gran abundancia es la pesadilla asfixiante de la literatura en nuestra era. Esta novela tan difícil merece ser circulada y estudiada a cabalidad porque tanto podría salir de ella. Las enormes máquinas narrativas que controlan nuestra atención diaria por medio de dispositivos tecnológicos son invisibles. Al leer La gran abundancia sufrimos, no somos más felices, no estamos más entretenidos, no sé si somos más libres, pero al menos por ese instante de lectura lenta, esas enormes máquinas narrativas se hacen visibles. De la buena literatura no esperamos nada menos que la alucinación de nuevas formas de sentir. El entretenimiento ha saturado al mundo. Ya basta. Qué alegría es haber encontrado este novelón que no cede ni un pelo. Y a la mierda todo.

1. Reseña

“Leerás estas líneas otra vez como queriendo hacer caso pero no lo harás” (13), así comienza La gran abundancia, una novela experimental que narra una suerte de mundo paralelo en el que la circulación de historias de vida se ha convertido en la mercancía más codiciada. Los habitantes de este mundo son adictos al consumo de estas historias de vida, y sólo encuentran sentido por medio de este consumo. Las más grandes corporaciones en este mundo se dedican a crear contenidos personalmente diseñados para el consumo de cada uno de sus clientes.

“podías elegir parámetros que te llevaran hacia las historias que en aquel preciso momento afinarían con mayor exactitud las cuerdas de tu sistema nervioso y deseante. […] Las historias servían para vivir […]  ¿Qué historias se necesitan para ser alguien?” (31)

A este servicio o trabajo se refieren como AP (asistencia personal). Quizás podríamos imaginar estas corporaciones ficcionales como una combinación de Facebook, Netflix y la industria de la salud mental, pero radicalizada y personalizada. En este mundo del futuro, el trabajo más admirable al que podríamos aspirar es precisamente a ser un Asistente Personal que crea contenidos singulares para darle sentido a la vida de sus clientes. ¿Pero acaso no es ahí donde ya vivimos? ¿No es acaso el capitalismo en la era informática ya una gran máquina de condensación narrativa, de conversión de la vida en una mercancía narrativa para vender? Como en las redes sociales, estas corporaciones no están interesadas en el público como consumidor, es mucho peor; estas corporaciones son vampiros; consumen a su público, extraen todos sus datos personales, crean un monopolio de la atención, la absorben y empacan todo esto en un producto para venderlo a otras corporaciones que también extraerán la atención. El contenido de la historia no importa, lo que importa es que “atrape”.

“se trataba de hacer posible una vida más interesante, más plena, más creativa, más llena de experiencia. Y no la estúpida persecución de posesiones innecesarias, ni la estéril acumulación de honores o las mezquinas rutinas burocráticas. La posibilidad de una vida radiante era lo que movía el mundo, en la era de la Asistencia Personal” (18).

El uso de la segunda persona singular es la forma clave de la novela, en la que se ve cómo la “personalización” (que en el mundo del marketing es tan deseable) es de hecho un mandato autoritario, una forma de control. El Asistente Personal nos conoce tan bien que nos define. Al comienzo de La gran abundancia vemos como Ernesto Valle, el Asistente Personal del protagonista, escribe un email tras a otro a su cliente que lo ignora. El AP quiere que su cliente, Martin Loma, un profesor de literatura desencantado con su vida y con el corazón roto, sea feliz y salga de su depresión. Le crea historias de vida muy buenas especialmente diseñadas para él que nosotres las lectores no podemos evitar disfrutar. Pero como en toda novela distópica, nuestro protagonista sospecha que su realidad es una jaula, que su AP es otro carcelero, que su vida es falsa y comienza la aventura de escape.

“Tu inteligencia te dice que tienes que salir, pero al mismo tiempo se está muy bien ahí, ¿verdad? Anda, revuélcate en la mierda un rato más, si quieres” (15)

¿Pero cómo escapar de una prisión hecha de relatos? ¿No serían acaso los “relatos de fuga” la mercancía perfecta para vender a una población de prisioneros? El mejor carcelero es aquél que logra convencer a sus prisioneros que ya son libres, que ya son felices, que la cárcel es un producto de su imaginación, que ellos mismos son sus propios carceleros. Este es el conflicto central de esta novela tremenda y conmovedora, una suerte de “thriller filosófico” del que salimos confundidos, obsesionados por encontrar cualquier cosa a la que aferrarnos que no sea reducible a una historia de vida, cualquier cosa que nos convenza de que hay algo en nuestra vida que no puede ser narrado, que hay matices borrosos que no pueden ser definidos por nuestros carceleros. Terminamos de leer buscando “borrosidades” y ya no más escrituras (126).

Hasta aquí nos hemos concentrado en el conflicto argumentativo de la novela. Su ejecución formal, sin embargo, nos presenta unos conflictos tremendos todavía más ricos. Y es que si el argumento busca esa salida a lo narrable, la forma de la novela es un aluvión virtuoso de relatos breves, uno tras del otro, que casi que nos fuerza a los lectores a disfrutar los relatos que venden los AP’s a sus clientes. Formalmente la novela nos fuerza a disfrutar aquello mismo que su argumento denuncia. Mientras leíamos no podíamos parar de pensar que realmente nos encantaría tener un Asistente Personal que todos los días nos trajera historias nuevas perfectamente diseñadas para nuestras necesidades emocionales. Como es una novela tan literariamente rica, escrita por un nerd de la literatura, a lo largo de 14 años intensos (y se nota), y escrita para lectores como nosotres que vivimos apasionados por la literatura dura, es inevitable ceder al deseo malvado de disfrutar la pesadilla que nos narra.

“ ‘No, mira: ¿Ves esta botella? Me cortas bien cortadica, que no se te caiga nada de sangre, ¿eh?, me metes dentro de la botella, y luego me arrojas bien lejos, todo lo que puedas. ¡Qué no se te caiga sangre, eh!’”. 106

Desde los primeros capítulos la novela apunta a ciertos movimientos de resistencia o de fuga de las grandes corporaciones de Asistencia Personal. El mundo AP enferma a la gente, hay comunidades de “delgados” en resistencia, hay insurgencias que se van formando en los “Centros de Acogida” a donde van las poblaciones que ya no tienen los medios para recibir asistencia personal, en particular los inmigrantes. Un capítulo memorablemente kafkiano toma lugar en la cárcel, otros en las afueras de la ciudad, otro en una fábrica ocupada que parece inspirada por las fábricas ocupadas en Argentina tras el colapso de la economía en el 2001, pero que al preguntar, está inspirada en la fábrica Numax, autogestionada, en Barcelona, en 1978. Constantemente la novela identifica estos posibles “escapes” frente a esta nueva sociedad de control con movimientos de resistencia reales de los últimos años (ecos, por ejemplo, de los zapatistas, de Occupy, del 15M, de Black Lives Matter, Standing Rock, etc…). Es decir, que la distopía que narra esta novela viene acompañada de poéticas de la insurgencia. Por la mayor parte de la novela, sin embargo, a las lectoras no nos queda claro si estas poéticas de la insurgencia son verdaderas, o si son otro relato de los AP’s. Por la mayor parte de la novela permanecemos convencidos de que la única manera de resistir en ese mundo es el silencio, abstenerse a participar de las historias.

“Teníamos miedo a contar historias, porque sabíamos que las historias nos podían volver a llevar al camino de las falsas promesas, de los supuestos paraísos, los espejismos, hacer otra vez que nada fuera suficiente, volver al saqueo. Mucha gente prefería simplemente el silencio”. 217

Sólo al final de la novela, se postula una alternativa narrativa a los AP’s. Comienza a emerger una nueva relación con las historias que se despega de las grandes corporaciones y parece emerger de la relación de los adultos con sus niñas o niños. La resistencia va recobrando sus voces respondiendo a la necesidad narrativa de sus pequeños. Como que los personajes van recobrando su capacidad narrativa en relación con los niños que siempre están pidiendo más historias. Y entonces ya nadie tiene necesidad de Asistentes Personales, y van cayendo las corporaciones. Este párrafo que sigue parece el momento triunfal.

“Miles, millones, seremos, brigadas masivas de cronistas, de poetas, de prosistas, de delirantes y contadores, seremos, sacaremos al contar de la miseria, ya verás. ¡Saldremos de esta maldita usura escribiendo! Escribiremos estos campamentos, estos niños, esta penuria del síndrome de abstinencia, escribiremos cada grieta en la loza de cada plato, cada patata victoriosamente cultivada, cada visión, cada gesto y cada malentendido irreparable, escribiremos todo y lo inventaremos todo al mismo tiempo. Escribamos, no está todo perdido aquí y ahora. Inventemos todavía otras historias, ¿no?” (226).

¿Pero es realmente una revolución, o la ilusión de una? ¿Importa la diferencia cuando la necesidad narrativa es tan esencial, tan “humana”, tan material? ¿Podremos crear y escribir historias a una velocidad más rápida que las máquinas de captura del márketing y las corporaciones? ¿Cuánto tiempo tenemos para contarle nuestras historias a nuestras sobrinos y sobrinas antes de que los atrape la “tablet” con sus videojuegos y sus franquicias? ¿Tendremos que incluir en esas “brigadas de cronistas” a nuestros propios programadores digitales? ¿Cómo podemos tomar las fábricas de producción de historias? La gran abundancia no se intimida ante la magnitud de estas preguntas, y no tiene miedo de ensayar respuestas, relatos.

Acá realmente termina esta reseña. Lo que sigue es una serie de reflexiones y preguntas que tuvimos mientras leíamos y que queremos dejar documentadas por acá para no olvidarlas, y para tenerlas a mano cuando volvamos a releer esta gran novela.

2. Cuando se rompe la alegoría

Una de las escenas más horribles y cómicas de la novela ocurre en una sesión de evaluación de niños para darles admisión o no a una de esas escuelas progre para los hijos de padres yuppies. La escena es tremendamente realista porque sabemos que estas sesiones existen. “Entrevistan” a niños para decidir si son merecedores de entrar a su paraíso institucional, inculcando la ficción de la meritocracia desde el comienzo. En esta escena, a los niños se les exige que sean espontáneos, que simplemente jueguen las unas con los otres y con los juguetes que proveen mientras todos los padres y maestros los observan.

“El niño tiene que querer portarse bien por sí mismo. El niño tiene que querer por sí mismo ser simpático y creativo, no por una recompensa artificial” (164).

Y, claro, algún niño “espontáneo” demuestra su capacidad de liderazgo y creatividad construyendo un volcán y recreando la historia de cómo los dinosaurios se extinguieron con el fuego y el humo que salió después del meteorito. El niño logra también incorporar a otras niñas en su historia para contar en colectivo. ¡Éxito! ¡Liderazgo! ¡Carisma! La historia que cuenta el niño parece ser una obvia analogía sobre el cambio climático, y la novela nos hace evidente que su historia no tiene nada de espontánea sino que sus padres lo obligaron a memorizarla y ensayarla. La vuelta de tuerca de esta escena tan horrible es una hilarante. Alguien de pronto se percata que los figurines de dinosaurios con los que los niños están contando su historia alegórica sobre el cambio climático están hechos de plástico y tienen un ataque de histeria. “¡Plástico!” gritan los niños horrorizados, y comienzan a toser y a llorar y a vomitar escandalizados. La realidad material entra en el relato artificial para romper el relato alegórico.

Riéndome con esta escena tan buena, de pronto me pongo a mirar el libro que tengo entre las manos. ¿Funcionaría esta novela con igual potencia si estuviera publicada por las dos grandes multinacionales que tienen un monopolio de acero sobre toda la industria del libro en español? ¿Cómo es posible que la inmensa mayoría de la literatura que consumimos en español esté completamente asimilada a la maquinaria corporativa de dos grupos editoriales comerciales? ¿Si esta novela hubiera circulado por medio de agentes literarios (¿AP’s?) que la hubieran cambiado por completo, abaratando sus contenidos, aplanando su diferencias y su dificultad, para poder “venderla” mejor a esas mismas multinacionales? ¿Hubiera tenido un arte de tapa tan hermoso con los dibujos del hijo del autor, que le dan un nuevo significado al final tan contundente de la novela? No. Valdría la pena echarle una vistazo al potente texto de presentación que escriben los de La Oveja Roja, editores de esta novela, a su maravilloso proyecto editorial, texto que termina diciendo, “Queríamos resistir y nos pusimos a crear”.

Hay una lección importante acá. Las alegorías, las abstracciones, tienen que venir acompañadas de un indicio material, que como el dinosaurio de plástico, rompa la burbuja de la ficción.

“Los humanos tenemos una materialidad particular, lo que nos hace humanos es nuestro cuerpo, no el alma. El alma es una cosa común del mundo. Todas las cosas están animadas” (151).

3. Ficción teórica versus novela documental

 Las últimas novelas que me han fascinado en los últimos meses son todas novelas documentales que despliegan un manejo de archivos históricos tremendos y marginalizados. De estas novelas (de Marta Aponte Alsina, de Cristina Rivera Garza, de Carlos Fonseca) decía que cumplen una función ancestral de la literatura que es la de reconectarnos con nuestros territorios, de aterrizarnos, de hacernos pertenecer a unas localidades particulares en un mundo globalizado que nos dice que todo es parte de lo mismo. También admiraba cómo esas novelas tenían toda la rigurosidad de la investigación académica, pero cruzada con una potente experimentación estética.

La gran abundancia parece ser un contraste tremendo con aquellas novelas. La ciudad donde la novela toma lugar podría ser cualquier megápolis (aunque también es New York, esa megápolis que quiere ser el resumen de todas). No parece haber ningún interés en investigar los archivos de la historia o de los territorios marginales. No es una novela que se proyecte al pasado histórico sino a un mundo paralelo, tal vez un mundo oculto en este. Y sin embargo, La gran abundancia , como las novelas de aquellos otros tres autores, también despliega la misma rigurosidad de investigación y la misma potencia de experimentación estética. La diferencia es que si en aquellas la investigación pasa por los archivos históricos, en esta la investigación pasa por la teoría y la filosofía.

Algún académico que he olvidado escribió alguna vez que en pueblos como los latinoamericanos la poesía y la ficción cumplen la función que la filosofía cumple en los pueblos imperiales. No sé si eso sea del todo cierto, pero creo que para esto también “sirve” la literatura.

Sin necesidad de explicitarlo, esta novela abre un diálogo tremendo con los debates más interesantes hoy sobre las “sociedades de control” y las “sicopatologías del capitalismo cognitivo”. La serpiente que usa Deleuze en su “Poscrito a las sociedades de control” para describir esta nueva era postdisciplinaria es una metáfora constante en La gran abundancia. De la misma manera hay un diálogo intenso con un montón de pensadores contemporáneos que desde el feminismo, los black studies, el indigenismo y la filosofía decolonial han cuestionado, expandido y ya transformado la herencia de Foucault. Por último, a pesar del autor ser español, hay todo un diálogo intenso y elocuente con una tradición latinoamericana que ha reflexionado sobre la relación entre ficción y poder (los casos más obvios que caché en la novela son con Borges, Piglia, Bolaño y tal vez una contemporánea suya, Rita Indiana Hernández). Viniendo el autor de esta reseña de esa tradición latinoamericana me resulta difícil no leer La gran abundancia como una novela latinoamericana que a través de lo poético y el delirio literario, voltea “el mundo al revés” en busca ya bien de un “arte del buen gobierno” o ya de plano de una “poética de lo ingobernable”. En todo caso, en este último año de lecturas intensas de novelas contemporáneas comienzo a convencerme que el lugar de la literatura experimental que no cede formalmente a los mandatos del mercado literario, se está convirtiendo en un laboratorio de investigación, una suerte de universidad alternativa. Si las instituciones de las humanidades siguen cayendo en crisis abismal, tal vez será este lugar del arte y la poética el que se ocupe de cumplir esta función. Para bien o para mal. Aunque el caso de La gran abundancia sea un ejemplo particularmente afortunado.

Hay un juego de espejos, un movimiento análogo, entre estas novelas documentales proyectadas al pasado invisibilizado y el renovado interés en las ficciones teóricas proyectadas hacia mundos distópicos paralelos. Todavía no podemos expresarlo bien, pero algo nos está queriendo decir esa inteligencia colectiva que es la Literatura.

“Leerás esas líneas y comprenderás por fin que tú mismo eres uno de tantos creadores anónimos de esta nueva era de la AP. Lee, Martín, estás ya leyendo, es un hecho, ¡LEE!” (210).

4. El horror es inseparable a la Grieta.

“ ‘No hay poder capaz de fundar el orden por la sola represión de los cuerpos por los cuerpos, se necesitan fuerzas ficticias’. Eso es cierto, pero cuando las fuerzas ficticias le fallan al poder, ahí siguen las otras. Vienen tiempos oscuros” (225).

Cuando las fuerzas ficticias que organizan el poder en nuestras sociedades caen en crisis, como ahora mismo cuando escribimos esta reseña, se le abre la puerta a fuerzas todavía más perversas, como por ejemplo, el fascismo. No es fácil contemplar una salida a esta trampa para los que creemos que una revolución planetaria es necesaria para evitar la catástrofe a las que nos está conduciendo el capitalismo. Y no es fácil porque mientras más efectivos somos en tumbar los mitos de progreso y democracia que nos están llevando al ecocidio, más le abrimos las puertas a otros mitos todavía más violentos. Es decir, para los fascistas también las corporaciones, el gobierno y los medios masivos son una mierda, ¿no? Si nos pusiéramos cínicos podríamos decir que la revolución contra estas ficciones está pasando, pero la están haciendo los fascistas, los supremacistas blancos, no nosotres.

Ante esta realidad, los últimos dos libros de Luis Moreno Caballud (esta novela, pero también su libro más académico, Culturas de cualquiera, con descarga gratuita acá), apuestan por la construcción de otras ficciones en lugar del papel tradicional de la crítica que consiste en deconstruir mitos. Tal vez por eso es que esta novela tan distópica y pesadillesca, termine de una manera tremendamente positiva y hermosa, con la construcción de nuevos relatos acompañados de la imaginación de niños y niñas. Como en esta cita que toma prestada del Comité Invisible.

“por todas partes se conspira -en los vestíbulos de los edificios, en las máquinas de café, en la trastienda de los kebabs, en las ocupaciones, en los talleres, en los patios centrales, en las cenas, en los amores. Y todos estos vínculos, todas estas conversaciones, todas estas amistades tejen por capilaridad, a escala mundial, un partido histórico en acción, – ‘nuestro partido’. Sin duda hay, frente a la conspiración objetiva del orden de las cosas, una conspiración difusa a la que nosotros pertenecemos de hecho” (219).

5. “Un sitio a dónde ir para el animal errante” (112) 

En esta novela se presenta cómo lo narrativo es tan tremendamente abundante en nuestros mundos, y cómo la modernidad simplemente ha desarrollado unas tecnologías para capturarla. No es un rechazo a la narratividad, pues, que encuentra en todas partes (valdría la pena estudiar las muchas historias en la novela que provienen de las comunidades campesinas españolas, de las narraciones populares y tradicionales que cuentan otra historia). Y, para terminar, ya ni si quiera pensando en La gran abundancia o pensando a través de ella, atravesándola, nos vuelve a la mente alguna de esas innumerables ocasiones en algún salón de clase en el que los jóvenes estudiantes, curiosos pero rebeldes, nos cuestionan la existencia misma de la Literatura, cuando los ponemos a leer a Lezama o a Pizarnik o a Vallejo, frustrados porque “no entienden”, pero entendiendo muy bien que hay algo ahí en esos textos que bebe de una fuente abundante, de una potencia narrativa pre-literaria, animal, pero que no quiere o no puede participar de los grandes relatos masivos, del comercio de historias. Es decir, entienden lo que el texto no quiere ser, y también entienden que lo que es, es parte de lo que somos, pero les encabrona que ese tipo de textos se resista tanto al consumo inmediato al que la industria del entretenimiento nos tiene acostumbrados, como a la producción de sentido. Es un momento que disfrutamos mucho siempre que sucede, y nos sucede constantemente a los que enseñamos literatura. La parte del encabronamiento por la dificultad del “consumo” (a veces le llaman elitismo porque se resiste al consumo masivo), se resuelve rápidamente cuando ellos y ellas mismas se dan cuenta mientras rabian que lo que ven como una falla al principio, es de hecho un valor, una resistencia, una crítica al mercado. Bien. Entonces llega el segundo encabronamiento, aquél sobre el sentido. Y ese no es tan fácil de resolver. Quizá porque no quiere ser resuelto. Dar sentido es una manera de gobernar. Qué tristes serán los mundos donde no hay espacio para lo ingobernable

“Bamboleándose a izquierda y derecha, muy lentamente, la hoja fue cayendo como un atisbo otoñal en pleno verano. Fue cayendo inexorablemente y con la inclinación, con el clinamen necesario para que el mundo sea mundo, pues no se hace un mundo sólo con átomos cayendo en el vacío en línea recta, es necesario que estos se inclinen y choquen unos con otros” (63).

Luis Othoniel Rosa (Bayamón, Puerto Rico, 1985) es el autor de las novelas Otra vez me alejo (Argentina: Enropía 2012; Puerto Rico: Isla Negra, 2013) y Caja de fractales (Argentina: Entropía, 2017; Puerto Rico: La Secta de los Perros, 2018). La última fue traducida al inglés como Down with Gargamel! por el poeta Noel Black (USA: Argos Books, 2020). También es autor del estudio Comienzos para una estética anarquista: Borges con Macedonio (Chile: Cuarto Propio, 2016; Argentina: Corregidor, 2020). Estudió en la Universidad de Puerto Rico y se doctoró en Princeton. Es catedrático asociado de Estudios Étnicos y Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nebraska. Para El Roommate ha reseñado libros de Michelle ClaytonRaúl AnteloLorenzo García VegaMargarita PintadoRafael Acevedo,  Mar Gómez,  Isabel Cadenas Cañón,  Romina Paula,  Mara Pastor, Julio Meza Díaz,  Sergio ChejfecBalam RodrigoJuan Carlos Quiñones (Bruno Soreno)Sebastián Martínez Daniell,Colectivo Simbiosis Cultural y Colectivo Situaciones,  Margarita Pintado (¡otra vez!), Ricardo Piglia  , Francisco ÁngelesJulio PrietoJulio Ramos,Federico Galende, Julio Prieto  (¡otra vez!), Áurea María SotomayorNoel Black, Marta Aponte Alsina (varios que se pueden encontrar en este Dossier), Naomi KleinMara Pastor (otra vez), Nicole Cecilia DelgadoCristina Rivera Garza y Carlos Fonseca

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