Luis Othoniel Rosa reseña ‘Autobiografía del algodón’ de Cristina Rivera Garza (México)

Para esto sirve la literatura

Cristina Rivera Garza. Autobiografía del algodón. México: Literatura Random House, 2020. 316 páginas

“Lo que se desconoce por tachado pertenece a un tiempo que no ha sido todavía. No forma parte del tiempo perdido, sino de la potencialidad que el conocimiento de lo censurado delata”

Marta Aponte Alsina PR3Aguirre

“¿Y si nací y crecí en Zaragoza y nunca he salido de este lugar? ¿Y si todo lo que he considerado hasta ahora, hasta este momento, mi vida, no es másque una alucinación de una niña enterrada?”

Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón

  1. [para esto sirve la literatura]

 Es una novela documental de no ficción sobre los “vientos locos” del progreso en el costado noreste de México (el Poblado Anáhuac y Estación Camarón en el centro de la historia), en la frontera con USA, que está llena de ficciones especulativas sobre el pasado.

¿Qué habrá pensado aquel ancestro cuando vio morir sus hijos? ¿Qué habrá dicho aquella cuando el desierto se negó a dar más y un bicho arrasó con las tierras prometidas por la Revolución Mexicana y el presidente Cárdenas? ¿Cómo habrá sido ser parte de un pueblo que camina, como los guachichiles[1], en comunidad, sin ídolos, sin altares, sin dios y sin cementerios? ¿Y si la huelga hubiera triunfado? ¿Y si el presidente Hoover no hubiera comenzado las deportaciones de mexicanos durante la Gran Depresión? ¿Y si la planta misma del algodón fuera tan inmisericorde como su historia de explotación desde el sur de los Estados Unidos hasta el norte de México? De muchas preguntas así nace una de las voces narrativas más libres de la literatura contemporánea. Es una voz que muta con naturalidad, sin que apenas te percates, del singular al plural, de la primera persona a la tercera, girando en espirales temporales que la llevan desde el presente hasta la Revolución Mexicana, luego atrás al 1898, hacia adelante a los repartos de tierras después de la Revolución, y siempre con el fantasma de las décadas posteriores, la mal llamada Guerra contra el Narco, NAFTA, los femicidios.

La voz salta de la “autobiografía” a la historia geológica y biológica de un desierto salado, una voz narrativa que documenta con precisión el pasado de comunidades y luego se dispara a vuelos poéticos especulativos que conjuran posibilidades, lo que se pudo haber dicho o pensado, y tal vez fue, pero tal vez no. Y es que los cascajos de la historia (no las “ruinas”, acá no importa el aura benjaminiana, ¿qué aura va a haber donde tanta explotación?, hay belleza de más, pero ni “aura” ni “ruina”) le demandan, le exigen a la cuentera inventarse una libertad narrativa. Escribo esta reseña mientras visito Buenos Aires, donde hace ya un par de décadas el horror de la memoria de la dictadura, dio paso a una generación de “narradores del yo” que posicionaban su subjetividad ante el horror histórico. Esto que hace Cristina Rivera Garza es otra cosa. La palabra “autobiografía” en el título es una tremenda provocación. El “yo” no es sino una partícula infinitesimal en los cuentos de esta cuentera.

Autobiografía del algodón nos devuelve así a una función ancestral de eso que llamamos hoy literatura; aterriza lo humano, lo hace tierra palpable, es decir, nos cuenta el relato de las piedras y los polvos particulares, históricos y geográficos, nunca intercambiables, que hacen a una humana, que la conforman como una materia en común pero no universal. Así, esa función ancestral de la narración la hace pertenecer ella a un territorio y no lo inverso, porque, como nos enseñan tanto los anarquistas como las naciones indígenas mexicanas, la tierra no le pertenece a nadie, no puede ser una propiedad, más bien somos nosotres de ella, y tal vez para esto es que sirve la literatura. Es por este último punto que me parece que Autobiografía del algodón es el libro donde Rivera Garza mejor expone la praxis de lo que ella misma ha teorizado como “necroescritura y desapropiación” (ver los ensayos teóricos tan influyentes de Los muertos indóciles: Necroescritura y desapropiación). Lo importante en el arte de contar no es qué le pertenece al yo, sino lo contrario, a qué pertenecemos.

“Se pertenece a la tierra y al cielo, pero no de una manera individual o aislada, no unívocamente, no de una vez y para siempre, sino con otros y en otros, de modo paulatino y titubiante, con el riesgo siempre inminente de caer. Se pertenece como quien responde, por el mero hecho de tener cuerpo, de estar hecho de una materia en común, a un requerimiento o una invitación de este planeta, de este sistema solar, de este universo” 88

En sus investigaciones, la cuentera descubre que su llegada a Houston en 1990 no fue sino un regreso; allí vivían sus abuelos maternos antes de ser deportados a la frontera tras la Gran Depresión. Mientras describe su aventura pesquisidora por la frontera, también se percata que las líneas de sus viajes en el mapa son líneas que se repiten en la temporalidad larga, desindividualizada, despropiada, de la historia.

“Poco sabía yo que, en la long durée de mi propia historia, esa emigración emulaba muchas otras más iniciadas décadas, si no es que siglos, atrás. El regreso a la frontera. El apego a la frontera. Poco sabía que lo que estaba a punto de definir como una aventura era, también, una expulsión” 276

  1. [entre José Revueltas y Gloria Anzaldúa]

Entre las escrituras de José Revueltas (1914-1976) y la de Gloria Anzaldúa (1942-2004) se podría leer otra historia del pensamiento mexicano. Entre el marxista citadino y la mestiza fronteriza, entre El luto humano y Borderlands/La Frontera se teorizan dos líneas del pensamiento mexicano tan contestatario como poético. Son las dos figuras que solapan este libro, las dos perspectivas que permiten aterrizar lo humano en ese desierto fronterizo donde el algodón en los 1930 se convirtió en la promesa capitalista y estatal para una vida mejor, sólo para colapsar en las catástrofes de la explotación sucesiva de las mismas comunidades. Autobiografía del algodón comienza con largos pasajes que describen el largo viaje de Revueltas desde el sur a estas tierras del norte, a un pueblito que ya no existe, Estación Camarón, donde una gran huelga entre los trabajadores del algodón parece anunciar una nueva era laboral de alianza entre el proletariado y el campesinado. Acá Revueltas es un extranjero, como nosotres los lectores, adentrándonos en una geografía tan hermosa como brutal. La autora se aprovecha de la escritura de Revueltas, escribe esa geografía con él, a través de él, canibalizándolo y cambiándolo como se puede ver en pasajes como éste en el que su propio vuelo poético se ancla y se interrumpe en las citas de Revueltas una suerte de palimpsesto de escrituras.

“Pertenecer es, así, reconocer la consistencia misma de nuestras múltiples habitaciones y responder a sus requerimientos. «Y recuérdese que en el mar se dio la primera cosa viva, la primera habitación», pide Revueltas desde lo lejos. Pero también nos pide «tomar nuestro vestido de tierra, nosotros, féretros que tenemos pasos, y comprometernos ligándonos al mundo». Así, pues, como habitante de la tierra, como cuerpo entre otros cuerpos albergados por la tierra, es preciso reconocer también nuestra condición de huéspedes. La verdad cruel, la verdad simple, la verdad de la que parten todas las otras verdades: estamos alojados en una casa ajena. Somos huéspedes en un lugar que es también la ubicación de otros seres humanos y otras especies y otros seres orgánicos e inorgánicos. Reconocer la raíz plural de nuestra habitación, asumir nuestra condición de huéspedes en un mundo radicalmente compartido implica, sobre todo, estar al tanto, vivir en un continuo estado de alerta acerca de los lazos que se tienden de ser humano a ser humano, y los lazos que van del ser humano al ser animal, al ser planta, al ser piedra. Habitar es devenir, ciertamente. No se trata de una conexión abstracta y ni siquiera sagrada, sino de una interrelación material: en la frente de Petrov se aposenta el mar, asegura Revueltas, porque ese sudor, que es real y tiene olor, es también la encarnación misma de una memoria: la memoria del mar. «Y recuérdese que en el mar se dio la primera cosa viva, la primera habitación y que, entonces, el sudor es una húmeda memoria de nuestro misterioso pasado» ” (Cristina Rivera Garza escribiendo encima de la escritura de José Revueltas, p. 88-89)

Luego de estas primeras 90 páginas en las que entramos con Revueltas a esta geografía, el libro se dispara en varias líneas narrativas siguiendo primero a la familia paterna de la autora en peregrinaciones sucesivas forzadas por la guerra, el hambre, la especulación financiera, y los experimentos agrícolas. Luego, en el último tercio de la novela, ahora conjurados por la línea familiar materna que yacía en los Estados Unidos pero que pronto terminará de vuelta en la frontera, en la Esatación Rodríguez (al lado de la Estación Camarón), surge entonces la figura de Gloria Anzaldúa que vuelve en varios momentos explícitos, si bien con una menor presencia escritural que Revueltas.

“Gloria Anzaldúa descubrió a su nahual -su animal tutelar- en un campo de algodón al otro lado del Río Bravo” 210

Así lee la primera aparición en el cuerpo del texto de Anzaldúa. Pero es una aparición que conjura todo el libro. El nahual de Anzaldúa, como sabemos, es la serpiente, cuyo movimiento zigzagueante y su siseo dan forma las líneas narrativas tanto de Borderlands como de Autobiografía del algodón.  Esa misma serpiente de cascabel se le aparecerá a Petra Peña, la abuela de Rivera Garza, quien morirá joven y misteriosamente en esas nuevas tierras prometidas.

“El ruido de los cascabeles y el siseo de la víbora los sacó del duelo” 227

  1. [este puertorriqueño necesita un mapa]

Estación Camarón, Zaragoza, Nuevo León, Anáhuac, La Ribereña, Tamaulipas, Matamoros, Brownsville, Houston, el Río Bravo. Este libro demanda un mapa, sobre todo para los lectores como nosotres que llegamos a él desde otras geografías. Confundimos las distancias, confundimos un poblado con una región, 40 días de caminata con 40 kilómetros, el pueblo desaparecido con el pueblo vivo donde las pesquisidoras van a hacer preguntas impertinentes sobre fosas comunes y fantasmas de otros tiempos. Y, sin embargo, recordamos claramente la misma sensación cuando leímos recientemente otro libro, otra novela documental, sobre otras regiones, sobre Puerto Rico que es nuestro archipiélago, PR3 Aguirre de Marta Aponte Alsina (2018, nuestra reseña en El Roomate acá), un libro gemelo a éste. Pero estos dos libros son tan tremendamente singulares y tan literariamente virtuosos que sospechamos de que puedan tener gemelos. PR3 Aguirre recorre la carretera número 3 de Puerto Rico por dos siglos hasta morir en las ruinas presentes de la central azucarera, Aguirre, que en el s.19 fuera una de las más importantes del mundo. Así como Rivera Garza utiliza esa mercancía de alto valor capitalista que es el algodón para narrar las condiciones materiales y los deseos históricos de unas comunidades invisibilizadas, pero ferozmente resilientes, Aponte Alsina se enfoca en el azúcar para hacer algo muy parecido, escribiendo el libro a la misma vez que Rivera Garza está escribiendo el suyo. En ambos libros los altos vuelos poéticos y las experimentaciones literarias interrumpen su carácter documental y su investigación del archivo. Y sí, ambas escritoras se conocen y creo que se alegrarían con esta comparación, pero eso no es lo importante. Nos parece que esa casualidad entre estos dos libros escritos simultáneamente por dos grandes escritores en geografías tan diferentes son el síntoma de que algo está pasando aquí, de que algo le está pasando a la conciencia colectiva que es la literatura, pero no sabemos bien qué es. ¿Cómo se verían los escritorios donde se escribieron estos libros, llenos de documentos, de mapas, de libros de historia, de libretas en donde ambas autores anotaron ideas y citas de sus numerosos viajes a archivos municipales donde importunaban a los empleados de turno?

  1. [formas ancestrales]

Capullos de algodón. Risografía RISO ME 945OU, tinta negra y dorada. Incluido en Autobiografía del algodón

Decíamos más arriba que este libro nos recuerda una función ancestral de la literatura, la que nos devuelve a la tierra (pienso en el primer poema escrito, hace 6 mil años, por la profeta Enheduanna). Pero la verdad es que es un libro que no es tímido en compartir con sus lectores las formas y las prácticas que usa para conseguir el arte de “aterrizar” a las formas ancestrales

“Como el proverbial vampiro frente al espejo, la tradición y sus prácticas están ahí, o aquí, pero no son accesibles a la vista. Para hacerlo, para recuperar ese acceso a la tradición perdida, es necesario traerla a colación, es decir, volverla partícipe de diálogos y procesos del presente” 290

Por eso le temporalidad del libro es tan espiralada, porque pone a delirar el archivo histórico con las formas de otros tiempos, generando diálogos entre muertos y nonatos, bifurcando y colapsando líneas narrativas en tiempos diferentes. Nos dice la autora en algún momento que los cementerios son una interfaz de comunicación en el espacio/tiempo interestelar. Nos dice también, en otro momento (o así lo entendió este lector) que hay pueblos nómadas que como no pueden enterrar a sus muertos porque los han expulsado de sus tierras, terminan enterrándolos ya no en el espacio sino en el tiempo mismo. Autobiografía del algodón nos habla también del abrazo terrible entre el miedo y la necesidad de saber, y lo que nace de ese abrazo es este libro. Este es su eco.

  1. [¿otras humanidades?]

Una última idea aventurera tras terminar de leer, más bien un deseo; Autobiografía del algodón, (así como PR3 Aguirre) además de ser una obra maestra, a nuestro parecer, caótica y multiforme, también podría ser una de esas obras que invitan a la reproducción (como decía Piglia, que quien inventó el soneto es mejor que Dante porque las generaciones de poetas seguirán usando esa forma pero nadie podrá volver a escribir La Commedia). Quisiera que fuera un modelo para una práctica, para un gremio futuro, para otra universidad, para otras humanidades, para otro latinoamericanismo. En los circuitos intelectuales y universitarios de las últimas décadas hemos estado buscando en la teoría crítica una nueva manera de hacer investigación sobre un objeto de estudio latinoamericano rebelde, que se resiste a ser estudiado desde las categorías colonizadoras del universalismo europeo y blanco que todavía domina la academia de una manera casi total. Creo que este libro es uno entre varios que nos llama a mirar a otro lado. Quizá la renovación de nuestros campos de estudio no está ni en la teoría crítica ni en las prácticas identitarias que hemos querido ver como su opuesto. Quizá tendríamos que mirar a los escritores, a los artistas, que hoy, por razones históricas precisas, subsisten como refugiados en nuestras universidades, y logran mezclar con libertad la rigurosidad académica y teórica con las formas estéticas más experimentales y creativas. Quizá en esa combinación barroca entre investigación y experimentación, entre historia y especulación, entre documentación y estilo, haya una clave para las próximas generaciones. Así, como siempre, los dejamos con una cita larga del texto que nos apasionó. No sin antes decir que este libro requiere paciencia (y esta “reseña” también!), quizá porque el peso insoportable de la historia sólo se comunica en los ritmos lentos, lentísimos. Quizás, en estos tiempos tan rápidos, la literatura, siempre a contracorriente, siempre política, se esté comenzando a reservar sus vuelos poéticos más poderosos para los lectores dispuestos a hacerle la guerra a la velocidad moderna.

“Manada de miedo: ganas tú. El daño de la hozadura en la superficie del silencio.

           Pero algo debe de quedar. ¿Y quién en su incredulidad dice esto? Pero algo debe de haber resistido la destrucción, y luego, la disolución. Y luego el recuerdo. Un sujeto sin voz articula, a pesar de todo, esa pregunta. Y luego dos. Este es su eco. Se trata del asombro. Un pie no camina solo. Venimos tú y yo juntas con todo y la distancia a cuestas. [Existe una materia nutrida en la atmósfera, como si los corazones se congregaran para erigir muros de energía y algo fuese a ocurrir…] Dos mujeres solas encaramadas en palabras. [Los huelguistas callan pero tienen una voz]. Venimos en son de paz que es lo mismo a decir que no venimos no a postrarnos sino a caminar. [Se trata del asombro.] Estación Camarón es una pila de tierra revuelta con escombro. [Se trata del asombro. Del asombro y del júbilo.] Un montoncito de piedras, eso es Estación Camarón. [Un pie no camina solo sino que está unido a otros pies que a millares se articulan sobre la voz…] Las infraestructuras están habitadas de espíritus, dijo una antropóloga[2] en otro sitio.” 78

Luis Othoniel Rosa (Bayamón, Puerto Rico, 1985) es el autor de las novelas Otra vez me alejo (Argentina: Enropía 2012; Puerto Rico: Isla Negra, 2013) y Caja de fractales (Argentina: Entropía, 2017; Puerto Rico: La Secta de los Perros, 2018). La última fue traducida al inglés como Down with Gargamel! por el poeta Noel Black (USA: Argos Books, 2020). También es autor del estudio Comienzos para una estética anarquista: Borges con Macedonio (Chile: Cuarto Propio, 2016; Argentina: Corregidor, 2020). Para El Roommate ha reseñado libros de Michelle ClaytonRaúl AnteloLorenzo García VegaMargarita PintadoRafael Acevedo,  Mar Gómez,  Isabel Cadenas Cañón,  Romina Paula,  Mara Pastor, Julio Meza Díaz,  Sergio ChejfecBalam RodrigoJuan Carlos Quiñones (Bruno Soreno)Sebastián Martínez Daniell, Colectivo Simbiosis Cultural y Colectivo Situaciones,  Margarita Pintado (¡otra vez!), Ricardo Piglia  , Francisco ÁngelesJulio PrietoJulio Ramos, Federico Galende, Julio Prieto  (¡otra vez!), Áurea María SotomayorNoel Black,  Marta Aponte Alsina (varios que se pueden encontrar en este Dossier), Naomi KleinMara Pastor (otra vez) y Nicole Cecilia Delgado.

[1] En un momento hermoso del libro, en que la autora le anuncia a su hijo el descubrimiento de su genealogía indígena, la madre y el hijo, Matías, se comparten sus impresiones sobre la historia de los Guachichiles “En ciertas versiones románticas, los Guachichiles aparecen como un pueblo nómada, sin ídolos ni altar ni Dios. Tan libres, de hecho, que rechazaban las tumbas y los cementerios con tal de no verse obligados a regresar. En lugar de enterrar a sus muertos, recogían sus cenizas en bolsas de gamuza que se fajaban a la cintura. Y partían así, llevándoselos con ellos. Las versiones románticas son seductoras, aunque incompletas. Recuerdo que le dije a Matías que es difícil abrir un hoyo en la tierra cuando te han despojado de la tierra. Tal vez la ceniza, o la fosa común a donde iban a parar tantos pobres a falta de dinero, es la única salida que queda cuando te han expulsado de todos lados. Tal vez nómada es sólo otra forma de la desesperación. ¿O tal vez ambas cosas son lo mismos?, dijo él. ¿Qué quieres decir? Guerreros y libres, derrotados y eternos. […] Todos esos campesinos pobres, todos esos migrantes desahuciado, todas esas caravanas en el tiempo, todas esas terquedades y todas esas persistencias, eran indígenas. Y con ellas has vivido toda la vida, Matías, tienes razón.” 156

[2] La antropóloga es Saiba Varma y su libro es Occupied Clinic: Militarism and Care in Kashmir (2020)

 

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