Juan Carlos Quiñones. El libro de las apariencias. Ganador del Premio Nacional del Instituto de Cultura Puertorriqueña. 2025. 145 páginas
0. La reseña
Leímos El libro de las apariencias hace un año, con muchaemoción y expectativa tras de que recibiera el Premio Nacional del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Es un libro poderoso. Creo que es el mejor libro de Juan Carlos Quiñones, uno de nuestros escritores más brillantes y singulares, y el punto más alto de una obra que seguimos desde hace décadas(Breviario, de2002, y Todos los nombres el nombre, de 2013, son los otros que rivalizarían con este). Es un gran libro, sí, sobre el alcoholismo (esa enfermedad terrible que derrama el ego en la inmanencia), pero es bastante más que eso. Es un libro de cuentos con hecatombes en superposición cuántica. Es el experimento para ver la física que se esconde detrás de la ficción. Cada mundo en cada uno de los cuentos nos narra un Puerto Rico desolado. Todos los cuentos son escritos inicialmente con una perfección apabullante, como si Borges y Ramos Otero hubieran parido un hijo, pero un hijo incestuoso y deformado que luego arruinará la perfección formal de sus tramas. El narrador parece sabotear intencionalmente sus propias historias, como veremos más adelante. A los cuentos más delirantes de paisajes escatológicos se les intercalan otros cuentos, casi hasta alegres, idiosincráticos, que celebran cierto morbo bien boricua; está la dueña puertorriqueña de un Airbnb que cual araña seduce a turistas gringos para matarlos a machetazos en su residencia; está una tía que trepa la palma de coco de un vecino que la odia para colocar un embrujo santero “rescatamaridos” en la corona del árbol cuando sale el vecino de su casa y la sorprende trepando el tronco; está un borracho que apuesta todo lo que tiene en las fiestas de pueblo, las tradicionales verbenas, por el caballo de pica (mecánico) número 5; están los tecatos en un hogar transitorio, “la prisión sin límites”, que ven juntos las noticias de prensa amarilla en la televisión compartida para adivinar el crimen que le daría su apodo, “Meñique”, a uno de los reclusos más misteriosos. Y también hay cuentos tristes que juegan con lo autobiográfico o la autoficción, que narran la soledad de lxsadictxs o de los escritorxs, porque esas dos soledades parecen ser la misma en una isla colonizada más por el abandono que por el imperio. En cada cuento, sin embargo, hay una suerte de alegría que no debería ser, una alegría que se ríe de los absurdos, una vida triste que vive del cuento, que se goza los finales, aunque el final sea la muerte misma, y ni la muerte se libra de la risa, una risa irreverente, barroca, oscura, que nos niega la solemnidad. Copiando un leitmotiv chistoso que aparece en un par de los cuentos, podríamos decir que por libros como éste es que los gringos “nunca nos van a dar la estadidad” a los puertorriqueños.
En una montaña rusa emocional que nos lleva rápido (casi que demasiado rápido) de la risa histérica a la tristeza abismal, creo que el paisaje emocional constante en El libro de las apariencias es una ansiedad en superposición. Me explico: cada experiencia que tenemos los humanos permite ser procesada, entendida, percibida o interpretada de numerosas maneras diferentes. Esto es obvio. Pero para no volvernos locos, para no perdernos en la paranoia compulsiva de la interpretación (¿será que fulano me dijo “buenos días” porque honestamente desea que yo tenga un buen día, o tal vez lo dijo sin pensarlo dos veces, por buenos modales, o quizá fue irónico, o quizá me dijo “buenos días” porque realmente me quiere matar, porque éste será mi último día?), escogemos una sola manera de interpretar la experiencia. Colapsamos todas las opciones de interpretación en una sola para poder seguir con nuestro día, sea bueno o no. Así, las otras interpretaciones del “buen día” se pierden, se derraman en la realidad sin continuidad. La ficción está hecha de esas interpretaciones descartadas. Por esto,la mayoría de los cuentos en El libro de las apariencias contiene múltiples versiones del mismo acontecimiento, como si el narrador no se pudiera decidir. A esto le llamo “una poética de la ansiedad en superposición”.La ansiedad que atraviesa el libro no es solo psicológica, sino la experiencia de habitar un mundo donde múltiples versiones de lo real insisten en coexistir.Lo que emerge entonces no es una paranoia intelectual(característica de otros libros del mismo autor) sino una ética de la percepción: una empatía llevada al límite de lo soportable.¿Acaso hay otra manera de ser realmente empático en este mundo que no sea la ansiedad a flor de piel?Quien narra no quiere equivocarse, porque cada elección interpretativa cancela otras posibilidades y lo condena a una soledad radical.El mundo se acaba y el narrador se queda solo en el mundo, el último humano, y esto nos produce un miedo horrible, real, el miedo de ser la última conciencia en un planeta donde ya será imposible la segunda persona. Creo que este afecto asustador que estoy tratando de teorizar se puede sentir en estas citas de uno de los últimos cuentos, uno de los más delirantes, que se titula, “Después de la hecatombe, la Hecatombe”:
“¿Quién dijo esto? ¿Quién lo escribió? […]Yo no soy la mejor persona para atestiguar de estas cosas ni de ninguna, pero soy lo que hay. Lo que queda. Lo único que queda. El único que queda” (129) “Cargo aún, como un salvavidas, la segunda persona. / Esto es: te escribo.” (130) “Se acabó el mundo y tú en las zetas. Z. Z. Z.” (130) “Eres un lector, una lectora, una cosa imposible. ¿Entiendes?” (131) “Todavía el miedo tenía sentido” […]“Ser el único en el mundo es la mejor excusa en el mundo para escribir una autobiografía” […] “Soy alcohólico, ya lo dije” […] “El alcoholismo es una enfermedad terriblemente social. La vida también” […] “La adicción es un movimiento de traslación hacia el fin del mundo. Es un modo trágico del amor y un ‘qué se va a hacer, qué se va a hacer” (132)
Quizá por eso el libro se titula El libro de las apariencias: no porque oculte una verdad detrás de las superficies, sino porque insiste en que no hay nada “detrás”. Lo que llamamos realidad es ya una apariencia entre otras, el resultado precario de un colapso entre múltiples versiones posibles del mundo. La ficción como fuerza multiplicadora que no revela lo oculto, sino que sostiene lo simultáneo: un sinfín de apariencias
1. Hay tormentas verdes del alma… cuando todavía los humanos habitaban la tierra
Dafne Elvira, Pescadora / dibujo digital
Hay varios cuentos en este libro que no tienen personajes. Que narran paisajes desoladores, sin humanos, en los que el horizonte se enrolla como si fuera un lienzo. Para que el paisaje sea paisaje, alguien tiene que quedar para observarlo, ¿o no? De manera que cuando decimos, “un paisaje sin humanos”, más que un vacío, estamos nombrando la presencia de una espectadora misteriosa, una mente que no percibe como nosotres.
«¿Alguien recuerda cómo sonaba el mar? Hacía tiempo ya después de la Hecatombe -cuando las naves humanas se marcharon atravesando la estratósfera y dejando estelas de humos negros como surcos en el lienzo celestial- que las aguas se habían retirado del mundo llevándose el horizonte hacia atrás como si un enorme tapiz se enrollase sobre sí mismo hasta desaparecer.» (43)
Hay gente en nuestro mundo a quien no se le ocurre pensar en que el universo continuará hacia un futuro sin humanos. No se preocupan, no les da ansiedad, mucho menos se sienten insultados ante esa arrogancia del mundo que continuará sin nosotres y que se abrazará a otras inteligencias que lo piensen, que ya la piensan, desde otros espacios y tiempos.El libro de las apariencias no fue escrito por humanos. Su autor, el humano Juan Carlos Quiñones, ha sido un medio. Al interior de los cuentos que van conformando tanto una novela secreta como un tratado sobre la ficción, la autoría le pertenece a Xiborr, una inteligencia de otra dimensión, a veces fantástica, otras tecnológica. Pero desde el exterior del libro su autoría presupone algo más siniestro y a la vez más interesante; la ficción no es una creación humana y nunca lo fue.La ficción es un fenómeno de la naturaleza, una de las fuerzas “oscuras” de la física, todavía no entendida del todo (como la “materia oscura”). Todos los humanos estamos a la merced de esta fuerza cósmica que es la ficción y ni nos damos cuenta. La ficción cambia la realidad. Actúa sobre el universo. Nos manipula despiadadamente. Nos engaña y nos educa. La ficción puede tratarnos con ternura, a veces hasta con pena por lo pequeñitos que somos ante ella. Pero a veces es cruel e indiferentecual diosa que está preocupada con problemas más grandes que nosotres. “El mundo obedece más a los misterios del mito y la poesía que a las leyes de la física” (44). El capitalismo mismo está hecho de ficción. El capitalismo es siempre totalitario porque domina cada aspecto de la vida, administra la muerte y hasta regula nuestros deseos. El capitalismo coloniza tanto nuestros cuerpos como nuestra interioridad. Ya para Marx (o Derrida) era obvio que el capitalismo está hecho de ficción. Crea un valor abstracto de la nada e impone la abstracciónsupersticiosa del dinero. Desde la nada de una matemática inventada cambia la materia y la historia. Pero el capitalismo, por más enorme y totalitario que se nos manifiesta, es nomás un ejemplo pequeñito, una manifestación infinitésima, de la fuerza de la ficción. Lo que se deduce de este libro es más terrible. La ficción es una fuerza tan potente y misteriosa como la gravedad y, como la gravedad, sólo logramos comenzar a entender sus efectos, pero nada sabemos de su origen. La ficción es una fuerza que desafía al universo mismo porque parece ya existir antes del génesis de este universo y sobrevivirá su fin. Es una fuerza de la naturaleza pero ete universo no la contiene.
Esta es la última página del libro, un “cuento” cortito de una página titulado “Otros tiempos” que cierra la colección.
“Hoy las cosas ya son distintas. No se parecen al de antes. El mundo ya no es le mismo. Nunca lo es. Pero aún después de la pandemia, la niebla y las tormentas, no puedo evitar sollozar cuando me topo con una palabra, un olor, una tonada musical que me lleva a entonces, “cuando los humanos habitaban la tierra. Hay quien dice que todavía -pero ¿quién, quiénes dicen?, ¿de qué voz provienen esas palabras levitantes?– se puede regresar al pasado a trastear las cosas, a cambiar los muebles de sitio, a soplar velas del bizcocho, a mirar estrellas o selfies congelados, a celebrar plebiscitos y certámenes literarios y de belleza, a corregir manuscritos y cambiar versiones, a desear que las cosas salgan distintas. Que hay unas máquinas que así lo permiten. Unas voluntades ignotas. Pero es que las cosas ya son distintas. Puede que la hecatombe sea siempre una apariencia de Hecatombe. Puede que, por suerte, la hecatombe siempre haya que escribirla con minúscula. Yo no sé nada de esas cosas ya, hoy, en estos otros tiempos tan duros, tan de letra mayúscula. Hay quien dice que flotamos. Que esta realidad es una balsa levitante sobre la niebla-abismo de superficie. Y que hay una isla sumergida debajo de las aguas y que allá en el fondo del mar que ha regresado se gesta el futuro”(139)
2. Arruinar la perfección del cuento
La obra literaria de Juan Carlos Quiñones, desde su celebrado primer libro, Breviario (2002), honra una tradición bien precisa del cuento en su forma perfecta, y uno podría aplicar una a una las famosas “Tesis sobre el cuento” de Ricardo Piglia (influencia clave en Quiñones, y ocasional interlocutor) a sus cuentos. Esa tradición del cuento perfecto con sus dos historias (la que está en la superficie, y luego la subterránea, ambas encontrándose en un final que le dan sentido) se siente fuertemente en Quiñones. Pero en El libro de las apariencias hay una innovación curiosa en el género; cada uno de los cuentos en esta colección encuentra su propia manera de arruinar la perfección. Acá me aventuro a decir que esto sucede intencionalmente porque el lector puede ver claramente tanto la perfección del cuento como el elemento insertado que arruina la perfección. En al menos tres de los cuentos es una incongruencia cronológica lo que arruina la perfección de la trama (“El otro apodo de Meñique”, “El libro de las apariencias” y un par más)en otros cuentos (como “El olor del Recao” o “Concha tirada en la ladera de una duna”,entre otros) es la invasión de un personaje completamente nuevo y fantástico, que en algunas ocasiones literalmente posee a los protagonistas (a veces se llama Xiborr), o entra en la trama sin explicaciones, un deus ex machina. En todavía otra serie de cuentos, sobre todo en los cuentos más experimentales con paisajes conceptuales en los que casi no hay ni trama ni personajes(“Aokigahara, bosque mar de los sargazos” es el mejor ejemplo), la perfección es arruinada mediante la concatenación intencional de metáforas, cada paisaje volviéndose la metáfora de otro paisaje hasta deliberadamente dejarnos sin referente, en un estado de literatura pura. Esto se puede ver en un libro anterior de Quiñones que es un cuento ilustrado por la gran pintora, Dafne Elvira, titulado, La isla de las salamandras, o en esta larga cita del El libro de las apariencias:
“Puedo imaginar cómo aquellos cordones desbordan el bosque formando un enorme tejido caótico y multicolor que atraviesa la faz de la tierra, abarrotando la superficie ancha y cóncava del planeta, como esos organigramas conceptuales paranoicos que locos iluminados despliegan en las paredes de sótanos mustios en las películas […]. Hilos trazados sobre un mapa, de la manera que un mapa se queda grabado en el corazón y la memoria como una escritura rupestre raspada en el interior de una concha, una manera que olvida que la forma de un bosque, de un país, de una isla, de cualquier zona, es tan caprichosa como los contornos de una nube o la silueta que deja la ola sobre la arena demarcada en espuma.
Un bosque es una isla clorofílica atravesada por la niebla. Una ciudad flotante pintorroteada de verde. Hoy yo vivo y escribo en una isla donde siempre es hoy, y escribir en islas siempre será escribir sobre las islas. Escribir sobre islas -encima de, acerca de -siempre será escribir en metáforas, porque, hasta nuevo aviso, la escritura practicada desde mi isla es siempre el devenir a otra cosa.
En el idioma ideogramático japonés, la palabra Aokigahara significa: “Mar de árboles”. Una metáfora. Una metáfora también es un portal por donde se puede abandonar este mundo para llegar a otros posibles. Un paraíso. Un mar es una isla líquida rodeada de tierra visto a la inversa, negativo conceptual de una fotografía sideral. Una isla es un mar pétreo rodeado de agua. Como aquel Mar de los Sargazos, isla flotante y vegetal donde se hunden los navíos y a veces desaparecen, sin dejar rastro” (137)
Dafne Elvira, Bosque mar de los sargazos / versión digital
¿Por qué? ¿Por qué esta pulsión de arruinar la perfección de un cuento? Le hacemos esta pregunta directamente al autor e incluimos abajo como Apéndice a esta reseña/ensayo su respuesta imperfecta. Obviamente, la pregunta en su multiplicidad de posibles respuestas es más interesante que su solución, y su “solución” algo tiene que ver con esta poética de la ansiedad en superposición que estamos teorizando. Hay una alegría irracional en arruinar algo que parece perfecto.
3. Sólo la ficción desafía la fatalidad
En el cuento, “La increíble y verdadera mañana de Gregorio Samsa”, Quiñones reescribe genialmente La metamorfosis de Kafka. El gran logro de esta reescritura radical es que el cuento se siente hasta más kafkiano que el original. Veamos. En la versión de Quiñones es la familia (la madre, el padre, la hermana menor) la que se convierte en insectos, y no Gregorio Samsa como en el original. Samsa se horroriza al ver a su familia convertida en cucarachas, pero él sólo quiere llegar a tiempo a su trabajo.
“No quería toparse con insectos que se interpusieran en su camino. Pero tendría que hacerlo, no había más remedio, pensó cuando vio que la cucaracha más grande lo había seguido a paso lento y se le acercaba como exigiéndole algo que él jamás podría ofrecer” (83).
Lo que hace a la versión de Quiñones más kafkiana que el original es esta compulsión por no llegar tarde a su trabajo burocrático. Este mandato a la normalidad laboral es más perverso y horroroso que las metamorfosis insectas de los cuerpos de los seres amados en su espacio doméstico. Esa vuelta de tuerca nos deja ver el verdadero horror desfamiliarizado y alienante del trabajo asalariado.
Decía Macedonio Fernández, citado abundantemente por Quiñones en muchos de sus textos, que es el escritor original quien verdaderamente plagia porque es quien se adscribe la originalidad con patente de propiedad intelectual, individualizando una cualidad (en este caso la cualidad de “lo kafkiano”) que le pertenece a una colectividad. En este cuento que superficialmente desentona con el estilo del resto de la colección, Quiñones aúna lo que es la propuesta central de este libro tan singular, su propuesta novelística (y por “novelística” me refiero a esa concatenación narrativa, típicamente moderna, que narra el mundo completo en una inestabilidad sin Dios); la ficción es la única fuerza de la física que preserva la información de las otras versiones del mundo que fueron borradas cuando colapsamos la función de onda en este mundo singular en el que vivimos.Es importante insistir que lo que argumento acá sobre esta suerte de “ficción cuántica” no es mi interpretación de los cuentos de Quiñones, sino algo que está ahí formulado en los cuentos, y cualquier lectora con algo de conocimiento de física cuántica encontrará. Para los que suscribimos a ciertas tradiciones revolucionarias o descolonizadoras, las que argumentan que otras modernidades fueron y son posibles, lo que hace Quiñones en este libro es tremendamente productivo, y será el objeto de estudio de futuras investigaciones que no tenemos espacio para desarrollar aquí.
Por ahora, limitándonos a la lectura de este libro, añadamos que esta fuerza cósmica de la ficción en estos cuentos comienza a desarrollarse como una reflexión sobre el alcoholismo de la mayoría de los protagonistas en los cuentos del libro. Más que autoficción, el alcoholismo es el pretexto narrativo para desarrollar una teoría de la ficción. Es la manera en la que el alcohólico experimenta el mundo y el tiempo (motivo de una de mis preguntas a las que el autor responde en el Apéndice abajo); es la desconfianza por la memoria de los pasados inestables; es el regocijo del borracho ante el azar o el peligro; es la paranoia del alcohólico en recuperación que ya no sabe qué es su culpa y qué es la culpa de sus enemigos; es el miedo a la recaída; es la voluntad hacia el delirio y hacia lo profético (los alcohólicos profetizan) que le permite ver al alucinado horrores futuros, le permite a Quiñones identificar un comportamiento singular y poderoso de la ficción que mantiene en tensión la pluralidad de mundos posibles.
Al final del cuento, “Después de la tormenta, la Tormenta”, Quiñones nos devuelve a la imagen kafkiana de la metamorfosis insecta. Sin embargo, este es otro cuento “arruinado” al final, con una invasión de lo fantástico en lo autobiográfico. Este cuento, de los más largos de la colección, narra una suerte de testimonio del verdadero autor que sobrevivió la catástrofe del huracán María refugiado en la alcaldía de San Juan, comenzando a sufrir los horrores del síndrome de la abstinencia allí (catástrofe afuera, catástrofe adentro), leyendo allí mismo en medio del huracán para refugiarse de los horrores. En ese cuento también hay reflexiones hermosas y duras sobre lo que es ser un “escritor fracasado”; también hay una reflexión muy sugerente y explícita sobre la relación entre el “éxito literario” y la física cuántica. Como si fuera puro azar, sin ningún presagio narrativo, la lectora se va dando cuenta hacia el final del relato que hay una entidad fantástica interrumpiendo el lenguaje del narrador que a lo largo del cuento superpone un evento terrible que pasó allí mismo en el Viejo San Juan 20 años antes del Huracán María cuando otro gobernador corrupto de nombre Roselló gobernaba la isla. Ese evento terrible que sucede 20 años antes de ese otro evento terrible que fue María, se revela al final del cuento.El trigger para ese otro evento terrible que desata otra “tormenta perfecta” es cuando un niño inocente confunde al narrador, Juan Carlos Quiñones, con el famoso cantante boricua, Marc Anthony, chiste recurrente a lo largo del libro. Entonces surge una voz terrible que dice: “YO NO SOY MARC ANTHONY, PUÑETA. MI VERDADERO NOMBRE ES XIBORRR Y VENGO DE OTRO LUGAR” (112) y luego de esta cita el narrador insiste en que no sabe por qué dijo eso y no sabe lo que significan aquellas palabras. Hasta este punto de este cuento largo no hay nada que presagie la posesión de esta entidad fantástica del narrador. El horror hasta ese momento es el horror “natural” del huracán, de manera que este es un final es absurdo y genial. El tal Xiborr parece poseer y metamorfosear al narradorallí mismo en el Viejo San Juan donde 20 años después el narrador se refugiará del Huracán María, sufriendo el horror del síndrome de la abstinencia (catástrofe afuera, catástrofe adentro), y entonces Xiboss lo transforma en un monstruo con “sus ocho extremidades membranosas”
“aterrándolos, descuartizándolos, desgarrándolos, rajándolos, destripándolos, decapitándolos, masacrándolos, masticándolos y devorándolos en una tormenta de sangre y tripas y pellejo para finalmente, a fuerza de zarpasos y mordidas cruentas, mostrarles mi verdadera naturaleza” (113).
Nos parece que este cuento es la mejor pieza de literatura que hemos leído sobre ese horror que fue el Huracán María. Ese huracán nunca fue sólo un huracán y contenía horrores que se venían cocinando por décadas. Ese ciclón super-empoderado por el calentamiento global y las nefastas políticas de austeridad neoliberales llegó escondiendo (y revelando) los horrores más tremendos de nuestra especie maldita y sus sistemas inhumanos. El delirio de este personaje de ficción con síndrome de abstinencia durante el Huracán María nos representa el sufrimiento bien real por el que pasaron miles de adictos en Puerto Rico durante esos meses catastróficos. Pero también nos dice algo más importante que no se reduce a la representación. Hay un monstruo terrible, innombrable, que asomó su cara en nuestro mundo y le agarró el gusto a la sangre humana y puertorriqueña. Ese monstruo descuartizador volverá. La ficción ya nos lo advirtió. Que las lectoras ignoren esta profecía a su propio riesgo.
4. ¿Quién, pues, es el autor de este libro?
Dafne Elvira, Conchas tiradas en la ladera de una duna / dibujo digital
El autor de este libro, al menos al interior de su ejercicio metaliterario, es este tal Xiborr(¿cyborg?, ¿ChatGPT?) que aparece arruinando la perfección narrativa de varios de los cuentos. Es una entidad fantástica o tecnológica de otro universo que con frecuencia posee al narrador y algunos de los personajes. Quiñones, lector del Quijote, siempre ha jugado con la autoría, y Xiborr acá nos recuerda a CideHameteBenengeli, el verdadero autor de Don Quijote según la novela misma, que escribe en árabe las aventuras del caballero andante y que provee una otredad importantísima. Con ese autor musulmán que hace de Cervantes un plagiador, Don Quijote, la gran novela moderna, se nos presenta como la obra de un sobreviviente del genocidio que abre toda la modernidad, el genocidio de la “Reconquista”que prepara a los ejércitos de Castilla para el genocidio continental en las Américas.Tanto en Don Quijote como en el Libro de las apariencias, la ficción viene acompañada del fin del mundo, de la hecatombe, del genocidio, de un tiempo desestabilizado, y en ambos libros hay una abolición de la autoría precisamente porque quieren advertirnos que la ficción es su propia cosa, su propia fuerza, sin autor que la controle. Pero todavía hay otra vuelta de tuerca en torno a la autoría en El libro de las apariencias.
El cuento que lleva el título del libro completo, “El libro de las apariencias”, es un cuento bastante enigmático sobre el plagio entre escritores a través de las generaciones. Decimos que es enigmático porque presenta un misterio que no se resuelve, un laberinto intertextual de plagios que se mantiene en lo inexplicable. Para empeorar el aspecto laberíntico de este misterio intertextual, el personaje que es la víctima última de los varios plagios que narra este cuento en particular lleva por nombre “Luis Othoniel”, que también es el nombre del autor de esta reseña/ensayo que tú, querida lectora, sigues leyendo con terquedad, quizá en busca de una iluminación que te será negada, o quizá por la inercia de las buenos estudiantes o lectoras, oquizá sigues leyendo por joder (porque a veces leemos por joder, leemos para desafiar al mundo que, en su histeria, le gusta llamar la atención y leer es una manera de sacarle el dedo malo, de dejarle saber que hay cosas más importantes, y que nuestra atención es nuestro único poder contra este mundo). Como sucede en al menos la mitad de los cuentos de este libro, hay versiones paralelas de la misma trama, contradictorias entre ellas, que se sostienen al mismo tiempo sin que una se erija como la trama “verdadera”. Este cuento, “El libro de las apariencias”, concluye con 4 finales en superposición. En uno de los finales, Quiñones plagia una larga novela inédita de Othoniel, quien ha desaparecido, y la publica con su propio nombre, sólo mencionando a Othoniel en la dedicatoria. Y, por supuesto, hay dos dedicatorias en superposición: “a Luis Othoniel, los finales no existen” / “a Luis Othoniel, sólo los finales importan”. En todas las versiones del final de este cuento, Quiñones plagia a Othoniel, publica la novela, vuelve a beber, y titula esa novela, supuestamente escrita por Othoniel,El libro de las apariencias,
¿Qué hacemos con todo esto? ¿Hace falta decir que esto es mentira? ¿Hace falta aclarar que nosotres no escribimos este libro maravilloso (¡ya quisiéramos!)? ¿Que Quiñones no nos ha plagiado (que sepamos) y que la novela de la que habla en ese cuento se titula El gato en el remolino y saldrá en junio de este año 2026 en Escocia? ¿Que Quiñones sí ayudó a editar esa novela de Othoniel que leyó en su primera versión en un manuscrito en 2022?¿Que como la novela de Othoniel es sobre una conciencia colectiva, Quiñones escribió al menos dos secciones enteras de esa novela en la que participaron muchas otras escritoras? ¿Debería insistir que yoestoy vivo, que estamos vivos, que no hemos desaparecido?¡Estamos aquí! ¿Nos pueden ver, verdad, sí que me pueden ver, o al menos leer? ¿Quedan lectoras? ¿Hace falta darle las gracias a Quiñones por este homenaje? ¿Es, de hecho, un homenaje a Othoniel? ¿Será que en otra versión de este universo fui yo o nosotres quien escribió El libro de las apariencias y que fue Quiñones o Soreno el que escribió El gato en el remolino? ¿Será que sólo Xiborr puede ver simultáneamente los múltiples universos en superposición? En este mundo, Quiñones no ha plagiado a Othoniel. Si acaso lo contrario sea cierto, pero esto evidentemente no importa. También es posible que toda esta inclusión del nombre “Othoniel” en este cuento que lleva el título del libro completo sea simplemente una distracción que esconde algo perturbador, otro elemento irresuelto que “arruina” este cuento.
Y es que antes de plagiar a Othoniel en este cuento, Quiñones es plagiado por un jovencito al que, después de hacerle el amor, le contó la trama completa de su novela. En ese momento después del coito, sin embargo, el personaje, Quiñones, le miente a su joven amante, y en vez de contarle la trama de su manuscrito, le cuenta la trama de la novela utópica de Othoniel haciéndola pasar por suya. El jovencito luego se hace famoso publicando bajo su nombre la novela de Quiñones, pero acá es que está lo irresuelto. No publica la novela que Quiñones le contó haciéndola pasar por suya (la de Othoniel) tras hacer el amor, sino la novela que Quiñones de hecho estaba escribiendo.
“¿Cómo era posible entonces que este póstumo plagiador inaudito conociera la trama de su novela cuando él le había contado la trama de la novela de otro?” (71).
Solo cuando abandonamos la idea de la autoría individual podemos entender la ficción como una fuerza impersonal que nos atraviesa. La ficción no es humana. Nos contiene, nos traspasa, nos manipula, nos arropa, nos desnuda, nos expone, nos extermina, nos cuida, sostiene los mundos. Podría destruirlos. Pero no es humana.
5. “Es el goce del colapso de la función de onda. Ah, al fin sé lo que va a pasar”
Dafne Elvira, Las Lolitas / acrílico sobre lienzo
Hay una tristeza profunda en este libro, pero el único cuento que nos hizo llorar se titula “Las cuatro muertes de Bruno”. Son páginas raras en la obra de este escritor porque dan acceso a una intimidad dura, un vulnerabilidad poco común en su obra, entre el amor por lxsamigxs y el amor por la letra. Cada una de las cuatro muertes en superposición ensaya un sentido distinto de estos amores. La primera muerte es literaria: “Ahora comprendía que el acto de leer era un acto sagrado que implicaba participar en la actividad de mantener, de construir, página por página, letra a letra, la inmortalidad delos únicos verdaderamente inmortales: los poetas” ( 87). En la segunda muerte, están lxsamigxs, la jauría que celebra la vida excéntrica del escritor: “Y en ese momento se entregó a la oscuridad donde el dolor de los que aman era la redención” (91). En la tercera muerte sólo está la amada que allí mismo en el hospital le cuenta que está embarazada:“donde el amor lo puede todo hasta vencer la muerte” (93). En la cuarta y última muerte Bruno está solo, sin amada, sin amigues, sin sus libros, estos tres elementos de su identidad, nos revela el narrador, fueron fantasías: “Bruno se sintió, de alguna forma, como liberado de una venda que le tapaba los ojos, como dueño de una verdad que elude a otros, como descubridor de un conocimiento vedado para otros, un conocimiento que le costó la vida misma, y, por lo tanto, se sintió digno” (95). Lo trágico no es morir, sino tener que escoger una versión de la muerte y dejar que las otras se evaporen. Por eso el cuento remata con una revelación anticlimática que, a la vez, es brutalmente tierna: “Que, en realidad, de alguna forma, en algún lugar del mundo, alguien simplemente lo había estado escribiendo” (96).
Volvamos, entonces, a esta poética de la ansiedad en superposición que recorre todo el libro. Los cuentos de El libro de las apariencias no buscan resolver sus enigmas ni cerrar sus mundos narrativos: buscan mantener abiertas las posibilidades. Cada final arruinado, cada irrupción fantástica, cada incongruencia cronológica o metafórica insiste en recordarnos que el mundo podría haber sido de otra manera y que, en algún nivel de la ficción cósmica, esas otras versiones todavía existen. En ese sentido, la ansiedad que atraviesa estos cuentos no es simplemente psicológica ni autobiográfica (aunque el alcoholismo y la paranoia del narrador la alimenten) sino relacional. Es la ansiedad de un universo lleno de bifurcaciones posibles que el lenguaje narrativo intenta forzar a una sola secuencia. Quiñones responde saboteando esa secuencia desde adentro del cuento mismo. De ahí también la alegría incomprensible que ronda el libro: la risa histérica del borracho, del lector o del personaje que descubre que el mundo ya colapsó en una sola realidad… pero que la ficción todavía tantea sus otras posibilidades.
Hay también, pues, una alegría incomprensible en este libro, pero el único cuento que me sacó una pavera de risa histérica se titula, “Caballo de mala estrella”. En este cuento el narrador, Bruno, está en una verbena, esas fiestas tradicionales de pueblo. Está borracho y apuesta todo el poco dinero que tiene al caballo número 5 en una de esas máquinas de otro tiempo en las fiestas patronales en Puerto Rico en las que hay caballitos mecánicos que van dando vueltas en un sistema aleatorio imitando un hipódromo en miniatura. Bruno apuesta toda su vida a que el caballo 5 llegará en primer lugar y observa la hipnótica carrera mecánica de los caballos. Concluimos, pues, como solemos concluir estas reseñas/ensayos, con una cita.En este caso, la cita que revelará qué le sucede a Bruno al apostarlo todo al caballo número 5, pero no sin antes decir algo breve sobre esta alegría terca e inexplicable que ronda este libro duro y maravilloso.
“Cuando los humanos habitaban la tierra”, frase que se repite a lo largo del libro, también lograron encontrar la alegría en los momentos más absurdos y más terribles, aun cuando ya lo habían perdido todo y no había vuelta atrás, aun cuando el fracaso de la especie los lanzó al abismo espiralado de la crueldad, el odio, el genocidio y el ecocidio, el horror de la Hecatombe con “H” mayúscula, aún allí, los humanos encontraron el gozo absurdo y la iluminación. Quizá por eso todavía sigamos contando sus historias, las de los humanos, que por el bien de todxs, ya no habitan la Tierra.
“cuando éste anunció el caballo ganador. Yo alcé los brazos al cielo y reí a carcajadas como un loco, como un iluminado o como alguien que se acaba de enterar de que ha sido curado milagrosamente de una enfermedad terminal. Recordé las palabras de un poeta que nunca fue mi amigo, aunque nos conocimos y bebimos juntos: ‘No juegues a la lotto, bróder, que te puedes pegar’. Aquel poeta profirió aquella metáfora a modo de amenaza, como preludio ominoso a la violencia. Sentí la mordida de dios, y quise beberme todo el ron de este planeta y de los otros. Puñeta. El cabrón caballo cinco llegó quinto.”(57)
Apéndice – Breve entrevista a Juan Carlos Quiñones
Dafne Elvira, Detalle de Las grietas en el agua / acrílico sobre lienzo
Luis Othoniel Rosa:¿Qué tiene que ver el fin del mundo con dejar de beber?
Juan Carlos Quiñones: Para un alcohólico es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar dejar de beber. El alcoholismo y el fin del mundo tienen una estructura en común: su naturaleza narrativa.Ambas son narrativasapocalípticas en el sentido de que en ambos relatos, una forma del mundo cesa de existir y el drama radica en que “lo que viene después” se presenta como impensable. Sin embargo, ambas estructuras narrativas funcionan perfectamente bien como comienzos de otros relatos. Los desenlaces son siempre tan artificiales como los principios, y esto tiene mucho que ver con la naturaleza retórica de la narrativa. Trayendo la respuesta un poco al ámbito de los mundos que propone el libro, parafrasearé la primera línea del manifiesto marxista: hay un fantasma innombrado que recorre los cuentos de este libro. Es aquél cuyo nombre no osa ser pronunciado: capitalismo. En mi respuesta provocadora, parafraseo otra frase célebre y de atribución problemática que hemos discutido antes: es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo. Si es leída sin ironía, la frase expresa el horizonte ideológico del capitalismo. Por supuesto que es posible imaginar el fin del capitalismo. Esa es la ansiedad de esa ideología obsesionada con su propia decadencia. Y yo, ansioso al fin, creo que dramatizo esa ansiedad en mi libro.
El fin del mundo capitalista tiene dos escenarios: uno, en el que los humanos logran abolir ese modo del mundo e imaginar uno nuevo, y el otro en el que ese sistema acaba con el mundo. Ambos son dramáticos. El alcoholismo presenta también dos opciones narrativas: el alcohólico “vence” en su batalla contra el alcoholismo, o es finalmente aniquilado por él. En ambos casos, la metáfora es bélica. Y ambos casos proponen una batalla épica. En algún lugar has escrito que el género del capitalismo es la épica. Lo mismo pasa con el alcoholismo. Tiene su retórica y puede leerse como un género, que tiende a identificarse con la narrativa de confesión. ¿Existe una narrativa más épica que la confesión? Por eso, una lectura confesional de mi libro es una lectura que falla. En vez de “enfrentar” estos dos monstruos, habría que desarticular esas narrativas en ambos casos.
Vistas las cosas de esta manera, este libro (escrito casi en su totalidad en sobriedad, o al menos finalizado en sobriedad) es un libro jubilosamente postapocalíptico en más de un sentido.
Luis Othoniel Rosa:En la mayoría de los cuentos surge una línea narrativa inesperada que no se resuelve, que no se explica, una incongruencia cronológica (en al menos tres de los cuentos), una entidad de otra dimensión que posee a los personajes (Xiborr en dos ocasiones, o la zombi doble de la protagonista en “Recao”), una metáfora que nos lleva a otra y a otra (“Aokigahara”). Siento que estos momentos irrumpen formalmente para arruinar la trama, para fastidiar la perfección del género como en el cuento de los caballos de pica que termina perfectamente al final de la carrera de caballos, un final contundente y graciosísimo, y luego el cuento se alarga por un párrafo más sobre una asesinato violento que nada tiene que ver con el arco narrativo. ¿Por qué pasa esto en los cuentos y qué sabes tú de física cuántica?
Juan Carlos Quiñones:Puede que cierto despliegue de virtuosismo literario oculte una limitación narrativa, que es totalmente intencional. Casi todos los cuentos del libro presentan personajes solos, repitiendo un mismo acto una y otra vez. Compulsión de repetición. Igual que los alcohólicos. Igual que el capitalismo. Esto es así desde Breviario, mi primer libro. Ya desde esa depuración y condensación de la trama a un acto ritual repetido, se ejerce cierta violencia a la narrativa si esta se considera como el arte de “contar” (muchas) cosas que le pasan a (mucha) gente. En mis relatos no ocurre “casi nada”. Si algo está ocurriendo, es el lenguaje.
Por otro lado, bien ves esa voluntad de imperfección narrativa. Aunque desde que comencé en el oficio apasionado he practicado la narrativa, siempre he sospechado de ella. Hay que desarticular las narrativas. No es suficiente con cuestionarlas: hay que descojonar el género desde adentro. Las imperfecciones narrativas funcionan desarticulando los horizontes de expectativas del relato. En ese sentido, el trasteo con lo que podríamos llamar una “retórica” o “convención” causal cronológica tiene el mismo efecto que el trastoque del lenguaje en la poesía: poner al lenguaje a significar de una manera diferente de la que usualmente lo hace. Esto es lo que debe aspirar a hacer la buena literatura en sus vertientes poéticas y narrativas.
Hay varios cuentos en el libro que casi no lo son, y que originalmente no lo eran. Eran, digamos, prosas literarias. Para satisfacer el requisito del certamen, inserté un elemento dramático mínimo o hice evidente al narrador de manera metanarrativa y ¡zas! Ahí ya tienes una trama. Creo que te refieres a una operación contraria: cuentos que sí funcionan como cuentos,pero en los que “algo pasa” que no encaja en el eje de la narración. Las cosas pasan de una manera en la que no pueden ocurrir “en la vida”, hay zonas en las que “la cosa se tranca”.
Arruinar la trama. Me gusta eso. En términos cuánticos, yo soy/no soy un físico cuántico. Cuando joven yo iba a estudiar física. Entré a la universidad por Ciencias Físicas de hecho. El cuento que me hice por muchos años era que, al exponerme a la filosofía y a la literatura en la universidad, encontré mi verdadera vocación de escritor. Este relato es falso. A través de los años, y en sobriedad, he llegado a la conclusión de que cambié de carrera porque el alcoholismo no me permitiría hacer ciencia física al nivel que yo quería y quiero hacerlo todo: física de alto nivel. No se me malentienda: amo la literatura. Hacerla y leerla. Pero he aprendido a admitir que hacer literatura de alto nivel se me da bien, de la misma manera que ser alcohólico se me daba bien; el “ser alcohólico” y el “ser escritor” son dos dramas compatibles. No solo son dramas: juntos devienen melodrama y clisé.
Podría decirse que yo arruiné la trama autobiográfica en la que Juan Carlos Quiñones se convierte en físico y adopté aquella en la que deviene escritor alcohólico. Este drama se manifiesta en los cuentos, pero con un giro de ficción: el protagonista de algunos de los cuentos se autodenomina como un escritor fracasado. Yo no soy ni fui nunca un escritor fracasado. Al contrario: aun en momentos adversos o en momentos en los que mi figura fue deformada (ficcionalizada e insertada en tramas), mi literatura siempre ha sido respetada y admirada. Aún quienes me detestan admiten su calidad. En la vida fui un fracaso. En la literatura, nunca.
De física cuántica sé más que tú, porque siendo narrador como tú, sé que la cuántica no es narrativa. No es sintagmática. Es paradigmática, que es lo mismo que decir que es una poética del mundo. Es una ciencia de “todo a la vez” en la que algunas posibilidades son más probables que otras, y hay teorías cuánticas que proponen que todas las posibilidades se realizan en algún mundo. Esto es incompatible con la linealidad de la secuencialidad y por lo tanto, del lenguaje. Proponiéndose como una descripción del mundo (aunque debería ser obvio, debo advertir a la lectora que confundir descripción con narración es un grave error) la física cuántica se resiste a la descripción que el lenguaje pueda hacer de ella, de modo que el lenguaje solo aspira a aproximaciones probabilísticas… ¿a qué? De la misma manera que en la física solo nos aproximamos a conocer la localización y el momentum de una partícula. Pero el lenguaje literario no se aproxima a nada. No hay un referente real al cual aproximarse. El lenguaje literario es la argamasa de la espuma cósmica de la que emergen los mundos ficcionales, y todo mundo es ficcional con relación a otros. Toda relación entre el lenguaje y el mundo es pura coincidencia, aunque las coincidencias no existen.
Desde cierto tiempo para acá casi no leo literatura. Lo más que leo es física cuántica. Utilizo esta lectura en mi trabajo cada vez más y más explícitamente.
Luis Othoniel Rosa:Háblanos de tu poética de la ansiedad. El libro de las apariencias está hecho de numerosos paisajes emocionales bien intensos. El punto de vista siempre tiende al close-out, a las distancias desde las que se pueden ver bosques, islas, mares, continentes, planetas, pero todos son paisajes metafórcios que tienen una relación afectiva intensa al interior de los personajes. Siento la misma ansiedad del alcóholico por recuperar su memoria, en la confección de esos paisajes emocionales. Es una ansiedad por encontrar el lenguaje (la metáfora justa) que le haga justicia a la precisión del paisaje. Y como el sentido del humor, por más que nos hizo reír con histeria en tantos cuentos, nos resultó incapaz de diluir esa ansiedad en el libro, nos quedamos con las ganas que nos teorizaras eso de una “poética de la ansiedad” en tu escritura, o en tu proceso de escritura, o ya de plano en la vida, aunque eso sea menos interesante.
Juan Carlos Quiñones: La ansiedad se ha convertido en mi estado psicológico y emotivo natural. Aunque dejé de beber, es un estado que no he podido abandonar. El alcohólico vive en un estado constante de ansiedad que se expresa en la formula: “cuando conseguiré la próxima caneca”. Burroughs la llamaba “the algebra ofneed”. Otra vez, la ansiedad es un género narrativo. En mi caso, escribir narrativa me causa ansiedad, porque soy patológicamente incapaz de tomar decisiones. Hay tensión narrativa en la parálisis ante las opciones. Piensa en Hamlet. Esto explica la veta barroca de una de mis poéticas. Soy incapaz de decidirme entre múltiples adjetivos, múltiples desenlaces, y los escribo todos. Esto otra vez violenta la naturaleza sintagmática de la narrativa, y es cuántico. Ocurre el “todo a la vez” más a tono con la poesía que con la narrativa. Es violencia contra la narración. Desde el primer cuento que escribí, “Las cuatro muertes de Bruno”, se puede ver esta incapacidad de decidir un final, y la voluntad entonces de escribir cuatro desenlaces simultáneos. Recuerdo que ese cuento se publicó por primera vez en una antología hace muchos años, y la editora enumeró los pasajes de las muertes. Esto me causó horror, ya que denotaba que estas ocurrían “una detrás de la otra” cuando mi intención era que estuvieran fuera del orden cronológico.
La ansiedad es paranoica. Siempre imagina lo peor. Mucha de mi literatura es paranoica y convierte a la lectora en lectora paranoica. Y la paranoia no es otra cosa que un drama, por supuesto. Y un drama épico para acabar de joderse. Como el capitalismo. El suspense es una experiencia de ansiedad.
Lo que causa ansiedad no es el asomoa la consecuencia nefasta (“creo que todo se va a joder”) sino el hecho de que toda decisión y todo desenlace excluye los demás. Y los demás funcionaban, no importa si eran bienaventurados o fatales. Lo que importa es que sean funcionales. Un desenlace jodido excluye otros mejores, pero uno mejor siempre excluirá otros aún mejores. Por eso todo desenlace es artificial. Esto es: una ficción que uno como escritor aprende a desplegar a voluntad. Pero, se asoma la pregunta ansiosa: ¿qué carajos hago cuando no puedo dirigir mi voluntad hacia un fin específico? Es angustioso en la vida, pero produce una literatura mucho más interesante.
Sobre los paisajes- como respondí arriba, la mayoría de mis textos tienen un solo personaje en soledad repitiendo un mismo acto una y otra vez: ritual de repetición. Esto es así desde Breviario, mi primer libro. Acabo de caer en cuenta que en narraciones así, el texto se reduce a dos elementos: mundo y personaje. El mundo creado deviene paisaje cuando es lo único que acompaña al personaje de la historia, de la misma manera en la que una pintura deviene paisaje cundo el espectador está abandonado y solo ante el mundo que contempla. Algunos de mis textos son casi paisajes puros en los que irrumpe mínimamente un personaje o un narrador para convertirlos en narraciones.
La clave está, como bien dices, en insertar emotividad en el paisaje. En la pintura, esta emotividad la siente el espectador. El arte es arte de provocar emociones mediante la disposición de colores en el plano. En mis textos, creo que son los personajes los que denotan emoción. Pero no debe olvidarse el hecho de que la idea de personaje es tan ficticia como la de paisaje. Estos son fenómenos que emergen del lenguaje siempre. Por eso es que la ficción nos precede, como nuestro nombre.
Pienso en Fortunato, la risa histérica del borracho del cuento de Poe. Mientras es emparedado en TheCaskof Amontillado. Por supuesto, Fortunato es un borracho, pero también es el personaje más paranoico del mundo. Toda la trama y el ardid que elucubra Montresor es posible exclusivamente cuando apela a la paranoia de Fortunato para manipularlo. Y el lector cómplice también deviene paranoico, porque está fracturado entre saber y no saber: En mi libro, el barril de amontillado es “Fantasía tropical: Cuento para fomentar el turismo”.
La risa histérica es un goce puro psicoanalítico, y se repite en Poe. Es el alivio de que al fin un desenlace, aunque sea el fatal, se realiza. Es el goce del colapso de la función de onda. Ah, al fin sé lo que va a pasar, al fin sé que el gato de Schrödinger, atrapado en una caja como Fortunato, está muerto.
En la vida, esta incapacidad de decidir se manifiesta de una manera pesadillesca: todos los desenlaces posibles de una trama uno los “vive” y los sufre como reales. Es una versión cuántica de la ley de Murphy: todo lo peor que puede pasar, pasa. O el cuerpo lo vive como si pasara. Algo similar ocurre con la buena literatura. En vez de estar escrita con las palabras que el lector quiere leer, está escrita de tal manera que provoca al lector una sensación de superposición cuántica: esto que leo, que es una ficción hecha de lenguaje, alcanza a “pasar”. ¡Fuck!